Poseidonia Capítulo 18 — la abogada y blai
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Capítulo 18 — la abogada y blai

la abogada y blai

Una tarde, Ana llamó cuando la casa estaba en silencio y Daniel recogía la cocina.

—Dime.

—Tengo que confesarte algo —dijo ella, con la voz baja.

—Empiezas bien.

—Creo que me dejé unas bragas en tu casa.

Daniel levantó las cejas.

—Ah.

—Verdes. De encaje. ¿Te suena?

—No te preocupes. Están en buenas manos.

—¿En buenas manos?

—En las mejores.

Ana soltó una risa.

—Ya veo que las tienes tú.

— Las encontré entre las sábanas. Muy discretas no son.

—Pues en mí quedaban bastante discretas.

Daniel cerró los ojos un segundo. La vio de espaldas, con el encaje verde subiéndole por las caderas y el pelo revuelto sobre los hombros.

—¿Dónde están ahora?

—Guardadas.

—¿Guardadas dónde?

—En un sitio seguro.

—Eso no me tranquiliza nada.

—Debería.

—¿Las has tocado?

Daniel bajó la voz.

—No hagas preguntas si no quieres respuestas.

Al otro lado, la risa de Ana cambió de tono.

—A lo mejor sí quiero.

—Cuando las vi —dijo—, me acordé de ti intentando ponértelas deprisa. De cómo me miras cuando dices que tenemos que parar y en realidad no quieres que pare.

—Daniel…

—Y de cómo te quedaban. Del verde sobre tu piel.

Ana soltó aire despacio.

—Eres un peligro.

—Tú me llamas para hablarme de encaje verde y el peligro soy yo.

—Te llamo para que las guardes.

—Ya están guardadas. Aunque no prometo devolverlas.

—¿Como rehén?

—Como promesa.

El silencio que vino después tuvo temperatura.

—Pásame a vídeo —dijo ella de pronto.

—¿Ahora?

—Ahora.

—Estoy en la cocina.

—Pues vete a tu cuarto.

Daniel sonrió y cruzó el pasillo con el teléfono pegado al oído. Dexter levantó la cabeza, lo miró pasar y volvió a tumbarse con un suspiro resignado.

En el dormitorio cerró la puerta.

—Ya estoy.

La llamada cambió a vídeo.

Ana apareció en la pantalla con el pelo recogido de cualquier manera y una camisa blanca. Estaba en el despacho, pero la manera en que lo miró no tenía nada de laboral.

—Enséñamelas —dijo.

Daniel abrió el cajón de la mesilla.

—¿Estás segura?

—Daniel.

Sacó las bragas despacio. El encaje verde quedó entre sus dedos, pequeño, delicado, indecente a plena luz de la tarde.

Ana se mordió el labio.

—Qué vergüenza.

—No pareces muy avergonzada.

—Lo estoy muchísimo.

—Ya veo.

—No las mires así.

—¿Cómo?

—Como si me estuvieras mirando a mí.

Daniel acercó un poco la prenda a la cámara.

—Es que estoy haciendo memoria.

—¿Y qué recuerdas?

—Que te las quité demasiado deprisa.

Ana se quedó quieta.

—Pues la próxima vez hazlo mejor.

Daniel cerró el cajón sin apartar la vista de ella.

—La próxima vez no pienso tener prisa.

Ana sonrió, ya con el rubor subiéndole por el cuello.

—Guárdalas bien.

—Nadie las va a encontrar.

—Y no hagas tonterías con ellas.

Daniel arqueó una ceja.

—Define tonterías.

Ana se echó a reír.

—Eres imposible.

Luego su mirada se ablandó.

—Te echo de menos.

Daniel dejó de sonreír.

—Yo también.

Se quedaron un momento así, mirándose desde dos lugares distantes, con una prenda de encaje guardada en un cajón y todo lo que no podían tocar ocupando la habitación.

—Tengo que seguir trabajando —dijo ella al fin.

—La próxima vez tráete otras, y olvídatelas luego.

Ella sonrió despacio.

—La próxima vez quizá no lleve ningunas.

Y cortó la llamada antes de darle tiempo a contestar.

Daniel se quedó mirando la pantalla apagada, con una sonrisa idiota y el corazón todavía acelerado. Luego abrió el cajón una vez más, comprobó que las bragas verdes seguían allí, bien escondidas bajo un libro, y lo cerró justo cuando Dexter rascó la puerta con una pata.

—Ni una palabra —le dijo al perro.

Dexter lo miró con absoluta falta de compromiso

Al día siguiente, sonó en el teléfono de Daniel un mensaje del Juzgado de Paz de Formentera. Le llamaban para que fuera a recoger una notificación urgente.

—¿Te puedes quedar con Lucía? Tengo que ir al juzgado.

—Sí, por supuesto —respondió Nata—, pero voy sumando horas, ¿eh? Esta semana te va a costar un dineral. Pero yo encantada, cuanto más ahorre antes me piro de aquí.

Daniel tenía una sensación creciente de que ella se sentía mejor con ellos que en su propia casa.

Fue al juzgado, recogió la notificación y regresó.

—¿Qué pasa? ¿Se ha muerto alguien? Vaya cara traes.

Daniel dejó la carta sobre la mesa del porche, se sentó, puso a Lucía sobre las piernas y se quedó mirando al vacío. Natalia, como era ella, no se cortó ni un segundo y cogió la carta.

—No me lo puedo creer. ¿Quién es Gala de la Hoz?

—Es mi madre.

—Esto es de coña, ¿no? ¿Está pidiendo la custodia de Lucía? Pero si tú eres su padre.

—No sé. Imagino que habrá perdido la cabeza. Voy a llamarla.

La llamó una vez. Dos. Tres. Pero no hubo respuesta.

—¿Pero por qué pide la custodia? —insistió Natalia.

—No le gustó nada que nos viniéramos aquí. Decía que yo no era capaz de cuidar de Lucía y, además, como perdí la memoria tras el incendio…

—¿Qué incendio?

Daniel se quedó un segundo callado antes de responder.

—La madre de Lucía murió en un incendio un mes antes de venir aquí. Estábamos todos en la casa, pero ella no sobrevivió. Yo desperté en el hospital y no recordaba nada de lo que pasó aquella noche.

Natalia abrió mucho los ojos.

—Qué fuerte. ¿No recuerdas nada? Joder. Me tienes que explicar cómo se hace eso. A mí me habría venido bien cuando me atacaron.

Daniel ni siquiera sonrió.

—Necesito un abogado. ¿Conoces alguno?

—Desde luego el mío no te lo voy a recomendar. Menudo inútil.

—¿Y no hay otro en Formentera?

—Sí, en La Savina hay un despacho, pero no te puedo decir qué tal.

—Pues ahora mismo voy. Te quedas con Lu, ¿no?

—Sí, anda, ve. Te voy a tener que hacer precio porque al final vas a terminar poniéndome aquí una cama.

Daniel se plantó en poco rato en el bufete de La Savina y se encontró con un recepcionista muy peculiar: había un perro sentado en una silla de la sala de espera.

—Buenos días, ¿en qué te puedo ayudar? —preguntó la mujer.

Daniel miró al perro.

—¿Cómo se llama?

—¿Quién? ¿El perro o yo?

—Los dos.

—Yo me llamo María Teresa y este es Blai. No teníamos cita, ¿verdad?

—No, pero es que he recibido una notificación y estoy muy preocupado.

—Pasa. Me has caído bien.

—¿Por?

—Por interesarte por Blai. Parece que tú a él también le has gustado.

El despacho era discreto, casi austero. Desde luego no parecía un gran bufete, y eso contrastaba muchísimo con la elegancia de la abogada.

Iba impecablemente vestida y los zapatos que llevaba tenían toda la pinta de ser unos Manolos.

Era delgada, tenía el pelo rizado y canoso, y sus labios, pintados de un rojo intenso, destacaban por encima de todo lo demás, despacho incluido.

Se sentó frente a él y preguntó:

—Bien. ¿Y qué es lo que le tiene tan preocupado?

—Pues verás: me quedé viudo hace poco y mi madre me pide la custodia de mi hija.

La abogada levantó apenas una ceja.

—A ver… ¿cómo que su madre pide la custodia de su hija?

—Lo que le estoy contando. Mire la notificación.

A medida que leía, la expresión en el rostro de María Teresa iba cambiando: abría los ojos, fruncía los labios y, a ratos, se le escapaba incluso una mínima sonrisa de incredulidad.

—¿Es usted alcohólico?

—No.

—¿Drogadicto? ¿Camello?

—No.

—¿Tiene alguna causa pendiente con la justicia?

—Que no, que no. Que soy un tipo normal que quiere muchísimo a su pequeña.

La abogada dejó la carta sobre la mesa.

—Pues ya está. Caso resuelto. Lo que no entiendo es qué tipo de abogado le ha dicho a su madre que tiene alguna posibilidad de ganar esto. ¿Hay algo que no me haya contado? Aquí pone que su madre cree que está trastornado y que no es capaz de cuidar de su hija.

Daniel respiró hondo.

—Mi mujer murió hace un mes en un incendio.

La expresión de la abogada cambió un poco.

—Vaya. Lo siento.

—Lucía, yo y Dexter logramos salir de la casa, pero ella no. Desperté en el hospital y no recordaba nada de lo que pasó. Aún no lo recuerdo.

—Un momento, que me pierdo. ¿Quién es Dexter? ¿Tiene otro hijo?

—No. Es mi perro.

Ella asintió, mirando un segundo a Blai.

—Vale. Ahora entiendo lo de Blai. Continúe.

—Me fui a vivir con mi madre mientras me recuperaba y cuando le dije que nos veníamos aquí, se volvió loca. Pero jamás pensé que sería capaz de hacer esto.

—¿Por qué se vino a Formentera?

Daniel dudó un instante.

—Quería empezar de cero. Conocí esta isla hace unos años y cuando encontré la postal no lo dudé y me vine.

La abogada frunció el ceño.

—Me estoy perdiendo. ¿Qué postal?

Daniel suspiró.

—Hace unos años vine con mi mujer aquí, por su trabajo, y un día, estando en la playa, conocí a alguien.

Nos liamos unos días y de repente desapareció.

Entre los objetos que se salvaron del incendio encontré una postal dirigida a mí y enviada desde Formentera y no se me ocurre qué otra persona podría haberla escrito…

La abogada lo miró por encima de la mesa.

—Vaya, un crápula. Qué bien.

—¿Perdón? —dijo él.

—Nada. Continúe. Cosas mías. Entonces usted se ha venido a esta isla a vivir con su hija, su perro y esta señora.

—No, no he encontrado a esta señora. Y, además, estoy enamorado de alguien.

La abogada lo observó con una mezcla de cansancio y diversión.

—¿Me está diciendo que usted ya estaba con alguien cuando murió su esposa?

—No. La conocí después. Bueno, ya la conocía del instituto. Pero no estaba con ella cuando murió mi mujer. Es mi gestora. Me ayudó con todos los papeleos.

—Muy bien. Ya veo que les ha cundido el tiempo.

Daniel bajó la vista, incómodo.

—Bueno —continuó la abogada—, después de la telenovela que me ha contado, le sigo diciendo que no tiene nada de qué preocuparse. Salvo de su madre, claro, y de que no se entere de esto ningún periodista porque podrían salir hasta en las noticias.

—Bueno, ¿y ahora qué? ¿Qué tengo que hacer?

—Lo primero, estar tranquilo. Hay que ser un auténtico desastre para perder la custodia y no parece que ese sea el caso, salvo por su vida amorosa, claro.

Daniel resopló.

—Lo segundo, acreditar que usted está en perfecto estado mental y que puede ocuparse de la niña sin problema.

—¿Y ya está?