Poseidonia Capítulo 8 — te quiero
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Capítulo 8 — te quiero

te quiero

Documentos, seguros, pensiones, herencias, bancos, certificados, llamadas, firmas.

Daniel tenía que resolver mil cosas y no sabía ni por dónde empezar.

Todo eso que ya resulta insoportable en una vida normal se volvía todavía más repugnante cuando uno tenía la sensación de estar haciéndolo sobre las cenizas de la suya.

Entonces se acordó de Ana y de su gestoría.

La llamó y ella le citó en su oficina.

—Hola, Daniel. ¿Cómo estás?

—Bien… bueno, en modo práctico. Tengo que arreglar muchas cosas y la verdad es que no sé ni por dónde empezar.

No tengo ningún documento en papel, ni mío ni de Rebeca, y habrá que hacer todos los trámites por su fallecimiento, pensiones, seguros, herencia…

Eso sí, tengo en la nube copia de casi todo. DNI, escrituras…

Ana asintió con una tranquilidad que a Daniel le sentó bien de inmediato.

—No te preocupes. Yo me ocupo de todo. Pásame lo que tengas y te voy diciendo. Algunas cosas las podré gestionar yo y otras las tendrás que hacer tú.

Daniel soltó aire por la nariz, aliviado.

—Sí, por favor. Tengo que recuperar mi vida cuanto antes. Llevo un día en casa de mi madre y me temo que no voy a aguantar mucho más.

Ana sonrió.

—Tranquilo. Le daremos prioridad. ¿Quieres que comamos juntos? Tengo una hora.

—Claro. He dejado a la niña con mis suegros, así que me apunto.

Se fueron a comer al restaurante de al lado, un sitio de menú del día, mesas juntas, camareros rápidos y ruido de cubiertos. Daniel necesitaba un poco de normalidad. Había algo casi terapéutico en que el mundo siguiera sirviendo lentejas, filetes y flanes.

Pidieron.

Y cuando se quedaron un segundo a solas con el mantel entre los dos, Ana lo miró con atención.

—Bueno, ¿cómo estás de verdad? No te veo muy afectado.

Daniel sonrió sin alegría.

—¿Y de qué serviría eso? No soy de mostrar demasiado lo que siento y tampoco me lo puedo permitir. Ya no está Rebeca y ahora Lucía solo me tiene a mí.

Ana lo observó con una mezcla de curiosidad y cuidado.

—Sí. La verdad es que tiene que ser duro. Te costará un poco arrancar. ¿Ya has hablado con tu empresa? ¿Qué tiempo tienes antes de incorporarte?

Daniel se echó a reír.

—¿Qué pasa? ¿Por qué te ríes?

Él levantó la mano y llamó al camarero.

—Perdone. ¿Puede traer, por favor, una botella de champán?

El camarero lo miró un segundo.

—¿Con el menú del día?

—Sí, por favor.

Ana abrió mucho los ojos.

—No entiendo nada. ¿Por qué pides champán?

Daniel apoyó la espalda en la silla con una sonrisa casi infantil.

—Bueno… es que hace una hora he mandado a mi jefe a pastar. Dejo la profesión. Ya no podía más y voy a aprovechar para empezar de cero. Lo primero que ha caído ha sido el trabajo, y aún quedan otras torres por caer.

Ana se echó a reír.

—Madre mía. ¿Y alguna idea de cómo vas a alimentar a tu hija?

Daniel se encogió de hombros.

—Ahora eso no me preocupa demasiado. Como eres oficialmente mi gestora, te cuento.

Tengo los ahorros de estos años. Mi trabajo era muy estresante, pero se ganaba dinero.

El seguro de vida, el de la casa, el de los coches…

no teníamos hipoteca y entiendo que Lucía también tendrá una pensión.

Creo que podré alimentarla bastantes años.

Y yo ya me reinventaré. Ahora mismo no me preocupa. Bebe.

Levantó la copa recién servida.

Ana negó con la cabeza, divertida.

—Pues sí que voy a tener trabajo contigo.

La comida empezó a discurrir con una inusitada facilidad. Hablaban con naturalidad, como si se conocieran de siempre. O quizá era simplemente que Ana tenía esa clase de inteligencia práctica que vuelve respirable casi cualquier situación.

Pero en cuanto ella mencionó a Eva, la ligereza se torció un poco.

Daniel le contó lo que había pasado en el hospital. La llamada. La visita. La historia inventada. La silla de Lucía. La mentira. La propuesta delirante de empezar una vida juntos.

Ana se quedó mirándolo con la copa suspendida en el aire.

—Madre mía. Qué psicópata. Está totalmente loca.

—Bueno, olvídate de ella —dijo Daniel, aunque era evidente que no lo decía del todo convencido—. Tú ahora ayúdame con lo importante. Dedicarme a la niña, arreglar papeles y poner mi vida en marcha.

Ana apoyó los codos sobre la mesa.

—Mi madre murió cuando yo era una niña y mi padre me crió solo. No he salido tan mal, ¿no? Un poco rarita, quizá —dijo con una sonrisa y poniendo cara de loca.

Daniel la miró con ternura.

—La verdad es que los niños se acoplan a cualquier cosa. Somos nosotros los que nos complicamos la vida y vemos problemas donde a veces no los hay.

Lo dijo tan convencido que se creyó a sí mismo durante un segundo.

Luego se levantó, fue hacia ella y le dio un beso torcido, de esos que casi atraviesan la mejilla, acompañado de un abrazo fuerte, inesperado, casi desmedido.

—Te quiero —le dijo.

Ana se quedó inmóvil. Lo miró con los codos todavía apoyados en la mesa y las manos abiertas, como si el cuerpo no le hubiera dado tiempo a reorganizarse.

Daniel volvió a sentarse.

—Perdona por mi euforia. Me ha dado subidón escucharte.

Sonó el teléfono.

Era su suegro, ya habían comido. Que fuera cuando pudiera.

Daniel hizo un gesto al camarero para pedir la cuenta.

—¡Quieto! —dijo Ana—. Ahora eres mi cliente, así que pago yo.

—No, Ana, que además he pedido champán.

Se levantaron entre risas. Al irse, Daniel cogió la botella casi entera y se la ofreció a la pareja de la mesa de al lado.

—Hola, parejita. Se os ve muy felices. Aquí os dejamos una botella de champán para que la disfrutéis. Está casi entera y nos tenemos que ir.

La pareja se quedó entre sorprendida y encantada. Ana lo miró algo incrédula, el gesto había sido demasiado generoso, natural y quizá, loco.

Ya en la calle, se despidieron con dos besos y ella quedó en llamarle con los progresos de todo el papeleo. Aún no se había repuesto del todo de aquel te quiero, que le había dejado algo traspuesta.

Daniel ya se alejaba cuando oyó que lo llamaba.

—¡Daniel!

Se dio la vuelta.

Ana seguía apoyada en un coche, mirándolo.

—¿Por qué me has dicho eso?

—¿El qué?

—Eso. «Te quiero».

Daniel sonrió.

—¿Hace falta algún motivo para decirlo?

Ana bajó la vista un instante.

—No… bueno, no sé. Creo que es la primera vez que lo oigo de alguien que no sea mi padre.

A Daniel se le ablandó la cara.

—Bueno, si te ha molestado, lo siento. Y si no, disfrútalo.

Se hizo un pequeño silencio.

—¿Qué pasa? ¿En qué piensas? —preguntó Ana.

Daniel se encogió de hombros.

—No lo sé. La verdad es que no me reconozco. Hace unos días no te lo habría dicho. Siempre me ha costado mostrar lo que siento. Bueno, te tengo que dejar, que me están esperando. Otro día seguimos debatiendo tu problema.

Ana frunció el ceño.

—¿Qué problema?

—Tu problema.

—¿Cuál? No me pongas nerviosa.

—Ese. Que no te hayan dicho nunca que te quieren.

Le dio otro par de besos y se fue.

Ana se quedó apoyada en el coche, con la mirada perdida.

Era sensible, aunque le gustara esconderlo detrás de la ironía. Mientras lo veía alejarse, intentó recordar cuándo fue la última vez que alguien le había dicho «te quiero». Después de unos minutos, se rindió y volvió al trabajo.

Cuando Daniel llegó al hotel, Andrés lo estaba esperando en la recepción.

—Oye, Daniel. Sobre lo de esta mañana, lo de las cenizas… ¿qué querías decir con eso de que no sabías si estábamos a tiempo?

Daniel se quedó quieto.

No quería mentirle.

Así que le contó toda la historia que terminaba con Rebeca viajando sola hacia el mar.

Mientras hablaba, observaba la cara de su suegro, con quien apenas tenía confianza. Esperaba enfado, reproche o al menos una mirada de desconcierto severo.

Pero cuando terminó, Andrés cambió de expresión y empezó a reírse.

—Ay, boludo… aparte de que no tengo claro cómo contarle esto a mi mujer, sí te puedo decir que me parece la locura más loca que he oído en mi vida.

No te preocupes. Espero que Rebeca, porque así llamas a sus cenizas, llegue a su destino.

Seguro que a ella le habría encantado terminar en aquellas aguas.

Y si no llega, tampoco pasa nada. Al menos por mí.

A Daniel se le escapó una sonrisa cansada.

En ese momento se abrió la puerta del ascensor y aparecieron Mirta y Lucía.

La semana transcurrió con una calma engañosa.

Sobre todo, porque Daniel hizo lo posible para coincidir lo imprescindible con Gala.

Hablaba por teléfono con Ana, iba resolviendo algunos trámites, pasó por el banco y, aunque todavía no tenía documentación física, la amistad con el director hizo posible que le dieran un sobre lleno de billetes de su cuenta y la promesa de que sus nuevas tarjetas llegarían pronto.

Daniel también tenía una deuda pendiente.

Quedó con Pedro a tomar unas cañas. Echaron cuentas y le devolvió el dinero.

—Bueno, Daniel. Cuéntame, ¿cómo vas?

Daniel miró la cerveza un momento antes de responder.

—Bien. Poco a poco. Sigo sin recordar lo que pasó aquella noche y a Rebeca… pues echándola de menos. Aunque, si te soy sincero, la relación no estaba en su mejor momento. Ya sabes… quizá demasiados años juntos, quizá nos habíamos convertido en unos superpadres que compartían casa y poco más.

Pedro asintió como si hablara de meteorología.

—Sé de lo que me hablas. Ya he pasado por eso. Todas las relaciones empiezan muy bien: el hormigueo, las maripositas esas… pero el tiempo no pasa en vano. Yo ahora estoy feliz. Disfruto de mis niños cuando me toca y voy alternando novias de año en año.

Daniel levantó la vista.

—¿Cómo que de año en año?

Pedro empezó a reír.

—Sí. Hay estudios que demuestran que lo del enamoramiento no dura más de un año. Así que cuando la cosa se pone complicada…

—¿Y esa teoría tuya se la cuentas a tus chicas cuando las conoces?

—No, hombre, no. Que si no se espantan.

Se quedaron callados un segundo.

Luego, Pedro lo miró con una sonrisa perversa.

—Oye, ahora que me acuerdo. ¿Qué pasó con Eva? ¿Hablaste con ella en el tanatorio?

Daniel llamó al camarero.

—Espera. Nos vamos a tener que tomar algo más fuerte.

Pidieron dos margaritas bien cargados y Daniel le contó todo lo que había pasado con ella. Pedro escuchó entre escandalizado y fascinado.

Cuando terminó, pidió otros dos.

—Joder, tanto meterte con mi teoría… La madre que la parió.

Los dos se echaron a reír.

Siguieron bromeando sobre el tema hasta que Daniel miró el reloj y se acordó de que tenía una niña esperándolo en casa.

—Bueno, Pedrito el filósofo, te dejo. Me lo estoy pasando bien, pero tengo a mi hija con la abuela y miedito me da.

Se despidieron y quedaron en verse pronto.

Pedro le parecía un poco bruto, sí, pero buena gente. Y además se había portado de maravilla. Eso sí, jamás saldría a ligar por ahí con él. Había cosas que ni la amistad justificaba.

Cuando llegó a casa, Gala lo estaba esperando.

—¿De dónde vienes?

—He quedado con Pedrito, mi amigo. Me ayudó el otro día en el hospital trayéndome el teléfono, ropa y dinero, y he quedado para devolvérselo.

Gala hizo un gesto de fastidio.

—No sé, no me interesa. Tienes que hablar con tu hija. Bueno, hablar tú, porque ella no suelta ni una sola palabra.

Lucía no había vuelto a hablar. Tampoco es que fuera una niña muy parlanchina, pero no le habían oído ni una palabra desde el incendio.

—Sí, mamá. Hablaré mañana con ella. Espero que no sea nada. Si no, tendré que llevarla a un psicólogo, aunque no me haga mucha gracia.

Gala lo miró con esa autoridad irritante que adoptaba siempre antes de soltar una sentencia.

—Otra cosa. Dexter. Es hora de que venga aquí con nosotros, lo necesitamos.

Daniel la miró, esperanzado por un segundo.

—Sobre todo Lucía —añadió—. Seguro que le ayuda tenerlo cerca. El vecino dice que no está dando problemas, pero me parece que ya estamos abusando de su hospitalidad.

Gala lo cortó.

—Daniel, cuando me pediste un perro de pequeño, ¿qué te dije? Que no. Odio esos bichos. Dejan todo lleno de babas y de pelos. Vamos, que en mi casa no entra un chucho.

A Daniel se le endureció la cara.

—Mamá, Dexter no es un chucho. Es de la familia.

—No, hijo, no. Tu familia somos Lucía y yo. Tú verás lo que haces, pero es innegociable.

Daniel la sostuvo la mirada unos segundos.

—Bueno, mamá. Respeto tu decisión. Si Dexter no puede entrar en tu casa, es probable que seamos nosotros los que tengamos que salir de ella.

Se fue a su habitación.

Encendió el portátil y empezó a buscar un piso de alquiler.

El problema era que no tenía ni idea de dónde.

¿En Madrid? ¿En el campo? ¿En la playa? ¿En Mordor?

Era demasiado pronto. Aún necesitaba tiempo para ordenar su cabeza, para saber qué quería para él y para su hija.

Pena no haberse tomado un par de copas más con Pedro: aparte de arreglar el mundo, quizá habrían sido capaces de solucionar también aquel pequeño problemilla llamado vida.

A veces el inicio no llega con una decisión limpia ni con una certeza luminosa.

A veces empieza así: con una pantalla abierta, una madre imposible al otro lado de la pared, una hija muda, un perro al que no piensas abandonar y la vaga intuición de que ya no puedes seguir viviendo dentro de la casa mental que otros han organizado para ti.