Poseidonia Capítulo 17 — illetes
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Capítulo 17 — illetes

illetes

Lucía despertó a Ana como solía hacer con sus padres: soplándole en la nariz.

Daniel la había mandado allí para que lo hiciera.

Tenía una sorpresa para Ana. Le había preparado un súper desayuno: zumo, fresas, mango, yogur griego, chocolate, bollos, cereales, tostadas, jamón…

había comida allí como para diez personas.

Desayunaron despacio, recogieron y se fueron hacia Ses Illetes. Tenían muchísimas ganas de ir porque habían oído maravillas de aquella playa: la mejor de Europa, nada que envidiar a las del Caribe.

Ses Illetes se encuentra en un espacio natural protegido, el Parque Natural de Ses Salines, que comprende la parte sur de Ibiza y la parte norte de Formentera: trece mil hectáreas de mar y una parte terrestre de casi dos mil.

En él conviven flora, fauna, aves, barcos y, cómo no, turistas, muchos turistas.

Pero el actor más importante de ese parque es, sin duda, la posidonia.

Se cree que es el mayor y más antiguo ser vivo del mundo: quince kilómetros de ancho y, por lo menos, cien mil años de antigüedad.

Una gran pradera que estimula la vida, incrementa el oxígeno y genera el filtrado natural de las aguas del mar, dejándolas cristalinas y puras como en ningún otro lugar de la tierra.

Por el camino pudieron disfrutar de la belleza de las salinas, donde la sal convive con el mar y la luz, y sirve de descanso para muchas aves migratorias.

Dejaron el coche en el parking sin problema, algo que en temporada alta era casi un premio reservado a los más madrugadores.

Empezaron a caminar hacia la playa disfrutando del entorno, de las dunas, hasta que poco a poco fueron divisando el azul. Ese azul turquesa infinito que estaban esperando, pero que jamás habrían imaginado tan intenso.

Dejaron las cosas en el suelo y se quedaron quietos.

No tenían prisa.

Daniel y Ana se cogieron de la mano y se pusieron a contemplar el cuadro que tenían delante.

Nunca habían visto una fusión más hermosa de cielo, mar y tierra.

Un paisaje teñido por una gama de azules únicos, desde el más violento al más tenue, que se intensificaban con el blanco limpísimo de la arena.

Todo eso bañado por la luz del sol y por una energía capaz de hacer que el mundo se detuviera un instante delante de ti.

Siguieron avanzando, se descalzaron y notaron cómo la arena suave les acariciaba los dedos a cada paso.

Era el paraíso.

Y, además, con poca gente. No había prácticamente nada que ensuciara la vista. Tardaron menos de un segundo en dejarlo todo y acercarse al agua cristalina.

A Daniel y a Ana les encantaba hablar, pero sabían apreciar también el silencio.

A veces algo es tan hermoso que es mejor no confundirlo con palabras, teléfonos o cámaras.

A su alrededor, había mucha gente haciendo fotos para subirlas a las redes.

Como si fuera más importante demostrar que estabas allí que vivir de verdad ese momento.

El agua era poco profunda, así que Lucía fue la primera en caminar sobre ella, escoltada por Dex y Bimba. Tenía una temperatura perfecta y no había apenas oleaje.

Se sentaron en el agua. Ana llevaba un buen rato callada y, como no puede ser de otra manera cuando alguien llena los ojos de tanta belleza, terminó diciendo:

—Es como un trocito de cielo en la tierra.

—Como tú —dijo Daniel, pegándole un mordisco en el brazo y riéndose—. Venga, vamos a bañarnos.

Y allí estuvieron más de una hora todos disfrutando de aquella gran piscina del Mediterráneo.

Al rato, Daniel les propuso dar un paseo.

Subió a Lucía a la mochila y empezaron a andar por la orilla hasta llegar a unas rocas.

Las pasaron sin problema y dieron con la famosa lengua de arena de Illetes.

Era impresionante: había playa a ambos lados.

Aprovecharon para darse un baño y descansar un poco. Lucía ya iba pesando.

El agua era tan cristalina que veían perfectamente a los peces moverse bajo sus pies, seguirlos con la mirada y observar cómo se despedían a lo lejos gracias a la claridad del mar.

Tardaron poco en llegar a la punta, desde donde pudieron contemplar la isla de S’Espalmador, que también forma parte del Parque Natural.

A la vuelta, Daniel notó a Ana un poco cohibida.

—¿Qué te pasa?

—No sé. Siempre me he creído muy moderna, pero es que es la primera vez que estoy en una playa nudista.

Aunque en Formentera está permitido el nudismo en todas las playas, sí hay playas o zonas donde está mucho más extendido. Illetes, justo por donde estaban pasando ellos, es una de ellas.

—A mí me pasó igual la primera vez. Pero cuando me bañé desnudo se me quitaron todos los pudores. Es de las experiencias más gratificantes de mi vida —dijo Daniel quitándose el bañador y metiéndose en el agua.

—Uy, me da vergüenza. Me quedo aquí con Lucía.

—¿Lucía? Espera.

Daniel salió del agua, cogió a Lucía, le quitó el bañador, la levantó en brazos y animó a las fieras a meterse en el mar.

—Te quedas sola. Ahora sí que te tiene que dar vergüenza, porque eres la única de la playa que lleva bañador.

Ana se quedó sentada, quieta. Por la cabeza le pasaban mil pensamientos: las monjas del colegio, su padre, sus clientes encorbatados… Pero al mismo tiempo quería saltarse los límites. O, al menos, para ella, desnudarse delante de cien personas lo era.

Se levantó de golpe, se quitó el bikini y salió corriendo hacia el agua.

Una de las virtudes —o inconvenientes— de Ses Illetes es que el agua no cubre hasta bastante lejos, y a Ana se le hizo eterno lo de correr desnuda por el agua. Estaba nerviosa porque pensaba que todo el mundo la miraba. Al final, decidió agacharse e ir arrastrándose hacia donde estaban ellos.

Daniel se dio cuenta de que lo estaba pasando mal. Se acercó, la besó y le dijo:

—Estoy muy orgulloso de ti, pequeña. Venga, ve hacia donde cubre, que tienes que nadar y vivirlo. Yo te espero aquí con estos.

Y Ana por fin llegó a esa zona. Efectivamente, era como decía Daniel. Tenía todo el mar para ella. Nadó, buceó, hizo el muerto durante un buen rato. No tenía ninguna prisa. Se habría quedado allí todo el día. Pero al final vio que ya habían salido y la esperaban en la arena.

Volvió poco a poco. Esta vez no tenía ninguna necesidad de taparse. Caminó despacio, sin complejo ni pudor.

Para comer, Daniel había seguido otra recomendación de Romeo.

Fueron al Kiosco Pirata, que estaba allí mismo.

Daniel no entendió muy bien lo de kiosco, porque aquello era un gran chiringuito.

Dejaron a las fieras atadas en una zona con sombra, junto a dos boles enormes de agua que les ofreció un camarero, y se sentaron en la terraza.

Desde allí veían ir y venir las lanchas desde los yates del horizonte. Pidieron una bebida y Ana cogió la carta.

—Madre mía, qué precios. Creo que nunca he estado en un sitio tan caro. Joder, ¿pero esto es un kiosco? ¿Un chiringuito?

—A ver, esto es Formentera, esto es Ses Illetes y, según me ha dicho Romeo, aquí se come genial. Y además es tu primer fin de semana aquí. Tengo que cuidarte y halagarte. Ya tendremos tiempo de venir con el bocadillo.

—Bueno, me dejo. Pero ¿tú qué intenciones tienes? ¿Qué pasa, que no quieres que vuelva a Madrid?

—Pues no, pero sé que volverás. Y también sé que llegará un día en que pelearemos por el mismo lado de la cama en Villa Lu, que me quejaré del poco espacio que me dejarás en el armario y… bueno, me callo.

—¿Callarte? Habla, capullo.

—Bueno… que lo mismo tenemos que montar un bodorrio en el jardín.

Ana se quedó mirándolo.

—¿Me estás pidiendo que me case contigo?

—No, por dios. Ya me lo pedirás tú, que tienes asegurada la respuesta. Si te lo pido yo, no la tengo tan clara y no quiero ponerte en un compromiso. Madrid, tu casa, tu trabajo…

Ana se quedó pensativa durante buena parte de la comida. Las palabras de Daniel la enfrentaban a un miedo que ya le había quitado el sueño más de una vez.

Él había roto con todo y se había ido a Formentera.

Pero ella tenía su empresa, en la que había invertido esfuerzo y años, y además tenía…

Nada.

No tenía nada más de lo que preocuparse.

Y eso era precisamente lo que la martirizaba.

Lo único sólido que tenía en la vida era su trabajo y algunos hobbies .

No tenía pareja, ni familia propia, ni una casa en la que se sintiera realmente a gusto.

Incluso temía que llegaran las vacaciones porque muchas veces no encontraba con quién compartirlas.

La gente tenía de ella una imagen quizá equivocada. De puertas afuera parecía muy segura. Pero cuando se metía en la cama por la noche, se sentía sola. Su cerebro se mantenía ocupado, su agenda estaba llena, pero el corazón seguía latiendo en vacío.

Todo cambió en una supuesta comida de trabajo donde alguien le dijo un «te quiero».

Y desde entonces, esa persona había conseguido que su corazón empezara a latir con más fuerza.

Él, su pequeña Lucía, a la que cada día echaba más de menos, y ese instinto maternal que había despertado dentro de ella sin pedir permiso.

Ana, la chica independiente, la que no necesitaba a nadie para ser feliz, se preguntaba si estaba conociendo por primera vez el amor de verdad que, cuando llega, no hay cerebro capaz de frenarlo ni dosificarlo.

—¿Qué te pasa, Ana? Te noto distante, pensativa. ¿Te ha molestado algo? Ya sabes que soy un poco bocazas. ¿Ha sido lo del matrimonio?

—Buf… no sé. Me ha dado un poco de bajón. Estoy tan a gusto aquí con vosotros que solo pensar en volver a Madrid me deprime bastante, la verdad.

—Perdona, es que me ha salido del alma. Pero ya sabes que te quiero y es probable que en un futuro tengamos que plantearnos ciertas cosas. Tú aquí, yo allí… ya se verá. Lo importante es que estemos juntos. Venga, mira la carta a ver qué te apetece.

Ana lo miró con los ojos humedecidos.

—Tú.

—¿Tú, qué?

—Que me apeteces tú —dijo con una sonrisilla, medio emocionada.

—Anda, pava.

Daniel se levantó, le dio un beso y un abrazo. Lucía lo vio y se les quedó mirando.