Capítulo 16 — el viaje de ana #3
Ana se bajó del taburete, le dio un beso y se quedó abrazada a él un buen rato. Romeo, desde el otro lado de la barra, le hizo un gesto de aprobación con la mano mientras se reía.
Llegó la hora de irse a casa.
—Natalia, despierta, que ya estamos aquí —dijo Daniel al verla dormida en el sofá.
—Déjame, que me quedo.
—No, que hoy no hace falta. Está aquí Ana y te puedo llevar. Se queda ella pendiente de Lucía.
—Vale.
Natalia se levantó y fue hacia el coche casi arrastrándose, como una niña pequeña.
Daniel le dio un beso a Ana y se fueron al coche.
—Vaya, veo que al final sí sois novios.
—Pues sí, va a ser que sí. ¿Se puede saber qué le has dicho a Ana, que se ha mosqueado contigo?
—Pues eso. Solo le he preguntado si erais novios. ¿Solo por eso se ha mosqueado? Pues vaya. A ver si va a ser que está celosa.
—¿Celosa? —preguntó Daniel—. Por dios, que te saco veinte años.
—A las mujeres normalmente no les suelo caer muy bien. Será por mi forma de vestir o porque no se me caen las carnes. En fin, allá ella.
—Pues ya puedes llevarte bien con ella porque va a estar aquí más días y vendrá también a pasar las vacaciones.
Y a ver si te acostumbras a ser más discreta y respetuosa, sobre todo con gente mayor que tú.
No puedes ir por ahí haciendo preguntas indiscretas ni opinando sobre cosas que no son de tu incumbencia.
—Va a ser que sí que podrías ser mi padre. Vaya chapa me estás pegando. A ver, que yo no tengo ningún problema. Díselo a ella, que es la que está enfadada. E intentaré ser más simpática.
Cuando Daniel volvió, Ana estaba en el porche, en el mismo sitio donde él se sentaba a hablar con ella.
—¿Qué tal? ¿Disfrutando de la noche? ¿Te traigo una mantita?
—Sí, por favor. Y siéntate conmigo.
—No he tardado mucho, ¿no? Vive a unos dos kilómetros de aquí. Lo que sí es verdad es que no hay ni una sola luz. Es normal que tenga miedo.
—No sé, no me gusta esta chica, pero es tu decisión.
—He hablado con ella sobre lo de esta tarde. Ya le he dicho que tiene que ser más educada y no entrometerse en nuestra vida.
—¿Y qué te ha dicho?
—Que sí, que la perdones.
Evidentemente, Daniel no podía contarle la respuesta real de Natalia. No quería echar más leña al fuego.
—No es mala chica, de verdad. Y es normal que no quiera volver sola de noche.
Entonces le contó la historia de Natalia con los italianos.
—Joder —dijo Ana—. Pobre Natalia. ¿Y de verdad que quemó las motos? Vaya ovarios. ¿Pero cómo lo hizo?
—Según leí, quitó los tapones de la gasolina, tiró las motos al suelo y les prendió fuego.
—Madre mía. A ver si vas a tener una psicópata en casa.
—Calla, que al final a ellos los dejaron libres y a ella le reclamaron judicialmente el pago de las motos. Salió en varios periódicos.
—Coge el iPad —dijo Ana—. Vamos a cotillear.
Enseguida encontraron la noticia. Ana la leyó en alto y terminó diciendo:
—Pues es verdad. Joder, flipo. Bueno, dejemos de hablar de ella. Lucía sigue sin hablar, ¿no?
—Sí, sigue igual, pero no me quiero preocupar más de la cuenta.
Ya sabes lo que dijo la psicóloga. Y aquí la veo muy bien.
Está todo el día en el jardín, le encanta la playa y con Natalia muy bien, ya verás.
Quizá yo no sea muy buen padre. No aguanto mucho jugando con ella.
Lo intento, pero me aburro al rato y me pongo a hacer cosas.
En septiembre la apuntaré a la guardería.
De momento disfrutaremos todos del verano.
—No eres mal padre, Daniel. Es cuestión de paciencia. Tú tienes poca, pero en cambio tienes otras virtudes — dijo ella mientras volvía a ponerle la mano donde sabía que iba a desconcentrarlo.
Daniel se volvió hacia ella.
—¿Sabes que nunca he hecho el amor bajo la luz de las estrellas?
—¿Te gustaría? —preguntó él, apartándole cariñosamente el pelo de la cara.
Por toda respuesta, Ana se levantó y se fue hacia el salón.
Daniel se quedó alucinado con aquella fuga repentina.
Pero Ana tardó solo un minuto en sacarlo de dudas.
Abrió las cortinas y salió completamente desnuda.
Se acercó despacio, se puso de rodillas en el suelo y le fue quitando lentamente la ropa mientras lo besaba en la boca, en el cuello, por el pecho.
Daniel estaba tan excitado que cerró los ojos y se dejó llevar.
Ana se subió encima de él y empezó a moverse lentamente. Poco a poco fue subiendo el ritmo y empezó a gemir. El volumen de sus gemidos fue creciendo hasta que terminó con un clímax que la obligó a dejarse caer sobre él. Se quedaron quietos, demasiado excitados, escuchando sus propias respiraciones.
Dos minutos después, Ana dijo:
—Déjame tumbarme. Ahora te toca a ti.
Daniel se rio.
—¿Qué pasa? ¿No te apetece? —preguntó ella.
—Cariño, me he corrido justo dos segundos antes que tú.
Ana abrió mucho los ojos.
—Ya decía yo que me notaba muy mojada.
Y los dos se echaron a reír.
—Daniel, mira. Hemos tenido hasta público.
Él giró la cabeza y vio a las fieras sentadas una junto a otra, como en un cine, sin perderse un solo detalle. Ellos habían estado tan centrados, tan absorbidos por la luna y por el cuerpo del otro, que ni se habían dado cuenta.