Capítulo 15 — natalia
natalia
Al día siguiente decidieron quedarse tranquilos y disfrutar del jardín.
Daniel empezó a prepararle a Lucía un arenero para que jugara con los cubos.
Quería aprovechar un par de vigas que había visto en el garaje, así que cogió una sierra y se puso a cortarlas a medida para hacer un cuadrado.
Ya había hablado con una empresa de jardinería: esa misma mañana le entregarían varios sacos de arena y, de paso, echarían un vistazo al jardín para enviarle presupuesto de mantenimiento y para poner algunas plantas.
—Uy, ¿y esa niña guapa?
Una chica se había parado al ver a Lucía. La casa estaba rodeada por un muro de piedra bastante bajo, bonito, pero poco práctico si uno quería intimidad. Era una de las cosas que Daniel quería revisar con los jardineros: plantar algún tipo de seto que cubriera mejor la zona que daba al camino.
—¿Qué pasa, que papá no juega contigo?
—No, ahora estoy aquí liado con esto, haciéndole un arenero para que juegue. Pero si te animas, entra, que parece que le has caído bien.
—Vale —dijo ella—. Me encantan los niños y tengo poco que hacer. Esta isla es muy aburrida. Me llamo Natalia, Nata para los amigos. Sois nuevos, ¿no? Vivo cerca de aquí y no os había visto.
—Sí, somos nuevos. Hemos comprado la casa, venimos de Madrid. Yo me llamo Daniel, ella es Lucía y aquel que está echándose la siesta debajo del árbol se llama Dexter.
La chica miró a la niña y luego a él, sin cortarse.
—¿Y esta niña no tiene madre o qué?
Daniel se quedó quieto un segundo antes de responder.
—Pues no. Murió hace un mes —dijo en voz baja.
Natalia abrió mucho los ojos.
—¡Qué me dices! Vaya… pobre niña. Y pobre tú, ¿no?
Era una chica de unos veinte años vestida de una forma bastante provocativa, o al menos eso le parecía a él, que era de otra generación.
Llevaba un mini pantalón y una camisa anudada que dejaba ver el piercing del ombligo.
También tenía varios tatuajes, un par de coletas y unas gafas redondas de color rosa.
Vamos, lo que venía siendo una lolita del siglo xxi.
Daniel le hizo una radiografía rápida: se veía que no había estudiado demasiado, que le gustaba llamar la atención y, por cómo mascaba el chicle, tenía un punto vulgar.
Eso sí, le hacía gracia su frescura. Parecía ir por la vida sin demasiadas preocupaciones.
Natalia se sentó en el suelo y se puso a jugar con Lucía.
Mientras, le iba haciendo preguntas a Daniel de todo tipo: que cuándo habían llegado, que si pensaban quedarse para siempre, que en qué trabajaba…
Y de pronto soltó una de esas preguntas que seguramente odian todos los padres viudos o divorciados.
—¿Por qué lleva esta niña estos pelos?
Se levantó y entró en la casa con Lucía en brazos.
Daniel se quedó alucinado.
Una muchacha a la que no conocía de nada acababa de coger a su hija y se había metido en su casa como si aquello fuera lo más normal del mundo.
Daniel miró a Dex y Dex lo miró a él. Tenían una conexión especial; a veces parecía que Dexter le hablara con los ojos.
En ese momento los dos se estaban preguntando exactamente lo mismo: « ¿Pero esto qué es? ».
Al rato salió la niña con dos mini coletas como las que llevaba Nata y hasta la había cambiado de ropa.
—Mira qué guapa. Oye, ¿y por qué esta niña no me habla?
—Desde que ocurrió lo de su madre no ha vuelto a hablar.
Me dijo la psicóloga que no nos preocupáramos, que ya volvería a hacerlo cuando menos lo esperemos —dijo Daniel, queriendo cambiar de tema—.
La había dejado en pijama porque estaba jugando aquí fuera con la tierra.
No se me dan bien las lavadoras, ni las planchas ni esas cosas.
—Ya. Es que los hombres sois así. ¿No tienes a nadie que te limpie?
—Sí, empieza esta semana. Vendrá dos o tres días por las mañanas. Lo que necesito es encontrar canguro. No quiero apuntar a la niña a la guardería hasta septiembre.
Natalia sonrió.
—Pues ya la tienes.
Daniel levantó la vista de la madera.
—¿Quién, tú?
—Sí, claro —dijo Nata mientras estaba tumbada en el suelo con Lucía de pie sobre su tripa—. ¿Cuánto pagas la hora?
—Pues no sé. Dímelo tú.
—Yo creo que lo justo son veinte euros la hora.
Daniel soltó una risa.
—Estás de broma, ¿no?
—Bueno, pues diez. Venga, ¿cuándo empiezo?
—Pero chica, cuéntame algo de ti, ¿no? Lo único que sé es que te llamas Nata y que llevas un piercing en el ombligo.
Natalia se incorporó un poco, como si fuera a recitar su ficha policial.
—A ver. Me llamo Natalia Ruiz Font, tengo veintitrés años, acabé el Bachillerato hace unos años y aún no sé a qué quiero dedicarme, no tengo el DNI porque lo he perdido, pero tengo cita para esta semana, me estoy sacando el carné de conducir y vivo cerca de aquí con mis padres. ¿Algo más? Pregunta.
—De momento no. Bueno, sí. ¿Sabes algo de cocina?
Natalia lo miró como si acabara de ofenderla.
—¿Perdona? No. Eso es de madres.
—¿Pero ni una tortilla francesa para Lucía?
—Lo puedo intentar, pero no te prometo nada.
—Vale. Ya me quedo más tranquilo. Bueno, pues empiezas este fin de semana, viernes y sábado por la noche.
—¿Los dos días?
—Sí. Viene una amiga de Madrid y quiero salir con ella.
Natalia sonrió con malicia.
—Tu novia.
—No, no es mi novia. O sí. No sé. Ahí estamos.
—Pues es que las dos noches no puedo. Los sábados siempre me voy a Ibiza de fiesta. A ver, que si un sábado tienes una boda o algo, sí, pero…
Daniel negó con la cabeza.
—Es de coña. Pues sí que empezamos bien. Venga, pues entonces viernes y domingo.
—Hecho —dijo ella—. Ya verás como todo va bien. Soy un amor.
—Ya, ya te veo —dijo él—. Y el viernes me traes fotocopia de tu DNI, ¿vale?
Daniel siguió con el arenero. Pasaban los minutos y Natalia seguía allí.
Al rato le dijo:
—¿Qué haces? ¿No te vas?
—No tengo prisa. Estoy jugando con Lucía.
—Ah, vale. Pues nada, me voy a duchar, ¿vale?
Al final Natalia se quedó toda la mañana en la casa y Daniel aprovechó para hacer cosas. Sin duda, tenerla allí le daba tranquilidad. Era un buen padre, pero se agobiaba un poco; una niña de dos años requería bastante tiempo.
—Bueno, me voy ya a casa a comer. Ya tienes mi teléfono. Cuando quieras me llamas.
—Pues vente mañana por la mañana y me voy a comprar. Tú ve apuntando las horas y te pago los viernes, ¿vale?
—Vale, perfecto. Sintonía total —dijo Nata, acercándose y dándole dos besos.
Daniel no se sorprendió demasiado. Aquella chica era especial y rompía todos los moldes. Se suponía que él era su jefe, pero ella le hablaba como si fuera un colega. Aun así, estaba contento. La había estado vigilando desde dentro de la casa y la había visto todo el rato pendiente de Lucía.
Después de comer decidió empezar la búsqueda de Cloe.
Pasó la tarde entera recorriendo media isla con la postal en el bolsillo, entrando en tiendas de recuerdos, bares, una papelería y hasta en un pequeño estanco.
Allí, una mujer de pelo blanco y gafas con montura azul galáctico la había sostenido unos segundos entre los dedos antes de decir:
—No es nueva. De estas se vendían muchas hace años, de una en una o en sobres de cinco unidades. La gente solía llevarse varias.
Daniel, sorprendido, respondió:
—No entiendo.
—Quien se la haya enviado la compraría hace tiempo.
Daniel le había dado las gracias, pero salió de allí con una sensación extraña, como si aquella frase le hubiera rozado una zona aletargada de la memoria.
Algo desorientado, pero empeñado en seguir con su plan, se dirigió a Sant Francesc y empezó a preguntar en algunos bares y negocios.
—Hola, me llamo Daniel y estoy buscando a una chica con la que coincidí hace cuatro años. Se llamaba Cloe. Unos treinta años, delgada, guapa, con tatuajes. Por aquel entonces tenía la cabeza rapada y vestía un poco hippie .
En todas partes le ponían cara rara. Nadie la conocía.
—¿Cloe? No he oído ese nombre en la vida.
Cuando terminó en Sant Francesc, fue a La Mola, Es Pujols, La Savina…
Estaba cansado de contar una y otra vez la misma historia, pero Daniel era muy cabezón y seguía creyendo que, tarde o temprano, alguien la conocería.
Llevaba a Lucía en la mochila. La pobre niña había pasado media tarde durmiendo. Tendría que haber llamado a Nata.
Ya en La Savina, por fin obtuvo alguna respuesta.
Habló con una camarera que trabajaba en un bar del puerto.
Le confirmó que sí la conocía, pero que hacía años que no la veía.
A Daniel le cuadraban más o menos las fechas: no la habían visto desde que él estuvo allí.
El pequeño detalle era otro. No se llamaba Cloe, sino María.
Vivía en Ibiza, pero trabajaba en Formentera de camarera y en lo que le iba saliendo.
Daniel salió de allí peor de lo que había entrado.
¿María?
¿Había estado soñando todos aquellos años con una mujer llamada Cloe que en realidad se llamaba María?
¿Por qué le mintió? ¿Qué pasó? ¿No había vuelto a Formentera desde entonces o simplemente ya no había vuelto a pasar por aquel bar? Si se había marchado, ¿cuándo le escribió la postal, si es que la había enviado ella?
Daniel llamó a Natalia.
—¿Hola? ¿Qué haces? ¿Te puedes quedar con Lucía unas horas? Tengo que salir.
—Sí, claro —respondió Nata—. Pero ¿a dónde vas? ¿Vas a salir esta noche?
—¿Salir? Bueno, digamos que tengo que ir de bares.
—Venga, estoy en tu casa en media hora, pero me vas a tener que pagar un plus por avisar con tan poco tiempo.
—Sí, lo que tú quieras. Ve preguntándole a tu madre cómo se hace una tortilla francesa y nos vemos allí.
Daniel quería seguir pasando por los bares para preguntar por ella. Estaba un poco obsesionado con el tema y no le hacía demasiada gracia cómo lo estaba gestionando por Lucía.
Cuando llegó Natalia, la casa olía a baño y a prisa.
—Hola, Nata. Mira, aquí está la niña. Se está bañando, cuando la bañes, no gastes mucha agua. Te dejo el pijama. Hazle una tortilla francesa, le das un vaso de leche con tres o cuatro galletas y le partes fruta.
Natalia arqueó una ceja.