Poseidonia Capítulo 11 — cloe #2
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Capítulo 11 — cloe #2

A la mañana siguiente fue a su clase matutina de buceo.

Esta vez se complicó la cosa, porque el alemán tuvo problemas en la inmersión, se puso muy nervioso y tuvo que intervenir uno de los monitores.

Al final anularon la clase. A Daniel tampoco le importó demasiado.

El buceo había pasado a un segundo plano.

Según se acercaba a la playa, solo pensaba en que ella estuviera ya allí, en que no hubiera gente y, sobre todo, en que no se estropeara el día. Quería pasar el mayor tiempo posible con Cloe.

Pero no acertó ni una.

El día estaba triste. Unas nubes tapaban el sol, Cloe no estaba y había una pareja mayor paseando desnudos por la orilla. Daniel empezó a pensar que aquello era, en realidad, una playa nudista y él había tardado demasiado en enterarse.

Plantó la toalla, se quitó el bañador y cogió el libro sin intención ninguna de leer ni dos páginas. Los paseantes lo saludaron desde la orilla y él hizo lo propio.

—Buenos días.

—Buenos días —respondieron ellos, sonrientes.

—Parece que está el día feo, ¿no? Menos mal que al menos no hace frío.

—No te preocupes, que ahora abre. Ve echándote crema —le dijo la señora.

Daniel los siguió con la mirada. Tendrían unos setenta años.

Iban cogidos de la mano y parecían felices.

A él le encantaba ese plan para el futuro, el problema era que ya no tenía claro con quién.

Quizá con Rebeca no. No sentía que hubiera dejado de quererla, pero ambos habían cambiado en los últimos años y la relación estaba bajo mínimos.

Como no podía concentrarse en la lectura, decidió pegarse un baño, aunque el agua estaba bastante desagradable.

Pensó que debía mejorar su técnica. Cuanto más rápido nadara, antes podría alcanzar a Cloe y abrazarla.

Y allí estaba él, nadando de un lado a otro.

Al principio miraba cada cinco segundos a la orilla, luego cada minuto y al final ya no quería ni mirar.

Empezaba a desanimarse. Pero no quería parar.

Se había propuesto no salir del agua hasta verla.

Cuando vio que la pareja se iba y le dejaba la playa para él solo, pensó con una mezcla de tristeza y estupidez que ya tenía su nidito de amor montado y que solo faltaba ella.

Cuando ya no le quedaba aire, sintió de pronto un tirón en el pie y pegó un grito que debieron de oír en media isla.

Era Cloe, que le había agarrado del pie, como él había hecho el día anterior. Al oír el grito lo abrazó y dijo:

—Oye, ¿qué pasa? ¿Tanto miedo te doy?

Pero enseguida se dio cuenta de que Daniel estaba exhausto.

—Anda, ven. Vamos hacia la orilla.

Lo empujó sobre la arena y se sentó encima de él.

—Vamos, respira. Coge aire.

Y mientras él trataba de recuperar el aliento, respondió:

—No quiero.

—¿Cómo que no?

—No. Bésame.

—Anda, loco, respira, que no quiero acabar contigo.

Daniel le empujó los glúteos hacia sí y le dio un beso infinito. Ella notaba cómo respiraba con violencia y él estaba a punto de desfallecer, pero no quería separar los labios de los suyos por nada del mundo.

Cloe se levantó un poco y empezó a hacerle el amor suavemente, allí mismo, mientras el agua paseaba bajo sus pies. El nivel de excitación de Daniel era máximo. Jamás había sentido algo así. Tenía tanta sangre bombeando por todo el cuerpo que, muy a su pesar, no aguantó ni dos minutos.

Cloe le susurró al oído:

—Tranquilo, tranquilo.

Como si estuviera amansando a una fiera.

Y volvió a besarlo.

Regresaron a las toallas y se tumbaron uno frente al otro, mirándose fijamente.

—¿Qué ha pasado en el agua? —preguntó Cloe.

—¿Que qué ha pasado? Que hemos echado el mejor y más escueto polvo de mi vida.

—Eso ya lo sé —sonrió ella—. Digo lo otro. ¿Qué coño hacías? Cuando he llegado estabas a punto de ahogarte.

—Ah, bueno. Es que me prometí no parar de nadar hasta verte.

Ella sonrió.

—¿Ya estarías dispuesto a morir por mí?

—Sí. Ya. Para que veas.

—Qué mono.

Y le cogió la barbilla para darle un beso.

—¿Mono? Te vas a enterar.

La agarró con fuerza y la empujó haciendo la croqueta por la arena.

—¡Para, loco, para! ¡Para! —gritaba ella entre carcajadas.

Cuando alguien habla de conexión, química, hormigueos, mariposas e invertebrados varios, imagino que se refiere a lo que ocurrió en aquella playa.

Daniel y Cloe no paraban de bromear, abrazarse, mirarse, jugar, morderse, acariciarse y disfrutarse.

No necesitaban hablar, ni contarse su vida, ni sus penas ni sus alegrías, ni el pasado ni mucho menos el futuro.

Solo disfrutaban del momento. Quizá por eso fue un momento mágico e irrepetible.

Cloe paró de golpe el tiempo y dijo:

—Quieto. Ven aquí.

Se tumbó en el suelo y añadió:

—Hazme el amor.

Y allí, bajo el silencio de las olas, consumaron algo que no olvidarían jamás.

Al final, usaron el picnic de Cloe para merendar.

Daniel se rio al verlo, porque había traído lo que él llamaba hierba: cuscús, brotes de soja y algo que él creía que sería tofu.

Cloe tenía pinta de ser un poco hippie , eso lo atraía y al mismo tiempo lo desconcertaba.

Era un estilo de vida que le resultaba de lo más exótico.

Y llegó el momento maldito, ese en el que Cloe metía la mano en el bolso y decía:

—Me tengo que ir. Nos vemos mañana, ¿no? —preguntó ella.

—Sí, claro. Mañana me toca a mí traer la comida.

Cuando Daniel llegó a la habitación, allí estaba Rebeca frente al ordenador.

—¿Qué tal? ¿Qué tal el día?

—Bien, muy bien —contestó él.

Y le contó casi todo lo que había hecho. Lo del buceo, que por cierto se le daba genial, luego el pícnic en la playa, la siesta, que había comprado gafas, tubo y aletas para hacer snorkel .

—Bueno, y yo aquí preocupada por si te aburrías mucho. Acabo esto, te duchas y nos vamos a cenar por ahí. Yo invito.

Rebeca estaba sorprendida por el buen humor con el que había vuelto Daniel.

En ningún momento, se sintió él mal por su aventura.

Aunque había usado su comodín con Cloe, nadie podría decir jamás que lo había utilizado para castigar a Rebeca.

Para él, Cloe era una diosa, la misma Salacia emergiendo del mar.

Solo esperaba no tener problemas con Neptuno, porque, por lo que habían hablado, ella le tenía bastante miedo a su pareja.

Ya sentados a la mesa, Rebeca pidió por los dos, como siempre.

Tenían ese pequeño juego entre ellos: ella elegía y él luego la alababa o protestaba según le gustara o no.

Probablemente era una manera de tener algo más de qué hablar, porque lo cierto era que cada vez tenían menos temas de conversación.

No podían hablar de trabajo porque a él no le interesaban las telas ni a ella los fondos indexados.

Tampoco podían meterse con sus familias políticas porque ella tenía a la suya lejísimos y él, en realidad, solo tenía a su madre, tema espinoso que Rebeca prefería evitar.

Quizá estaban en ese punto de la relación en el que muchas parejas deciden tener un niño.

Muchos creen que se trata del instinto paternal o maternal, pero, desgraciadamente, a veces se tienen hijos por aburrimiento.

Rebeca se inclinó un poco hacia él y le dio un beso.

—Me alegro mucho de que hayas venido conmigo, cariño. Para mí es muy importante.

—Sí —respondió él—. La verdad es que creo que lo vamos a pasar muy bien.

¿Cínico? Quizá.

Pero en su momento Rebeca le había hecho mucho daño y él creía que estaba en su derecho de disfrutar de aquellos días sin remordimiento.

—Quería decirte una cosa, Daniel. Me estaba planteando que quizá haya llegado el momento de tener un niño. Bueno, un niño o una niña —dijo sonriendo.

Daniel se quedó quieto un instante.

—¿Ahora? Bueno, habrá que pensarlo. Te acaban de ascender y no sé si es el mejor momento. Trabajas muchas horas, viajas mucho…

—Sí, bueno, pero es cuestión de organizarse. Todo el mundo tiene niños.

—Claro, pero todo el mundo tiene claras sus prioridades. Porque entiendo que si tenemos un hijo cambiarás el chip, ¿no?

—Evidentemente —contestó ella.

—Bueno, lo ves muy sencillo y la Rebeca que yo conozco no sé si sería capaz. Desde luego, si piensas seguir con el mismo nivel de curro y que yo cuide siempre de la criatura, lo llevas claro. Por cierto, ¿qué has pedido? ¿Qué es esto?

—¿Estás cambiando de tema?

—No. Solo que esto está muy salado. No sé si me convence.

Daniel estaba fuera de juego. La primera vez en su vida que era infiel y, encima, la primera vez en su vida que Rebeca le planteaba seriamente tener una criatura. Y eso que a él le encantaban los niños.

—No sé, Daniel, pero a mí sí me apetece. Y más después de haber superado nuestra crisis.

—¿Superado? Bueno, no exageremos, que eso no sé si se supera alguna vez.

En este caso Daniel mentía, porque él había superado totalmente la crisis desde que puso un pie en aquella playa.

Rebeca cambió de expresión. Le parecía que en cuanto surgía la oportunidad, Daniel le recordaba su traición. Y no tanto por el hecho en sí como por las mentiras y los subterfugios que le hacen a uno sentirse idiota a ojos de su pareja.

—Daniel, ¿cuándo vas a parar? Necesito que lo olvides ya. No soporto más esta tortura. Me equivoqué, te pedí perdón, te juro que jamás lo volvería a hacer, ya he pagado con creces lo que hice.

Daniel la miró un momento.

—Está bien. Te prometo que nunca más sacaré ese tema.

—¿Sí? —preguntó ella casi sin respirar—. ¿Me lo prometes?

—Sí. Se acabó.

Pidieron un par de cócteles y subieron a la habitación. Él se desvistió, se lavó los dientes y se metió en la cama. Rebeca salió del baño y empezó a hacerle un striptease mientras tarareaba You Can Leave Your Hat On . Sabía que a él le encantaba esa canción. Pero quizá hoy no era el día.

Ella terminó el show y se metió en la cama besándolo. Llevó su mano al pene de Daniel y dijo:

—¿Qué pasa? ¿Que nuestro amiguito no está hoy para fiestas?

—No sé —respondió él—. Se habrá quemado con el sol.

—Pues vaya. Tendré que animarle.

Y Rebeca bajó por debajo de las sábanas, besándolo por el pecho.