Poseidonia Capítulo 10 — ana & bimba #2
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Capítulo 10 — ana & bimba #2

De repente, el móvil de Daniel vibró.

Él lo sacó del bolsillo y frunció el ceño al ver el nombre en la pantalla.

—¿Quién es? —preguntó Ana.

—Eva.

Daniel dejó escapar un suspiro.

—¿Otra vez?

El teléfono volvió a vibrar.

Abrió el chat.

EVA: «Daniel, perdóname».

Daniel le enseñó el móvil a Ana y ella se acercó para ver bien la pantalla.

—Empezamos bien.

Antes de que ella pudiera responder, llegó otro mensaje.

EVA: «Sé que no tengo derecho a escribirte».

Ana arqueó una ceja.

—Entonces para qué escribes.

El móvil vibró de nuevo.

EVA: «No dejo de pensar en Rebeca, en Lucía, en ti». EVA: «Necesito hablar contigo cinco minutos».

Daniel fue deslizando la pantalla para que Ana leyera.

—Madre mía…

Otro mensaje.

EVA: «Solo verte. Te lo pido por favor». EVA: «No puedo quedarme así».

Daniel negó con la cabeza.

—No sé qué pretende.

—Que la escuches.

—Pues no tengo ninguna intención.

Daniel se quedó mirando la pantalla unos segundos. Luego escribió una única frase.

DANIEL: «No vuelvas a escribirme».

Ana observó cómo enviaba el mensaje.

—Bastante educado me parece.

La respuesta llegó casi al instante.

EVA: «Daniel, por favor».

Daniel soltó una risa incrédula.

—Es increíble.

Le enseñó también ese último mensaje.

Ana lo leyó en la pantalla y negó despacio con la cabeza.

—Madre mía, esta tía está desquiciada.

Daniel bloqueó el contacto.

Ana se levantó, se sacudió la hierba de las piernas y le tendió una mano.

—Venga, vamos a recoger, que he reservado para comer a las dos. Hoy invito yo.

—¿Y las fieras?

—Tranquilo. Se van a quedar en casa de un amigo.

Daniel giró la cabeza hacia ella con una sonrisa torcida.

—¿Amigo? ¿Tienes un amigo aquí? ¿Qué clase de amigo? —Dijo mientras se hacía el celoso.

Ana se encogió de hombros con total naturalidad.

—Pues un amigo. De los que abrazas uno o dos días y los sueltas el lunes.

El restaurante tenía dos plantas y estaba decorado con profusión, pero sin resultar agobiante. Había algo cálido en el ambiente, una mezcla de madera, luz suave y gente hablando bajo que volvía el sitio muy acogedor.

Pidieron algo de cuchara y una carne para compartir. Sin decirle nada, Ana empezó a ayudar a Lucía con la cuchara.

—Esta niña come bien, ¿no? —comentó.

Daniel la miró, divertido.

—Joder, Ana, para no tener niños, no se te da nada mal, ¿no? ¿Qué pasa, estás practicando para cuando te toque? ¿No te has planteado ser madre aún?

Ana levantó la vista del plato de Lucía.

—Por supuesto que me lo he planteado, pero entre unas cosas y otras, y que los tíos me resultan cansinos…

Tampoco lo veo imprescindible en mi vida.

Me gustaría, sí. Incluso pensé en intentarlo yo sola, pero, sinceramente, me da pereza criar a un niño sin una pareja con la que compartirlo. Desde luego, no es la situación ideal.

—Claro —contestó Daniel—. Te entiendo perfectamente. Pero no sé por qué me da a mí que tú vas a terminar cambiando pañales, si es lo que quieres.

Ana pidió la cuenta y, cuando salieron, le dijo:

—¿Sabes qué? Es posible que ahora sí te deje conducir. Dos copas de vino son demasiadas para mí.

Recogieron a las fieras y salieron hacia Madrid.

Al poco rato, Ana se quedó dormida en el asiento del copiloto.

Daniel aprovechó para observarla. Movió un poco el espejo y se dedicó a mirar su cara, las pequitas, el leve movimiento de los labios al respirar, ese ruidito casi imperceptible que hacía dormida.

Desde luego, Daniel no estaba para empezar una relación.

No estaba preparado. Además, tenía pendiente solucionar lo de Formentera, el traslado y el tema de la postal.

Pero Ana le gustaba, y mucho.

Ya lo había dicho en aquella cena: «¿Pero tú dónde estabas hace unos años?».

En cualquier caso, no quería hacerle daño, así que, de momento, serían amigos y nada más. Aunque sí era verdad que, más de una vez, le habría encantado plantarle un beso o cogerle la mano. Ella ya había dicho que iría a verlo a Formentera. Y, si tenían que terminar juntos, así sería.

Ya estaban llegando a Madrid y Daniel seguía con sus miraditas. Pero Ana ya no estaba dormida. Se había dado cuenta.

—¿Qué pasa? ¿Por qué me miras tanto? A ver si ahora va a resultar que te gusto.

Daniel se puso rojo.

—Por supuesto que me gustas. Estaría ciego si no me gustaras.

Ana se rio.

—Como sigas diciéndome que me quieres y estas cositas, vamos a tener un problema tú y yo.

Daniel aflojó las manos del volante un segundo y habló casi en un susurro.

—Ay, no me digas eso, que me estoy esforzando por no darte un beso.

—Ya, a mí me pasa lo mismo. Los dos sabemos que no es nuestro momento, pero no te preocupes, que todo pasa.

Fueron pasando los días, fueron llegando las indemnizaciones y Daniel encontró la casa que estaba buscando. Estaba al sur de Sant Francesc, en la playa de Es Mal Pas. Era una casa payesa de tres habitaciones, con bastante terreno y, además, la entregaban amueblada con bastante buen gusto.

Le sorprendió que estuviera por debajo del precio de mercado, así que escribió un correo a los dueños y les preguntó directamente por qué estaba tan barata, si había alguna trampa.

Eran unos jubilados ingleses. Ella estaba enferma y habían decidido volver a Londres.

Querían irse cuanto antes y necesitaban ese dinero para los tratamientos.

Daniel compró un billete para Ibiza por la mañana temprano y otro de vuelta para la noche.

Dejó a la niña con su madre y se fue a Formentera.

En el ferry se puso unos shorts y unas chanclas, y al llegar al puerto alquiló una moto y se dirigió hacia la casa.

Los dueños se sorprendieron. No inspira demasiada confianza alguien que va a comprarte una casa de un millón de euros y aparece en motocicleta y vestido de playa.

Pero en cuanto la vio, Daniel se enamoró.

Era una casa payesa muy antigua, aunque reformada, con unos muros enormes.

Tenía un porche amplio y un jardín inmenso.

Dentro había un salón con chimenea y una barra que lo separaba de la cocina.

Tres habitaciones y dos baños. La decoración era un poco hippie -retro, pero a Daniel le gustó.

No era su estilo, eso sí, pero él ya había cambiado bastante desde el accidente.

Sin pensarlo ni un minuto, entregó un cheque a los dueños como señal y quedó con ellos en ir diez días después al notario. Ellos se encargarían de todo. Daniel les contó su historia y les dijo que necesitaba entrar ese mismo día con su hija.

Eran solo las doce de la mañana. Tenía tiempo.

Así que decidió recorrerse la isla de arriba abajo por si encontraba a la persona que le había escrito la postal.

Habría sido muchísima casualidad, pero hizo lo que sentía que tenía que hacer.

Después de dos horas sin éxito, pasó por un súper y compró algo de comer.

Se fue a su playa, comió, se desnudó y se dio un baño.

Luego se secó al sol y durmió un rato. Hacía tiempo que no disfrutaba de aquella sensación de libertad, aunque tuviera que hacerlo en soledad.

Cogió el ferry de las cinco para Ibiza y se fue directo a un concesionario de coches de segunda mano.

Se enamoró de un jeep rojo descapotable.

Estaba un poco viejo, pero tampoco necesitaba mucho más para moverse por Formentera, así que lo señalizó y le dijo al comercial que se lo preparara, que en diez días volvería a por él.

El hombre se sorprendió. Jamás había vendido un coche tan rápido. Cuando le preguntó si quería probarlo, Daniel le dijo que sí, que lo probarían hasta el aeropuerto.

El coche, efectivamente, estaba mayor. Él estaba acostumbrado a coches con más comodidades y, sobre todo, menos ruidosos.

Pero aquel tenía alma. Además, pensó que un descapotable era perfecto para disfrutar de Formentera, donde casi nunca llovía, y que, al ser un todoterreno, ayudaría con los caminos hacia algunas playas.

Llegó a casa sobre las diez y media. Lucía ya dormía.

—¿De dónde vienes, Daniel?

—Mamá, he estado en Formentera.

—¿Formentera? Eso está muy lejos. ¿Y has ido y vuelto en el día? No lo entiendo.

—Mamá, tengo que contarte algo que es muy posible que no te guste. Lucía, Dexter y yo nos vamos a vivir a Formentera.

Gala se dejó caer en una silla llevándose la mano al pecho, como si fuera a darle algo.

—Imagino que estás de broma, ¿no? ¿Cómo os vais a ir tan lejos? Además, ya sabes que yo le tengo pánico al avión. No, no podéis iros. ¿Qué vais a hacer sin mí? Tú no puedes cuidar de ella solo, me necesitas. A ti se te ha ido la cabeza con el golpe.

—Mamá, no espero que lo entiendas. Pero la decisión ya está tomada. Quiero empezar una vida nueva y no en Madrid. Conozco Formentera y sé que podemos ser muy felices allí.

—Ni sueñes que te vas a llevar a mi nieta a esa isla. Si allí no hay nada.

—Hay de todo, mamá. Al menos, todo lo que necesitamos. Y no compliques más las cosas. He comprado una casa y un coche y en diez días nos vamos. Si tú no vienes a vernos, no te preocupes, que vendremos nosotros a verte.

—¡Tú estás loco, loco! ¡Cómo me haces esto! —y se fue a su habitación llorando.

Lucía se levantó de la cama con las voces y fue al salón con su padre. Se subió al sofá y apoyó la cabeza en las piernas de Daniel.

—Hola, mi niña guapa. Siento haberte dejado hoy sola, pero papá ha ido a comprar una casita muy bonita en el campo para que nos vayamos Dexter, tú y yo…

Lucía levantó la cara y lo miró a los ojos.

—Te va a encantar. Y también un coche muy chulo, rojo, sin techo, para que podamos ver el sol y las estrellas por la noche. Estoy deseando que lo veas. Ven, abraza a papá.

Y Lucía lo abrazó hasta quedarse dormida. Daniel la llevó a la cama.

Después se dio una ducha. Aún tenía restos de arena y sal por todo el cuerpo.

Ya en la cama, analizó lo que había pasado aquel día y, sobre todo, las últimas palabras que habían resonado en la casa: tú estás loco, loco.

Venían de quien venían, así que tampoco debía hacerles demasiado caso.

Pero sí era verdad que ni él mismo estaba cien por cien convencido de lo que acababa de hacer.