Poseidonia Capítulo 17 — illetes #4
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Capítulo 17 — illetes #4

—Tranquila. Sí es verdad que empezamos mal. No me gustó nada cuando me dijiste si éramos novios y, además, aunque me cueste reconocerlo, me puse celosa. Eres joven y muy guapa. Y la verdad, pensar que mi novio —porque sí, es mi novio— tiene una chica como tú en casa… pues me revuelve un poco.

—¿Celosa? ¿Por mí? —dijo Nata, y se echó a reír.

—Lo estás estropeando otra vez, Natalia. ¿De qué te ríes? No tiene gracia.

—Sí, mucha.

Y seguía riéndose.

Ana se cabreó, se levantó y se dio la vuelta para entrar a la casa.

—Ana, espera —dijo Nata, poniéndose en pie.

—¿Qué?

—Que no te preocupes. Quizá deba presentarte a mi novia cuando vuelvas.

Ana se quedó parada un momento, y las dos terminaron riéndose y dándose un abrazo.

Daniel salió justo en ese momento y las miró sorprendido.

—¿Me he perdido algo?

—No, nada —dijo Ana—. Cosas de chicas.

Y le guiñó un ojo a Natalia con una complicidad recién estrenada.

—Venga, dúchate. Natalia, ducha a Lucía y mientras preparo algo de cena.

Salieron sobre las ocho rumbo al restaurante para ver el segundo anochecer de los muchos que les quedaban por disfrutar.

—Bueno, ¿qué? ¿Me lo cuentas? —preguntó Daniel en el coche.

—¿El qué?

—Venga, dime qué ha pasado con Natalia.

—Nada. Que hemos hablado. Le he dicho lo que me sentó mal del viernes, ella me ha pedido perdón y al final me ha contado un secreto que me ha dejado más tranquila.

—Bueno, me alegro, porque la verdad es que no quiero prescindir de ella. ¿Qué secreto?

—Pues que no le gustas.

—Ya. Imagino. Soy muy viejo para ella. Vaya secreto.

—Bueno, que no le gustas tú ni tampoco los chicos de su edad.

Daniel la miró un segundo.

—¿Cómo? ¿Qué me dices? No me lo creo. Pues no le pega nada.

—¿Por qué no le pega?

—No sé. Ya has visto cómo va arreglada y lo provocativa que es.

—¿Y?

—No sé, yo creía que las lesbianas normalmente se arreglan menos.

Ana suspiró y negó con la cabeza.

—Madre mía. Eres muy moderno para muchas cosas, pero para otras, mira que eres neandertal.

El restaurante, Es Caló, en Es Caló de Sant Agustí, les impresionó por las vistas.

Decidieron hacerse unas fotos. Les llamó la atención una bicicleta azul con dos cajas llenas de flores, pero sobre todo un banco de madera envejecida que parecía llevar allí el mismo tiempo que la tierra y las rocas que lo sostenían.

Era de esos bancos que no solo sirven para sentarse, sino para enseñarte a mirar.

A Daniel le recordó al banco de Loiba, en A Coruña, para muchos el más bonito del mundo. Para él, simplemente el más bonito de Galicia, porque la belleza siempre es subjetiva.

Necesitaba una foto de ese momento, así que apoyó la cámara en una mesa que había detrás.

Uno, dos, tres intentos, cuatro. Entre el temporizador y la posición de la cámara no daba con la imagen que quería.

Ana se reía, aunque por dentro casi prefería sentarse a disfrutar de las vistas con él.

Al final, Daniel consiguió la foto exacta que había imaginado al bajar del coche: los dos sentados, de espaldas a la cámara, mirándose a los ojos y con el mar radiante detrás.

Les sentaron en una mesa magnífica en la terraza. Ana estaba radiante, con un vestido rojo que dejaba al descubierto esos hombros que tanto le gustaban a Daniel.

—Bueno —dijo él—, ¿balance del fin de semana?

Lo dijo con una sonrisa escondida.

—Qué capullo eres. No me recuerdes que ya se acaba. Eso pregúntamelo en Madrid, por si me tengo que echar a llorar.

—Anda, exagerada. ¿Por qué vas a llorar, si lo que ha pasado es muy bonito? Es solo el comienzo de todo, ¿no crees?

—Daniel.

—¿Qué?

—Que es más que probable que estos días hayan sido los más felices de mi vida. Salvo por la sorpresita de la postal, claro. Que ya te vale.

—Lo siento mucho, de verdad —dijo él, acariciándole la mano.

—Ana.

—¿Qué?

—Que te quiero y que no me gusta que te pongas triste. Tú y yo vamos a estar juntos. Lo sé. Lo siento. Bueno, nosotros, Lu, las fieras y quizá algún renacuajo más, que nunca me han gustado los hijos únicos.

Ana lo miró entre escandalizada y divertida.

—Madre mía, estás loco. Si llevamos cuatro días, ¿ya quieres preñarme?

—Ya, no. Cuando te vengas a vivir con nosotros —dijo riéndose.

—Cambiemos de tema, anda, y pidamos la comida, que me estás poniendo nerviosa.

Era la última cena del fin de semana, así que Daniel no se cortó a la hora de pedir. Pidió unas gambas de Formentera, unas almejas y unos huevos rotos con bogavante, especialidad local que dejó a Ana bastante impactada.

—¿Has visto los precios? —dijo ella.

—Sí. Pero entiendo que incluyen estas vistas maravillosas, la terraza, el espacio y la oportunidad de ver a mi chica chupándose los dedos con tanto glamour .

—Bueno, tú mismo, que eres el millonetis. De todas formas, creo que te has pasado pidiendo.

—Es que estoy muerto de hambre. Hemos comido poco.

Comieron despacio, disfrutando. Estaba todo delicioso. La cuenta picaba, pero por vivirlo juntos, a Daniel le pareció hasta razonable. Aun así, la escondió discretamente para que Ana no se asustara.

Terminaron la cena como la habían empezado: sentados en el banco. Solo que ahora el paisaje era distinto. El sol había dejado paso a una luna llena enorme y a unas estrellas que parecían brillar más que nunca. Quizá el mejor lugar posible para despedirse de la isla.

Ya en casa, se encontraron a Nata desmayada en el sofá. Menos mal que Lucía no daba problemas por las noches. Al decirle Daniel que la llevaba, Natalia respondió unas palabras imposibles de descifrar, así que Ana la arropó y los dos se fueron a la cama.

Esa noche no hubo sexo.

Solo cariño y palabras hermosas.

Es difícil entender cómo dos personas que apenas han compartido cinco o seis días pueden llegar a quererse tanto. Tanto que duele separarse. Sobre todo, a Ana, que era la que tenía que dejar a Daniel allí, a Lucía, a Dexter, esa casa fascinante y una isla que ya sentía también suya.

Daniel fue el primero en hacerse el dormido. Ana se quedó un rato mirándolo. La luna le iluminaba la cara. Después se dio la vuelta, levantó la vista hacia la ventana y se quedó mirando esa luz enorme hasta que empezó a emborronarse conforme se le humedecían los ojos.

Daniel se dio cuenta, se acercó a ella y se durmieron fundidos en un abrazo.