Poseidonia Capítulo 17 — illetes #3
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Capítulo 17 — illetes #3

Ana sufrió entonces su segundo ataque de risa mientras Daniel regañaba a la niña con ese tono inútil de los padres cuando saben que en el fondo tampoco pueden enfadarse de verdad.

—Hija, eso no se hace. No está bien.

Cuando Ana consiguió calmarse, lo abrazó y le dijo que no se lo tomara así, que había sido una pequeña travesura y no tenía ninguna importancia. Que se llevaría disolvente y que se lo quitaría tranquilamente en la playa.

—Sí, si no estoy enfadado con Lucía. Bueno, sí, un poco. Pero es que me he llevado un susto de la leche y luego encima te has estado descojonando de mí media hora.

—Perdona, cariño —dijo Ana, abrazándolo otra vez y susurrándole al oído—, animalito.

Ya estaban preparados para la playa. Como iban andando, Daniel llevaba la nevera, la sombrilla, los cubos de Lucía, unas palas para ellos, una cesta con las toallas, otra bolsa con comida para las fieras y los cuencos, dos frisbees también para ellos…

—Estás de broma, ¿no? Mira que yo estoy acostumbrada a ir solo con una toalla y un libro debajo del brazo, pero esto es demasiado, ¿no crees? Y más cuando vamos andando.

Daniel miró todo a su alrededor y respondió:

—No, no es demasiado. Pero quizá tengas razón y haya que ir en coche. Ya pasearemos por la playa.

Llegaron a la Playa de Ana, montaron el chiringuito y Daniel se tumbó.

—Venga, Ana, quítame esto, que desde que he llegado aquí estoy casi siempre en chanclas y no quiero hacer el ridículo.

—Pues no te queda mal —respondió ella—. Además, esta tarde vamos a un mercadillo hippie .

—Ana, no empieces. Al lío.

Ana se sentó a su lado y empezó a quitarle la pintura con un algodón y el disolvente. Bueno, lo de que empezó a quitársela no es del todo exacto, porque la pintura no se iba. En algunas uñas sí, pero en otras no había manera, sobre todo en los dedos gordos.

—Joder —dijo Ana—. No se quita.

—¿Cómo que no?

—Pues lo que te estoy diciendo. Que lo que estoy quitando no es esmalte, es rotulador. Y no se va.

—¿Estás de broma? —dijo Daniel incorporándose—. Joder, ¿y ahora qué hacemos?

—Pues de momento, toma. Tú con un pie y yo con otro. Vamos a seguir frotando y paciencia, a ver si se va yendo poco a poco. Y si no, habrá que preguntarle a San Google. Seguro que hay algún capullo como tú por ahí.

—¿Capullo? —dijo Daniel—. Ahora verás.

Y se levantó de un salto, cogió a Ana en brazos y la lanzó al agua.

—Oye, que me has hecho daño —le reprochó ella, poniendo cara de pena.

Daniel se acercó, la abrazó y le pidió perdón. Momento que aprovechó Ana para meterle dentro del bañador dos grandes puñados de arena que llevaba escondidos en las manos.

Y allí se quedaron jugando y bañándose un buen rato junto a Lu y las fieras. Les tiraban arena y ellos respondían ladrando y corriendo en círculos por el agua.

Ya por la tarde pusieron rumbo a El Pilar de La Mola, a un mercadillo hippie que se montaba los miércoles y los domingos por la tarde. Como lo llaman algunos, el último reducto hippie del mundo.

Por el camino, mientras subían a la meseta donde se encontraba el pueblo, vieron un restaurante al que entraban varios coches.

A Daniel le entró curiosidad y decidió parar.

Tardó poco en descubrir por qué. Tenía unas vistas increíbles.

Se veía toda la isla flanqueada por el mar a ambos lados.

Ver Formentera desde tan arriba era algo verdaderamente hermoso.

Daniel aprovechó para hacer unas cuantas fotos de la isla, de Ana y de Lucía.

Llegaron enseguida al mercadillo. Había de todo y un ambiente muy animado. Multitud de puestos con joyas, ropa, artesanía, arte y algún sitio para tomar algo o comer. También música en directo: un grupo tocaba canciones de los sesenta y la gente se lanzaba a bailar.

Ana vio que había un cuentacuentos y se sentó en el suelo con Lucía sobre las piernas.

Mientras tanto, Daniel dio un paseo por allí.

Quería comprarle un regalo. Entró en varios puestos y en uno de ellos encontró un anillo de plata con forma de corazón que le encantó.

Sin pensárselo demasiado, lo compró y siguió caminando.

Y entonces, a lo lejos, vio algo que le aceleró el corazón.

Era Cloe.

Sí, Cloe. Para él siempre se llamaría así.

No tuvo duda.

Salió corriendo detrás de ella. Iba hacia una zona donde estaban aparcados varios ciclomotores.

Por fin la había encontrado. Daniel estaba tan cegado que fue tropezándose con varias personas y armando un pequeño revuelo.

Cuando llegó, ella ya estaba dando marcha atrás con la moto.

Daniel aceleró y consiguió cogerla del brazo.

La chica pegó un grito y se giró.

No era Cloe.

—Perdona —dijo Daniel, exhausto—. Te he confundido con otra persona.

La chica, enfadada, respondió:

—Tío, me has hecho daño. ¿De qué vas?

Unos chicos que estaban allí cerca se encararon con él.

—¿Qué pasa? Deja a la chica.

Daniel pidió disculpas otra vez a todos y se marchó antes de que la cosa fuera a más.

Fue hacia el bar y pidió un whisky solo.

Nunca lo tomaba, pero en ese momento lo necesitaba.

El tema de la postal le estaba afectando demasiado.

No tenía sentido. Y además se sentía mal porque no se lo había contado a Ana.

¿Qué pensaría ella? ¿Que se había ido a Formentera para reunirse con Cloe?

Tarde o temprano tendría que contárselo.

Estaba enamorado de Ana y no quería secretos entre los dos.

Al fin y al cabo, él tenía clarísimo que ya no quería nada con Cloe, pero sí necesitaba verla y aclarar lo de la postal.

Si no se la había enviado ella, ¿quién más podía ser?

—¿Qué haces? ¿Qué bebes?

Era Ana, con Lucía de la mano. Cogió el vaso y lo miró.

—¿Un whisky a las seis de la tarde? ¿Hay algo que me quieras contar?

—Pues sí. Tengo que contarte algo. Espera, que voy a meter a Lu en esas camas elásticas un rato. Siéntate.

—Qué misterio. Anda, vuelve rápido.

Ana pegó un gran trago al whisky y pidió otro.

Daniel le contó toda la historia de Cloe. La expresión de Ana iba cambiando a cada minuto: ira, sorpresa, impotencia. Incluso se reía a ratos, indignada.

—¿Me estás diciendo que viniste aquí para encontrar a esa chica? ¿Pero de qué vas? ¿Cuándo pensabas contármelo?

—No, que no. De verdad, te lo juro. Desde que conocí Formentera hace años supe que terminaría viviendo en un sitio así. La postal solo fue una señal. Me animó a hacerlo ya, a huir de Madrid. ¿De verdad crees que me habría comprado una casa aquí solo porque conocí a alguien hace años?

—Pues no lo sé, la verdad, porque a veces haces cosas muy raras. Entonces no la has encontrado, ¿no?

—No, no la he encontrado. Solo sé que se llama María y que era camarera. Pero nada más. Y no sé si fue ella realmente quien envió esa postal. Es como si me hubiera escrito un fantasma.

—Sí, pero un fantasma pibón del cual te enamoraste.

—Joder, Ana, lo siento. Tenía que contártelo. Sabes que te quiero, joder, lo tengo clarísimo desde el primer día. Cuando pienso en el futuro siempre estás tú. Confía en mí. Nunca te fallaré, te lo prometo —dijo con los ojos húmedos, cogiéndole la mano y poniéndole el anillo en el dedo anular.

Ana lo miró sorprendida.

—¿Qué es eso? ¿No será un…?

—Sí, lo es. Aunque no el definitivo. Ese ya llegará.

—Estás fatal. Anda, dame un beso y relájate. Ya hablaremos.

Recogieron a Lucía y fueron a una tienda de ropa que tenía unos vestidos preciosos para niña.

Lucía se iba una y otra vez a por los más coloridos y Daniel seguía empeñado en uno blanco.

Al final compraron uno de cada y Lucía se quedó tan contenta con el de colores puesto.

Ana también se compró un vestido blanco y le cogió una camisa blanca a Daniel.

Ya iban todos surtidos de moda ibicenca.

En el coche, Lucía tardó dos minutos en dormirse.

Cuando llegaron a casa, se encontraron con Nata tumbada en el sofá del porche.

—Ya era hora —comentó—. Que habíamos quedado a las siete.

Tenía unas ojeras importantes. Aquel día no iba arreglada, llevaba el pelo revuelto y la cara lavada. Lucía, que iba en brazos de su padre, se soltó y fue corriendo a subirse en el sofá con ella.

—Una noche dura, ¿no? —dijo Ana.

—Sí, dura. Aunque la mañana ha sido peor.

—¿Y eso?

—Nada. Que se alargó el tema. La noche de Ibiza, ya sabes. En cuanto se duerma Lucía me tiro en el sofá, espero que no os importe.

—Pero estás bien para quedarte con ella, ¿no? —preguntó Daniel.

—Sí, claro. Tampoco haremos mucho. Una ducha rápida, cenar, un cuento y a dormir.

Ana y Daniel se fueron a la habitación a cambiarse mientras Lucía seguía encima de Nata jugando con el móvil.

—Sí, lo sé, no digas nada —le dijo Daniel a Ana.

—¿Pero tú confías en esta muchacha?

—Que sí, no te preocupes. Y Lucía está encantada con ella. Ponte súper guapa, que vamos a ir a un restaurante fino a comer langosta.

—Madre mía, estás que lo tiras —dijo Ana—. Pues hoy me toca pagar a mí.

—Has elegido mal día. Pago yo, que el restaurante lo he escogido yo. Ya otro día me invitas tú donde quieras.

Ana dejó la camisa blanca encima de la cama mientras Daniel se duchaba y fue a ver a las «niñas».

Más bien a cotillear, porque se quedó mirando discretamente desde la ventana.

Lucía seguía sobre Nata mientras ella le acariciaba el pelo despacio y le canturreaba algo de Cantajuego.

Ana no podía ver bien la cara de Natalia, pero sí entendió al fin lo que Daniel quería decir.

Se las veía muy bien juntas. Quizá porque Lucía echaba muchísimo de menos a su madre.

—¿Qué tal, chicas? —preguntó Ana saliendo al porche.

—Aquí, bien. Tranquilas. Los domingos tarde son así.

Ana notó en Natalia otro tono de voz, más calmado. Por primera vez parecía hablar la Natalia de verdad y no la que se empeñaba en enseñar al mundo.

—Ana, quería pedirte perdón por lo del otro día. He estado dándole vueltas a la conversación con Daniel. Y sí, creo que me pasé. No sé por qué a veces me comporto así.