Capítulo 4 — el final
el final
La noche de la cena, y tras ver marchar a Eva, Daniel entró de nuevo en la cocina, empujando la corredera con un gesto automático, sin comprobar siquiera si había quedado bien cerrada.
Allí estaba Dexter, un labrador color chocolate y el cuarto miembro de la familia.
Un perro noble, dócil hasta el extremo, sin duda el mejor amigo de Lucía.
Daniel siempre decía que, en realidad, había sido él quien le enseñó a andar, porque la niña se había pasado meses avanzando por la casa con una mano hundida en su lomo.
A pesar de todo lo ocurrido aquella noche, tenía hambre.
O algo parecido al hambre: una necesidad física de meterse algo en el cuerpo para no venirse abajo del todo.
Abrió la nevera y cogió lo primero que vio.
Sacó dos paquetes de salchichas; unas las puso en la sartén y las otras se las fue dando a Dexter, que permanecía sentado en el suelo sin mover un músculo, salvo la cola, que agitaba con una velocidad absurda, y la mandíbula, que trabajaba con una eficacia conmovedora.
Mientras tanto, Daniel puso agua a calentar en un hervidor y metió pan en la tostadora.
Había bebido bastante, así que se preparó un sándwich y se lo comió en dos bocados, de pie, sin apenas saborearlo.
Después acompañó a Dexter hasta su cama, junto a la puerta.
Subió las escaleras con sigilo. Eran de madera y crujían lo suficiente como para delatar a cualquiera que quisiera hacerse invisible.
De camino a su habitación se asomó al cuarto de Lucía y se sentó en el suelo para observarla dormir.
Siempre le había gustado hacerlo. Nunca le daba un beso por la noche delante de Rebeca, porque ella decía que la niña se despertaría y luego daría el coñazo, así que Daniel se guardaba ese gesto para las noches en que estaba solo con ella, cuando la casa respiraba de otra manera y él podía permitirse esa ternura sin que nadie la despreciara.
Pegó dos cabezadas allí mismo, apoyado en la pared, y al final se fue a su habitación. La verdad es que aquella noche no le apetecía demasiado acostarse con Rebeca. Se sentía raro. Entró en el baño, se lavó los dientes y se metió en la cama.
—Por fin, ya has llegado. ¿Me puedes decir por qué vienes oliendo a mujer? —preguntó Rebeca, encendiendo la luz.
Daniel cerró los ojos un segundo antes de responder.
—Tranquila. No ha pasado nada. Mañana te cuento.
—¿Cómo que mañana te cuento? ¿Y qué quieres, que me quede toda la noche en vela comiéndome la cabeza?
—De verdad, estoy cansado. Es una historia larga. No te preocupes, no es lo que piensas.
Rebeca se incorporó un poco.
—¿Una historia demasiado larga? Habla ya.
Daniel soltó aire.
—Rebeca, te resumo. Una antigua compañera se está separando, me ha estado llorando abrazada, luego me ha tirado los trastos y le he dicho que me volvía con mi mujer. ¿Suficiente? Mañana te lo cuento bien.
Le dio un beso y apagó la luz.
—Pues qué bien. Ya me quedo más tranquila. Espero que mañana me lo cuentes con pelos y señales.
—Sí, cariño.
Durante un rato la casa quedó en silencio. Un silencio apenas tenso, todavía habitable. Luego, una hora después, los despertaron los ladridos de Dexter.
—¿Qué pasa? ¿A qué huele? —dijo Rebeca, incorporándose.
Daniel tardó apenas un segundo en entender que aquello no era normal.
—Corre —gritó de pronto—. Hay mucho humo.
Salieron al pasillo y vieron enseguida la planta baja envuelta en llamas. Junto a la puerta, abajo, estaba Dexter ladrando sin parar. No era un ladrido cualquiera. Era otra cosa. Una alarma con cuerpo de perro.
—¡Coge a la niña! —gritó Daniel.
Rebeca echó a correr hacia la habitación de Lucía.
—¿Por dónde salimos? —preguntó, ya con la niña en brazos, y el pánico en la voz hizo visible de golpe una discusión antigua. Durante años había insistido en quitar las rejas de la casa, al menos las de arriba. Daniel siempre se había negado. Le daba miedo que entraran a robar.
Lo que tantas veces habían discutido en abstracto acababa de cumplirse del peor modo posible.
—¡Espera! —gritó él.
Entró en la habitación, tiró de las sábanas y la colcha, fue al baño, las empapó en la bañera y volvió corriendo.
—¡Hay que bajar! ¡Hay que bajar ya!
—¡Estás loco! ¡Está todo ardiendo!
—¡Hay que bajar antes de que cedan las escaleras! ¡Todavía podemos salir!
Cubiertos con la colcha empapada, comenzaron a bajar escalón a escalón, cegados por el humo, tosiendo, presos de un pánico que ya no dejaba espacio para pensar.
Solo oían los ladridos de Dexter abajo, como si el perro intentara tirar de ellos con la voz.
De repente, la escalera empezó a ceder bajo sus pies.
Rebeca gritó.
Se quedó clavada, incapaz de seguir avanzando.
Daniel llevaba a Lucía en brazos. Con la otra mano tiró del brazo de su mujer.
—¡Vamos, Rebeca, vamos!
Pero la escalera se hundió.
Todo ocurrió a la vez.
El vacío.
El golpe.
La madera desgarrada, crujiendo.
Daniel giró el cuerpo en el aire por puro instinto para proteger a la niña. Recibió un golpe brutal en la cabeza. Durante unos segundos quedó entre la consciencia y algo peor.
Lo primero que sintió después fue la lengua húmeda de Dexter en la cara.
—Lucía… corre… corre con Dexter…
Las palabras apenas le salían.
El humo le cerraba la garganta. Vio al perro junto a la niña y, en medio de la inconsciencia, repitió como pudo:
—Dexter… llévatela…
Y Dexter, como siempre, obedeció. Enganchó con los dientes la camiseta de Lucía y tiró de ella.
Entonces sonaron las sirenas.
Desde fuera, los bomberos descargaban material mientras veían cómo una niña pequeña salía por la trampilla de la puerta, seguida de un labrador que no se separaba de ella ni un centímetro.
Dentro, Daniel aún intentó moverse.
No había oído a Rebeca.
Temió lo peor.
Se arrastró, buscándola a tientas, con la vista casi anulada y los pulmones ya rendidos. Más que llamarla, susurraba su nombre. Por fin la encontró, tumbada en el suelo, con la mirada vidriosa, desencajada. Lo último que hizo antes de perder el conocimiento fue acariciarle el pelo y la cara.
Cuando volvió en sí, una luz blanca y cruel le llenó la vista.
Hospital.
Voz de su madre.
Una enfermera.
Un médico.
Todo llegó roto.
—¡Enfermera! ¡Enfermera! —oyó gritar a Gala.
Daniel abrió los ojos del todo.
—Mamá… ¿qué ha pasado? ¿Qué hago aquí? ¿Dónde está Rebeca?
El médico se acercó y le comprobó las pupilas.
—Tranquilo. Ha perdido la consciencia durante unas horas. Está bien, aunque tendremos que dejarlo en observación.
Daniel lo miró con desconcierto.
—Doctor, no sé cómo he llegado aquí.
—¿No recuerda lo que pasó anoche?
—Sí… fui a una cena con compañeros del instituto. ¿He tenido un accidente de coche?
El médico intercambió una mirada con Gala.
—No, no ha sido un accidente. ¿Hasta qué hora recuerda más o menos?
—No sé. Estuve cenando y tomando unas copas, pero poco más. ¿Dónde está mi mujer?
El médico cogió a Gala del brazo y la acompañó hasta el pasillo.
—Señora, parece que su hijo tiene algún tipo de amnesia.
No sé si por el traumatismo en la cabeza, por la falta de oxígeno o por el shock .
Habrá que estudiarlo, aunque no se preocupe, seguramente recordará todo en unas horas.
Hable con él y cuéntele lo ocurrido. Si necesita algo, llame a la enfermera.
Y recuerde que el hospital tiene servicio de psiquiatría, por si lo necesitan.
—Gracias, doctor.
Cuando Gala volvió a entrar, Lucía dormía en la cama de al lado, en pijama, ajena aún a todo lo que le había atravesado.
—Daniel, mira, Lucía está aquí con nosotros.
Él la miró un segundo, descolocado.
—Mamá, ¿qué hace Lucía en pijama? ¿Dónde está Rebeca?
Gala tragó saliva.
—Hijo… anoche hubo un incendio en vuestra casa. Cuando llegaron los bomberos no pudieron hacer nada por salvarla. El humo acabó con ella. Suerte que tú aún estabas con vida.
Daniel tardó un segundo en entender las palabras.
—¿Y Dexter?
Gala lo miró con incredulidad.
—¿Te acabo de decir que Rebeca ha muerto y me preguntas por el perro?
—Mamá, ¿dónde está Dexter?
—Me han dicho que se lo quedaron unos vecinos. Los de enfrente, creo. Parece que él sacó a Lucía de la casa.
Entonces Daniel se echó a llorar.
No como quien se derrumba con estrépito, sino como quien siente que el cuerpo ya no puede contener más lo que se le ha roto dentro. Intentó recordar. Se forzó una y otra vez. Pero solo veía las caras de sus compañeros en la cena, la barra, las copas, la música, nada más.
Lucía se despertó. Gala la dejó un momento sobre su pecho y la niña apoyó la cabeza, medio dormida, sobre él.
—Mamá, por favor… llévatela. No quiero que me vea así.
Poco después entró una enfermera y le puso un sedante.
Por la tarde, cuando volvió a abrir los ojos, había un hombre desconocido en la habitación.
—Buenas tardes. Soy el inspector Alonso, de la comisaría de Fuencarral. ¿Cómo se encuentra?
Daniel lo miró sin ganas.
—¿Qué pasa, inspector?
—Quería que me hablara de lo que ocurrió anoche.
—Poco le puedo contar. Estuve en una cena con antiguos compañeros de instituto y no recuerdo qué pasó después. He despertado aquí y mi madre dice que mi mujer ha muerto, así que dígamelo usted.
—Sí, ya me ha comentado su médico lo de la amnesia. Pero ¿de verdad no recuerda nada? ¿A qué hora llegó? ¿Qué hizo antes de acostarse?
—No. De verdad, me encantaría saberlo, no tenga duda.
El inspector abrió una carpeta.
—El informe preliminar de los bomberos sitúa el origen del incendio en la zona de la cocina o en la salida al porche, aunque no pueden asegurarlo al cien por cien por falta de pruebas.
Cuando llegaron, su hija ya estaba fuera junto a su perro y usted y su mujer estaban en el suelo del salón.
Los sacaron rápidamente antes de que la casa se viniera abajo.
Por su mujer no pudieron hacer nada. Había fallecido por inhalación de humo.
Siento su pérdida, de veras. De todas formas, le voy a dejar mi tarjeta para cuando recupere la memoria.
El caso no está cerrado. Si me puede dar el teléfono de alguno de sus compañeros, me gustaría hablar con ellos.
Le mantendré informado también del informe oficial de los bomberos.
Lo necesitará para seguros, trámites y demás.
De la casa no ha quedado prácticamente nada. Los coches también se han calcinado.
Daniel lo escuchó en silencio.
Cuando el inspector terminó, solo pudo decir:
—Muchas gracias. Sí, por favor, manténgame informado. Quiero saber qué pasó ayer. Quiero saber qué ha acabado con la vida de mi mujer, con mi casa y con todo lo que tenía.
A veces una vida no estalla con un gran ruido, pensó después, sino en dos tiempos: primero el fuego, y después las palabras que te obligan a aceptar lo que el cuerpo todavía se niega a entender.
Y Daniel, tumbado en aquella cama de hospital con Lucía viva a unos metros, intentó imaginarse a Rebeca convertida en pasado.