Capítulo 10 — ana & bimba #4
—Sí, claro. Pero vosotros sois mi familia y os vais muy lejos. Además, no tengo nada claro que tú puedas cuidar solo de Lucía. No me quedo tranquila. Últimamente no haces más que locuras.
Daniel se contuvo.
—Mamá, no exageres. Esta tarde quédate con Lucía. Voy a buscar a Dexter, lo llevo a casa de Ana y así mañana salimos directamente hacia el aeropuerto. Me quedaré allí a cenar.
Aquello fue suficiente.
Gala se volvió de golpe.
—Ah, que vas a cenar con Ana en vez de con tu madre. Muy bien, hijo, muy bien. Mira, hasta aquí. Ya casi te llevas también a Lucía y os quedáis todos en su casa. Ya estoy harta de tus tonterías.
Cogió el bolso y salió dando un portazo.
Daniel se quedó inmóvil unos segundos, con una rabia tan cansada que casi ya no sabía expresarla. Lo que más le quemaba no era la discusión. Era que su hija tuviera que soportar ese ambiente. Que, incluso en un momento así, Gala siguiera necesitando ser el centro de todo.
No quiso esperar a que volviera.
Recogió las maletas, vistió a Lucía y se fueron a buscar a Dexter.
Los Fernández se pusieron muy tristes, sobre todo los niños. Le habían cogido muchísimo cariño a Dex. Daniel les dio las gracias una y otra vez por haberse encargado de él durante aquellas semanas y se prometió a sí mismo no olvidar nunca aquella ayuda, tan práctica y silenciosa.
Desde allí se fueron a casa de Ana.
—Hola, Ana. Venimos la familia al completo.
Entraron todos, maletas incluidas, hasta el salón.
Ana estaba guapísima. Se había puesto un vestido rojo muy bonito, iba maquillada y llevaba los tacones en la mano. En el salón había preparado la mesa con esmero, velas incluidas. Una de esas escenas que solo se sostienen si quien las ha montado ha puesto mucho cuidado y más ilusión todavía.
Daniel se sintió culpable al instante.
—Oh, lo siento. Parece que te he fastidiado el plan. He discutido con mi madre, no quería quedarse con Lucía y se ha mosqueado cuando le he dicho que venía a cenar contigo.
Ana los miró a todos. A la niña, a los perros, a las maletas, a la cara de agotamiento de Daniel.
Y no dudó.
—Bueno, no pasa nada. Mi casa es pequeña, pero nos apañaremos. Lucía, ¿tienes hambre?
La niña asintió con la cabeza.
Ana vivía en un apartamento encantador que daba a la plaza de Chueca.
Tenía un salón con cocina americana, un dormitorio y un baño.
Estaba lleno de libros, de objetos traídos de distintos viajes, de piezas de artesanía, de grabados e ilustraciones enmarcados.
Todo parecía haber encontrado su lugar de manera natural.
Los tres se sentaron a cenar. Lucía tenía a un lado a Dex y al otro a Bimba, ambos sentados con esa paciencia reverencial de los perros que sospechan que en cualquier momento puede caer algo desde la mesa.
—Bueno, a ver qué te parece lo que he preparado para cenar. Espero que se pueda comer, porque la cocina no es lo mío —dijo Ana.
Seguía descalza. Se resistía a ponerse los tacones, y a Daniel le encantaba poder mirar sus pies. Además, nunca había entendido del todo qué lógica podía justificar destrozarse los pies con ellos.
A Lucía le preparó una tortilla y unas lonchas de jamón york. Daniel se lo cortó todo en trocitos pequeños y la niña empezó a comer.
Llegó el primer plato: cóctel de marisco.
—Mmm, qué buena pinta —dijo Daniel, y se llevó la primera cucharada a la boca.
No pudo disimularlo. Se echó a reír.
—¿Qué pasa? —preguntó Ana.
—Las gambas.
—¿Qué pasa con las gambas? Si son congeladas.
Daniel la miró.
—Ya… pero ¿no las has cocido?
Ana abrió los ojos.
—¿No venían cocidas?
Daniel se echó a reír con ganas.
—No. Hay que cocerlas.
—Jooooder… Uy, perdón —dijo Ana con una cara de decepción tan genuina que a Daniel le dio todavía más risa.
—Tranquila, mujer, que estas cosas pasan. Si la bolsa no ponía que estaban crudas, ¿cómo ibas a saberlo? Venga, segundo plato. Sorpréndeme.
El segundo era solomillo de cerdo con puré de patatas. Eso sí se podía comer, aunque tanto la carne como el puré estaban secos, sequísimos. Aun así, los dos lo comían mirándose por encima de las copas, bebiendo mucho vino, mucha agua y conteniendo la risa a intervalos.
—Se ha quedado un poco seco, ¿no? —preguntó Ana.
—Un poco, pero está bueno.
—El postre casi ni lo saco, que he tenido un percance. ¿Quieres algo de fruta?
Daniel la miró con una ternura divertida.
—Tú… esta cena la has hecho para enamorarme, ¿no?
—Calla, no seas cabrón, que llevo toda la tarde cocinando y mira el resultado.
—Tranquila. No se puede saber de todo en esta vida. Ya te enseñaré yo a cocinar. O, si no, cocinaré para ti.
Y entonces se fijó en Lucía.
—Mira… —dijo, riéndose—. Se ha quedado dormida encima de la mesa.
Ana la cogió en brazos con cuidado y la llevó a su habitación. Las fieras la siguieron enseguida e hicieron guardia bajo la cama como si se tratara de un castillo.
Cuando volvió al salón, preguntó:
—Entonces, ¿mal con tu madre?
Daniel apoyó los codos en la mesa.
—Sí. No tiene remedio. Siempre ha tenido un poco de mala leche, pero desde que falleció mi padre no levanta cabeza.
Está insoportable y tiene unos prontos, unos cambios de humor…
En teoría está medicada. La llevé hace tiempo a un psiquiatra para que la tratara, pero creo que sirve de poco.
Es muy egoísta y siempre tiene que ser el centro de atención.
Y yo, después de lo que ha pasado, no estoy para tonterías.
Pero no hablemos de eso. ¿Cuándo te vienes a Formentera?
Ana sonrió.
—Pues ya mismo, en un par de meses. Lo que no sé es cuánto tiempo irme. Lo mismo no me aguantas ni dos días. Además, evidentemente, tendrás que cocinar tú.
Se levantó a recoger.
—Venga, vamos al sofá y nos tomamos algo.
Daniel le miró los pies.
—¿Qué tal esos pies?
—¿Por qué lo dices?
—Veo que no te has puesto los tacones.
—Sí, es que los he llevado todo el día. He estado viendo a varios clientes. Odio los tacones.
Daniel alargó la mano.
—A ver. Dame esos piececitos.
Y empezó a masajeárselos.
—Espera, ¿te importa que me quite las medias? Así no es lo mismo.