Capítulo 16 — el viaje de ana
el viaje de ana
Y llegó el viernes.
El día esperado. El del reencuentro con Ana y Bimba.
Llegaban en el barco de las cinco. Daniel llegó pronto al puerto para esperar a su «chica», como la había llamado delante de Romeo.
Mientras él mantenía la vista fija en el horizonte, Lucía paseaba a Dex por allí.
O, más exactamente, Dex paseaba a Lucía.
La gente siempre alucinaba. Más de uno le había dicho alguna vez cómo era capaz de dejarle un perro tan grande a una niña tan pequeña.
Pero Dex jamás la había tirado. Se movía con un cuidado casi humano y giraba la cabeza una y otra vez para asegurarse de que ella seguía bien.
Ana bajó del barco arrastrada por Bimba, que iba como loca por ver a Dexter.
Él permanecía quieto, aunque moviendo la cola a una velocidad casi indetectable para el ojo humano.
Sin mediar palabra, Ana y Daniel se dieron un abrazo.
Lo necesitaban. Luego llegó el beso, pero antes necesitaban juntar los cuerpos. Se habían echado demasiado de menos.
Lucía tiró de la falda de Ana y ella se agachó enseguida.
—Oh, mi niña, ¿cómo estás? ¿Me has echado de menos tú también?
Y se fueron todos hacia el coche.
—¿Y esto? —preguntó riéndose y señalando el jeep .
—¿Qué pasa? ¿No te gusta mi coche?
—Bueno… es un poco raro. Barra cantoso, barra destartalado. Pero sí, mola. Va mucho contigo. Venga, que estoy deseando ver la casa.
Cuando llegaron, Ana se bajó del coche, cogió a Lucía en brazos y entró en el jardín, luego en el porche, después en el salón. No decía nada. Siguió por las habitaciones como si necesitara recorrerlas a solas antes de atreverse a opinar.
—Bueno, ¿qué? ¿Te gusta? No dices nada —preguntó Daniel.
Ana se sentó en la cama y dejó caer una lágrima.
—¿Qué te pasa?
—Es la casa más maravillosa que he visto en la vida.
—Bueno, tampoco te pases. Hay que darle un repaso, comprar algunos muebles…
—No lo entiendes —dijo Ana—. Tiene alma. Es preciosa.
Dejó a Lucía en el suelo porque las fieras ya la estaban reclamando.
—¿Y por qué lloras? —preguntó Daniel, sentándose a su lado y secándole la lágrima con los dedos.
—No sé. No tengo claro si es porque me he emocionado de lo bonita que es y por dónde está, aquí en el campo, rodeada de viñedos… o porque quizá acabo de descubrir que nunca dejarás este lugar.
—Anda, tonta.
Daniel la empujó suavemente para tumbarla en la cama, se subió encima de ella y empezó a besarla con todo el deseo acumulado de tantos días.
—Oye, oye, para. La niña —dijo Ana.
—Espera. Dame otro beso.
Y allí se quedaron, besándose. Sin hablar. Acariciándose, buscándose, pero sin quitarse la ropa. Lucía andaba por allí y no querían desnudarse. Al menos no todavía.
Llamó Natalia, para ver a qué hora iba.
Ana escuchó la conversación y luego preguntó quién era. Daniel se lo explicó y le dijo que iban a tener dos noches libres para salir, «como si fueran novios», añadió sonriendo. Ana se alegró. Lucía era un amor, pero también le apetecía estar a solas con él.
—Bueno, ¿y cómo vamos a dormir? —preguntó ella con cara de picarona.
—Pues a ver… Lucía tiene su habitación y la otra no tiene cama, será para las fieras. No sé, lo que tú veas. Puedes dormir en el sofá si quieres, yo prefiero la cama, que parece bastante cómoda.
Se echaron a reír.
Fueron a la playa que le había enseñado Theo. Iban andando por el carril y, en cuanto Dex vio el agua, salió corriendo, con Bimba detrás.
—¡Venga, vamos todos corriendo! —gritó Ana.
Daniel cogió a Lucía y así lo hicieron. Ana empezó a quitarse ropa, parte de arriba del bikini incluida, y se tiró de cabeza al agua.
Daniel se partía de risa.
—Hala, hala, disfruta, que ya me quedo yo con la niña.
Y empezó a darle crema a Lucía, a prepararle el chaleco, a hacer esas cosas repetidas y pacientes que hacen los padres en las playas una y otra vez. Ana llamó a las fieras y se puso a jugar con ellas en la orilla, a rebozarse cual croqueta madrileña y a chapotear sin ninguna dignidad.
Daniel aprovechó un descuido de ella, la cogió en brazos y se la llevó al agua.
—Chicos, cuidad de Lucía, ¿eh?
Y allí, en el agua, siguieron con lo que habían dejado a medias en la habitación. Daniel sentó a Ana a horcajadas sobre él. Rieron, se besaron, jugaron, siempre sin perder de vista a Lucía, que corría detrás de Bimba.
—Ahí te quedas con tu amiguito —dijo Ana riéndose.
Y se fue a por Lucía.
—Venga, Lucía, al agua. Vamos a bañarnos, que tu padre se encuentra indispuesto.
Daniel estaba feliz, aprovechando y disfrutando cada segundo. Sabía que Ana se volvía el lunes por la mañana, pero prefería vivir el presente.
Ya en la esterilla, Ana se tumbó apoyando la cabeza sobre Daniel.
—Qué tranquilidad… tenemos toda la playa para nosotros. Y eso que las playas de Formentera estaban todas hasta arriba.
—Esta es tu playa, Ana. Te la regalo —dijo sonriendo.
Ana se giró para mirarlo como si acabara de regalarle un anillo de diamantes.
—Bueno, a ver mañana, que vamos a Ses Illetes, la mejor playa del mundo. Siendo sábado habrá más gente. He reservado para comer en un chiringuito que ponen muy bien. Venga, vámonos, que nos tenemos que cambiar y va a llegar dentro de poco la canguro.
Mientras Ana se duchaba. Llegó Natalia y Lucía se levantó para abrazarle las rodillas, algo que hacía con la gente que de verdad le gustaba.
—¿Y ese perro? —preguntó Natalia.
—Es Bimba, la perra de Ana.
—Ah, bueno. ¿Me la presentas?
—Sí, ahora, cuando salga de la ducha. Te he dejado hechas unas albóndigas para esta noche. Podéis cenar eso y algo de fruta.
—¿Ves como no hace falta saber cocinar? —respondió Nata—. Por cierto, toma. Mi DNI y las direcciones para contratar el wifi y comprar la tele. Me los ha conseguido mi padre.
—Vale, este mismo lunes vamos. Dale las gracias a tu padre.
—Guay. Así no me aburro, que Lucía se duerme pronto y mis datos me duran dos días. Voy al cuarto de Lucía a coger algunos juguetes.
Y por el camino se encontró con Ana, que salía de la ducha solo con la toalla.
—Hola, tú eres Natalia, ¿no? Daniel me ha hablado de ti —dijo Ana, acercándose para darle dos besos.
—Sí, me imagino. Tú, Ana. Yo no he oído hablar mucho de ti. Eres la novia de Daniel, ¿no?
—Bueno, novios…
—¡Ja, ja, ja! ¿No lo tienes claro? El otro día se lo pregunté a él y tampoco me supo responder. Ya si eso lo aclaráis durante la cena. Bueno, voy al cuarto de Lucía. Ahora te veo.
Ana se quedó alucinada. Primero, porque iba vestida como si se fuera de fiesta: un escote con más intención que tela, una minifalda-cinturón y maquillaje para iluminar una autopista.
Y segundo, por la indiscreción y los modales.
La verdad es que hacía mucho tiempo que nadie la ponía tan nerviosa en tan poco tiempo.
—Estás muy guapa—dijo Daniel cuando Ana salió por la puerta. Y la verdad es que se enamoró un poco más porque le pareció que era aún más bonita de lo que recordaba.
—Venga, tienes el baño libre. Dúchate.—El tono seco sorprendió a Daniel.
Ya en el coche, él le preguntó:
—¿Qué te pasa?
—¿Que qué me pasa? ¿De dónde has sacado a esta tía?
Daniel se rio.
—Ah, es eso. Sabía que te iba a encantar. Es una muchacha muy especial, sí, pero cuando la veas con Lucía ya entenderás por qué la he contratado.
—¿Especial? Mira, Daniel, para la edad que tienes, parece que de mujeres sabes poco. Las mujeres somos libres de ir como nos dé la gana, faltaría más. Pero venir a hacer de canguro con este modelito me lleva a pensar que te quiere provocar.
—Anda ya, que podría ser su padre. Además, el día que la conocí también iba así y yo no existía.
—Pero lo que me ha indignado de esta mujer, porque es una mujer y no una niña como tú piensas, es su mala educación, su descaro y su mala hostia, con perdón.
—Sí, bueno, hablaré con ella y le dejaré las cosas claritas. Y si veo que no cambia, buscaré a otra persona, no te preocupes. Pero de momento me está ayudando con la niña y nos ha permitido tener dos noches libres, así que disfrutémoslo.
Daniel le cogió la mano para intentar que se relajara, pero Ana se la apartó. No le habían convencido las palabras de Daniel. Así que este pegó un frenazo, se bajó del coche, abrió su puerta y se arrodilló.
—Ana, ¿quieres salir conmigo y ser mi maravillosa novia?
Ante semejante espectáculo, Ana no tuvo más remedio que bajarse, levantarlo del suelo y besarlo. Daniel apartó apenas los labios y dijo:
—Espera. Llegó nuestro momento. Aquí y ahora.
No se lo pensó dos veces. Abrió el maletero, cogió un pareo, levantó a Ana en brazos y la llevó hacia el campo. Pasaron por encima de un pequeño muro de piedras y Daniel extendió el pareo en el suelo. Ana no dijo nada. Solo lo besó. Y se dejaron caer lentamente.
Después de varios encuentros conteniéndose, allí, en aquella pradera sin vegetación, se dejaron llevar sin ninguna distracción.
Se desnudaron en un instante. Nada importaba.
Ni el vestido de Ana, ni su maquillaje, ni el mundo entero.
Daniel le hizo el amor despacio, disfrutando cada movimiento, notando lo mojada que estaba y fijándose en cada gesto, en lo que decían sus ojos sin necesidad de decir media palabra.
Lo único que interrumpió aquella escena fue algo que ocurrió en la carretera.
Oyeron frenar un coche y dos voces. Daniel se asomó. Era una pareja de guardias civiles, una mujer y un hombre. Se vistieron en un segundo a la sombra del muro, y Daniel se levantó y exclamó:
—¿Ves? ¡Estás loca! ¿Cómo se te ocurre tirar aquí el anillo?
Anda, vámonos, es imposible encontrarlo.
Buenas tardes, agentes. Perdonen que hayamos dejado el coche ahí, es que a mi mujer se le ha ido la cabeza.
Íbamos en el coche, se ha cabreado por un tema que no viene a cuento y ha tirado el anillo.
Lo estábamos buscando, pero nada. Anda, sube al coche y vámonos.
Daniel dejó tan alucinados a los guardias y a la propia Ana que nadie dijo nada. Se subieron al coche y se fueron. Daniel empezó a reírse a carcajadas mientras Ana seguía atónita.