Poseidonia Capítulo 13 — theo y julia
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Capítulo 13 — theo y julia

theo y julia

Arrancó el motor y pusieron rumbo al puerto para coger el ferry hacia Formentera. Su sueño, de algún modo, se había cumplido.

Ya en el barco subieron al exterior para disfrutar de la travesía.

Daniel necesitaba respirar, purificarse, aclarar su vida turbia hasta volverla de alguna manera color turquesa.

Sentir otra vez aquella libertad que había descubierto años atrás bajo las aguas de la isla.

Disfrutar de nuevo de la desnudez sobre la arena, correr por sus dunas y dejar que el tiempo se desacelerara hasta parecer otra cosa.

La posidonia y Formentera se iban a convertir para él en una forma de pasión, pero también de refugio.

Después de los días que había pasado con Ana y con todo lo que llevaba encima, Daniel no se planteaba intentar retomar nada con Cloe.

Ni siquiera sabía si aquello habría sido posible en otra vida menos rota.

Pero sí necesitaba saber de ella, si seguía en la isla, y por qué había desaparecido de aquel modo.

Quería aclarar el misterio de la postal. ¿Quién podía haberle mandado esas palabras? Solo conocía a Cloe. Y en ese caso, ¿cómo demonios sabía su dirección? Necesitaba encontrar respuestas.

Por fin llegaron a tierra, al puerto de La Savina, donde desembarcaban todos los ferries procedentes de Ibiza. Era un puerto pequeño, modesto y tranquilo, al menos en esas fechas.

Daniel metió la nueva dirección en el navegador.

Solo quince minutos.

Quince minutos hasta su nueva vida.

Subieron al jeep y fueron hacia la casa sin la capota puesta, disfrutando de la brisa.

Era la primera vez que Lucía y Dex viajaban en un descapotable y los dos parecían encantados, cada uno a su manera.

Lucía mirándolo todo con esa atención enorme de los niños que todavía no dan nada por sabido.

Dexter con el hocico en alto, tragándose el camino.

El matrimonio inglés los esperaba en la entrada.

Daniel les había enviado un mensaje desde el puerto.

Estaban cogidos de la mano. Él se llamaba Theodore y ella Julia.

Theo, como le gustaba que lo llamaran, abrió la puerta a Dex y le ayudó a bajar mientras lo acariciaba.

Julia cogió en brazos a Lucía como si ya la quisiera un poco.

Parecía que ambos estaban sinceramente contentos con la familia que iba a vivir en la que había sido su casa durante aquellos últimos años. Eran encantadores.

Daniel pidió permiso a Theo para descargar las cosas y dejarlas en el salón.

Theo no solo aceptó, sino que se puso enseguida a ayudarlo.

Julia tenía preparada una merienda en el porche y, antes de que nadie dijera nada, Lucía ya estaba subida en una silla cogiendo patatas y aceitunas.

Hasta Dexter tenía en el suelo un cuenco doble con agua y comida.

Julia le ofreció a Daniel quedarse con Lucía y con Dex mientras él iba al notario.

Así que tomaron juntos un refresco y se fueron Theo y él hacia Sant Francesc.

El notario los esperaba ya con toda la documentación preparada.

Todo fue muy rápido. Daniel le dio un fuerte apretón de manos a Theo después de la firma y Theo le respondió con un abrazo, algo que sorprendió bastante a Daniel por esa fama tan tonta que tenían los ingleses de fríos y estirados.

Cuando volvieron a la casa, se encontraron a Lucía dormida en una tumbona, a la sombra, y a Dex, como siempre, protegiéndola a sus pies.

Theo aprovechó entonces para explicarle a Daniel todo lo que necesitaba saber sobre la casa.

Le enseñó el depósito de agua, algo que a cualquier madrileño le habría parecido una extravagancia.

En casi todas las casas de campo de la isla había uno.

Había que estar pendiente del nivel para llamar al camión cisterna y pedir que viniera a llenarlo.

Entre el porte y que el agua, por su escasez, ya era cara de por sí, allí había que aprender a respetar el oro azul, como la llamaba Theo.

Daniel empezó a comprender ciertas cosas.

Comprendió, por ejemplo, por qué casi todo el jardín estaba lleno de cactus y plantas sin riego.

Comprendió el cubo colocado debajo de la ducha y los barreños del fregadero.

Los cubos servían para reutilizar agua en el váter y los barreños para regar algunas macetas.

También le enseñó el compostero que tenían detrás del garaje, donde iban echando todos los restos de fruta y verdura.

Entraron después en el garaje. Era bastante grande y estaba lleno de herramientas, leña y bastantes trastos. Theo le dijo a Daniel que todo lo que había allí y en la casa se quedaba para ellos, que hiciera lo que quisiera con ello.

Siguieron con la visita.

La cocina era pequeña, pero con muchísimo encanto. Estaba unida al salón por una barra de hermosa madera envejecida. Tenía de todo. Daniel, al menos de momento, no iba a tener que preocuparse de comprar casi nada.

El salón no tenía demasiada luz por los muros gruesos y las pequeñas ventanas, típicos de aquellas construcciones antiguas, pero resultaba muy acogedor.

Los muebles, aunque viejos, eran bonitos.

A Daniel lo que más le llamó la atención fue la chimenea.

En un lateral tenía unas escaleras blancas, de quita y pon, que subían a un altillo donde había dos colchones.

Theo se rio.

—Ahí pueden dormir dos personas muy calentitas en invierno.

Julia, que estaba con ellos, les interrumpió abriendo el gran sofá cama del salón.

—Y aquí pueden dormir hasta cuatro personas más.

Theo remató la escena con orgullo de abuelo.

—No sabes la de nietos que tenemos. Venga, que te enseño las habitaciones.

La habitación principal era grande. Seguía teniendo poca luz, sí, pero era muy bonita: paredes blancas, vigas en el techo como en toda la casa, tonos azules en las cortinas y en la colcha, dos armarios grandes y una cómoda de madera oscura.

Al final estaba el baño, y a Daniel le encantó porque estaba totalmente nuevo: cemento pulido, azulejos blancos con forma de ladrillo, todo limpio y sobrio.

Además de esa habitación había otras dos: una con dos camas y otra que ellos usaban como despacho. Al final del pasillo había otro baño, este con bañera.

Julia dijo que la habitación de invitados se la enseñaría cuando despertara Lucía. Daniel se extrañó, pero no preguntó.

Todo estaba ya recogido. La pareja iba a pasar allí con ellos su última noche. El avión a Londres salía al día siguiente, así que ya estaba acordado que dormirían todos en la casa y que Daniel los acercaría por la mañana al puerto.

La verdad es que más que una transacción económica, aquello empezaba a parecer una convivencia familiar improvisada.

Daniel disfrutaba viéndolos, viendo cómo se querían, cómo se mimaban, cómo se sonreían continuamente.

Se notaba que seguían enamorados, aunque llevaran toda la vida juntos.

Algo que, desgraciadamente, él nunca había visto en su propia casa.

Lucía se despertó al rato y apareció por la puerta del salón. Estaba preciosa con su vestido blanco. Julia corrió hacia ella, la cogió en brazos y le dijo que tenía una sorpresa.

Fueron hasta el despacho, abrieron la puerta y Julia la dejó en el suelo.

Habían decorado la habitación expresamente para ella.

Tenía una camita blanca con dosel, una mesa y una silla de su tamaño, una alfombra de colores y algunos juguetes y peluches.

Daniel no pudo evitar emocionarse. Se le humedecieron los ojos.

Y no solo por el detalle que habían tenido con su hija, sino porque pensó inevitablemente en Gala.

Le habría hecho feliz que fuera capaz de una ternura así.

Theo le preguntó entonces a Daniel si quería dar un paseo con Dex para enseñarle la zona y Daniel aceptó encantado.

La casa estaba en pleno campo. La más cercana quedaba a unos quinientos metros.

Las carreteras no estaban asfaltadas; eran más bien caminos.

A su alrededor todo eran viñedos, silencio y una tranquilidad casi excesiva.

Dexter estaba pletórico, corriendo de un lado a otro sin correas ni prohibiciones.

A los cinco minutos llegaron a la playa, que estaba vacía.

No era una de las más conocidas, y Theo le dijo que incluso en verano seguía siendo bastante tranquila.

Daniel tardó cinco segundos en quitarse los zapatos y remangarse los pantalones.

Dex le seguía teniendo un poco de miedo a las olas y jugaba a acercarse y alejarse de ellas al ritmo de la marea.

Theo se puso a su lado, metió también los pies en el agua y le preguntó:

—¿En qué piensas?

Daniel se sentó en la orilla.

—Creo que voy a ser muy feliz aquí.

Después levantó la vista hacia él.

—Theo… ¿y lo de tu mujer? ¿Es grave?

Theo tardó un segundo en responder.

—Sí. Tiene un cáncer cervical. Nos lo diagnosticaron en el hospital de Ibiza. Lo podríamos tratar aquí, pero Julia me ha dicho que prefiere estar allí, con la familia.

Daniel bajó un poco la mirada.

—Vaya. Lo siento. Es normal que quiera estar con los suyos. Me da mucha pena, aunque seguro que salís adelante.

Theo negó muy despacio.

—No lo sé, Daniel. Ella no lo sabe, pero los médicos me han dicho que es complicado que salga de esta. Y yo… yo no sé qué voy a hacer sin ella. Por eso también he querido vender la casa. No podría volver aquí sin ella. Y además necesito el dinero para que su tratamiento sea el mejor posible.

Se le estaba quebrando la voz. Se notaba que necesitaba hablar con alguien, aunque solo fuera con el hombre que acababa de comprarle la casa.

Daniel lo miró con una ternura inmediata.

—Hoy en día la medicina está muy avanzada. Seguro que tenéis suerte. Y quiero que, en cuanto esté curada, os vengáis aquí de vacaciones. Hasta os podéis traer unos pocos nietos, que ya me habéis dejado claro que entre el salón y el altillo pueden dormir media docena.

Theo se rio.

Y aquello, aunque pequeño, le devolvió algo de aire.