Capítulo 9 — la postal
la postal
Al día siguiente, Daniel se llevó a Lucía a ver a Dexter.
Estaba convencido de que le vendría bien.
Seguro que, en cuanto lo viera, volvería a llamarlo Dex, como hacía siempre.
Quería creer que algunas cosas, las más importantes, podían recuperarse con una facilidad animal: un perro, un jardín, una niña y un nombre dicho en voz alta.
Mientras Lucía jugaba en el jardín del vecino con sus hijos y con Dexter, Daniel se acercó a su casa. O, mejor dicho, a lo que quedaba de ella. Hasta ese momento no había tenido estómago para hacerlo.
Había llamado al inspector para saber si ya habían terminado los forenses y este le había dado permiso.
—Pero no toque demasiado, por si acaso —le dijo el inspector.
Como si todavía quedara algo intacto que pudiera romperse.
Abrió la puerta que daba acceso al jardín, la cerró detrás de sí y se dejó caer en el suelo.
Allí se quedó.
Sentado.
Mirando sin mirar.
Aún no se creía lo que había pasado. Años de su vida demolidos.
Hechos ceniza. Se obligó a pensar en la noche del incendio, a concentrarse, a tirar del hilo con todas las fuerzas que le quedaban.
Nada. Estaba completamente borrada de su memoria.
Solo había un hueco negro, una pared lisa que no cedía ni un milímetro.
* * *
Daniel empezó a andar entre los escombros La casa ya no era una casa.
Era un esqueleto húmedo, negro, vencido.
Un lugar sin respiración. Los obreros habían retirado buena parte de los escombros y el olor a ceniza se había mezclado con el de la lluvia de los últimos días, formando una pestilencia agria, densa, casi animal, que se le pegaba a la garganta.
Aun así, necesitaba volver. No a buscar nada concreto, sino a comprobar que aquello había existido de verdad, que no había sido una pesadilla nacida del humo y del golpe en la cabeza.
Daniel avanzó despacio por lo que había sido el salón.
Allí había estado el sofá. Allí, la mesa baja donde Lucía dejaba los cuentos mordidos por Dexter.
Allí, junto a la cristalera, la hamaca en la que se había sentado aquella noche mientras veía desaparecer el coche de Eva bajo la lluvia.
Todo estaba reducido a formas torcidas y manchas oscuras, a perfiles de una vida borrada.
Subió la vista hacia el hueco ennegrecido de la escalera y tuvo que apartarla enseguida.
Siguió caminando, más por instinto que por decisión, hasta lo que había sido el despacho.
O parte de él. Una pared seguía en pie. La otra se había abierto como una boca.
El escritorio era ahora un amasijo de madera hinchada y metal deformado.
Debajo, medio atrapada bajo una viga caída, vio una caja.
Se agachó con esfuerzo para cogerla.
No era grande. De madera clara, o al menos lo había sido antes del fuego.
Tenía un pequeño cierre oxidado y una esquina carbonizada.
La reconoció al instante, aunque no supo de dónde.
La había visto muchas veces. Tal vez en un armario, tal vez en un altillo, tal vez en algún rincón de la casa al que uno mira sin ver durante años.
* * *
Cuando regresó a por Lucía, el vecino le ofreció un refresco y hablaron un rato sobre Dexter.
Daniel le explicó el problema con Gala y le prometió que se lo llevaría en cuanto encontrara casa.
El vecino le dijo que no se precipitara, que el perro no daba ninguna guerra, todos en casa estaban encantados con él.
Temía incluso que el drama llegara el día en que Dexter se fuera.
Ya en casa de su madre, Daniel le preparó el baño a Lucía y se sentó en el suelo, como hacía siempre. Se acordó de la caja que había encontrado, fue a su habitación, la abrió y se puso a revisar el contenido. Había un puñado de fotografías de vacaciones que no llegó a ubicar, y una postal.
No era la típica fotografía de lugar turístico, era una acuarela. Una playa desierta, mar azul, una pasarela hacía la arena, gaviotas… «Formentera».
A Daniel le dio un vuelco el corazón antes incluso de leer la postal. La giró con las manos húmedas y leyó:
«Hola, Daniel, espero que estés bien y te recuperes pronto. Formentera te echa de menos y sigue esperándote. Tal vez aquí vuelvas a ser tú. Cuídate» .
La leyó otra vez.
Y otra.
Y otra más.
Veintiséis palabras.
Solo veintiséis.
Pero algo en ellas le atravesó el cuerpo entero.
No podía dejar de leerlas, como si repitiéndolas fueran a abrir una puerta escondida. Formentera. El tono. La promesa rara de aquel «tal vez aquí vuelvas a ser tú». La tinta del matasellos estaba algo corrida y no podía leerse la fecha.
Lucía empezó a llorar. Daniel cerró la caja antes de poder verlo todo y la guardó en un cajón. No quería que su madre cotilleara. Después corrió al baño para calmar a «Lu».
Mientras seguía mirando la postal, Lucía pegó un culetazo en la bañera y lo empapó a él y al cartón.
—¡Lucía, no! ¡Eso no se hace! —gritó, levantándose de golpe en busca de una toalla.
—¡Vamos, fuera! ¡Sal del agua!
Lucía nunca lo había visto así. Se echó a llorar al instante.
Daniel reaccionó enseguida. La envolvió en la toalla y la apretó contra el pecho hasta que se calmó.
Mientras la vestía, se sintió un miserable.
Durante toda la cena estuvo ausente, con la cabeza lejos de allí.
Solo pensaba en Formentera, en sus playas y, sobre todo, en quién le habría mandado aquella postal.
* * *
A la mañana siguiente seguía dándole vueltas a la postal cuando ya se oía a Gala desde la cocina, mandando en el aire como si el día también le perteneciera.
—Bueno, ¿qué? ¿Qué vas a hacer hoy? ¿Vas a seguir paseando?
—Sí, mamá. Es lo que toca. Llevaré a la niña con los abuelos y luego voy a pasar por la comisaría, que me han dejado un mensaje en el móvil.
—¿A la policía? ¿Y eso por qué?
—No lo sé, mamá. Imagino que será por el incendio.
—¿Y qué tiene que ver la policía? Serán los bomberos, ¿no? ¿O es que hay algo raro?
—No lo sé, mamá. Luego te cuento.
Ya en la comisaría, preguntó por el inspector Alonso.
—Hola, ¿cómo se encuentra? ¿Ha podido recordar algo más?
—Nada. Sigo igual. Cuénteme usted. Si me ha llamado, imagino que habrán averiguado algo.
El inspector lo hizo pasar a su despacho y abrió una carpeta.
—El informe definitivo de los bomberos sitúa el origen del incendio en la parte trasera de la planta baja, en una zona próxima a la cocina y al porche.
Pero no han sido capaces de determinar qué lo provocó.
Por eso es importante que recuerde qué hizo cuando llegó a casa.
Como es habitual en estos casos, nos hemos puesto en contacto con algunos asistentes a esa cena.
Todos confirmaron que estuvo allí, que se fue sobre la una y, al parecer, acompañado.
Perdone que le haga esta pregunta, pero… ¿la relación con su mujer era buena?
Daniel se quedó helado.
—No entiendo por qué me hace esa pregunta. Sí, la relación era buena. Con sus problemas, como todos los matrimonios, pero nos queríamos. ¿Qué está insinuando?
—Entiéndame, pero este caso no es habitual. Ha habido un incendio en su casa, usted no se acuerda de nada, se besó con una antigua novia durante la cena y, además, hemos sabido que hace poco más de un año hizo un seguro de vida a su mujer por valor de un millón de euros.
Daniel notó cómo se le subía algo oscuro por el cuerpo.
—¿Me está acusando de algo, inspector?
—No. No puedo acusarle de nada porque no hay ninguna prueba en su contra.
—Desgraciadamente no me acuerdo de nada. Hay un informe médico que lo corrobora.
Se inclinó un poco hacia delante.
—Sí, Rebeca tenía un seguro de vida, pero no se lo hice yo.
Lo contrató ella a través de su empresa cuando nació mi hija.
Una parte la pagaba ella con su sueldo y la otra su compañía.
Quería asegurar el futuro de la niña por si le pasaba algo.
Estaba obsesionada con el riesgo porque se pasaba media vida viajando.
El inspector tomó una nota rápida.
Daniel añadió:
—Y, por cierto, no sé lo que le habrán contado, pero yo no me besé con nadie. Fue la tarada de Eva la que me besó sin mi consentimiento. Qué coño, si llevaba más de veinte años sin verla. ¿Ha hablado con ella?
—Sí, he hablado. Dice que se «enrollaron» en su coche.
Daniel se llevó las manos a la cabeza.
—Madre mía. Eso me contó en el hospital, pero es mentira.
El inspector levantó la vista.
—¿Mentira?
—Sí. Me dijo que lo habíamos hecho en el asiento de atrás, pero no era cierto.
—¿Y cómo lo sabe?
Daniel le contó entonces la historia de la silla de Lucía. El lavado del coche. La prueba involuntaria. La mentira de Eva.
El inspector se quedó pensativo unos segundos.
—De todas formas, como el informe de los bomberos no concluye que el fuego fuera provocado, tampoco vamos a seguir investigando. Aun así, si recuerda algo que pueda hacernos sospechar lo contrario, llámeme. Aquí tiene el informe. Lo necesitará para los seguros.
Daniel salió de la comisaría indignado. Sacó el teléfono, marcó el número de Eva y colgó antes de que empezara a sonar. Quería gritarle. Quería exigirle explicaciones. Pero al mismo tiempo no quería volver a oír su voz en la vida.
Con el informe fue a ver a Ana.
—Te traigo el informe de los bomberos. Otra cosa menos. A ver si empiezan a llegar indemnizaciones, porque voy a empezar a mirar pisos ya.
Ana cogió los papeles.
—¿Tan pronto? ¿Por qué no esperas un poco? No te precipites. Quizá estés mejor con tu madre.
Daniel soltó una risa seca.
—Eso lo dices porque no la conoces.
Ella levantó la vista.
—¿Y por qué zona estás mirando?
—No… no he empezado aún, pero miraré por… —se quedó pensando— por Formentera seguramente.
Ana alzó las cejas.
—¿Cómo? ¿Cómo que Formentera?
—No lo sé. Estoy harto de Madrid y aquí ya no me ata nada.
—Ah, mira qué bien. O sea, que ya no te ata nada. ¿No decías que me querías?
—Sí, pero te puedo querer lo mismo desde allí. Además, lo mismo tú también te hartas un día, coges a Bimba y te vienes conmigo.
Ana se rio.