Poseidonia Capítulo 10 — ana & bimba #3
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Capítulo 10 — ana & bimba #3

Cogió el teléfono.

—Ana, ¿hola? ¿Estás despierta? —escribió por WhatsApp.

—Ahora sí —respondió Ana—. ¿Qué pasa?

—¿Tú crees que estoy loco por querer irme a Formentera?

—Claro que estás loco. Pero bendita locura. Muchos querrían estar tan locos como tú, te lo aseguro.

—Tú sí que me entiendes —respondió Daniel—. Mi madre me ha montado una cuando le he dicho que he estado hoy allí.

—¿Allí dónde? ¿En Formentera? ¿Para qué?

—He comprado una casa preciosa. Ah, y también un coche.

—Pues va a ser que sí estás loco. ¿Me quieres decir que has visto una casa por internet, te ha gustado y te has ido a comprarla? ¿Así? ¿Chin pum?

—Sí. ¿Qué pasa? ¿He hecho mal?

—Pues no sabría qué decirte. ¿Mal? No sé. Pero quizá, cuando uno se compra una casa, y más si entiendo que no te ha salido barata, lo suyo es ver varias, negociar… vamos, lo que hace todo el mundo.

—Espera, que te mando unas fotos.

Hubo un silencio de casi un minuto hasta que aparecieron los puntos intermitentes.

—¿Cuándo nos vamos?

A Daniel, de golpe, se le quitaron todas las dudas con la compra de la casa.

—Yo me voy en diez días. Tú, cuando quieras. Hay una habitación para ti.

—¿Una habitación? ¿Una que no es la tuya?

Daniel se quedó planchado.

—Oye, que aún no me has pedido salir. Todo se andará.

Y allí se quedaron hablando hasta que, a las tres de la mañana, Ana le escribió:

—Lo siento, pero mis dedos ya no son capaces de escribir una palabra más. Estoy muerta. Mañana hablamos. P. D.: «Tienes una casa maravillosa».

Y terminó con dos emojis de los que tiran besitos.

Al día siguiente, Daniel despertó y lo primero que notó fue que la casa olía muy bien. Fue hacia la cocina.

—Hola, hijo. ¿Qué tal has dormido?

—Bien, mamá. ¿Y esto?

Gala había preparado un desayuno digno de cualquier brunch de moda de Madrid.

—Quería pedirte perdón por la discusión de ayer. Quizá subí un poco el tono. Entonces, ¿es verdad lo de la casa? ¿Ya has dado una señal?

—Sí, mamá. Ya está hecho.

—Solo quería decirte, hijo, que he pensado mucho esta noche.

Quizá no te ha resultado fácil la convivencia conmigo, ya sabes que tengo mis manías, pero las podría cambiar para que estuvieras más a gusto, para que te sintieras como en casa otra vez.

Incluso podríamos hablar de que se viniera Dexter aquí, con nosotros.

—Mamá, no me voy por ti. Es un proyecto que tengo desde hace años. Siempre he querido vivir en una isla, cambiar de vida, algo más tranquilo, en el campo. Y ahora, después de lo que ha pasado, es lo que creo que necesitamos.

—¿Necesitamos o necesitas tú? ¿Y por qué no dejas a Lucía conmigo? ¿Qué va a hacer ella allí? Creo que no estás bien. No eres el mismo de antes. Algo ha cambiado en tu cabeza después del accidente.

—Lo siento, mamá, pero como te dije ayer, no hay vuelta atrás.

—Bueno, eso habrá que verlo. Tendré que consultarlo, pero yo creo que, como abuela de la niña, tengo derecho a verla y, sobre todo, estoy más capacitada que tú porque, evidentemente, tienes algún tipo de trastorno.

—¿Qué dices, mamá? ¿Qué estás insinuando?

—Nada. No estoy insinuando nada. Ya hablaremos.

Pasaron los días. Cada vez había más tensión entre ellos y Gala estaba muy distante con Lucía. Daniel iba terminando las últimas gestiones que tenía pendientes con Ana. Muchas podían arreglarlas por teléfono, pero él prefería verla y hablar con ella de cualquier cosa menos de trámites.

Le contó que estaba preocupado con la abuela, que ya no se fiaba demasiado de dejar a la niña a solas con ella y que la convivencia se había vuelto insoportable.

Ana le ofreció su casa hasta que se fueran a Formentera, pero Daniel no quería liarla más.

Para los pocos días que quedaban, pensaba que era mejor no empeorar todavía más las cosas.

Aquella tarde, Ana acompañó a Daniel de tiendas. Necesitaban ropa. Fueron a un centro comercial, compraron dos maletas y las fueron llenando de ropa de todo tipo. Daniel agradeció mucho la ayuda, porque todo lo relacionado con la ropa de Lucía se le hacía cuesta arriba.

Cuando llegó a casa se encontró una sorpresa: Rebeca estaba de vuelta.

Correos había devuelto el paquete. La causa decía: «El destinatario no vive en la dirección indicada».

Así que aquella noche dormiría de nuevo con ella.

La dejó en su habitación y pasó el resto del día probándole a Lucía toda la ropa.

Y allí estaban los dos otra vez: Daniel tumbado en la cama y Rebeca sobre la mesilla de noche.

—Hola, cariño. No creo que puedas oírme, pero por si acaso te contaré algunas cosas.

Tus padres y tu hermano vinieron a despedirte, han pasado bastante tiempo con Lucía y les he prometido que les llevaré a la niña una vez al año.

Hasta les he regalado un iPad para que puedan llamarla cuando quieran.

No sé si te parecerá bien, pero he dejado el trabajo, he comprado una casa en Formentera y nos vamos Lucy y yo a vivir allí.

Quiero empezar de cero, que la niña crezca en el campo, en un entorno saludable y, sobre todo, quiero pasar el mayor tiempo posible a su lado.

De repente, Gala asomó la cabeza por la puerta.

—¿Quién hay ahí? ¿Con quién hablas a estas horas?

—Nada, mamá. Estoy hablando con Rebeca, que ha vuelto. Mañana se irá otra vez de viaje.

—¡Estás loco! ¡Loco de remate!

Y, efectivamente, al día siguiente Rebeca se iba otra vez de viaje. Esta vez con destino a Argentina.

Daniel fue a Correos, a la misma oficina de la vez anterior, y decidió continuar la película con la misma persona que lo había atendido.

—Hola. Mi mujer ha vuelto y necesito enviarla con sus padres a Argentina.

El hombre levantó la cabeza y lo reconoció al instante.

—¿Está de cachondeo? —dijo, mirándolo con una mezcla de cansancio y escándalo—. Que sepa que el otro día me comí un marrón importante. ¿Sabe que no se pueden enviar cenizas en un paquete postal?

—No. Y me da la sensación de que usted tampoco lo sabía.

—Pues olvídese y busque otra manera, porque desde aquí, desde luego, no va a poder ser.

—¿Y si olvidamos que son cenizas?

—Que no, que no. Váyase y no complique más las cosas.

Daniel salió de allí sin discutir más. Ya había entendido que, en ciertos momentos de la vida, insistir no servía de nada. Así que se fue a una oficina de UPS y, sin especificar que aquel paquete llevaba a su mujer incinerada dentro, lo envió a sus suegros.

Cuando salió a la calle, le escribió un mensaje a Andrés:

Hola, Andrés. Al final los deseos de tu mujer van a hacerse realidad.

Os he enviado la urna con las cenizas de Rebeca, me las han devuelto de su anterior destino.

Lo he enviado como urgente, así que en teoría debe llegar la semana que viene.

Avísame, por favor, para saber que ha llegado bien. Un abrazo.

Ya solo quedaban dos días para irse a Formentera.

El primero de ellos lo pasaría con Pedrito.

El último, con su querida Ana, que, según iban pasando los días, ya no podía disimular la pena que le daba aquella marcha.

Quedó con Pedro a tomar algo. Él llegó con la misma cara de siempre: entre cansado, descarado y medio chulesco, como si la vida fuese una bronca permanente con pequeños descansos para beber cerveza.

—Hola, Pedro, ¿cómo vas?

—Bien, macho, un poco estresado con tanto niño y tanta ex tocándome los cojones.

—Ya te dije yo que tenías que parar. Córtate los cables.

Pedro puso cara de espanto.

—Buf, qué va. Me da cosa que me metan mano ahí.

—Anda ya, no seas palurdo, que eso no duele nada y en quince días estás operativo.

—Cambia de tema, por Dios. A ver, ¿qué es eso tan importante que me tienes que contar?

Giró la cabeza y pidió dos cervezas.

Daniel esperó a que se las sirvieran.

—Pues que me voy a Formentera. Me he comprado una casa y un coche y me voy allí con Lucía y Dexter.

Pedro se quedó mirándolo un segundo.

Luego soltó una carcajada.

—Eres un crack . Estás de broma ¿no? Pero si allí no hay nada. He estado un par de veces y lo único que hay son playas y más playas.

Daniel se rio también.

—Lo sé, yo también lo conozco. Pero eso es justo lo que busco: tranquilidad, pasar tiempo con la niña… y, si en el futuro veo que me aburro, pues ya volveré. Tampoco me ata nada aquí.

Se pasó más de una hora contándole a Pedro cómo era la casa, cómo había comprado el coche, cómo imaginaba los primeros días allí.

Pedro, por su parte, hizo lo que mejor sabía hacer en situaciones emocionales: pedir otra ronda, asentir a ratos y soltar alguna barbaridad para que las cosas no se pusieran demasiado serias.

En un momento dado, Pedro le preguntó si quería que los llevara al aeropuerto. Daniel le dijo que no, que ya los llevaría Ana.

La reacción fue exactamente la esperable.

—¿Ana? Joder, qué calladito lo tenías. Anda que pierdes el tiempo. Al final te has ligado a las dos más guapas del insti.

Daniel negó con una sonrisa.

—Que no, que no. No te hagas líos. Solo somos amigos. Al menos, de momento. Ana es una tía maravillosa, me encanta, pero ahora mismo no estoy para empezar nada y menos con esta huida que me he montado.

Pedro lo miró por encima del vaso.

—Ya. Bueno. Acepto pulpo.

Y por fin llegó el último día en Madrid.

Pasó toda la mañana preparándolo todo. Que, en realidad, no era mucho. Se puede decir que su vida, a esas alturas, cabía entera en dos maletas y unas cuantas bolsas más.

El ambiente en casa era insoportable.

Gala no había abierto la boca en toda la mañana y, cada vez que Lucía se le acercaba, la apartaba con una mano seca, casi sin mirarla.

Daniel había quedado con Ana en llevarle a Dexter por la tarde y cenar juntos en su casa.

Así, al día siguiente, ya saldrían directamente hacia el aeropuerto. Pero se temía lo peor.

—Mamá, hoy es nuestro último día en Madrid. ¿De verdad quieres que lo pasemos así?

Gala ni lo miró al principio.

—Es que aún no me puedo creer que os vayáis y me dejéis sola.

—Mamá, tú tienes tu vida, tus amigas… y nosotros vendremos a verte a menudo, no te preocupes.