Poseidonia Capítulo 5 — pedrito y andrea
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Capítulo 5 — pedrito y andrea

pedrito y andrea

Lo que más desesperaba a Daniel no era la pérdida, sino la oscuridad, no saber en qué momento había empezado a perderlo todo.

Y esa niebla mental le producía una impotencia casi física, como si el dolor se le hubiera quedado girando dentro sin encontrar una forma limpia de salir.

Tendría que empezar de cero, tirar hacia delante y criar solo a su hija.

Tener que hacerlo además sin saber qué había pasado, lo volvía todavía peor.

Llamó a la enfermera.

—Por favor… ¿mi madre y mi hija? ¿Están por ahí?

La mujer negó con suavidad.

—No. Se fueron esta mañana. ¿Quiere que llame a alguien?

Daniel se quedó pensando.

¿A quién?

No le apetecía ver a nadie. Tampoco tenía hermanos ni familia cercana con la que contar de verdad. Y, sobre todo, no quería dramas, ni abrazos torpes, ni esa forma tan cansina que tiene la gente de hacer preguntas cuando en realidad no soporta las respuestas.

Entonces le vino un nombre.

Pedro.

Necesitaba hablar con él. Saber cómo había terminado la cena, a qué hora se fue, si lo había visto con Eva, si dijo algo raro. Cualquier detalle servía. Cualquier migaja podía convertirse en un comienzo.

Le pidió a la enfermera que, por favor, le dejara su teléfono para hacer una llamada.

Daniel la hizo y Pedro llegó en menos de media hora.

Entró en la habitación con la cara desencajada.

—Joder, Daniel, tío… lo siento muchísimo. ¿Cómo estás? ¿Cómo está la niña?

Daniel le explicó como pudo lo ocurrido. La amnesia. Gala llevándose a Lucía. Lo dijo deprisa, casi sin respirar, como si las palabras pesaran menos si salían en bloque.

Luego fue al grano.

—Cuéntame lo que pasó anoche, por favor. No recuerdo nada después de la cena.

Pedro se sentó en la silla junto a la cama y frunció el ceño.

—Pues nada… nos fuimos todos a bailar y te quedaste con Eva en la mesa tomando una copa. Estuvisteis hablando y te piraste sin despedirte. Eva salió corriendo detrás de ti. Ya lo que pasara después, no te puedo decir.

Daniel se quedó callado.

—¿Sabes qué hora era?

—Yo creo que te fuiste sobre la una y algo.

Daniel asintió despacio.

La una y algo.

Demasiado cerca del incendio. O demasiado lejos. No lo sabía.

Pedro lo miró con inquietud.

—¿Qué pasa, Daniel? ¿Qué es lo que buscas?

—No lo sé, Pedro. Pero quiero recuperar la memoria, saber todo lo que pasó. Joder, parezco imbécil, no recuerdo nada. Entonces salí con Eva… ¿tienes su teléfono?

—Sí, te lo apunto. Tengo que recoger a un par de niñas. ¿Quieres que llame a alguien y me quede luego a hacerte compañía?

—No, gracias. Recógelas. Estoy bien. Bueno… ya me entiendes. Pero déjame, por favor, tu teléfono para llamar a mi madre.

Pedro se lo tendió sin dudar.

—Toma. Quédate con este hasta mañana. Es el de la oficina, pero no suele llamar nadie. A mí me llaman al personal. ¿Qué más necesitas?

Daniel soltó una risa amarga.

—Pues no sé si estoy abusando, pero tío… no tengo nada. Ni ropa, ni dinero, ni teléfono. Joder, se ha quemado todo.

Pedro negó con la cabeza.

—No te preocupes, que aquí está Pedrito. En cuanto recoja a las niñas me voy de compras y mañana temprano vengo con todo. Y cuando termines de hablar con tu madre, llama a la compañía de teléfonos, pide un duplicado de la SIM y ya te la recojo yo.

Aquello le conmovió de una forma inesperada.

—Eres un crack , Pedro. Parece que eres mi hermano. En cuanto me ponga al día, te lo pago todo.

Pedro hizo un gesto de quitarle importancia.

—Sí, sí. Tú primero intenta no volverte loco.

Cuando se fue, Daniel llamó a su madre. Quería asegurarse de que Lucía estaba bien.

Gala nunca se había quedado con la niña.

La relación entre ellos no era buena y tampoco Rebeca ayudaba: decía que la madre de Daniel se metía en todo, que todo lo hacían mal a sus ojos, desde cómo vestían a la niña hasta cómo la dormían.

Así que evitaban dejar a Lucía con ella siempre que podían.

—Dime, Daniel.

—Mamá, ¿por qué no has traído a la niña esta tarde?

—Estaba comprándole ropa, no querrás que vaya siempre en pijama. Además, está cansada. La voy a bañar, le daré de cenar y a la cama.

Daniel cerró los ojos un momento.

—Mamá, quizá no lo entiendas, pero me hubiera gustado verla. Aunque fuera media hora.

—Ya mañana, Daniel. Por cierto, me han llamado tus suegros. Vienen hacia aquí con tu cuñado. Saben que estás en el hospital. Irán a verte mañana para hablar también del entierro.

—Vale, mamá. Por favor, dale un beso a Lucía de mi parte y recuerda dejarle una luz encendida, que le da miedo la oscuridad.

Colgó.

Pasó un buen rato pensando una y otra vez en la noche anterior. Quería, pero no podía recordar. Se obligaba a retroceder y solo le venían flashes absurdos de la cena: caras, vasos, música, la barra del bar, nada más. Era como intentar atravesar una pared con la cabeza.

Llamaron a la puerta.

Entró la enfermera de tarde.

—Hola, Daniel. ¿Cómo te encuentras?

—¿Me conoces?

Ella sonrió.

—No, está en tu historia. Me llamo Andrea.

Comprobó la vía, la medicación y el monitor con una eficiencia tranquila. Luego apoyó la mano sobre su hombro.

—Por cierto, me he enterado de lo de tu mujer. Cualquier cosa que necesites me llamas. Además, veo que te han dejado solo y eso no está bien.

En ese mismo momento entró Eva con un ramo de flores.

—Hola, Daniel, ¿cómo estás?

Y se abalanzó sobre él para abrazarlo, apartando casi a Andrea del sitio.

La enfermera levantó las cejas, leyó la escena en medio segundo y dijo con tono profesional:

—Hasta luego. Ya sabes, cualquier cosa, el botón rojo.

En cuanto la puerta se cerró, Eva tomó aire.

—Me ha llamado Pedro y he dejado todo para venir a ver cómo estabas. ¿Qué ha pasado?

Daniel fue directo.

—Eso es lo que quiero que me cuentes, porque lo último que recuerdo es que estaba contigo en la cena de ayer. Pedro me dijo que saliste detrás de mí cuando dejé el restaurante.

Eva bajó un momento la vista.

—Espera un segundo, que tengo que ir al baño y ahora te cuento.

Salió de la habitación.

Tardó más de la cuenta.

Cuando volvió, Daniel ya sabía que le iba a mentir.

—Ya estoy aquí. Pues, Daniel… —empezó con voz temblorosa— me sabe mal decir esto por lo de Rebeca, pero pasó lo que tenía que pasar.

Tú y yo teníamos algo pendiente desde hace muchos años.

Me dijiste que fuéramos al coche y… nos liamos.

Yo al principio me resistí porque sabía que estabas casado, pero te pusiste de una manera…

A Daniel se le cayó el mundo encima, aunque no por lo que decía ella, sino porque no le cuadraba nada.

Nada.

—¿Sabes si bebí mucho? —preguntó.

La frase salió sola, y al instante le dio asco oírsela. Sonaba a excusa, a coartada barata, a la clase de frase que siempre había despreciado en boca ajena.

—Todos bebimos, Daniel, pero tú tranquilo.

Entiendo que ahora necesitarás un tiempo, pero yo te esperaré lo que necesites.

Y además he pensado que incluso, como os habéis quedado sin nada y yo me estoy separando, quizá podríamos buscar una casa e irnos juntos: mis niñas, tú, yo, Lucía…

pero bueno, no te quiero agobiar. Tú de momento descansa.

Le cogió la mano, le dio un beso y arrimó una silla para tenerlo más cerca. Daniel la miró como si estuviera viendo a una desconocida.

Sabía perfectamente que jamás se hubiera liado con ella. Ahora sí que necesitaba recordar qué había pasado realmente.

—¿Qué pasó en el coche, Eva?

—Pues lo que tenía que pasar —dijo, mirando hacia un lado—. Hablamos, nos besamos, hicimos planes y, por supuesto, me hiciste el amor en la parte de atrás.

Y entonces, como una punzada, a Daniel le vino una certeza concreta.

—Buf, es verdad —dijo, fingiendo que empezaba a recordar—. Qué incómodo, con la silla de Lucía ahí detrás.

Eva respondió demasiado deprisa.

—Sí, fue un poco incómodo, la verdad. Qué bien, parece que vas recobrando la memoria.

Daniel se incorporó en la cama, dolido, pero completamente despierto.

—Empecemos de nuevo, Eva. Ayer no llevaba la silla de Lucía en el coche.

Ella pestañeó.

—No, Daniel, no la llevabas. Creo que con el golpe te estás haciendo un lío.

—Eva, no sé de qué vas, pero recuerdo perfectamente que quité la silla hace un par de días porque fui a lavar el coche por dentro. ¿Qué coño pasa? ¿Que te di calabazas y quieres aprovecharte de la situación? ¿Estás loca o qué? Joder con la psicóloga.

Eva apretó la mandíbula.

—¿Loca yo? Cálmate. No estás bien. No debes alterarte. Olvídate de la silla y piensa en lo que te he dicho, en el futuro que nos espera.

—No me lo puedo creer. ¿Futuro? Jamás estaría con alguien como tú. Vete de aquí. Lárgate. No quiero verte más.

Entró Andrea.

—¿Algún problema? Por favor, bajad la voz, que ya es tarde y hay otros enfermos.

—Tranquila —dijo Daniel sin apartar la vista de Eva—. Mi visita ya se va.

Eva salió con los ojos llorosos, fulminando con la mirada a Andrea.

En cuanto se cerró la puerta, Daniel cogió el ramo y lo estampó contra la pared. Todas las flores cayeron al suelo menos una, que hizo un vuelo absurdo y Andrea atrapó al vuelo por reflejo.

La enfermera levantó la flor y sonrió.

—Antes de nada, quiero dejar claro que estoy felizmente casada.

A Daniel se le escapó una sonrisilla antes de taparse los ojos con una mano para que no le viera llorar.

—Espera un momento —dijo Andrea.

Volvió a los dos minutos con un tupper y se sentó a su lado.

—Creo que necesitas desahogarte con alguien, así que empieza. Ya he hablado con mis compañeras. Está la cosa tranqui y, si me necesitan, vendrán a buscarme.

Daniel le contó todo lo que había pasado. El incendio. La memoria en blanco. Su madre. Lucía. La llamada a Eva. La mentira del coche. Lo de la casa nueva y el futuro compartido. Andrea subía y bajaba el sándwich, pero no era capaz de pegar bocado.

Al final dejó el tupper en la bandeja.

—Pero qué hija de la grandísima puta…

La expresión hizo reír a Daniel. La verdad es que ya no sabía si reír, llorar o pedir el teléfono del servicio de psiquiatría del hospital.

—¿Me das un poco de sándwich?

—Sí, toma. Perdón, ni te he ofrecido.

Comieron un rato en silencio.