Capítulo 14 — dexter
dexter
Ya estaban los tres solos.
Tenían que aprender a valerse por sí mismos en aquella isla.
Y, como no podía ser de otra manera, Daniel decidió hacer el mejor plan que se podía hacer allí, ese por el que todos los años Formentera recibía a cientos de miles de visitantes: ir a la playa.
Pero antes había que prepararse. Se acercaron a las tiendas del puerto para comprar toallas, esterillas, bañadores, un chaleco flotador, cremas, cubos, palas, sombrilla…
el kit completo. También pasaron por el súper para comprar suministros.
Daniel tenía además otro propósito más silencioso. Tenía que retomar el tema de la postal. Quería encontrar a Cloe y, como no tenía manera real de localizarla, empezó por la playa de Ses Canyes, el lugar donde se conocieron y se vieron por última vez.
Daniel dejó todos los trastos en la arena, untó de crema a Lucía y sacó el cubo y las palas.
La niña no sabía muy bien qué hacer allí.
La habían llevado el año anterior a la playa, sí, pero era tan pequeña que casi no contaba.
Daniel le dio la mano y empezó a andar con ella hacia la orilla.
Lucía era valiente. Nunca le daba miedo nada.
Y eso, para unas cosas, estaba muy bien, pero para otras no tanto.
Tendría que vigilarla mucho porque le encantaba el agua.
Por suerte, Dexter siempre estaba muy pendiente de ella.
Y así, entre agua, arena, sal, cubos y palas pasaron los primeros días.
Una mañana, mientras Daniel estaba tumbado feliz viendo a su familia disfrutar de aquel paraíso, vio algo extraño en el agua.
Se acercó a la orilla y enseguida vio que no era nada raro, simplemente un hombre haciendo snorkel .
—Buenos días —dijo Daniel.
—Hola, ¿cómo están? —respondió el otro con la respiración entrecortada. Parecía cansado.
—Bien, aquí con la niña y mi perro, disfrutando de la playa.
El hombre miró hacia Lucía y sonrió.
—Oh, qué niña más linda. ¿Qué tiene, dos, tres años?
—Dos y medio, sí. Se llama Lucía y él se llama Dexter. ¿Qué tal? ¿Has pescado algo? Veo que llevas un arpón.
—No, no he pescado nada, pero me gusta llevarlo siempre.
—¿Pero es legal aquí la pesca submarina?
—No, por eso vengo a esta playa, no suele haber nadie. ¿Te importa que os acompañe un rato?
—Al contrario. ¿Quieres beber algo? ¿Una cerveza?
—Pues sí, gracias, que estoy seco. Lo que tengas me va bien —dijo, acercando sus cosas hacia donde tenían ellos montado el chiringuito.
Daniel le pasó una y, mientras se sentaban, preguntó:
—¿Eres de aquí?
—Sí, vivo aquí desde hace unos años, pero soy italiano. Me llamo Romeo.
—Yo Daniel. Me he instalado aquí con mi hija.
Romeo asintió con la lata en la mano.
—Sí, me pareció veros hace un par de días por aquí. ¿Habéis venido solos? ¿Y su madre?
Daniel bajó un poco la mirada antes de responder.
—Su madre murió hace como un mes en un incendio.
Romeo se quedó serio al instante.
—Joder, tío, lo siento. No tenía que haber preguntado.
—Nada, hombre, no pasa nada. ¿Y tú qué? ¿Estás casado?
Romeo soltó una risa seca.
—No. Yo paso de esas cosas. He tenido un par de relaciones largas, pero no salieron bien.
Daniel sonrió.
—Bueno, al menos ligarás, ¿no? Perdona, no me malinterpretes, no te estoy tirando los trastos, pero me da a mí que eres el típico tío al que miran las mujeres. Guapo, cachas, pelo largo, moreno…
Romeo se echó a reír.
—No se me da mal, no. Si sale algún rollito, vale, pero no me apetece nada serio. ¿Y tú por dónde vives?
—Por la playa de Es Mal Pas. He comprado allí una casita en el campo.
—Qué envidia. Yo vivo en un apartamento en Sant Francesc. Es como una caja de cerillas.
En ese momento Lucía empezó a llorar. Se había caído de boca y tenía toda la cara llena de arena. Romeo pegó un salto, la cogió y la llevó a la orilla. Con mucho cuidado le quitó la arena y la calmó.
—Vaya —dijo Daniel—, veo que tampoco se te dan mal los críos.
—Sí, la verdad es que me gustan mucho. Al final creo que tendré que sentar la cabeza y echarme una pareja seria solo para poder tener un par de ellos.
Daniel lo miró con simpatía.
—Bueno, y aparte de venir a la playa, ¿qué se puede hacer en esta isla?
Romeo sonrió.
—¡Madre mía, estás más perdido…! Pues poco más. A ver, esto es como un pueblo. La vida es muy tranquila, casi todo el mundo se conoce. ¿Es la primera vez que vienes?
—No. Estuve aquí hace unos años, unos diez días, con mi mujer, que vino por trabajo.
—¿Diez días? Joder, en ese tiempo te tuvo que dar tiempo a pasearte la isla tres veces.
Daniel negó.
—No te creas. La verdad es que vi más bien poco. Mi mujer trabajaba casi todo el día y yo pasaba el tiempo en esta playa.
Romeo frunció el ceño.
—¿Aquí? No entiendo. Será por playas. ¿Y qué hacías aquí todo el día?
Daniel dudó un momento.
No se lo había contado a nadie. Pero la verdad es que Romeo tampoco lo conocía a él ni a nadie de su entorno. Además, no creía que lo fuera a juzgar. Tenía pinta de ser un poco crápula, de esos que escuchan mejor de lo que aparentan.
—Pues mira, te lo voy a contar. Y que sepas que vas a ser el primero en saber lo que pasó en esta playa.
Romeo levantó la lata.
—Joder, tío, qué responsabilidad. No sé si pasar. Anda, cuenta, pero dame otra cerveza, que esta se ha evaporado.
Daniel le pasó otra y empezó.
—A ver. Un día vine a esta playa, no había nadie, y cuando estaba en el agua apareció una chica.
Se puso a tomar el sol desnuda, yo flipando.
Terminamos hablando y no me preguntes por qué, pero al final nos liamos.
La verdad es que conectamos desde el primer momento.
Quedamos al día siguiente, y al otro, y al otro… hasta que un día no volvió.
Romeo silbó bajito.
—Menuda historia. Ya entiendo por qué no te fuiste de turismo. Pero ¿y qué pasó? ¿No la volviste a ver? ¿Y tu mujer?
—No, no la volví a ver. Bueno, sí, un día que iba en moto, pero no quiso hablar conmigo. Estaba asustada. No quería que la viera nadie porque tenía pareja.
—Vaya dos. O sea, que tú estabas casado, ella tenía pareja y os pasabais el día aquí follando en la arena.
—Pues más o menos. La verdad es que ni ella ni yo éramos felices en nuestras relaciones. Su pareja no debía de ser ningún angelito, ella le tenía pánico. No sé qué pasaba entre ellos, pero la veía muy asustada.
—Sabe Dios, hay mucho hijo de puta suelto por ahí.
—Pero aún no he terminado de contarte la historia.
—¿Hay más? ¿Pero no dices que no la volviste a ver?
—Espera.
Daniel metió la mano en el bolsillo pequeño de la mochila.
—¿Una postal?
—Léela. Creo que podría ser de ella.
Romeo la leyó:
«Hola, Daniel, espero que estés bien y te recuperes
pronto. Formentera te echa de menos y sigue esperándote. Tal vez aquí vuelvas a ser tú. Cuídate».
* * *
Levantó la vista de golpe.
—¡Coño! ¿Y ya la has visto? ¿Has hablado con ella?
—¡Qué va! Lo único que sé de ella es su nombre. Ni apellidos, ni dónde vive, ni teléfono, nada. ¿A ti no te suena su nombre?
—¿Cloe? —Romeo soltó una risa corta—. Qué va, parece un nombre de novela. Anda, dime cómo era.
—Unos treinta años, guapa, delgada, bastante hippie , con varios tatuajes, cabeza rapada…
Romeo negó.
—Pues no me suena. De todas formas, por Formentera pasa mucha gente. Algunos viven aquí, otros vienen de Ibiza, trabajan una temporada y desaparecen. Yo antes también iba y venía mucho.
Daniel guardó la postal otra vez.
—Espera, que le voy a dar de comer a Lucía.
Sacó un zumo y pan de molde y le preparó un sándwich a la niña.
—Si te apetece, hazte un bocata —le dijo a Romeo.
—No, atiende a la niña. Luego como contigo. Voy con Dexter, que lo tienes aburrido.
Cogió un palo y se puso a jugar con él.
Romeo pasó un buen rato lanzándole el palo de un lado al otro de la playa.
Poco a poco fue subiendo el nivel, tirándoselo más lejos y hasta la orilla para que se fuera refrescando en el agua.
Mientras tanto, Daniel le dio a Lucía un yogur de beber y empezó a montarle un iglú que había comprado para que pudiera echarse una siesta.
Romeo se acercó y dijo:
—Deja, que te ayudo.
La niña no tardó ni dos minutos en quedarse dormida, así que Daniel sacó otro par de cervezas y unas latas para hacerse unos bocadillos. Dexter, al oler la comida, se acercó enseguida. Daniel lo apartó, sacó sus cuencos y le puso comida y agua.
—Y tú, ¿en qué trabajas, que estás aquí un día de diario por la mañana? —preguntó Daniel.
Romeo se encogió de hombros.
—Trabajo en un bar en Sant Francesc, en una coctelería. No es el trabajo de mi vida, pero me pagan bien, hablo cuatro idiomas y tengo experiencia. Me gusta, conozco a mucha gente de aquí y de otros países y estoy entretenido.
—¿Cuatro idiomas?
—Sí. Italiano, español, inglés y francés. He viajado mucho, era surfista, y de los buenos, pero una lesión de rodilla me apartó de los ruedos, como decís aquí. Lo pasé muy mal durante unos años porque era mi vida, pero terminé aceptándolo.
Romeo, que llevaba un rato trasteando con el palo, lo lanzó hacia atrás y dijo:
—Corre, Dexter, corre.
Y Dexter salió disparado tras él.
Daniel levantó la cerveza para brindar.
—Anda, come ya y déjate de penas. ¡Por las mujeres! No podemos vivir con ellas, pero tampoco sin ellas. ¡Salud!
Romeo levantó la suya y brindó con cara de póker.
Dexter tardaba en volver y Daniel empezó a llamarlo.
—¡Dexter! ¡Dexter, vuelve!
Romeo no se preocupó demasiado.
—No te preocupes, ahora vendrá. Estará detrás de algún bicho por ahí por las dunas.
Pero Daniel ya se estaba poniendo nervioso.
—Ve a buscarle, por favor, que siempre que le llamo vuelve. A ver si le ha pasado algo, que no quiero dejar sola a Lucía.
—Voy —dijo Romeo levantándose y gritando el nombre de Dexter.
Daniel se estaba poniendo cada vez más nervioso. Oía cómo lo llamaba, pero no volvían. De repente, vio moverse los matorrales. Era Romeo corriendo con Dexter en brazos. Daniel se levantó de golpe y Romeo lo dejó en la toalla.
—Vamos —dijo Romeo—. No respira bien. Vamos a llevarlo deprisa a un veterinario que conozco.
Daniel empezó a recoger nervioso, pero Romeo le gritó:
—¡Déjalo, déjalo todo! Coge las llaves del coche y a la niña, y nos vamos.
El veterinario estaba a pocos kilómetros, pero el camino se hizo eterno. Romeo iba detrás con Dexter encima. Cada vez respiraba peor y babeaba continuamente. Lucía no paraba de llorar. Parecía que sabía que algo iba mal.
—¿Qué habrá pasado? ¿Por qué estará así? —preguntó Daniel.
—No sé. No tengo ni idea de animales, la verdad. Mira, allí está la clínica —dijo Romeo.
—Pero está cerrada.
—Tranquilo.
Romeo se bajó del coche corriendo, se fue a un portal y llamó a un telefonillo. Enseguida se abrió una puerta. Era el veterinario. Parecía que se conocían. Se saludaron, Romeo volvió al coche, cogió a Dexter y dijo:
—Vamos.
Ya dentro de la clínica, Alberto, el veterinario, les hizo varias preguntas. Daniel contestaba como podía, todavía con Lucía llorando en brazos. Romeo solo añadió lo que había visto al encontrarlo entre los matorrales.
—Estaba tirado. Había vomitado, creo. Y babeaba mucho.
Alberto asintió con rapidez.
—Es una intoxicación. Le voy a hacer un lavado de estómago para intentar extraer lo que sea que le esté haciendo daño.
La niña seguía llorando, así que el veterinario le pidió a Daniel que saliera a la sala de espera con Lucía, que ya le echaría una mano Romeo.
Pasó un buen rato. Daniel estaba muy nervioso. Al final se abrió una puerta y apareció Alberto.
—Pasa. Ya está mejor. Se va a quedar aquí conmigo hasta las ocho y luego ya te lo llevas a casa.
Daniel soltó el aire de golpe.
—Muchas gracias, Alberto. Pero… ¿qué ha sido? ¿Con qué se ha intoxicado?
—No está claro. No sé si habrá sido algún tipo de planta, no te puedo decir. Es raro. No es habitual esto.
—¿Pero no se puede saber? ¿No se pueden analizar los restos?
—Podrías ir allí de nuevo y mirar qué plantas había o si se ha podido comer algún animal. Los restos se podrían analizar, pero hay que enviarlos a algún laboratorio especializado. No sé. No creo que merezca la pena, porque tampoco te aseguran cien por cien el resultado.
—Bueno, dejémoslo. Todo ha quedado en un susto. Estoy deseando verle ya bien. Vamos a volver a la playa a recoger todo, que hemos salido corriendo. Luego venimos a por Dexter y ya me dices lo que te debo. Muchas gracias.
Ya en el coche, Daniel se volvió hacia Romeo.
—Muchas gracias, tío. Si no fuera por ti no sé si Dex hubiera sobrevivido. Me quedé bloqueado en la playa y no hubiera sabido dónde llevarlo. Solo de pensar perder también a Dexter… no sé, es demasiado importante en mi vida y para Lucía, ni te imaginas.
Romeo negó.
—Tranquilo, hombre. Fue culpa mía. No tenía que haber tirado el palo a las dunas.
—Anda ya. No ha sido culpa tuya. Ahora a esperar a que mejore y a celebrarlo. Tienes que venir a mi casa algún día. Qué coño, eres mi único amigo aquí y tendré que sacarte partido.
Romeo se echó a reír.
—Sí, claro. Pero no te descuides, que lo mismo voy y me quedo a vivir con vosotros. Así me ahorro el alquiler, que pago una pasta por un piso ridículo.
—Bueno, bueno, no te pases, que tampoco somos tan amigos.
—Lo que tienes que hacer tú es venirte un día al bar, tomarte unas copas. Te presentaré gente y lo pasaremos bien.
—Sí, claro que iré. Dalo por hecho.
Llegaron a la playa, recogieron todo y cada uno se fue por su lado. Pero cuando Daniel llegó al coche se acordó de las palabras de Alberto. Aún le intrigaba qué había podido comer Dexter en aquellos matorrales, así que montó a Lucía en la mochila y fue hacia allí.
No tardó mucho en encontrar el sitio. Estaba justo detrás de donde habían puesto el campamento.
Vio restos, efectivamente, de vómitos y diarrea, aunque ya estaban secos.
No había ninguna planta extraña. Entonces algo le deslumbró.
Había un papel de aluminio y dentro algo que parecía carne y desprendía bastante olor.
Daniel lo metió en una bolsa, la cerró bien y se lo llevó.
Ya en la clínica, se alegraron muchísimo porque Dex ya estaba en el suelo, andando. Estaba un poco nervioso, sí, pero ya era el Dexter de siempre.
Daniel sacó la bolsa y se la dio a Alberto.
—He encontrado esto. Creo que es lo que ha comido. Quiero que lo analicen. ¿Te puedes encargar?
Alberto cogió la bolsa y asintió.
—Sí, claro. Lo mandaré al laboratorio y te diré cuándo estarán los resultados y el presupuesto, que no tengo ni idea de lo que van a cobrar.
Daniel miró a Dexter, le acarició la cabeza y sintió cómo el susto se le iba retirando poco a poco del pecho.
A veces uno no sabe hasta qué punto necesita a alguien hasta que se imagina perdiéndolo.
Y aquel día, en una clínica veterinaria de una isla que todavía no sentía del todo suya, Daniel entendió que empezar de nuevo no consistía solo en instalarse, comprar un coche o elegir una casa.
Empezar de nuevo era también descubrir, de golpe y sin anestesia, todo lo que todavía podía dolerle.