Poseidonia Capítulo 11 — cloe #3
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Capítulo 11 — cloe #3

—No hay manera —dijo decepcionada al cabo de un rato—. No sé qué te ocurre hoy. Es la primera vez que nos pasa esto.

—Sí —respondió él—. Qué vergüenza.

—¿Vergüenza? No, cariño, no pasa nada.

Se tumbó a su lado.

—Venga, dame un beso y a dormir, que tengo que madrugar.

Y terminaron el día como siempre: en la misma cama, pero cada uno mirando hacia un lado.

Él pensando en Cloe, imaginando lo inimaginable.

Y ella pensando en el porqué de aquel gatillazo.

Si era porque ya no le gustaba como antes, porque había salido el tema de tener hijos o porque a él le había afectado de verdad su promesa de zanjar por fin el asunto de la infidelidad.

Daniel despertó como siempre: solo en la cama. Rebeca madrugaba más que él. Era el momento perfecto para analizar todo lo que había pasado el día anterior.

Se había enrollado con una desconocida y había engañado a Rebeca, algo que estaba en contra de sus principios. Él siempre decía que no entendía cómo la gente era capaz de mantener una relación paralela estando casada, que antes de recurrir al engaño él dejaría a su pareja.

Claro que eso lo pensaba porque no había conocido a alguien como Cloe.

Estaba muy confuso. Visualizaba las imágenes de aquellos días en la playa y no terminaba de creerse lo que le estaba ocurriendo.

Por un lado, lo dejaría todo para pasar el resto de su vida allí.

Pero por otro… ¿quién era Cloe? ¿cómo era de verdad?

Dios, no sabía ni su edad, ni de qué vivía, ni nada de ella.

Ni siquiera sabía si uno de esos días dejaría de ir a la playa y todo terminaría como un sueño.

¿Debía ya acabar con un matrimonio que llevaba tiempo tambaleándose?

Decidió esperar.

No quería precipitarse.

Ese día tocaba la tercera inmersión de buceo. De camino a La Savina vio a lo lejos a una chica en ciclomotor. Era Cloe. Su pelo era inconfundible. Puso el coche en paralelo y le dijo:

—Hoooola. ¿Quieres que te lleve?

Ella se apartó un poco hacia el arcén y dijo, asustada, mirando alrededor:

—¿Qué haces? Anda, sigue, que nos pueden ver.

Y aceleró con la moto sin ni siquiera despedirse.

Daniel se quedó planchado.

Vale que Formentera era pequeño, pero no había nadie alrededor. No le gustó nada aquella actitud y empezó a pensar que quizá no debía hacerse demasiadas ilusiones con ella.

Y un día más fue a bucear, pasó por el súper y se plantó en la playa. Pero esta vez no tuvo que esperar porque Cloe había llegado primero. Y esta vez no estaba en modo playa. Estaba vestida, sentada, abrazándose las piernas y con la mirada perdida.

Daniel se acercó, se arrodilló y la abrazó por la espalda, dándole un beso en la mejilla. Parecía necesitar aquel abrazo, aunque hiciera calor estaba temblando. Ella apretó sus brazos contra los de él, insinuándole que la abrazara más fuerte.

—¿Qué te pasa? —preguntó Daniel.

—Nada. Hoy es uno de esos días que es mejor olvidar.

—Dime, cuéntame. Habla conmigo. Seguro que te puedo ayudar.

—Nada, déjalo. Mira lo que he traído.

Sacó una cometa de una bolsa grande.

—Es un regalo para ti. La he hecho yo.

Y empezó a soltar cuerda y a correr por la playa mientras reía.

Daniel se quedó mirándola. Posiblemente fuera el regalo más bonito que le habían hecho nunca. No tanto la cometa en sí como la imagen de Cloe corriendo, saltando y disfrutando como una niña sobre la arena. Después de un rato ella volvió, se arrodilló frente a él y dijo:

—Señor, su cometa.

Pero Daniel era muy torpe. En cuarenta años nunca había volado una y era incapaz de levantarla del suelo. Cloe tuvo que ejercer de profesora y, poco a poco, Daniel consiguió que la cometa volara. Y él experimentó una felicidad casi ridícula: lo habían logrado juntos.

Daniel notó que aquel día iba a ser distinto.

Cloe estaba distinta.

Quizá le desconcertaba verla vestida por primera vez en aquella playa. Se había acostumbrado a estar con ella desnudos, pero ese día Cloe necesitaba la ropa, necesitaba cubrirse.

—Ven aquí —dijo Daniel, agarrándola y tirándola al suelo.

Le dio un beso y añadió:

—¿Qué te parece si hoy, en vez de revolcarnos como locos por la arena, nos contamos un poco nuestra vida? No sé… cosas tan ligeras como nuestra edad, a qué nos dedicamos o pequeños detalles, como si tenemos niños.

—Ya, pero has escogido mal día. Como te he dicho, hoy no me apetece hablar.

—Sí, pero no vamos a hablar de lo que a ti no te apetezca. Simplemente quiero conocerte y que me conozcas un poco más. Igual así consigo que confíes un poco en mí y hasta es posible que dentro de un rato sí te apetezca contarme lo que te pasa.

Ella suspiró.

—Tengo treinta y uno, no tengo niños y me gano la vida básicamente en verano, como mucha gente de por aquí. Últimamente gestiono algunos apartamentos en alquiler.

—¿Ves qué fácil? Ya te vas soltando. Yo, cuarenta. Un poco viejuno para ti. Me dedico a las inversiones y tampoco tengo niños. Ah, y vivo en Madrid.

—Sí, ya sé que vives lejos.

Y volvió aquella cara extraña con la que lo había recibido.

—¿Es eso? ¿Eso es lo que te pasa?

—Sí, pero no. No sé. Me va a dar mucha pena cuando te vayas.

—Bueno, quizá me convenzas para que me quede.

Cloe soltó una risa breve y amarga.

—No digas tonterías. ¿Tú y yo? Los dos sabemos que tú volverás a tu vida en Madrid con tu mujer, tu trabajo… y yo seguiré aquí con… Me temo que no es una opción. Déjalo. Disfrutemos del momento. Sígueme.

Y salió corriendo hacia las dunas.

—¡Espera, hablemos! —gritó Daniel.

Pero ella siguió corriendo.

Daniel fue detrás de ella, aunque no conseguía encontrarla. Había dunas y arbustos. De vez en cuando ella gritaba «aquí, aquí» y él trataba de orientarse.

De repente, alguien le tapó los ojos por detrás.

—Quieto —le susurró Cloe—. ¿Me prometes una cosa? Aunque esto acabará pronto, ¿me prometes que nunca te olvidarás de mí? Aún nos quedan unos días y, quien sabe, quizá decidamos tú y yo empezar algo juntos. Aquí, allí o en Alburquerque.

—Sí. Claro que te lo prometo. Pase lo que pase, ya sé que nunca te olvidaré.

Cloe le quitó la camiseta y empezó a besarlo por la espalda.

Lo fue llevando hasta el suelo y allí se fundieron desnudos con la arena de las dunas.

Cloe terminó tumbada y Daniel le hizo el amor despacio, mirándola a los ojos, hasta que desvió la mirada y vio varios moratones en los brazos, por encima de los codos.

Daniel se detuvo.

Se sentó a su lado.

—¿Qué pasa? —preguntó Cloe.

—Tus brazos. ¿Qué te ha pasado?

—Nada. Me caí ayer —respondió con voz temblorosa.

Daniel negó despacio.

—Cloe, no me mientas. Dime qué te ha pasado, por favor. ¿Te has caído dos veces? ¿Una de cada lado?

Cloe se quedó sin palabras. Se levantó rápidamente y salió corriendo bajo la mirada atónita de Daniel. Cuando estaba a unos veinte metros se paró, se dio la vuelta y se quedó mirándolo mientras le caía una lágrima por la mejilla.

Daniel comprendió que eso tenía pinta de despedida y salió corriendo detrás de ella, pero no la alcanzó. La perdió enseguida entre las dunas. Volvió a la toalla, pero ya no había ni rastro de Cloe.

Él también tenía ganas de llorar.

No sabía si volvería a verla. ¿Había preguntado demasiado? Los moratones de los brazos eran de golpes, seguro. ¿De quién? ¿De su pareja? Ella había insinuado varias veces que le tenía miedo.

Solo esperaba equivocarse. Volver mañana a la playa, verla de nuevo y aclararlo todo.

Era una relación imposible. No podían enamorarse, eran demasiado distintos. Para él había sido algo muy especial, pero ella lo veía como un marciano, un cayetano de Madrid que estaba de paso.

El día antes de volver a Madrid, Daniel volvió a su playa como quien vuelve a un sitio donde todavía puede pasar algo. Era la última oportunidad. El último tramo de arena antes de regresar y fingir que aquellas vacaciones habían sido solo eso: unas vacaciones.

Se sentó cerca de la orilla y abrió una cerveza.

Miró el mar. Después miró el camino.

Pasó una hora. Otra cerveza.

Dos horas. Tres cervezas.

Cuatro horas…

Se quedó dormido.

Despertó, pero ya no miró al horizonte. Empezó a mirar únicamente el sendero por el que Cloe siempre aparecía, como si pudiera invocarla a fuerza de esperar.

Pero Cloe no vino. No nadaba ya desnuda en el mar, ni corría a su alrededor perseguida por una nube de polvo y arena, ni se sentó a su lado con esa naturalidad suya de quien no pide permiso.

Al final se rindió. Luego echó a andar sin saber muy bien adónde, se subió al coche y terminó en Sant Francesc, en la terraza de un bar de la plaza.

Pidió un whisky.

La cerveza ya no bastaba para calmar aquella sensación ridícula de abandono.

Ni siquiera sabía qué estaba haciendo. No conocía a Cloe.

No tenía derecho a buscarla de aquella manera ni a echarla tanto de menos.

No tenía derecho a sentirse traicionado porque una mujer que había aparecido como una sirena en el mar se hubiera marchado sin despedirse.

Pero así es como se sentía.

Pidió otro whisky.

Y luego otro.

Bebió hasta que la plaza empezó a perder los bordes. Hasta que las voces se mezclaron con el ruido de los vasos. Bebió hasta que los camareros dejaron de mirarlo con paciencia y empezaron a mirarlo con ganas de cerrar.