Capítulo 11 — cloe #4
Al final, uno de ellos se acercó a la mesa.
—Amigo, ya está bien por hoy.
Daniel levantó la cabeza. Tardó demasiado en enfocar.
—Una más.
—No. Una más no.
No discutió. O quizá sí. Luego no lo recordaría. Solo supo que acabó de pie, tambaleándose apenas, con el sabor del whisky pegado a la lengua y una vergüenza espesa que no sabía contra quién dirigir.
A la mañana siguiente, Rebeca lo despertó sin mucho cariño.
—Daniel.
Él abrió los ojos con dificultad. La luz le atravesó la cabeza como una aguja.
—Daniel, despierta.
—Joder…
—¿A qué hora llegaste ayer?
Él se llevó una mano a la cara. Tenía la boca seca, la camiseta pegada al cuerpo y la sensación de que alguien le había metido arena dentro del cráneo.
—No sé.
Rebeca estaba sentada en la cama, con los brazos cruzados y una expresión que no era solo enfado.
—Vaya pestazo a whisky.
Daniel cerró los ojos.
—Baja la voz.
—No me digas que baje la voz.
—Me va a estallar la cabeza.
—¿Qué pasó ayer?
—No lo sé.
—¿Con quién estuviste?
Daniel abrió los ojos despacio.
—Con nadie.
—No me mientas.
—No te estoy mintiendo. No me acuerdo.
Rebeca soltó una risa breve, sin humor.
—Claro.
—Creo que estuve tomando unas copas en Sant Francesc. Ya está.
—¿Ya está?
—Rebeca, por favor.
—No. Por favor, no. Ayer desapareciste todo el día. Llegaste de madrugada, borracho, casi sin poder abrir la puerta, oliendo a whisky y a vómito. Y ahora me dices que no te acuerdas de nada.
Daniel intentó incorporarse, pero el estómago se le revolvió de golpe. Se quedó quieto un segundo, con la respiración contenida.
—Solo sé que me quiero ir ya —murmuró.
Luego apartó la sábana y salió corriendo hacia el baño.
Rebeca lo oyó vomitar con violencia al otro lado de la puerta.
Durante unos segundos se quedó inmóvil en mitad de la habitación, con la rabia todavía en la boca y el miedo empezando a ocuparle el pecho. Quiso preguntar más. Quiso saber si había estado con alguien. Quiso entender qué había pasado.
Pero no preguntó.
Ni ese día ni los siguientes.
Tenía demasiado miedo a sus respuestas.
Así que preparó las maletas mientras él siguió durmiendo, pálido y hundido entre las sábanas. Dobló camisetas, guardó bañadores, metió los libros en una bolsa y cerró la cremallera con más fuerza de la necesaria.
Cuando Daniel despertó de nuevo, el cuarto ya parecía de nadie.
Bajaron al puerto casi sin hablar. Formentera seguía allí, limpia, luminosa, insoportablemente bella. El mar brillaba como si nada hubiera pasado.
Rebeca subió al barco primero.
Daniel se quedó un instante en el muelle, mirando hacia la isla con los ojos entornados por la luz.
No recordaba casi nada de la noche anterior.
Solo una cosa.
La sensación absurda, terca, de que algo suyo se quedaba allí.
Ya en Madrid todo volvió a la normalidad: su casa, su trabajo, la rutina.
Daniel siguió pensando en Cloe, pero poco a poco fue entendiendo que había sido una especie de sueño y que no volvería a verla.
Entonces apareció otra decisión, más fea que difícil: si debía contarle a Rebeca lo que había pasado.
Lo meditó mucho.
Al final decidió guardárselo.
Contárselo no iba a traer nada bueno. Por un lado, estaba el engaño.
Por otro, Rebeca seguro que le reprocharía lo del comodín y hasta podría acusarlo de haberlo hecho por venganza.
Así que, igual que ya en aquella cena él le había prometido que nunca más volverían a hablar del tema, el tema quedaría enterrado.
No es que Daniel no la amara. Habían tenido aquella crisis, y habían perdido la ilusión del principio, pero él lo veía, hasta cierto punto, normal.
Las parejas que él conocía y que llevaban años también tenían sus problemas.
Él quería seguir queriendo a Rebeca, quería seguir creyendo en un futuro juntos.
Pasaron unos meses. Poco a poco, Rebeca fue dosificándose en el trabajo. Tenía muy presentes las palabras de Daniel cuando le dijo que, si seguía con ese ritmo, era mejor no pensar en ser padres. Y, como era de esperar, al final se quedó embarazada.
Como pasa casi siempre en estos casos, al menos al principio, de ser una pareja a punto de la extinción se convirtieron en una súper pareja de futuros papis con un proyecto maravilloso que, en este caso, se llamaría Lucía.
Vivieron el embarazo con mucha ilusión, debatían sobre el color de la habitación, pegaban las ecografías a la puerta de la nevera y todo parecía perfecto. Más aún cuando Lucía llegó a casa.
¿Perfecto?
No.
Era imperfectamente perfecto.
La relación se había resquebrajado el día en que Daniel se enteró de la infidelidad de Rebeca.
Pero ella peleó por salvarla y él, quizá por amor y por cobardía, no pudo dejarla.
Pensó con la cabeza y no con el corazón.
¿Soledad? ¿Pena? Llámalo equis. Intentaron arreglarlo teniendo familia, y una nube rosa se posó sobre sus cabezas, sí, pero la pareja, como tal, ya no existía.
Por eso Daniel no se había resistido cuando conoció a Cloe.
Sí, podría ser difícil de entender, pero para él, Rebeca lo había dejado años atrás.