Capítulo 6 — la despedida
la despedida
Llamaron a la puerta.
Eran los padres y el hermano de Rebeca. Venían directos del aeropuerto.
Su suegra estaba desgarrada de dolor. Se acercó a Daniel y le dio un beso sin decir nada, como si cualquier palabra fuera a sonar ridícula.
Después llegaron su suegro y su cuñado, que tenía síndrome de Down y llevaba los ojos hinchados de tanto frotárselos con un pañuelo enorme.
—¿Cómo estás? —preguntó su suegro.
—Bien —respondió Daniel, porque no se le ocurrió otra cosa—. Ya están preparando el alta.
—¿Y Lucía? —suspiró Mirta.
—Con mi madre. En teoría vendrá dentro de un rato.
Su suegro, carraspeó un poco antes de seguir.
—¿Qué pasó, Daniel? ¿Cómo sucedió todo?
Daniel negó con la cabeza.
—No lo sé, Andrés. No recuerdo nada.
Y le explicó, una vez más, lo mismo que ya le había contado el inspector.
Su suegro escuchó en silencio.
—Hemos hablado con tu madre —dijo al final—. Nos ha dicho que Rebeca está en el tanatorio y que esta tarde será el funeral.
Daniel volvió a indignarse con Gala. No sabía en qué momento pensaba informarle de las cosas. Seguramente estaba demasiado ocupada vistiendo a la niña para la ocasión.
—¿Y ahora qué? —preguntó Andrés.
—No lo sé. De momento nos quedaremos en casa de mi madre. No tenemos nada. Luego ya veremos.
Su suegro lo miró con una seriedad sobria, sin aspavientos.
—Cualquier cosa que necesites, ya sabes. Vivimos lejos, pero si podemos echar una mano, la echaremos. Rebeca te quería muchísimo y a nuestra nieta vendremos a verla como siempre, aunque sea por vacaciones.
—Gracias, Andrés.
—Dejamos las cosas en el hotel y vamos para el tanatorio. ¿Estás bien entonces?
Daniel asintió.
—Sí. No te preocupes. A ver si me dan el alta y, en cuanto venga mi madre, nos vamos.
Todo había sido un poco frío, pero tampoco era extraño.
Nunca habían tenido demasiada confianza.
Se veían una vez al año, cuando ellos venían o cuando les tocaba a Daniel y Rebeca viajar, y alguna vez se saludaban por videollamada.
Poco más. Había afecto, sí, pero uno de esos afectos de frontera, correctos y lejanos, que nunca terminan de volverse intimidad.
Entró una enfermera con los papeles del alta y le dijo que ya podía marcharse cuando quisiera.
Daniel llamó a su madre. Una vez. Dos. Empezó a ponerse nervioso. A la tercera, por fin, se lo cogió.
—¿Qué pasa, hijo?
—Mamá, ¿dónde estás?
—En la peluquería. Ya te lo dije, estamos terminando.
—Dime dónde. Ya me han dado el alta y voy para allá.
—¿En pijama?
—No, mamá. No. Ya me he buscado la vida.
Y se fue para allá.
Las encontró esperando en la puerta. Gala con esa cara de pocos amigos que parecía haberse esculpido sola con el tiempo. Nadie habría dicho que se alegraba de verlo.
—¡Hijo! Llevamos un cuarto de hora en la calle —le recriminó.
Daniel no escuchó ni una palabra. Se agachó, cogió a Lucía en brazos y la abrazó con fuerza.
—¿Cómo estás, mi niña? ¿Me echabas de menos?
Gala resopló.
—No te molestes, Daniel. Esta niña no habla. No ha dicho ni una sola palabra desde que ocurrió la desgracia. Y cuidado con el lazo. Venga, vámonos, que habrá gente ya esperando en el tanatorio.
En el taxi, Daniel pasó todo el trayecto acariciando a Lucía, hablándole bajito, intentando sacarle una mirada entera, una señal cualquiera.
A lo lejos seguía oyendo a su madre, palabras sueltas, instrucciones al taxista, comentarios sobre el tráfico, reproches a no se sabía quién, críticas a sus suegros, a las vecinas y al aire si hacía falta.
Daniel apenas la escuchaba. La voz de Gala se había convertido hacía años en un ruido de fondo contra el que había aprendido a vivir.
Llegaron por fin y a Daniel le faltó tiempo para bajarse.
Gala empezó a gimotear en cuanto vio acercarse a unas vecinas. Él, por supuesto, repartió cuatro besos sin ganas, dejó que una prima cogiera a la niña y se fue directamente hacia dentro.
En el tanatorio estaban sus suegros, algunos familiares lejanos, vecinos y unos pocos amigos. No muchos. Con los años, la gente se había ido despegando, como se despegan casi todos: primero por trabajo, luego por hijos, después por pura vida.
Todos se acercaban a abrazarlo, a decirle lo mucho que lo sentían, y poco a poco fueron formando un pasillo. Un horrible pasillo de condolencias que lo conducía hacia la sala donde estaba Rebeca.
Caminó despacio.
No había pensado de verdad en ese momento.
¿Quería verla así? ¿Estaba preparado?
Le pidió a la prima que sacara a la niña fuera.
No quería que Lucía estuviera allí. No quería tampoco sentir que lo estaban observando, esperando una reacción concreta, una escena, un derrumbe.
Pero era imposible no notar en algunas miradas ese punto de morbo que siempre aparece cuando el dolor ajeno sucede lo bastante cerca como para tocarse.
Por fin se quedó delante del cristal.
Oyó a unas vecinas de su madre comentar la ropa que llevaba Rebeca, lo guapa que estaba, como si la muerte pudiera maquillarse con elegancia.
—Por favor —dijo Daniel, sin volverse—. ¿Les importaría dejarnos solos?
Se hizo un pequeño silencio y la gente salió.
Daniel cerró la puerta, cogió una silla y se sentó frente a ella.
Tenía ganas de decirle muchas cosas.
Demasiadas.
Pero no estaba preparado para aquello. Sentía que habían hablado la noche del incendio, aunque no supiera de qué.
No sabía si habían discutido, si habían hecho el amor, si él pudo haber hecho algo más para salvarla, si habían sido tiernos o crueles, si había habido una última frase digna de ser recordada o una tontería cualquiera. No saberlo le resultaba insoportable.
Al final solo pudo decirle unas pocas palabras.
—Rebeca, cariño… te echaré de menos. Sé que no estábamos en nuestro mejor momento, pero siempre te he querido. Duerme tranquila. Yo cuidaré de tu princesa, de Dexter. Y si hay algo ahí arriba, espero que estés en primera fila para verla crecer.
Se secó las lágrimas y salió.
Allí estaba Gala, esperándolo.
—Vamos, vamos, que tienen que preparar a Rebeca para la misa.
Daniel la miró.
—¿Misa? ¿Cómo que misa? Sabes que Rebeca no pisó una iglesia en su vida. Ella no habría querido esto.
—Hijo, ya está hablado. Vamos, que la gente espera.
Daniel entró en la capilla con Lucía en brazos y vio a demasiada gente. Nunca había entendido muy bien cómo, en estos casos, aparecen personas cuyo nombre apenas recuerdas, todos dispuestos a cumplir con el pésame como otra obligación social más.
En uno de los bancos estaban los de la cena. Bueno, todos no. Eva no estaba. Quizá no se había atrevido después de todo.
En el segundo banco, los compañeros de trabajo de Rebeca. Llevaba muchos años en la empresa. Seguramente sus mejores amigos estaban allí. En primera fila estaba Martín, su «amigo especial», acompañado por su mujer. Demasiado cerca de Rebeca para el gusto de Daniel.
Se sentó con Lucía sobre las rodillas. La niña llevaba a Lola en brazos, la muñeca que se había salvado del incendio porque la tenía con ella aquella noche.
Daniel no escuchó ni una sola palabra del cura.
Estaba completamente ido. Solo le venían imágenes del pasado con Rebeca, escenas viejas, detalles insulsos, momentos tontos de esos que uno no sabe que echará de menos hasta que ya es demasiado tarde.
Y entonces llegó el momento más extraño y emotivo del día.
Lucía jugaba con su muñeca sin prestar atención a nada. De pronto Lola resbaló de sus manos y cayó al suelo. No en cualquier sitio. Cayó justo debajo del ataúd de su madre.
En la capilla se oyeron murmullos. Algún pequeño grito de sorpresa.
—¡Lucía, no! ¡Eso no se hace! —soltó Gala, reprendiéndola.
Daniel iba a levantarse cuando notó una mano en el hombro.
Era Martín.
Antes de que él pudiera reaccionar, el otro hombre se agachó con cuidado, apoyándose apenas en el borde del ataúd, recogió la muñeca y se la devolvió a Lucía acariciándole la cabeza.
A Daniel no le gustó nada.
Ni su presencia.
Ni el gesto.
Ni el hecho de que en un día como aquel Martín consiguiera devolverlo a la peor época de su matrimonio, justo cuando más deseaba que Rebeca quedara limpia en el recuerdo.
No montó ninguna escena. No ese día.
La misa terminó sin que él llegara a enterarse. La gente empezó a levantarse, a despedirse, a repetir frases ya gastadas. Todo había acabado. O al menos la parte visible.
La mujer de Martín se acercó a él cogiendo a su marido del brazo.
—Hola. No me conoces, me llamo Luz. Quiero que sepas que mi marido no quería venir. Yo le he obligado. Quería verlo aquí, ver lo que sentía por ella y también que te pidiera perdón. Quizá de esta manera podamos cerrar esa herida de una vez.
Daniel la miró como si no estuviera entendiendo bien el idioma.
La situación era tan surrealista que solo pudo responder:
—Gracias.
Y se dio la vuelta.
Pedro le dio un abrazo de verdad y le susurró al oído:
—Tío, no sé qué pasó entre vosotros, pero que sepas que Eva está allí.
Daniel siguió la dirección de la mirada de su amigo.
Sí. Allí estaba. Lejos. Sin atreverse todavía a acercarse.
Ana le hizo un gesto con la mano, como diciendo que ya hablarían. Aquello sí le pareció propio de ella. No intentar decir la frase justa en mitad del ruido, sino esperar a que todo el populacho hubiera cumplido para acercarse después.
Se acercó su suegro. Le pidió, por favor, si podía dejarle a la niña aquella tarde y Daniel aceptó enseguida. Luego le dio un beso a su suegra, que seguía destrozada, rota, de una manera mucho más limpia y menos ruidosa que su propia madre.
Del trabajo de Daniel no había ido nadie. Todo había ocurrido el fin de semana y no había avisado. No le apetecía. Trabajaba desde casa y apenas tenía roce real con nadie.
En un instante miró a un lado y a otro y ya se había quedado solo.
Salió uno de los operarios del crematorio y le preguntó si quería entrar a la incineración.
No lo había pensado, como tantas otras cosas de ese día. Pero como no había nadie más y alguien tenía que hacerlo, asintió.
Dentro hacía un frío espantoso. Un frío ilógico, casi ofensivo para un lugar donde se quemaban cuerpos.
Vio cómo pulsaban un botón y el ataúd con Rebeca empezaba a acercarse a las llamas.
Entonces le vino una imagen brutal. Rebeca en el suelo del salón, rodeada de fuego, y él arrastrándose hacia ella entre el humo.
Tuvo que apoyarse en la pared.
Sintió que se desplomaba por dentro.
El operario se acercó enseguida y le sujetó por la cintura.
—Señor, ¿se encuentra bien?
Daniel no respondió. Se sentó un rato en una silla metálica, intentando respirar, intentando arañar algo más a ese recuerdo. Lo analizaba una y otra vez, deseando que si se esforzaba un poco más todo volviera de golpe. Pero no. Solo aquella imagen, incompleta y cruel.
—Daniel… Daniel…
La voz de mujer lo reclamaba.
Era Eva.
Por fin se había atrevido a acercarse.
—¿Cómo estás?
Daniel la miró sin levantarse.
—¿Qué cómo estoy? No puedo más. Vete, por favor.
Eva bajó los ojos.
—¿Crees que alguna vez podrás perdonar lo que he hecho?
Daniel se acercó a ella. Muy cerca.
Y le dijo en voz baja, con una frialdad que no necesitaba gritar para dar miedo:
—Eva, como vuelvas a acercarte a mí, te prometo que te arrepentirás.
En ese momento salió el operario con la urna en las manos.
—Señores, tienen que abandonar la sala. Va a entrar otra familia. ¿Quién se hace cargo de las cenizas?
Daniel le dio la dirección de su madre, y salió del tanatorio. Necesitaba estar solo.
Pasó el resto de la tarde paseando sin rumbo. Aunque tenía mil cosas que resolver y una vida nueva que planificar, aquel día solo quería caminar hasta que su suegro lo llamara para recoger a Lucía.
Paseando por el centro de Madrid, pensó en lo fácil que era sentirse completamente solo en una ciudad de millones de personas.
Pero en realidad no era una sensación nueva.
Ya la había tenido antes. Incluso con Rebeca viva.
Incluso dentro de su propia casa. Ahora, simplemente, ya no tenía dónde esconderla.
La única persona que de verdad le importaba en este mundo era Lucía.
No tenía familia, salvo Gala. No tenía amigos de verdad que supieran escuchar. Y ahora, además, ya no tenía ni casa, ni siquiera una madriguera donde guarecerse.
Sonó el teléfono.
Era Andrés.
Que fuera al hotel.
Y Daniel fue andando para allá.
Estaban en el hall . Su cuñado lo vio y se acercó corriendo a abrazarlo con una fuerza que casi lo tira. Daniel se rio sin querer y le dio un pellizco en las mejillas.
Mirta señaló unas bolsas.
—Le hemos comprado unas cositas a Lucía. Imagino que te vendrán bien.
Había al menos cinco bolsas llenas de ropa, juguetes, cuentos… hasta una pulsera GPS por si se perdía.
—Muchas gracias. No teníais que haberos molestado en un día como hoy.
—Claro que sí. Es nuestra nieta, Daniel. No sabes cómo nos duele vivir tan lejos. Vamos a estar aquí una semana y nos gustaría poder verla más. Por las mañanas, por las tardes… cuando te venga bien.
—Por supuesto, Andrés. Además, ahora voy a estar muy ocupado con mil gestiones. Si os parece bien, os la traeré todas las mañanas y ya vamos hablando para recogerla.
A los abuelos se les iluminó la cara. El cuñi, como lo llamaba cariñosamente, empezó a aplaudir.
No era de extrañar. Lucía era un cielo. Muy cariñosa con ellos. Todo lo contrario que con Gala, dicho sea de paso. Los niños tienen un radar extraño para repartir el afecto.
Ya en casa de su madre, bañó a Lucía, le partió fruta y le dio un yogur para cenar. La niña no tenía hambre, claro. Daños colaterales de una tarde con los abuelos.
Le dio a elegir uno de los diez cuentos nuevos y se metió en la cama con ella. Enseguida se quedó dormida. Pero él siguió leyendo, por puro miedo a pensar.
Terminó el cuento.
Oyó la puerta de la calle.
Unos tacones que sonaban como tambores por el pasillo.
Se hizo el dormido.
Sintió cómo su madre los arropaba.
Fue la primera muestra de cariño que recordaba en no sabía cuántos años. ¿Veinte? Quizá más.
Y decidió quedarse allí, dormir abrazado a su hija, oliendo el perfume suave de su pelo recién lavado.
A veces una despedida no termina en el tanatorio, ni frente a unas cenizas, ni delante de un ataúd que se acerca al fuego.
A veces termina mucho más tarde, en una cama prestada, cuando uno entiende por fin que la vida anterior no va a volver y que, a partir de ahora, todo lo que importe tendrá el tamaño exacto del cuerpo pequeño que duerme entre tus brazos.