Poseidonia Capítulo 10 — ana & bimba #5
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Capítulo 10 — ana & bimba #5

Daniel notó cómo se le iba tensando el cuerpo. Aquel masaje podía irse de las manos en cualquier momento. Ana se quitó las medias con una lentitud que no parecía inocente y volvió a apoyar los pies en sus piernas.

—Ahora sí —dijo—. Sigue.

El día de Ana había sido larguísimo. Había recorrido Madrid de arriba abajo, había cocinado toda la tarde y encima había terminado alojando a media familia de emergencia.

Aun así, allí estaba, poniendo unas caras de placer tan sinceras con el masaje que Daniel se estaba poniendo cachondo, aunque intentara disimularlo preguntando estupideces.

—¿Y ese elefante rojo? ¿De dónde lo has sacado?

Ana ni le contestó. Cerró los ojos.

Después de un buen rato de masaje, se incorporó y dijo:

—Buf, me duermo. Te toca.

Le colocó la cabeza sobre las piernas y empezó a acariciarle el pelo.

—Bueno, Daniel, dime… ¿me vas a echar de menos?

Él sonrió sin abrir del todo los ojos.

—Ya te estoy echando de menos, Ana. De hecho, estoy por quedarme aquí, entre tus piernas. Uy. Qué mal ha sonado eso.

Ana se rio y le dio un beso en la mejilla.

—Anda, tonto. Estoy hablando en serio.

Daniel se incorporó un poco para mirarla.

—Por supuesto que sí. No sé si terminaremos juntos o quedaremos como amigos, pero estoy seguro de que siempre nos querremos.

Ana le sostuvo la mirada unos segundos. Luego sonrió con una ternura cansada.

—Ay, qué mono eres. Venga, a la cama.

—¿A la cama?

—A ver, ¿piensas dormir en este sofá de dos plazas? Anda. Vamos a traer aquí a Lucía, pegamos la mesa al sofá para que no se caiga y nosotros, a la cama.

Y así lo hicieron.

Ana fue al baño, se lavó los dientes y salió en braguitas y con una camiseta gigante con la lengua de los Rolling Stones.

Daniel se echó a reír.

—Vaya pijama chulo. Y sexy, sí señor.

Luego fue a sacar de la maleta algo para dormir y el neceser. Tardó un rato en encontrarlo todo porque estaba oscuro y no quería hacer ruido. Cuando por fin volvió a la habitación, Ana ya se había quedado dormida.

Quizá era lo mejor.

Aunque le apetecía muchísimo acostarse con ella, quizá aquella noche lo único que tocaba era dormir.

Aún tenía demasiadas cosas abiertas en la cabeza.

La pérdida de Rebeca, que seguía martirizándolo a ratos.

La desconcertante postal. La culpa. El miedo.

Todo eso seguía allí, aunque intentara fingir lo contrario.

Y, aun así, se le hacía muy duro compartir cama con una mujer que le atraía tanto.

De repente notó un pie acariciándole el suyo.

Ana se dio la vuelta y, ya dormida, apoyó la cabeza en su pecho abrazándolo. Daniel le acarició con muchísimo cuidado la espalda y, poco a poco, se fue durmiendo, disfrutando del perfume de su pelo.

Unas horas después, despertaron al notar un cuerpecito pequeño moviéndose a la altura de los pies. Era Lucía, que quería meterse con ellos en la cama. Daniel estaba detrás de Ana, abrazándola, con una mano en uno de sus pechos.

Ana abrió los ojos y sonrió.

—Vaya, cómo te aprovechas de una pobre desvalida —dijo, apretando primero la mano de Daniel sobre su pecho y apartándola luego con suavidad.

Levantó el edredón.

—Vente, pequeña, que hace frío.

Lucía se metió entre los dos.

Daniel las miró y no pudo evitar sonreír.

—No sé por qué me da a mí que, hasta hace muy poco, no te habrías visto en una situación así ni de lejos.

Ana cerró los ojos otra vez.

—Calla, tonto, y duerme, que aún es pronto.

Y se fueron quedando dormidos de nuevo, mirándose a ratos con la poca luz que entraba por las ventanas.

A la mañana siguiente, la escena en el aeropuerto parecía casi doméstica: como una familia que se va de viaje, solo que en este caso la mitad —Ana y Bimba— se quedaban en tierra.

Bimba se despidió de Dex con esos besitos de hocico que los perros se dan sin pudor y sin teoría. Ana se abrazó a Daniel. Lucía se agarró a la pierna de Ana. Ninguno de los dos adultos encontraba una frase decente.

A Daniel le daba muchísima pena dejarla allí. Una pena limpia, de esas que pesan más precisamente porque todavía no tienen nombre del todo. Quizá estaba siendo egoísta. Quizá loco. Quizá ambas cosas.

Ana se giró y tiró de Bimba hacia la salida, pero la perra no se movía. Ella levantó las manos con una sonrisa resignada, como diciendo: ¿ves lo que tengo que aguantar?

Daniel dio unos pasos con Lucía y Dex.

Se paró.

Se dio la vuelta.

Dejó a la niña con el perro y volvió hacia Ana.

La abrazó.

La levantó del suelo y la besó.

Uno de esos besos que no se quedan solo en la boca ni en el cuerpo, sino que siguen repitiéndose dentro durante días, como si el recuerdo tuviera vida propia.

A ojos de cualquiera, ese beso podría parecer demasiado temprano.

Pero lo cierto es que la muerte de Rebeca no había destruido un amor, solo cerró de golpe una historia que él no había sabido terminar.

Por eso Ana no fue una traición ni una sustituta, sino la persona que apareció justo cuando Daniel empezaba, sin esperarlo, a sentirse un poco vivo otra vez.

* * *

«La atracción mental es mucho más fuerte que la física. De una mente no te libras ni cerrando los ojos». Cita atribuida a Albert Einstein