Capítulo 7 — cenizas
cenizas
Daniel se despertó temprano, aunque no le apetecía nada levantarse.
Desde la cama podía oír a su madre al teléfono, contándole su desgracia a unos y a otros con esa mezcla de dramatismo y entusiasmo que solo Gala sabía conjugar sin sentirse ridícula.
Era desesperante. Siempre le había encantado ir de sufrida. En eso, era insuperable.
—Buenos días, mamá.
—Buenos días, hijo. ¿Has descansado? Voy a despertar ya a la niña, que quiero llevarla a casa de la tía Lourdes. Me ha dicho que quiere verla.
Daniel se quedó mirándola.
—¿Quiere verla? Si ni la conoce. Nunca me ha dicho que se la lleve.
—Pues ya ves. La llamé para contarle lo que ha pasado y me lo pidió.
Daniel respiró hondo.
—Espera, mamá. Esta semana les he prometido a los padres de Rebeca que les llevaría a Lucía todas las mañanas. Van a pasar mucho tiempo sin verla y creo que es lo justo.
Gala lo miró con frialdad.
—¿Todas las mañanas?
—Sí. Y así aprovecho para hacer cosas también.
—Muy bien, hijo. Tú a tu bola. No cuentes con tu madre para nada. Me voy, me voy a la compra.
Daniel se quedó con cara de póker, que era más o menos la cara que se le quedaba siempre después de hablar con ella.
Sonó el timbre.
Era un señor de la funeraria, muy amable, con las cenizas de Rebeca. Las dejó en el salón con gran delicadeza y se marchó.
Daniel fue a ver qué hacía Lucía.
La preparó, la vistió despacio y luego cogió el metro hasta el hotel. Sus suegros los estaban esperando en la puerta con esa puntualidad casi solemne de quienes necesitan aferrarse a algo concreto para no venirse abajo.
Al llegar a casa, Daniel cogió la urna, la puso sobre la mesa y se quedó un buen rato mirándola fijamente. Media hora, quizá más. Le parecía imposible que una vida entera cupiera en algo tan pequeño. La idea misma le resultaba insolente.
De repente se levantó, llamó a un taxi y salió con la urna entre las manos.
El taxista la miró varias veces por el retrovisor.
—¿Dónde vamos, señor?
—Al centro. Ya le diré.
Cuando llegaron a Cibeles, Daniel pidió que parara donde pudiera, y empezó a andar hacia Gran Vía.
Lo hacía despacio, sin destino, sin saber muy bien qué buscaba, cargando con Rebeca bajo el brazo y con la sensación incómoda de que todo el mundo lo estaba mirando, aunque seguramente a nadie le importara lo más mínimo.
Lo único que no soportaba era no saber qué hacer con ella.
Con las cenizas.
Con lo que quedaba.
Entonces pasó delante de una agencia de viajes. En el escaparate había playas imposibles, lunas de miel, agua turquesa, parejas sonriendo con una felicidad prefabricada. Y de pronto lo vio claro.
Quizá no fuera una decisión razonable, pero era la suya.
Entró en un bazar, compró una caja de cartón, metió dentro la urna y uno de los billetes de cien euros que le había dado Pedro, y se fue directo a Correos.
Pidió papel y escribió:
Hola, Alison. Me llamo Daniel. Me casé hace seis años allí, tú celebraste la ceremonia.
No te acordarás de mí porque imagino que habrás casado a mucha gente en esa playa.
Necesito que me hagas un favor. Mi mujer ha muerto, va en esta urna.
Quisiera que tiraras sus cenizas frente a la playa donde nos casaste, en el que fue sin duda el momento más feliz de nuestra vida.
Me imagino lo extraño que te parecerá esto, pero te lo pido con el corazón. Muchas gracias.
Escribió la dirección del hotel y añadió: A la atención de Alison Mendes.
Cuando llegó su turno se acercó al mostrador, besó el paquete ante la mirada curiosa de los que había alrededor y lo entregó.
Salió de Correos con una ligereza extraña en el cuerpo, como si acabara de tomar la primera decisión verdadera desde el incendio.
No sabía si Alison seguiría allí. No sabía si el paquete llegaría.
No sabía si aquella locura tenía sentido.
Pero él, al menos, sintió que había hecho lo correcto.
Y quizá Rebeca, pensó, habría estado de acuerdo.
O no. Pero al menos aquel final se parecía más a ellos que una urna sobre el aparador de Gala.
Daniel volvió al hotel a ver qué tal iba Lucía con los suegros, aunque aún tenía la cabeza en el Caribe. Según llegó, Andrés lo cogió por los hombros.
—Mira, Mirta me ha preguntado por las cenizas. Me ha dicho que hablara contigo. Le gustaría llevarse una parte a Argentina.
Daniel se quedó en blanco.
Lo único que se le ocurrió decir fue:
—No sé… por mí sí, pero hay que ver si estamos a tiempo.
Se agachó, le dio un beso a Lucía, le dijo a su suegro que volvería más tarde y salió corriendo calle abajo.
Mirta hizo un gesto con los hombros, y Andrés la miró alzando las cejas, igual de desconcertado.
Daniel corrió y corrió. Nunca había corrido tanto. Llegó a Correos sin aliento. Había mucha cola, pero se abrió paso a codazos, repitiendo que era una urgencia.
—Buenos días. Necesito recuperar un paquete que he traído esta mañana para enviar a República Dominicana.
—Espere su turno, por favor. Coja su número en aquella máquina.
—Señor, es importante.
—Coja su turno.
El 346.
Iban por el 322.
Daniel sintió que aquello era una burla del universo.
Cuando por fin le tocó, se plantó ante el mostrador con cara de náufrago.
—Hola. Como le he comentado, necesito recuperar un paquete. Es cuestión de vida o muerte. Lo traje esta mañana, con destino a República Dominicana.
—Buf, eso es muy complicado.
—Señor, es imprescindible.
Y entonces no tuvo mejor idea que contárselo todo. La boda. La playa. El viaje de novios. La muerte de Rebeca. La urna. La carta. La petición de los abuelos. Toda la telenovela entera. La cola empezó a escuchar también. Al cabo de diez minutos, terminó diciendo:
—¿Lo entiende? Necesito ese paquete.
El hombre lo miró con una mezcla de hastío y compasión.
—Imposible.
—¿Cómo que imposible? ¿No ha oído lo que le he contado?
—Imposible. Me temo que ese paquete ya va rumbo a la playa.
Daniel se quedó quieto, con la respiración agitada.
—¿Y por qué no me lo ha dicho antes?
El empleado se encogió apenas de hombros.
—Disculpe, señor. Pero no me ha dejado hablar. Y la vida por aquí es demasiado monótona y aburrida.
Daniel se dio la vuelta, apartó a los curiosos que seguían pendientes del desenlace y salió de allí lleno de furia.
Estaba al lado de su oficina, así que aprovechó para subir.
Trabajaba desde casa, pero una o dos veces al mes tenía que ir a rendir cuentas y mantener algunas reuniones. Hoy le tocaba despacho con el director general.
—Buenos días, Daniel. ¿Qué tal la semana? ¿Has conseguido vender lo que comentamos?
Daniel se quedó de pie.
—Sí. Pero la verdad es que no venía a hablar de eso. Mira, Saúl, ha habido un cambio importante en mi vida y quiero dejar el trabajo. Y necesito dejarlo ya.
Saúl alzó la cabeza, perplejo.
—¿Cómo? No puedes hacernos esto, ¡y menos sin avisar! ¿Qué va a pasar con tu cartera, los clientes? ¿Qué pasa? ¿Te han ofrecido más dinero? Podemos hablarlo. De todas formas, me parece alucinante que vengas así después de lo que esta empresa ha hecho por ti.
Daniel lo escuchó con una calma irónica.
—Lo siento, pero no. No me voy a otra empresa. Voy a dejar la profesión.
—Tú te has vuelto loco. ¿Y cuándo nos piensas dejar?
—Pues ya. En cuanto salga por esa puerta. Os mandaré mi baja voluntaria.
Se levantó de la silla.
—Espera. No te atrevas a irte así. Al menos dime qué es eso tan importante que ha sucedido para que te comportes de esta manera.
Daniel lo miró por fin a los ojos.
—Te lo iba a contar, pero siempre has tenido un defecto: no sabes escuchar.
Saúl se levantó también y le agarró del brazo.
—No, no te vas a ir así después de lo que me has soltado.
Daniel apartó la mano con frialdad.
—Mi casa ardió el viernes por la noche y mi mujer ha muerto. Lo he perdido todo. Solo me queda mi hija y tengo que cuidar de ella. ¿Te parece una razón lo suficientemente importante?
Y se fue.
Oía a Saúl detrás, pidiendo disculpas, ofreciendo tiempo, margen, comprensión, todo eso que los jefes ofrecen siempre tarde y mal, cuando ya no sirve de nada.
Daniel siguió andando por el pasillo con una ligereza brutal.
Durante años había fantaseado, como todo el mundo, con el momento de mandar a la mierda a un jefe. Nunca imaginó que, cuando por fin ocurriera, no se parecería a una victoria, sino a un desprendimiento. Como si otra parte más de su vida anterior acabara de caerse sola.
A veces uno no toma decisiones valientes.
A veces simplemente ya no puede seguir llevando encima el mismo peso.
Y aquel día Daniel, que había enviado a su mujer al mar y a su trabajo al carajo en apenas unas horas, tuvo la sensación de que el dolor no solo destruye.
También empuja. Obliga a soltar lo que antes uno llamaba vida por pura costumbre.