Capítulo 17 — illetes #2
—Sí, a ti también te doy uno, Lu. Venga, chicas, ¿qué os apetece?
Al final pidieron una fritura, que Daniel sabía que le gustaba a Lucía, una ensalada y un arroz con carabineros que estaba delicioso.
El resto de la comida fue muy divertida.
Ana se animó después de escuchar a Daniel.
Comprendió que tenía que disfrutar del presente, que futuro habría, y que ya resolverían cualquier problema cuando llegara el momento.
Después de un café, se fueron rodando literalmente a la playa. Estaban llenísimos, así que abrieron la sombrilla y se echaron a dormir. Como no había sombra para todos, Daniel se fue con las fieras a la orilla y se tumbó en el agua a descansar.
Cuando despertaron, siguieron disfrutando un rato más de la arena y del mar. Luego se despidieron de aquella playa de ensueño.
Ese día no venía Nata. El plan era ducharse e ir a Sant Ferran a dar un paseo y cenar en un italiano muy conocido en la isla: el Macondo.
Lucía llegó a casa dormida, así que la llevaron a su cuarto para que siguiera descansando.
Ana se metió en la ducha; la necesitaba.
Tenía arena hasta en las pestañas después de revolcarse por ella jugando con Lucía y los perros.
—¿Puedo? —preguntó Daniel metiéndose con ella en la ducha. Ya sabes que en Formentera hay que ahorrar agua.
—Bueno, pero solo porque hay que ahorrar —respondió Ana, besándolo y tocándole el culo.
Normalmente, en las novelas y en las películas, los protagonistas hacen el amor durante un buen rato en la ducha. Pero en Formentera eso no se puede hacer. Allí el agua es oro, así que buscaron un plan B.
Daniel subió a Ana sobre el lavabo, se arrodilló en el suelo y empezó a besarla suavemente.
Los pies, los gemelos, las rodillas… Fue subiendo despacio hasta el muslo derecho y, por fin, llegó a la ingle.
Ana estaba muy excitada. No estaba acostumbrada a hacer el amor en sitios que no fueran una cama o un sofá y, además, estaba enamorada.
Agarró a Daniel del pelo y lo llevó hasta su sexo.
Estaba muy húmeda y llegó pronto al clímax. Daniel aprovechó ese instante para penetrarla. Se quedó quieto un momento, inmóvil. Quería que lo sintiera dentro, pero también darle tiempo a recuperar el aliento.
Ana no quería eso.
Quería que se moviera. Que la embistiera con fuerza. Y así se lo hizo saber.
Era la primera vez que Daniel la veía así y aquello le excitó muchísimo. Las embestidas fueron subiendo de intensidad hasta que, muy a su pesar y muy al placer de los dos, él no pudo contenerse y se vació dentro de ella con un gemido largo.
Y allí se quedaron los dos, quietos, fundidos en un abrazo.
Luego Daniel la llevó a la ducha, la sentó en el baño y empezó a lavarla despacio, fijándose en cada detalle de su cuerpo.
Ana todavía jadeaba y lo miraba con una intensidad que no necesitaba traducción.
Daniel leía perfectamente lo que le decían sus ojos: que lo amaba, que lo deseaba y que nunca lo dejaría marchar. Ya no concebía su vida sin él.
Y Daniel, por su parte, también lo tenía claro.
Había estado con varias mujeres en su vida, pero Ana era especial.
Lo tenía todo. Estaba totalmente enganchado a su forma de ser, a su manera de besar, a cómo se movía, a cómo reía, a su fortaleza y a su delicadeza.
Estaba enamorado de cómo trataba a Lucía, de cómo lo hacía sentir.
Después de ducharse, se echaron crema para calmar la piel, pusieron el ventilador del techo y se tumbaron en la cama. Ahora tocaba mirarse. Solo mirarse. Y nada más.
Sant Ferran es un pueblo pequeño en el centro de la isla. Daniel había leído que estaba muy animado y que había muchos bares y pubs , pero la verdad es que lo encontraron bastante tranquilo. Quizá por las fechas.
El paseo acabó rápido y se fueron pronto a cenar al Macondo. Había muy buen ambiente y estaba prácticamente lleno. El local era desenfadado, informal, con muchísimo encanto.
Pidieron un par de cervezas y unas pizzas para compartir entre los tres.
Lucía estaba entretenida coloreando unos dibujos que le había dado un camarero, pero la pobre se quedó dormida enseguida sobre la mesa.
Su siesta no había sido suficiente. Estaba agotada después del día entero de playa.
Todo el mundo que pasaba al lado de la mesa se reía.
La verdad es que parecía que se hubiera desmayado.
—Estás muy guapa —le dijo Daniel a Ana.
—¿Y eso? —respondió ella.
—No sé. Me gustas.
—Anda, tonto. Si yo sé que tú has estado con chicas bastante más guapas que yo. Rebeca, por ejemplo, era guapísima. He visto un par de fotos suyas en el cuarto de Lucía.
—Sí, era guapa. Pero tú también. Será que, como estoy enamorado, me habrás hipnotizado y para mí eres la más guapa del mundo.
—Bueno —dijo ella riéndose—, tú tampoco estás mal, chavalín. Y que sepas que me han gustado mucho esos besos que me has dado esta tarde.
—Ah, ¿sí? Pues ya sabes. De todas formas, la próxima vez me toca a mí.
—No sé. Ya sabes que soy muy vergonzosa.
Daniel levantó la mano.
—Eso lo arreglo yo enseguida. ¡Camarero, por favor! Una botella de Lambrusco.
—¿Lambrusco? ¿Estás loco? Que llevo dos cervezas.
—Tranquila. Estás en buenas manos —dijo Daniel, tocándole la pierna por debajo de la mesa.
Ana pegó un salto.
—¡Oye! Que esto está lleno de gente.
—Ay, mi Anita. Anda, aprovecha y tómate unos vinitos, que conduzco yo.
La noche fue estupenda. Lo pasaron muy bien. Sobre todo, Daniel, porque Ana estaba graciosísima. Efectivamente, no estaba acostumbrada a beber. Hasta siguió con la mirada a un italiano que pasó por su lado y soltó:
—Jooooder, qué pedazo de tío.
Daniel se echó a reír.
—Uy, para mí que te ha oído.
—¿Seguro? —preguntó Ana, alarmada.
—Fijo. ¿No ves que se ha girado?
—Qué vergüenza. Ya te he dicho que no me dieras de beber, que soy como los gremlins.
—Uy, eso me pone. Pide la cuenta.
Ana se levantó y se fue al baño. A la vuelta, Daniel se dio cuenta de que estaba hablando con el italiano.
—¿Qué? ¿Qué te ha dicho el italiano?
—¿Estás celoso?
—¿Celoso yo? —se rio Daniel—. Qué va. Ese italiano puede ser muy guapo, pero quien se va a acostar contigo esta noche soy yo.
Daniel pagó, cogió a Lucía en brazos y se fueron andando hacia el coche.
—¿Sabes qué me ha dicho el italiano?
—¿Qué?
—Que tengo una hija muy guapa.
Y los dos se montaron en el coche comentando entre risas la jugada del España-Italia.
Después de acostar a Lucía, fueron al baño y se lavaron los dientes mientras se desvestían. No se sabía quién tenía más prisa por terminar y meterse en la cama.
Al final ganó Daniel. La habitación estaba prácticamente a oscuras, solo entraba una luz tenue desde el pasillo. Ana se puso delante de la cama completamente desnuda. Daniel apenas distinguía la silueta. Y ella le dijo:
—Entonces, comentabas que tenía que devolverte ciertos besos, ¿no?
—Efectivamente —respondió él mientras apartaba la sábana.
Ana se puso de rodillas en la cama y siguió los mismos pasos que Daniel horas antes. Empezó a besarle los tobillos y fue subiendo poco a poco. Él estaba muy excitado y, la verdad, no veía la hora en que ella llegara hasta su miembro.
Y por fin llegó.
A Daniel le dio un escalofrío.
Pero, poco a poco, notó que a Ana se le iba la fuerza. Bajó el ritmo de los besos y terminó apoyando la cabeza sobre uno de sus muslos.
No se lo podía creer.
Se había quedado dormida.
El alcohol le había jugado una mala pasada.
Daniel la agarró, la subió despacio hacia la almohada, la tapó con la sábana, le dio un beso y le susurró al oído:
—Te quiero.
Y ella, sorprendentemente, respondió:
—Gracias.
Daniel se había quedado a medias, sí, pero se durmió con una sonrisa. La situación había tenido un final más bien cómico y, además, la quería demasiado como para reprocharle nada.
Y llegó el domingo.
Lucía se levantó pronto. A las ocho ya estaba en pie, soplándole a su padre en la nariz.
Daniel se levantó despacio y se fue con ella al salón para no despertar a Ana.
Le preparó el desayuno, que devoró porque no había cenado.
Daniel estaba cansado y quería dormir un rato más, así que le dio un par de muñecas a Lucía para que jugara en la alfombra.
Pero el entretenimiento duró poco. Sacó entonces unos rotuladores y le dijo que les pintara las uñas a las muñecas.
Pensó que, dos muñecas a veinte uñas cada una, tendría para un buen rato.
Vio que la estrategia parecía funcionar y no tardó nada en quedarse dormido.
Lo despertó Ana gritando:
—Pero Lucía, ¡qué has hecho!
Daniel se sobresaltó. Miró a Lucía, miró alrededor y todo parecía en orden.
—¿Qué? ¿Qué pasa?
Ana, se dejó caer al suelo agarrándose la tripa, desternillándose de risa. Daniel se acercaba a Lucía, comprobaba que estaba bien, la giraba, veía solo algún resto de rotulador en la cara y en las manos, daba vueltas por el salón y seguía sin entender nada.
—Joder, Ana, dime qué pasa. No me vuelvas loco.
Pero ella no podía. Aunque quisiera, no era capaz de pronunciar una palabra entera.
Daniel terminó medio enfadado, yéndose a la cocina a preparar café.
—Bueno, ¿me lo dices o no?
Ana se levantó al final y respondió:
—No te preocupes, es una tontería. Prefiero que te des tú cuenta.
El ambiente se quedó un poco raro. A Daniel no le gustaba nada la cara de cachondeo de Ana y menos cuando ella y Lucía se miraban y parecían compartir un secreto.
Terminaron de desayunar y decidieron no hacer mucho por la mañana. Por la tarde el plan era visitar el mercadillo de La Mola. Repetirían el plan del viernes: paseo con las fieras hasta la Playa de Ana, baño y picnic .
Daniel fue al baño a prepararse y desde la cocina oyeron un grito:
—¡Pero qué coño!
Y de repente apareció delante de ellas mirándose los pies.
Lucía le había pintado las uñas con los rotuladores. Cada una de un color. Al parecer, las cuarenta uñas de las muñecas no le habían parecido suficientes y había seguido con las de su padre.