Poseidonia Capítulo 13 — theo y julia #2
38%

Capítulo 13 — theo y julia #2

Se quedaron allí un buen rato, hablando de todo un poco. Theo le recomendó varias playas, sitios donde comer, hablaron del Brexit, de mujeres, de la isla y de esas cosas que dos hombres se cuentan más fácilmente cuando comparten horizonte. Lo pasaron bien. Por momentos parecían padre e hijo.

Sonó el teléfono de Julia.

La cena estaba lista.

Volvieron a casa.

Julia tenía preparado el baño para Lucía, por supuesto con cuatro dedos de agua, y le dijo a Daniel que la bañara mientras ella terminaba de rematar la cena.

Incluso le había puesto un pequeño calefactor y varios muñequitos de goma en la bañera.

Se notaba enseguida que había sido madre y que ahora también sabía ser abuela.

La cena la hicieron en el porche. Hacía un poco de frío, pero estaban preparados.

Tenían dos estufas eléctricas discretas, aunque bastante potentes: una en la zona del sofá y otra calentando la mesa.

Todo fue muy ameno. No pararon de hablar.

La pareja era graciosísima, sobre todo por cómo pronunciaban el español.

Theo no dejaba de sacar cervezas de importación, diciendo que había que acabarlas.

Julia se reía mientras seguía pendiente de Lucía.

Daniel bromeaba con ella todo el rato, la llamaba abuela y le suplicaba que no se fuera, que qué iba a ser de la niña sin ella.

Recogieron la mesa y, como no podía ser de otra manera, Julia se fue a acostar a Lucía. Luego volvió, dijo que estaba cansada y que se iba a descansar. Se despidió de Theo con un beso y, antes de entrar, les dijo sonriendo que no hacía falta que acabaran con todas las cervezas.

Theo y Daniel se fueron al sofá.

Daniel dijo que iba a por otra cerveza, pero Theo lo frenó.

—No. Las cervezas son para cenar.

Se fue a la cocina y volvió con una botella sin etiqueta, llena de hierbas en suspensión.

—Hay que abrir esto.

Daniel la miró.

—¿Qué es?

—Hierbas ibicencas.

—Pues no se parece en nada a los licores de hierbas que yo he tomado.

Theo se encogió de hombros.

—Sí, no tiene buena pinta. Pero lleva aquí dos años y habrá que probarlo, ¿no?

Abrió la botella, sirvió un par de chupitos, los olieron, se miraron y se los bebieron.

A Daniel no le gustó nada, la verdad, pero si Theo aquella noche decía que había que acabárselo, pues adelante.

Y allí se quedaron de alterne.

Daniel le contó lo que había sucedido en Madrid, por qué habían terminado en Formentera y su historia con Ana. Le dijo que creía haberse enamorado de ella, pero que era pronto para empezar algo de verdad y que, además, ella vivía en Madrid, así que todo era complicado.

A Theo se le empezaron a cerrar los ojos y Daniel le dijo que había llegado la hora de dormir.

Theo se fue, pero Daniel decidió quedarse un rato más en el porche.

Era pronto. Ya se sabe que los horarios ingleses no son precisamente los españoles.

Bajo la estufa se estaba de maravilla. Había silencio, calma, y Daniel pensó en Ana con una nitidez casi física.

Decidió llamarla.

—Hola, Ana. Ya estamos instalados. ¿Qué tal tú?

—Bien.

Daniel la notó seria al instante.

—¿Bien? ¿Solo bien?

—Os echo de menos. Bueno, a ti no. Tú eres un capullo por haberme dejado aquí. A Lucía y a Dexter.

Aunque sonaban a broma, Daniel sabía perfectamente que en el fondo ella estaba dolida.

—Anda, no seas tonta, si he venido a preparar la casa para cuando tú llegues. Ya mismo estás aquí de vacaciones con Lucía y Dex.

En la historia que se había construido Daniel, todo era perfecto, salvo la ausencia de Ana. De hecho, no descartaba del todo tener que volverse a Madrid en el futuro, aunque eso, evidentemente, aún no se lo había dicho. Era pronto y tampoco quería hacerse ilusiones antes de tiempo.

Le contó todo lo que habían hecho durante el día, le habló de los abuelillos ingleses y le describió la casa con un entusiasmo que a él mismo le sorprendía.

—Ana, ¿sigues ahí?

—Sí, claro. Jooo, cómo me gustaría estar ahí con vosotros.

Daniel sonrió solo.

—Ya. La verdad es que he pensado mucho en ti hoy. Te veía tumbada en el porche, paseando por la playa… buf. Bueno, animémonos. ¿Cuándo vienes?

Hubo un pequeño silencio.

—Pues no sé… ¿el viernes?

Daniel se incorporó en el sillón.

—¿Lo dices en serio?

—Si me invitas, sí. Puedo cogerme el viernes y pasar allí tres días con sus tres noches. Me volveré el lunes temprano.

Daniel soltó una risa de pura incredulidad.

—Dios. Me acabas de hacer el hombre más feliz del mundo. Ana, ¿sigues ahí?

—Calla, que estoy comprando los billetes. Venga, mañana hablamos. Voy a sacar la ropa de verano y tengo que probarme todo, que he cogido algún kilo.

Daniel se rio y se despidió de ella con un beso.

A la mañana siguiente madrugaron porque tenían que coger el barco de las nueve.

Cuando Daniel y Lucía se levantaron, ya tenían preparado un espectacular desayuno en el porche.

Cómo no. Cargaron las maletas en el coche y salieron todos hacia el puerto.

Una vez allí, compraron los billetes y llegó el momento de la despedida.

Lucía iba agarrada a la falda de Julia y parecía que no estaba muy dispuesta a soltarla.

Daniel abrazó a Theo y le dijo al oído:

—Recuerda que aquí tienes tu casa. Espero veros por aquí muy pronto. Si quieres ve contándome qué tal el tratamiento y lo que necesites, cuenta conmigo.

Julia cogió en brazos a Lucía, le dio un abrazo fuerte y un beso de abuela de verdad.

Y así se despidieron de los ingleses.

Daniel sabía que aquellas palabras que le había dicho Theo salían del corazón.

La experiencia de conocerlos había sido maravillosa.

A veces la vida te compensa una parte de lo que te quita con gestos así: dos desconocidos que, durante un solo día, se comportan contigo como si te hubieran estado esperando desde mucho antes.