Poseidonia Capítulo 9 — la postal #2
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Capítulo 9 — la postal #2

—Madre mía, un hombre con memoria. Te acuerdas de su nombre. Creo que me he enamorado.

—¿Tienes planes para el sábado? —preguntó Daniel—. ¿Te apetece que nos vayamos por ahí con Lucía y los perros?

—Planazo. Iremos donde tú quieras. Eso sí, en mi coche, porque el tuyo a estas alturas debe de ser un cubo metálico. Buscaré algún sitio bonito, a ver si consigo convencerte de no huir a Formentera.

Pero Daniel no había dejado de pensarlo.

Llegó a casa y empezó a mirar casas en Formentera.

El alquiler estaba imposible. Apenas había oferta y lo poco que encontraba tenía unos precios desorbitados.

La isla siempre había sido así: mucho más rentable alquilar por semanas que por meses.

Así que no tendría más remedio que pensar en comprar.

Y, si algún día volvían a Madrid, tampoco le parecía mala inversión.

Algo tendría que hacer con el dinero. Estuvo viendo pisos, pero no lo convencían.

No quería meterse en un apartamento con una niña pequeña y Dexter.

Quería una casa. Con jardín. A ser posible en el campo. Necesitaba espacio para respirar.

Después de comer recogió a Lucía y decidió llevársela al Retiro.

Nada más entrar en el parque, la niña se quedó dormida.

Daniel ya lo tenía previsto. Sacó una manta, la tumbó sobre el césped y se quedó mirándola.

Era preciosa. Siempre decía que su hobby preferido era ese: observarla.

Pasó un buen rato allí, aislado del ruido de la ciudad, con las hojas moviéndose sobre su cabeza y una paz rara que no terminaba de ser paz, pero se le parecía bastante.

La idea de irse a Formentera cada vez le tenía más cautivado.

Siempre la había visto como una posibilidad remota, una especie de jubilación anticipada del alma: ahorrar lo máximo posible y algún día escapar allí.

Ya se había enamorado una vez de la isla y creía que podría volver a hacerlo.

Esa inquietante postal había terminado de empujarlo.

Solo faltaba esperar las indemnizaciones y encontrar el que sería su nuevo hogar.

Al final se quedó dormido hasta que un pequeño bichejo empezó a soplarle la nariz.

A Lucía le encantaba despertar así a sus padres.

Daniel la tumbó de nuevo en el césped y empezó a hacerle cosquillas.

Hacía tiempo que no lo pasaban tan bien.

Luego fueron a los columpios, compraron un helado y terminaron la tarde en una barca en el lago.

—Lucía… «hola», «hooooola»… ¿Por qué ya no me hablas? ¿Estás triste? Dime algo, por favor, que si no papá va a pensar que estás malita.

Pero Lucía no decía nada. Miraba hacia otro lado y lo ignoraba con una obstinación muda que empezaba a dolerle más que cualquier llanto.

Al día siguiente comió con sus suegros. Era el último día antes de que volvieran a Argentina y se los veía muy tristes.

Sabían que pasaría mucho tiempo antes de volver a ver a su única nieta.

Al terminar, llegó la hora de la despedida.

Daniel les prometió que irían a verlos una vez al año y que, si ellos podían, también vinieran. Que eran muy importantes para Lucía.

Se despidieron.

Salieron del hotel.

Y entonces llegó la sorpresa.

Daniel les había dejado un paquete en la silla. El paquete empezó a sonar. Andrés lo abrió y dentro había un iPad. En la pantalla se leía: «Tienes una llamada de Lucía».

Pulsaron.

Y allí estaban Daniel y la niña saludando.

—Abuela, que te quiero mucho —dijo Daniel—. Y con esto podréis vernos cuando queráis.

Daniel se había puesto de acuerdo con Andrés y le había hecho un duplicado de la SIM para dejar la tablet lista.

Mirta se echó a llorar. El abuelo sonreía. El cuñi saludaba encantado.

Y llegó el viernes.

Daniel llevó a Lucía a una psicóloga infantil que le habían recomendado.

Mientras la niña jugaba en la habitación de al lado, él le explicó todo lo que había pasado.

Luego entró Lucía y se quedó sola con la psicóloga.

Daniel esperaba al otro lado de la puerta con una ansiedad nueva, escuchando apenas un murmullo continuo, como si aquella mujer intentara atravesar con paciencia el muro de silencio en el que la niña se había encerrado.

Cuando la sesión terminó, la psicóloga volvió a recibirlo a solas.

—No te preocupes demasiado, Daniel. Lucía no era tan habladora antes del incendio y ahora mismo no necesita palabras para su día a día.

Ocurre con frecuencia en casos así. Ya verás que, cuando quiera algo con muchas ganas, lo pedirá.

Mientras tanto, mucho cariño. Mucho tiempo con ella.

Juega, acompáñala, que se sienta arropada.

Es normal que eche de menos a su madre, pero de verdad, no te angusties.

Daniel respiró con algo más de calma.

—Muy bien. Me voy más tranquilo. ¿Quieres que te la traiga más días?

—No es necesario. Si pasan unos meses y sigue igual, me llamas. Pero ya te digo que no hará falta.

Salió de allí con Lucía de la mano y la postal todavía doblada en el bolsillo, casi como si llevara encima una brújula.

A veces la vida no te ofrece una salida entera, ni un plan, ni una certeza.

A veces solo te entrega un rectángulo de cartón con veintiséis palabras y te deja elegir si lo tomas por una locura o por una llamada.

Y Daniel, después de tanto humo, tanto papeleo y tanta gente decidiendo por él, empezaba a sospechar que quizá solo necesitaba eso: una dirección hacia la que volver a moverse.