Capítulo 16 — el viaje de ana #2
—¿Se te ha ido la cabeza? ¿Por qué les has contado esa película?
Daniel no podía parar de reír.
—A ver. Nos hemos ahorrado una multa y dar explicaciones incómodas.
No había terminado la frase cuando oyeron una sirena. Eran los guardias, indicándoles que se detuvieran en el arcén. Se acercaron, uno por cada lado. La guardia llevaba el pareo en la mano.
Ana se quería morir. Tenía la cara más roja que el pelo, que ya era mucho decir. Ahora era ella la que apretaba la mano de Daniel con fuerza.
—Señores, hemos ido a ver si encontrábamos su anillo y creo que se han dejado esto —dijo la guardia, muy seria, dándole el pareo a Ana.
La pobre ya no podía disimular y se llevó la mano a los ojos.
—Anda, váyanse —dijo el otro guardia riéndose—. Y recuerde comprarle a su mujer otro anillo, pero esta vez que no lo tire por la ventana, que es ilegal. Y no me refiero solo a que pudiera provocar un fuego, que también.
—Muchas gracias, agentes, tengan un buen día. Y que viva la Guardia Civil.
Y terminaron riéndose los cuatro.
Ana seguía riéndose a carcajadas, con la mano apoyada en la entrepierna de él.
—Para, para de reír, que te va a dar algo.
Pero cada vez que conseguía calmarse, a los dos segundos volvía a reír sin retirar su mano provocadora.
—A todo esto —dijo Ana—, ¿vamos a cenar en la playa? ¿Por qué me llevas por este carril? ¿No estarás pensando en tirar otro anillo?
—Pues no me importaría, pero no. Vamos al Blue. Me ha pasado un amigo una lista de los sitios a los que te tengo que llevar.
—¿Ya tienes aquí un amigo con el que tienes tanta confianza como para contarle lo nuestro?
—Sí. Ahora te cuento durante la cena y luego vamos a tomar una copa con él. Te lo presento y después tú y yo, a nuestro aire.
El Blue era un chiringuito azul, por supuesto, que coronaba una duna de la playa de Migjorn.
Desde allí se veía el Mediterráneo cambiar de color al caer la tarde, mientras sonaba música en directo.
Lo habían construido hacía más de cincuenta años, en plena época hippie , y por allí habían pasado estrellas como Jimi Hendrix o Bob Marley.
A Ana le encantó el sitio. A ella y a cualquiera que tuviera la suerte de sentarse allí alguna vez. Daniel había llamado antes para pedir una buena mesa, usando uno de sus trucos favoritos: decir que estaban de aniversario. Y, efectivamente, funcionó.
Habían llegado en el momento perfecto: quince minutos antes de la puesta de sol.
Pidieron una bebida y se quedaron hipnotizados por la belleza del momento.
Nunca había habido silencios entre ellos.
Aquella era la primera vez. Pero merecía la pena.
Casi nadie hablaba. Todo el mundo miraba al horizonte, como si estuvieran esperando que el sol dijera algo.
Cuando desapareció, Ana se levantó, se sentó sobre las piernas de Daniel y le dijo:
—Te quiero.
Daniel se quedó paralizado.
Y solo se le ocurrió decir:
—¿Perdona?
—Sí, te quiero —susurró Ana—. ¿Algún problema?
—No, no. Me encanta. Hasta me gustaría oírlo otra vez.
—¡Te quiero! —dijo ella esta vez más alto, rematándolo con un beso.
—Buenas noches, ¿molesto? ¿Vuelvo más tarde? —preguntó una camarera muy simpática, con cierto aire vintage .
—Pues no sé qué decirte porque aún no hemos visto las cartas y acaba de decirme que me quiere —dijo Daniel.
—Sí, ya lo he oído y parece que lo dice de verdad. Qué envidia.
—¿Envidia? —preguntó Daniel.
—Sí. Que te lo diga una chica tan guapa. A mí me encantaría.
—Es guapa, ¿eh? —dijo Daniel con cara de cachondeo.
—Perdón, chicos, ¡estoy aquí, eh! ¡Que estáis hablando de mí! —protestó Ana.
La camarera y Daniel se rieron y hasta chocaron las manos.
—¿La conoces?
—No, pero es muy maja. Parece que le has gustado. ¿Alguna vez has ligado con una chica?
—Depende. Si sonreír demasiado y acabar demasiado cerca cuenta como ligar, puede que sí. Anda, vamos a ver qué pedimos.
Daniel se quedó con ganas de saber más, pero decidió guardar las preguntas para después de alguna copa. Allí pasaron dos horas probablemente inolvidables. La comida no era para tirar cohetes, pero estaban tan a gusto que no les importó lo más mínimo.
—Venga, vamos a pedir la cuenta y nos vamos al bar de Romeo.
—¿No tenías algo que contarme sobre él?
Y Daniel le contó todo: que era italiano, cómo lo había conocido, lo que pasó con Dexter… Ana escuchó y terminó diciendo:
—Pues mira, solo por lo de Dexter me apetece conocerlo y darle las gracias. Venga, vámonos.
En cuanto Romeo los vio, salió de la barra a saludarlos.
—Tú eres Ana, ¿verdad? Tenía ganas de conocerte. ¿Qué tal el Blue? ¿Os habéis enamorado?
—No digas nada, que te conozco —dijo Ana, poniéndole la mano en la boca a Daniel.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Romeo.
—Nada, nada —respondió Ana riéndose—. Venga, prepáranos uno de esos cócteles maravillosos, que tengo sed. El mío cargadito, que conduce Daniel. Voy un momento al baño.
Daniel se sentó en la barra y Romeo empezó a preparar las bebidas.
—Bueno, entonces ¿todo bien? Se os ve felices, tío. Ya entiendo cuando me dijiste eso de la química y que conectabais. Entiendo que no sabe nada de lo de la postal, ¿no?
—¿Qué es lo que no sé de una postal? —preguntó Ana, que ya había vuelto.
—Nada —dijo Romeo rápido—. Cosas mías. Una tontería. Aquí tenéis, chicos. Pasadlo bien. Qué bonito es el amor.
Y se fue a atender a otra pareja que acababa de entrar.
—Parece majo, ¿no? —dijo Ana.
—Sí, la verdad es que sí. Demasiado, quizá. Yo le saludé en la playa porque no había nadie más, por educación, pero él empezó a hablar… y hasta hoy. Yo creo que fue porque vio la nevera —comentó riéndose.
Ana dio un sorbo largo al cóctel y se quedó mirando el local.
—Buf, me encanta esta isla. Me va a costar mucho irme. Qué pereza Madrid… Lo que no tengo muy claro es a qué te vas a dedicar. Sé que tienes ahorros para bastantes años, pero ¿no piensas trabajar?
—De momento no me lo planteo. Quiero disfrutar de mi familia, de esta isla, como tú dices, y de una chica que me encanta.
Tengo que tener tiempo para ir a verla o para recogerla en el puerto —respondió Daniel, riéndose.
Ya veré a qué me dedicaré. A las malas, siempre puedo volver a las finanzas.
Tengo muchos contactos. Podría trabajar desde casa e ir a ver a clientes una o dos veces al mes.
—Pues qué envidia. A ver si te va bien y me retiras.
—Con gusto lo haría, pero esa es una decisión que tienes que tomar tú sola. De momento, aquí tienes tu casa. Ya sabes que tanto yo como Dexter y Lucía te queremos y ya te hemos adoptado. Y nosotros también iremos a verte cuando nos invites, claro.
A Ana le brillaban los ojos. Sin duda, esas palabras le habían llegado al corazón.
—No, déjalo, que ya si eso vengo yo aquí. Vamos a comparar meternos en mi casa de Madrid con estar aquí, en Villa Lu.
—¿Villa Lu? Me encanta. Mañana mismo encargo un azulejo para ponerlo en la entrada.