Capítulo 11 — cloe
cloe
Al año siguiente de la infidelidad de Rebeca, a ella le salió un proyecto en Formentera que duraría aproximadamente dos semanas y le propuso a Daniel que se cogiera vacaciones para ir juntos.
A él le debían muchos días del año anterior y le pareció una buena idea.
Lo pidió en el trabajo y, aunque en un primer momento le dijeron que no, al final insistió lo suficiente como para conseguirlo.
Se alojaron en el mismo hotel en el que ella tenía que trabajar.
Pero Rebeca estaba tan ocupada que apenas la veía durante el día, y Daniel tuvo que entretenerse por su cuenta.
Siempre había querido sacarse el PADI de buceo y ya había adelantado la teoría en Madrid, así que fue a La Savina y contrató las inmersiones que le quedaban para sacarse el título.
Era finales de mayo; en la lancha salían solo dos monitores, un alemán, una chica que trabajaba en una discoteca de Ibiza, y él.
Era el paraíso.
Desde el primer momento se le dio muy bien el buceo, así que pudo disfrutar de la riqueza de la posidonia mientras sus compañeros peleaban con los reguladores, la respiración y los nervios.
Un día, después de la clase, decidió pasar por un supermercado y prepararse un picnic para ir a Ses Canyes, una de tantas playas que tenía apuntadas para relajarse con algún libro y desconectar del mundo.
No había nadie.
Y eso, en Formentera, era un lujo enorme.
El agua estaba fresquita, pero la disfrutó igualmente. Mientras hacía el muerto sobre aquellas aguas tranquilas, pensó que tenía que comprarse un equipo de snorkel . Quería explorar la isla por dentro y por fuera.
Fue entonces cuando la vio llegar.
Primero solo distinguió una figura a lo lejos. Una chica, mujer, señora o abuela que venía a hacerle compañía. Estaba demasiado lejos para verla bien. Dejó sus cosas a unos metros de su toalla, se quitó la ropa y se tumbó sobre un pareo.
No le sorprendió demasiado. Ya había oído que en Formentera el nudismo era muy habitual. Salió del agua y lo único que se le ocurrió decir fue un tímido:
—Buenos días.
No recibió respuesta, así que siguió a lo suyo.
Al final no era ni una chica, ni una señora, ni una abuela.
Era una mujer de unos treinta años, delgada, atractiva y tatuada.
Era distinta, sí, distinta a todo lo que él estaba acostumbrado.
Llevaba la cabeza rapada salvo la parte de arriba, que recogía en una coleta.
Daniel se sentía raro, incómodo con su desnudez.
No es que él fuera un santo, ni mucho menos, pero compartir una playa estando solos y ella desnuda le resultaba extrañamente íntimo.
Se secó, se dio crema y se tumbó a leer un libro, El arte de la guerra .
Después de una hora empapándose de sabiduría oriental, de estrategia y actitud ganadora, llegó la hora de comer.
Se preparó un bocadillo y sacó una cerveza de la mini nevera.
Al abrirla sonó ese chasquido frío que todos anhelamos cuando estamos churruscados bajo el sol.
Daniel notó que su acompañante lo había oído.
Vio cómo se incorporaba, se sentaba sobre el pareo y lo miraba.
No tuvo otra salida.
—¿Quieres una?
La chica se levantó. Daniel pegó un salto y dijo enseguida:
—Espera, te la acerco.
Se encontraron a mitad de camino. Él le tendió la cerveza y, al cogerla, ella rozó con los dedos la mano de Daniel.
—Muchas gracias. Estaba seca —dijo sonriendo.
Daniel volvió a su toalla con una erección.
Sí, una erección.
Acababa de vivir uno de los momentos más eróticos de su vida y ni siquiera había pasado nada. Sin darse la vuelta, gritó:
—Espera. ¿Quieres algo de comer?
Ella respondió desde detrás:
—Pues sí, si no te importa. Así no tengo que volver a casa y puedo quedarme más tiempo.
Volvió a por sus cosas y se plantó junto a él justo cuando Daniel estaba partiendo el pan para hacer otro bocadillo. Él estaba muerto de vergüenza. Estaba convencido de que se había dado cuenta de lo que apenas lograba esconder el bañador.
—¿Estás incómodo? —preguntó ella—. ¿Quieres que me vista?
—¿Yo incómodo? No, mujer. Bueno, sí. O sea, no. Perdona, te voy a ser sincero. Hace como quince años que no tengo a una mujer desnuda tan cerca, que no sea mi mujer, claro.
Ella se echó a reír. Se sentía poderosa.
—¿Estás casado entonces?
—Sí. Casado.
Y le contó que estaba de viaje acompañando a su mujer por trabajo.
—¿Y tú?
—Yo no creo en esas cosas, pero digamos que sí, más o menos. Tengo una pareja desde hace tiempo y compartimos casa y gastos.
Daniel soltó una risa.
—Joder, qué bien suena eso. Qué bonito es el amor cuando se expresa de esa manera.
—Anda, ya te puedes quitar la camiseta de ahí. Ya hay confianza.
Los dos se rieron.
Desde el principio notaron que había algo entre ellos, una atracción inesperada, casi absurda: dos personas con vidas tan distantes y, de repente, tan cerca. Siguieron bromeando mientras terminaban sus bocadillos y luego ella se tumbó en silencio.
Daniel estaba alucinado.
La tenía allí al lado, desnuda, con un sombrero que le protegía la cara del sol. Sabía que estaba mal, pero no podía dejar de mirarla, desde los dedos de los pies hasta un lunar pequeñito que tenía en el cuello.
—¿Te gusta lo que ves?
—Perdona —respondió Daniel—, pero es que esto está siendo un poco duro para mí.
Ella sonrió, divertida.
—Bueno, creo que podemos hacer algo para solucionarlo. Quítate el bañador, túmbate y relájate, disfruta del sol y piensa en otra cosa.
Y así lo hizo.
Pero desde luego no había sido ninguna solución.
Su erección seguía ahí, más viva que nunca. Ya no quería ni mirarla. Giró la cabeza hacia el otro lado y dijo de repente:
—Me voy a dar un baño.
Se levantó y salió corriendo hacia el agua.
No sé si lo habéis hecho alguna vez, pero para Daniel, desde luego, era la primera. Hay pocos placeres en el mundo como el de bañarse desnudo. Y en ese momento, además, el mar era el escondite perfecto para su timidez.
—¿A que mola? —le dijo ella riéndose.
—¿El qué?
—Bañarse desnudo.
—Sí, claro. Joder. Me siento libre.
—Venga, píllame.
Y salió nadando como una sirena.
Se notaba que estaba acostumbrada a nadar en el mar porque Daniel, aunque nadaba bien, era incapaz de cogerla.
Tragaba agua, le escocían los ojos y cada vez que creía alcanzarla ella ya estaba un poco más allá.
Al final consiguió cazarla, le agarró un pie y el instinto hizo el resto: acabó sujetándola por la cintura.
Se miraron fijamente.
Había muchísima tensión sexual.
Pero Daniel la soltó de golpe y ella dijo:
—Vamos, tengo frío.
Ya se le había quitado cualquier pudor. Le ofreció su toalla, ella seguía helada, así que la abrazó y se taparon con el pareo. En unos minutos, ella se quedó dormida. Y él, una vez más, se limitó a mirarla. Estaba totalmente hipnotizado. Al final, él también sucumbió y se quedó dormido.
Despertó notando unos dedos suaves en el pelo.
Habían cambiado las tornas. Ahora era ella la que lo observaba.
Pasaron un buen rato hablando solo con la mirada porque de sus bocas no salía ni una sola palabra. Pero todo lo bueno acaba y, de pronto, ella metió la mano en el bolso, sacó el reloj y dijo:
—Vaya, me tengo que ir. Espera. ¿Nos volveremos a ver?
—Si quieres, te invito a comer mañana. Te lo debo.
—Sí, claro. ¿Dónde?
—Aquí. Debemos tener cuidado, ¿no crees?
—Vale, perfecto. A todo esto, me llamo Daniel. ¿Y tú?
Ella levantó apenas el sombrero.
—Cloe. Me llamo Cloe.
Y se despidió elevando aquel gran sombrero de paja como si fuera una actriz antigua.
—Ah, Daniel, por cierto. Trae protección, por si acaso, ¿vale?
Y Daniel, con cara de póker, respondió:
—Sí, lo haré. No te preocupes.
Cuando llegó a la habitación se encontró una nota de Rebeca.
«Lo siento, cariño, no te he podido esperar más y no me cogías el móvil. Tengo que cenar con el director del hotel, no me he podido negar. No volveré tarde, así que, si me esperas despierto, te recompensaré. Te quiero».
Cualquier otro día Daniel se habría enfadado.
Pero hoy no.
No tenía claro si era enchochamiento o si se había enamorado locamente de Cloe. Aquel había sido el día más excitante de su vida y quizá, precisamente por no haber hecho nada más que compartir un baño y un pareo desnudos, la excitación se había vuelto casi insoportable.
De todas formas, no quería volverse loco.
Lo único que sabía de ella era que se llamaba Cloe, que tenía pareja y que nadaba como un delfín.
Decidió pedir algo de cenar a la habitación y pasar el rato recordando cada segundo que había vivido con ella. Cuando vio que eran las once, apagó la luz e intentó dormir o, al menos, parecerlo.
Lo que menos le apetecía en ese momento era la recompensa que le había prometido Rebeca.
Primero, porque tenía la cabeza en otra mujer.
Y segundo, porque una vez más ella había puesto su trabajo por delante de su marido.
Una actitud que, día a día, iba minando la relación y que Daniel estaba harto de discutir con ella.
Él siempre había respetado su trabajo, pero había momentos en los que uno tenía que darse cuenta de lo que era de verdad importante.
Daniel podía entender que durante el día apenas se vieran, pero aceptar una cena con el director con el que llevaba trabajando desde la mañana, pensando además que luego él se conformaría con una recompensa nocturna, no le encajaba en absoluto.
Quizá por eso aquel día no había salido corriendo cuando notó que sus feromonas se iban de excursión.
Cuando sonó la puerta, cerró los ojos y se hizo el dormido. Oyó cómo ella entraba al baño y, poco después, cómo se metía en la cama y lo abrazaba por la espalda.
—¿Daniel? ¿Estás dormido?
—Ya no.
—Se ha hecho un poco tarde. Lo siento.
—No pasa nada. Venga, vamos a dormir, que tienes que madrugar.
Rebeca conocía perfectamente a Daniel y un «no pasa nada» era una auténtica declaración de intenciones.