Capítulo 15 — natalia #2
—Una cosa. ¿No serás de los que se van de bares todas las noches, ¿no?
—Pues no, pero tengo que hacer unas gestiones.
—¿En los bares?
—Sí. En los bares.
—Bueno, es raro, pero tú mandas. Aquí me quedo. ¿Sabes a qué hora llegarás? Me da un poco de miedo volver en bici por la noche.
—Antes de las doce, espero.
—Vale. Otra cosa. ¿Y la tele? ¿Y el wifi?
—No hay ninguna de las dos cosas.
—¿Y qué hago cuando se duerma?
—No sé. Lee.
—No me gusta leer.
—Pues deberías. Aunque sean recetas de cocina.
—Pero… ¡si están todos los libros en inglés!
Daniel suspiró.
—Mira, vamos a hacer una cosa. Averigua mañana dónde se puede contratar internet y también dónde venden teles.
—Me parece bien —respondió Nata—. Venga, vete ya, que yo me encargo.
Daniel le dio un beso a Lucía y se fue de bares.
Repitió la misma ruta que por la tarde, pero esta vez entrando en bares, restaurantes y pubs.
Lo único que cambió en el discurso fue el nombre: sustituyó Cloe por María .
En uno de ellos se encontró con Romeo. Este se alegró mucho de verlo y, antes de que Daniel le dijera nada, empezó a prepararle un cóctel.
—¿Cómo vas? Traes mala cara. ¿Cómo está Dexter?
Daniel le contó que Cloe ya no era Cloe, que se llamaba María.
—Pues entonces, más chungo encontrarla. Antes por lo menos era un nombre original, pero ahora… ¿María? La mitad de las que pasan por aquí se llaman María. Además, no es por fastidiar, pero la rotación de personal en los bares es brutal. Lo tienes complicado.
—Bueno, sigo entonces con la búsqueda. Tengo que ir aún a La Savina, Es Pujols, La Mola…
Romeo le acercó el vaso.
—Anda, tómate esto y relájate un poquito. Mientras, te preparo una lista por pueblos, que me conozco todos los bares de la isla.
—Gracias. Ya te debo dos. Al final voy a tener que invitarte a una cena o algo.
—Apunta: libro los lunes y los martes.
Daniel fue metiendo en Google Maps cada nombre de la lista, pero sin recompensa. Ni María, ni Cloe, ni mujer tatuada con media cabeza rapada, ni nada. Lo único que consiguió fue que la gente lo mirara mal. Incluso alguno le sugirió si había bebido de más.
Decidió volver al bar de Romeo. Necesitaba hablar con alguien y tomarse una copa.
—¿Qué tal? Nada, ¿no? —preguntó Romeo.
—Nada. Creo que no he encontrado a nadie que lleve trabajando en el mismo bar más de dos años. Anda, ponme un Havana con Coca.
Romeo levantó una ceja.
—No está mal. Vienes fuertecito.
—No, es que no sé ya qué más puedo hacer ni entiendo lo de la postal. Pero bueno, esta isla es pequeña, o me la encontraré o me encontrará ella a mí. Yo qué sé.
—Esa es la actitud. No te vuelvas loco. Como dicen por aquí: «Lo que tenga que ser, será».
Daniel movió el vaso despacio.
—Sí. Bueno… la verdad es que tampoco tengo claro si quiero encontrármela.
—¿Y eso?
—Pues porque he conocido a alguien en Madrid y creo que me he pillado hasta las trancas.
Romeo se echó hacia atrás.
—Joder, tío, y luego me decías a mí. Tienes una vida sexual que flipas.
—¿Sexual? No, hombre, no. No ha habido de eso, al menos de momento. Nos vimos hace un mes después de mucho tiempo y ha habido una conexión muy fuerte.
Romeo soltó una carcajada.
—¿Y entonces qué? ¿Te aclaras? ¿Quieres postal o mariposas?
Daniel se quedó un segundo mirando el ron.
—Pues me gustaría aclarar lo de la postal y saber solo si Cloe está bien, no quiero tener una relación con ella.
Lo que pasó, pasó hace mucho y nuestras vidas son, o eran, muy distintas.
Y sobre Ana, que así se llama, pues ya se verá.
El problema es que vive en Madrid y yo aquí.
Este finde viene a verme, así que, si se tercia, pasaremos por aquí y te la presento.
Romeo asintió.
—Por cierto, ¿y Lucía?
—Se ha quedado con una canguro, una chica pelín rara. Se plantó en mi casa y, como la vi bien con la niña, pues la he contratado.
—¿Pelín rara? ¿Qué significa eso?
—No sé. Que es muy jovencita, viste muy provocativa, tiene tatuajes, piercings y, como diría mi madre, se nota que no tiene vergüenza.
Romeo se echó a reír.
—O sea, que dejas a tu hija con una canguro tatuada y pelín rara. Muy bien, Daniel.
Daniel levantó la vista.
—Visto así, quizá la conozcas.
—Me temo que no trabajo ese rango de edad. Prefiero mayores de treinta. ¿Por qué iba a conocerla?
—No sé, debe de ser famosa por aquí. La he investigado un poco.
Busqué su nombre en Google y salió una historia de cuando tenía dieciséis años: unos turistas intentaron aprovecharse de ella y se lio a palos con ellos, literalmente.
A uno lo dejó muy grave de un golpe en la cabeza.
Luego, hasta les quemó las motos. Salió en todos los periódicos, le reclamaron daños y perjuicios y, al final, se hizo una colecta en la isla para ayudarla.
—Sí, me suena esa historia, pero no la conozco.
—Bueno, me voy ya para casa, que no quiero llevarme mal con ella.
—Ok, sí. Y pásate el finde, que quiero conocer a tu chica —dijo Romeo.
Daniel llegó a casa. Lucía dormía y Natalia también, tumbada en el sofá. La despertó con cuidado.
—Venga, que ya estoy aquí. Ya te puedes ir.
Natalia abrió un ojo.
—¿Qué hora es? Uf… paso de irme a estas horas. Pásame una manta, que no he encontrado.
—Pero ¿cómo que te vas a quedar?
—Que no me voy en bici sola. Ya he avisado en casa. Y tampoco vamos a sacar a Lucía de la cama para que me lleves. Venga, tráeme una manta y a dormir.
Y Daniel le llevó la manta, la arropó y se fue a su habitación. La verdad es que Nata tenía razón. A esas horas no había nadie por ahí y, después de la experiencia que había tenido, tampoco le hacía ninguna gracia imaginarla volviendo sola por los caminos.