Poseidonia Capítulo 5 — pedrito y andrea #2
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Capítulo 5 — pedrito y andrea #2

Luego Daniel la miró.

—Cuéntame un poco de ti. Necesito pensar en otra cosa.

Andrea soltó una carcajada.

—Buf, no sabes lo que has dicho. Pues anda que no tengo yo rollo.

Y empezó a contar.

Que tenía un marido bombero macizorro. Que su niño era un trasto.

Que no sabían qué hacer con él. Que trabajaba demasiado.

Que dormía poco. Que la gente era rarísima.

Hablaba con todo el cuerpo: se movía por la habitación, gesticulaba, le daba un bocado al sándwich, otro a la manzana, otro al yogur.

A Daniel le hacía gracia. Estaba llena de vitalidad, justo de lo que a él le faltaba en ese momento.

La pena es que asomó una compañera por la puerta. La necesitaban.

—Vaya, me tengo que ir.

Andrea le cogió de la mano y le susurró:

—Oye, tiarrón, tú puedes con esto y mucho más. Tu hija te necesita, así que para adelante. Y a Eva que le den. Y a tu madre, si hace falta, también.

Se despidió con un beso en la frente.

—Luego, si puedo, paso a verte.

A la mañana siguiente volvió a entrar con la misma energía.

—Buenos días. Vengo a despedirme. Seguramente te den pronto el alta y no sé si te veré más. Ahora pasará el médico. A ver si tienes suerte y te deja salir de aquí. Creo que lo que más necesitas es aire. Bueno, me voy.

Le dio un par de besos.

—Muchas gracias, Andrea. Ah, por cierto… dile al bombero que tiene una mujer maravillosa.

Andrea se volvió desde la puerta, le echó una sonrisilla cómplice y salió cantando, pegando saltitos por el pasillo:

—Maravillosa, soy maravillosa…

Daniel se quedó riendo.

Desde luego, aquella enfermera era la caña.

Y es que muchas veces los enfermos necesitan algo más que atención médica.

Necesitan otra clase de medicina, una que no encontrarás jamás en un vademécum.

Y Andrea tenía la capacidad de entrar en una habitación llena de dolor y, sin negar nada, abrir una rendija por la que pudiera volver a pasar un poco de aire.

Daniel estaba deseando que llegara el médico. Quería salir de allí ese mismo día. Necesitaba estar con su hija, organizar el funeral y despedirse de Rebeca por última vez.

Entonces apareció Pedro con una maleta.

—Daniel, lo prometido es deuda. Te he traído todo lo que necesitas.

Daniel soltó una carcajada.

—Pero, ¿qué traes ahí?

Pedro puso la maleta sobre la cama y empezó a sacar cosas.

—Lo primero, un teléfono. Vi que tenías un iPhone, te he pillado el último. La SIM. Toma un sobre con dinero, ya me lo devolverás. Mira qué polo más guapo, y unos Levi’s, náuticos, gayumbos, y también bolsa de aseo con varias cositas y…

Daniel puso cara de póker.

—¿Qué pasa? ¿Y esa cara?

—Bueno… no es exactamente mi estilo.

Estaba horrorizado. Un polo rosa con un caballo enorme, Levi’s blancos, náuticos. Dios. Náuticos.

—Sí, Pedro, la ropa está muy bien, pero entiende que en estas circunstancias quizá ropa tan llamativa…

Pedro abrió mucho los ojos.

—Cierto. Estoy tonto, perdona. Me la quedo yo. Espera, que ahí enfrente hay un centro comercial. Ahora vuelvo.

Salió corriendo con la maleta bajo el brazo.

—¡Pedro! —gritó Daniel desde la cama—. ¡Recuerda: ropa discreta! Si no, pide ayuda a los que atienden.

Cogió el teléfono y llamó a su madre.

—Hola, mamá. ¿Qué tal la noche? ¿Qué tal Lucía?

—Bien, aunque se despertó a las dos y la tuve que meter en la cama. No he dormido nada, hay que ver cómo se mueve esta niña.

—¿A qué hora venís?

—No sé, tenemos que descambiar algo de ropa que le cogí ayer y quería llevarla también a la peluquería, que tiene el pelo hecho un desastre.

—Mamá, por favor, déjate de tonterías y tráela ya. ¿No entiendes que tengo ganas de verla? A su madre ya no puede abrazarla, pero a mí sí. Seguro que me echa de menos.

—Vale, hijo. Nos damos prisa y cuando termine los recados vamos para allá. Un beso.

Daniel no podía con ella.

Entró el médico acompañado de varios residentes.

—Buenos días, Daniel. ¿Cómo te encuentras?

Sin esperar realmente una respuesta, empezó a comentar la historia clínica con los demás. Daniel lo interrumpió.

—¿Hola? Bien. Me encuentro muy bien. Deseando que me dé el alta, como sabe, tengo bastante que hacer ahí fuera.

—Lo entiendo, pero en estos casos hay que esperar cuarenta y ocho horas para ver la evolución. No sabemos si puede haber algún daño más fruto de la contusión.

Daniel respiró hondo.

—Doctor, ¿pueden dejarnos solos?

Los residentes miraron a su jefe. Este asintió y salieron.

—Oiga, deme el alta, por favor. Necesito salir de aquí. Tengo que cuidar de mi pequeña y organizar un funeral. Ya sabe lo que ha pasado. Y si no puede, tendré que pedir el alta voluntaria.

El médico lo observó unos segundos y llamó a la enfermera.

—Pilar, por favor. El paciente pide el alta voluntaria. Preparen todo para que salga a mediodía.

Antes de marcharse añadió:

—Siento tu pérdida. Si te encuentras mal, vuelve por el hospital y te echaremos un vistazo.

Pedro regresó con ropa mucho más adecuada. Ya venía un poco cansado de tanto ir de compras.

—Bueno, Daniel, aquí te quedas. Tengo que ir a trabajar. Cualquier cosa que necesites, me llamas.

—Muchas gracias. La verdad es que me has ayudado mucho y nunca lo olvidaré. Te quiero, tío.

Pedro lo miró un segundo, entre sorprendido y enternecido.

Cuando se fue, Daniel se quedó pensando en esas tres palabras.

Te quiero, tío.

¿De verdad habían salido de su boca?

Daniel era introvertido, poco dado a mostrar cariño. Según Rebeca, a veces parecía hasta apático. Le costaba mucho mostrar lo que sentía, para bien y para mal. Eso descolocaba a la gente: nunca sabían si estaba bromeando, si hablaba en serio o si simplemente estaba lejos.

Pero quizá la desgracia también hacía eso: dejar al descubierto lo poco esencial que eran ciertas defensas.

Cuando uno lo pierde casi todo, se vuelve un poco menos hábil para esconderse.

Y Daniel, rodeado de flores, teléfonos prestados, ropa improvisada y personas que lo estaban sosteniendo como podían, tuvo la sensación de que el incendio no solo le había arrasado la vida.

También le había quemado algunas costras.