Capítulo 10 — ana & bimba
ana & bimba
Llegó el sábado.
Tenían plan y Daniel estaba muy ilusionado.
No era solo por salir ni por ver a Ana. Era algo más básico y raro: por primera vez en muchos días, el día por delante no estaba hecho de oficinas, trámites, bancos o llamadas incómodas.
Seguro que había un sitio chulo esperando.
Una mujer que le apetecía ver. Una niña que quizá, con un poco de suerte, se reiría.
Y dos perros capaces de convertir cualquier cosa en una fiesta.
Sonó el telefonillo y bajaron.
La abuela anunció que ella también quería bajar, que le apetecía conocer a aquella amiga que se había echado Daniel. A él no le hizo ninguna gracia. Conocía demasiado bien a Gala como para confundir curiosidad con amabilidad. Pero no dijo nada.
Y allí estaba Ana.
Tenía un todoterreno que daba un poco de miedo.
Estaba lleno de cosas y hacía tiempo que no pasaba por un lavado, pero le pegaba.
Ana salió del coche y se la veía nerviosa, aunque intentara disimularlo con una sonrisa de persona resuelta.
No estaba acostumbrada a lidiar con niños pequeños ni con abuelas de fama dudosa, y menos las dos cosas a la vez.
Tampoco tenía claro si la abuela iba a venir con ellos o si solo había bajado a inspeccionarla.
Saludó a Daniel, se agachó y le dio dos besos a Lucía.
—Qué guapa, Lucía. Tenía ganas de conocerte. Tu padre me ha hablado mucho de ti.
Mientras Daniel colocaba la silla de la niña y abría el maletero para saludar a Bimba —otra labradora, como Dexter, más o menos de la misma edad—, Gala se adelantó.
—Hola, soy la madre de Daniel.
Ana se giró enseguida.
—Ah, hola, encantada. Soy Ana. Daniel también me ha hablado de usted. ¿También viene con nosotros?
Daniel intervino antes de que aquello se enredara.
—Uy, no. Mi madre y los perros son incompatibles. Es una pena.
Ya dentro del coche, Daniel miró el volante y preguntó casi por pura inercia:
—¿Quieres que conduzca yo?
Ana lo miró de lado.
—¿Por qué? ¿No te fías de mí?
—No, no. Por supuesto que no es eso.
La verdad era que estaba un poco acojonado. No estaba acostumbrado a ir de copiloto y, cuando iba con Rebeca, siempre conducía él. Había algo en ceder el control que le ponía nervioso incluso en las cosas más pequeñas.
—Es mi coche y conduzco yo, chato —dijo Ana, sonriendo—. A ver, dime dónde hay que recoger a Dexter. Por cierto, ¿por qué le pusiste ese nombre?
Daniel soltó una risa.
—Me encantaba esa serie.
Ana abrió mucho los ojos.
—Menudo psicópata estás hecho. No pensarás matarme, ¿no? Ahora no me viene bien. Lo digo por bajarme del coche.
Llegaron a su antiguo barrio y, según aparcaban, ya empezaron a oír los ladridos de Dex.
Daniel le abrió la puerta a Lucía y la niña salió corriendo a su encuentro.
Ana se quedó mirando cómo Lucía abrazaba a su gran amigo.
Le dio la impresión de que la niña necesitaba más a su perro que a Daniel o a la abuela, y probablemente no iba desencaminada.
Los Fernández, como llamaba Daniel a sus vecinos, salieron a saludar.
Eran un matrimonio de unos cincuenta años.
Daniel los conocía, pero no podía decirse que fueran amigos.
Volvió a agradecerles que cuidaran de Dexter y les dijo que iba a comprar una casa, aunque todavía necesitaba algo de tiempo.
La vecina saludó a Ana, mirándola de arriba abajo.
Tenía pinta de estar pensando que Daniel había tardado poquísimo en echarse una amiga, como si la desgracia tuviera también un calendario moral que cumplir.
Ana bajó a Bimba para presentarle a su compañero de viaje. Los dos eran labradores y nada más verse empezaron a dar vueltas y a mover la cola. Había nacido una bonita amistad. Lucía salió detrás de ellos. Desde luego, el día prometía.
Subieron a los perros atrás y preguntó Daniel:
—Bueno, ¿y ahora qué? No me has dicho dónde vamos. ¿Está lejos? ¿Quieres que conduzca?
—¡Ja, ja, ja! Que no, que no, que los tíos conducís fatal, y menos con Lucía y mis niños detrás. Tú relájate y disfruta, que nos queda una horita.
Y cogió camino de la A-1.
Lucía se durmió a los cinco minutos y ellos no pararon de hablar. A Daniel le interesaba mucho saber más sobre Ana, así que aprovechó para hacerle un pequeño interrogatorio.
Daniel recordó que Ana no había tenido una infancia fácil.
Su madre había muerto de cáncer cuando ella era pequeña.
Ana le contó que su padre era un poco desastre, no tenía ni idea de llevar una casa.
Poco a poco fue aprendiendo, qué remedio, y según iba cumpliendo años ella fue echando una mano en todo lo que podía.
Siempre había estado muy unida a él. Ya de adolescente tenía sus amigas, claro, pero prefería pasar una tarde de cine con su padre antes que con ellas.
Luego llegó la universidad y, cuando terminó la carrera, estuvo un par de años trabajando en el departamento de administración de una empresa hasta que decidió establecerse por su cuenta.
Vivía sola desde los veinticinco años, más o menos.
Su padre se había echado una novia y, aunque le caía bien y se alegraba por él, empezó a sentir que sobraba un poco en casa.
Ana nunca había sido de relaciones largas. Como ella decía, los hombres le duraban un suspiro, o dos, pero no más. No tenía prisa por encontrar a nadie, aunque sabía que tarde o temprano aparecería un hombre en su vida que la pondría del revés.
Y llegaron a su destino: Rascafría, en el valle de Lozoya.
Daniel había estado, pero de pequeño. Seguía siendo un pueblo precioso.
Aparcaron en el monasterio de El Paular, aunque no entraron porque los perros en esos sitios no son precisamente bienvenidos.
Montaron a Lucía, que seguía dormida, en una sillita, y fueron caminando hacia las piscinas naturales de Las Presillas.
Ana llevaba el cochecito y parecía que le gustaba, quizá porque era una novedad para ella.
Las fieras —como los había bautizado Daniel— iban a su aire, sueltas, felices de tener tanto campo por delante.
Daniel cargaba con una mochila llena de cosas para Lucía y algunas bebidas.
La niña se despertó cuando el sol le dio en la cara y se puso a llorar. Daniel la cogió en brazos, pero enseguida quiso bajarse para correr detrás de las fieras. La pobre no podía seguirles el ritmo, todavía no corría lo suficiente. Así que Ana le dijo:
—Vamos, vamos a ver si los cogemos.
Y la cogió de la mano. Las dos echaron a correr detrás de ellos entre risas.
Daniel no perdía detalle. Disfrutaba viendo a su niña tan feliz, y a Ana también la veía contenta, aunque no estuviera acostumbrada a planes así, con niños, perros y barro.
Tras un paseo de media hora, llegaron a las Presillas. Era un sitio espectacular y, además, estaba prácticamente vacío. En verano, aquello se convertía en algo parecido a un parque acuático, pero ese día el río parecía reservado para ellos.
Pasaron cerca de una hora yendo de un lado a otro, cruzando los puentes de madera, tirando piedras al agua y jugando a ver cuál saltaba más veces.
Hasta Daniel se atrevió a meter los pies en el agua, escena que Ana inmortalizó con su cámara.
Era aficionada a la fotografía y estuvo haciendo fotos durante toda la mañana: de ellos, de Lucía, de las fieras, de la luz en el agua, de las ramas inclinadas sobre el río.
Al final decidieron acampar en el césped. Daniel sacó una manta y se tumbaron en ella. Lucía iba de aquí para allá arrancando margaritas, y los perros, a su aire. A veces los tenían a la vista y otras desaparecían un rato, obligando a alguno de los dos a levantarse para llamarlos.
—Muchas gracias —dijo Daniel—. Está siendo un día estupendo. Me encanta ver a Lucía y a Dexter así.
Ana sonrió, mirando a la niña y al perro corretear unos metros más allá.
—Sí. Y a mí también me gusta verte así. Aunque siempre intentas estar animado, sé que lo estás pasando muy mal.
Además, quería hablar contigo de eso de irte a Formentera.
Yo he estado y, en parte, te entiendo. Cualquiera que haya ido, si le preguntas, seguro que te dice que estaría encantado de vivir allí.
Pero en tu caso… ¿no estarás huyendo? ¿No te estarás precipitando?
Daniel bajó la vista un momento. Arrancó una brizna de hierba y la fue rompiendo entre los dedos.
—No lo sé, la verdad. Pero sí, la palabra que has usado es correcta: huir.
Es algo que siempre he tenido en la cabeza.
Escapar de Madrid e irme, no sé… a Formentera, a Menorca…
incluso hubo una época en que estaba enamorado de Lanzarote.
Rebeca y yo lo habíamos hablado, años atrás.
No sé si es una locura, pero creo que ahora es justo lo que necesito.
Daniel omitió, claro, la parte de la postal. Si le contaba eso, ya sí pensaría que estaba completamente loco.
—Muy bien, Daniel. Pues yo te apoyaré y te ayudaré en todo lo que pueda. Te echaré de menos, eso sí. Y seguro que Bimba también a Dex —dijo riéndose—. Lo importante es que tú seas feliz y que sigas tu camino. Necesitas serlo para poder empezar de nuevo y, sobre todo, por Lucía.
A Daniel, sin duda, le gustaba Ana. Aunque era indudablemente atractiva, no era una belleza espectacular, de esas que entran en un sitio y obligan a todos a mirar.
Pero tenía algo mucho mejor: una forma de estar en el mundo que a él le encantaba.
Era delgada, pelirroja, con el pelo corto, los ojos verdes y un puñado de pecas que le daban una luz especial a la cara.
No se arreglaba demasiado, pero tenía estilo y, sobre todo, olía muy bien, a un perfume muy suave que a Daniel ya empezaba a resultarle peligrosamente reconocible.
—¿Entonces me echarás de menos? —preguntó él—. Pero si nos hemos visto un par de días.
—Ya, pero no todos los días le dicen a una que la quieren. La cagaste ese día. Ahora me temo que vas a tener que aguantarme mucho tiempo. Ah, y compra una casa grande, que yo ya me he reservado mi mes de vacaciones. Iremos Bimba y yo a veros.