Capítulo 17 — illetes #5
Se despertaron muy temprano. El avión de Ana salía a las once desde Ibiza. Daniel, aprovechando que estaba allí Natalia, decidió no despertar a Lucía. Dejó una nota y salieron hacia el coche. Antes de montar, Ana pidió un minuto. Quería despedirse de la casa.
Durante el trayecto no hablaron. A ninguno de los dos le salían las palabras.
Aparcaron en el puerto, salieron del coche y Daniel fue hasta ella.
—Bueno, vale ya, ¿no?
—Sí, perdona —respondió Ana con una expresión contradictoria: sonreía por él, pero los ojos no podían mentir.
Subieron hasta la entrada del barco cogidos de la mano. Antes de embarcar, Daniel se agachó a acariciar a Bimba, a la que también se le notaba la pena.
—Bueno, mi niña, espero que me llames cuando llegues, pero con otro ánimo, ¿eh? No te quiero ver así, que parece que se te ha muerto alguien. Y ni mucho menos, todo lo contrario. He nacido para ti —dijo riéndose mientras le sujetaba la cara con las dos manos.
Se dieron un beso de los que uno recuerda mucho tiempo.
Y Ana subió al barco.
Daniel se quedó abajo para despedirla, aunque apenas podía verla a través de las ventanas pequeñas y opacas.
Antes de volver a casa, pasó por una tienda de fotografía.
Encargó que le imprimieran bien grande la foto del banco y se la enmarcaran.
Quería enviársela cuanto antes a Ana. Ya se la imaginaba colgada en la casa de los dos, para poder mirarlo juntos algún día, rodeados de gente querida.
Cuando llegó a casa sorprendió a sus chicas —sí, a Natalia ya empezaba a incluirla en ese término— con unas ensaimadas y otros bollos que había comprado en el Horno San Fernando, en Sant Ferran.
Natalia ya estaba recuperada del sábado, al menos de cabeza, porque el aspecto seguía siendo espantoso. Sonó su teléfono.
—Dime, papá. Sí, lo siento, es que me quedé dormida. Sí, lo sé. Tenía el móvil en silencio. Ahora he visto tus llamadas y te iba a llamar. Perdona. No volverá a ocurrir.
Colgó y Daniel la miró.
—Tu padre se ha enfadado porque no le avisaste, ¿no? Te dije anoche que, si hacía falta, te llevaba. Pero estabas KO. Imaginaba que le habrías avisado.
—Pues no. Es que fui a acostar a Lu y en cuanto me tumbé duré dos segundos.
—Bueno, intenta que no se repita. Es normal que se preocupe después de lo que pasó.
Natalia levantó la cabeza.
—¿Pasó? ¿Qué pasó?
—Sí. Lo de los italianos.
Nata lo miró de golpe.
—¿Y tú cómo sabes eso?
—Te investigué un poco.
—¿Ahora me espías?
—Joder, creo que, si voy a dejar a mi hija al cuidado de alguien, lo suyo es que indague un poco, ¿no?
Natalia hizo una mueca.
—Pues qué bien. Me encanta que todo el mundo sepa mis miserias. Estoy harta de que la gente hable de mí y de que me mire por la calle. En cuanto ahorre lo suficiente, me voy de aquí. No sé, Madrid, Barcelona… esta isla es como un pueblo. Ya me ahoga. Y mis padres… buf, ya no los aguanto.
—Nata, son tus padres. Es normal que se preocupen.
—¿Es normal? Desde que pasó aquello, mi madre me tiene súper controlada.
Cuando me vio aquella noche y comprobó que estaba bien, lo único que se le ocurrió decir fue que a ver qué les decía a las vecinas.
Y mi padre… mi padre estoy convencida de que piensa que me lo busqué yo sola, por mi forma de ser y de vestir.
Anda, que si fuera un chico se iba a preocupar de eso. Está hasta preocupado por ti.
—¿Por mí?
—Sí. No ve claro eso de que me quede a dormir aquí con un soltero, viudo o como quieras llamarlo.
Daniel suspiró.
—¿Tus padres no saben lo tuyo?
—¿El qué?
—Pues eso. Que no te gustan los chicos.
Natalia lo miró con media sonrisa.
—No jodas. ¿Ya te lo ha contado Ana? Pues anda que ha perdido el tiempo. Pues no, no lo saben, esta es otra parte de mi vida que no es asunto suyo.
Daniel vio que la familia era un tema delicado para Natalia y no quiso insistir.
—Y otra cosa: ¡espero que no te dé por ir contándoselo a tus amigos!
* * *
—Pero bueno, ¿por quién me tomas? Además, por ahora solo tengo uno, Romeo. Trabaja en una coctelería en Sant Francesc. Lo conocí en la playa al poco de llegar.
* * *
Natalia hizo una mueca.
* * *
—Vaya un pieza —soltó al final.
* * *
—¿Pieza? ¿Por qué?
* * *
—No sabría decirte, la verdad. Pero no tiene buena fama. Puede que no sea lo que parece.
* * *
—Pues a mí Romeo me cae bien. Además, si Dexter sigue vivo probablemente sea por él.
Y le contó la historia del veterinario.
—De hecho, quedé en llamarle hoy por la mañana para hacer algún plan.
Natalia resopló.
—Eso sí me lo creo.
—¿El qué?
—Pues que quiera quedar contigo. Me da a mí que por aquí no tiene muchos amigos. Siempre está con alguna tía, pero le duran poco. No te fíes mucho.
Daniel la miró y no supo muy bien si reírse o preocuparse.
Hay personas que llegan a tu vida como una ayuda temporal y terminan trayendo con ellas mucho más de lo previsto: ruido, sí; complicaciones, también; pero a veces justo ese desorden es lo que empieza a convertir un lugar en una casa.
Y Daniel, conversando con Natalia en el porche de Villa Lu mientras Ana se alejaba de la isla y Lucía dormía otra vez dentro, comprendió que no todo vínculo entra en la vida de uno con suavidad.
Algunos irrumpen, molestan, descolocan. Pero precisamente por eso obligan a mirar mejor. A los demás. Y a uno mismo.