Capítulo 3 — gala
gala
—¡Daniel!
Era la voz de su madre, desde el salón.
—¡Rebeca ha vuelto a llamar! Y te aviso de que es la última vez que miento por ti. Al menos hasta que me cuentes qué ha pasado.
Gala, su madre.
Viuda desde que Daniel aún estaba en la facultad.
La viudedad no la había suavizado, si acaso la había endurecido del todo, como si el dolor le hubiera cerrado las últimas zonas de ternura que le quedaban sin blindar.
De su padre, las malas lenguas decían que ella se lo había cargado.
No literalmente, claro, pero sí a base de años de reproches, humillaciones y gritos.
Él era un hombre pequeño en el peor sentido: de los que agachan la cabeza, dicen que sí a todo y parecen encontrar más paz inventándose trabajo en la oficina que entrando en su propia casa.
Daniel todavía recordaba el día en que lo encontró desplomado.
Estaba en su habitación estudiando cuando oyó llegar a su padre.
Después empezó la discusión. Lo normal. Lo de siempre.
Se puso los cascos, subió la música —Smashing Pumpkins, lo recordaba con una nitidez absurda— y trató de aislarse del mundo.
Al rato salió y vio a su madre en el suelo, con la cabeza de su padre sobre las piernas, gritándole a él, no al muerto:
—¿Dónde estabas? ¿Dónde estabas? ¿Dónde estabas cuando tu padre te necesitaba?
A partir de ahí todo fue muy rápido. El funeral.
El luto. La sensación de asfixia. Daniel buscó un trabajo, se fue a vivir con un amigo y la relación con Gala dejó de parecerse del todo a la de una madre y un hijo.
Desde entonces, habían aprendido a quererse a dentelladas, con largos silencios entre una culpa y otra.
—Mamá, déjame en paz, por favor —respondió él desde el pasillo—. Rebeca y yo hemos discutido. Necesito tiempo para pensar qué hago con mi vida.
—¿Que te deje en paz? Soy tu madre y estás en mi casa, así que escúchame.
Daniel apareció en la puerta del salón con la chaqueta ya en la mano.
—Mamá, por favor, no te metas.
—Que no me meta, dice. Es tu mujer, te llama desesperada y tú aquí haciendo el numerito. Si te llama tanto será porque te quiere. ¿Por qué no te dejas de tonterías y vuelves con ella?
Daniel la miró un segundo.
Sabía que si abría la boca iba a terminar gritándole.
Así que hizo lo único que sabía hacer con Gala cuando sentía que la conversación entraba en bucle: irse.
Salió a la calle y caminó hasta el Retiro.
Siempre le había parecido el parque más bonito del mundo.
No porque lo fuera, sino porque allí, entre árboles viejos y caminos llenos de gente que no tenía nada que ver con él, podía fingir durante un rato que era dueño de su vida.
Dio vueltas durante horas, sin rumbo, con la cabeza llena del mensaje, del beso en el aeropuerto y del ruido que hace por dentro una traición cuando aún sigue teniendo la cara de alguien a quien quieres.
Cuando volvió a casa ya había anochecido.
—Mamá, ya he vuelto.
Pero no estaba su madre.
Estaba Rebeca.
Se quedó quieto en la entrada.
Ella se levantó de golpe del sofá.
—¿Qué haces aquí?
Rebeca tenía la cara hinchada, el pelo recogido de cualquier manera y una expresión de culpa insostenible en el rostro.
—Daniel, tenemos que hablar. He cometido el mayor error de mi vida.
Tú eres mi amor. Martín solo ha sido un capricho, algo que se me ha ido de las manos.
Echamos muchas horas juntos, muchos viajes…
y un día, después de una cena y unas copas, nos liamos.
Pero no es nada serio. Él está casado, acaba de tener una niña…
Perdóname, por favor. Vuelve a casa. Cambiaré de trabajo. Haré lo que sea.
Daniel se quedó mirándola sin moverse.
—¿Ya está? ¿Eso es todo?
Rebeca tragó saliva.
—No sé qué más decir.
—Pues empieza por algo que suene menos ensayado.
Ella se le acercó un paso.
—Llevo tres días llorando. No puedo más. Te necesito.
Entonces Daniel perdió la poca calma que le quedaba.
—¿Tres días llorando? —repitió, con una risa breve y rota—.
¿Y cómo sé yo que no has estado follando con él?
¿Tan importante era tu trabajo que has tardado tres días en volver?
¿Tienes idea de lo que es que se te caigan diez años encima en un segundo?
Ahora entiendo tantas cosas. Los mensajes.
El teléfono siempre boca abajo. La manera en que te ibas cerrando y yo aún creía que era cansancio.
Rebeca dio otro paso hacia él.
—Daniel, por favor.
—No. Vete de aquí. No quiero verte.
Ella se quedó mirándolo un segundo, como si aún esperara que aquella frase se corrigiera sola. Pero no. Echó a correr por el pasillo entre lágrimas y salió de casa. En la puerta del ascensor estaba Gala, apoyada en la pared, escuchándolo todo.
Rebeca la miró de refilón y salió huyendo escaleras abajo.
Gala volvió la vista hacia su hijo.
—¿Qué le has hecho, Daniel? ¿No te da pena?
Él la miró con incredulidad.
—¿Que qué le he hecho?
No tenía fuerzas ni para discutir. Fue a la habitación, guardó en una mochila las cuatro cosas que aún tenía allí y volvió al recibidor.
—Adiós, mamá. Ya te llamaré.
Gala se cruzó de brazos.
—Míralo. Igual que tu padre. Cobarde. En lugar de afrontar los problemas, sales corriendo.
Daniel abrió la puerta.
—No, mamá. No huyo de los problemas. Huyo de ti.
Y se fue.
Pasó los días siguientes en un hotel. Solo.
Comiendo mal, durmiendo peor, bebiendo demasiado y dando vueltas por una ciudad que de pronto se le había vuelto completamente ajena.
La soledad tenía eso: al principio parecía una defensa y después empezaba a parecerse a una enfermedad.
Daniel estaba herido, sí, pero también confundido.
Porque por debajo de la rabia seguía estando el amor, y debajo del amor, algo todavía más humillante: el deseo de volver.
Nunca sería capaz de olvidar lo que había visto, pero empezó a preguntarse si podría llegar a perdonarlo.
Volvió a casa un viernes por la noche.
No avisó.
Entró con su llave y la encontró en el salón. Rebeca alzó la cabeza de golpe. Se le iluminó la cara con una alegría tan inmediata que casi dolía verla.
—Daniel…
Él dejó la mochila junto a la puerta.
—He venido a coger ropa y algunas cosas.
Rebeca se levantó y fue hacia él.
—Por favor, habla conmigo. Lo necesito. Te necesito.
Se abalanzó sobre su pecho y lo abrazó con una desesperación que no parecía fingida. Daniel sintió el impulso de apartarla y el de abrazarla al mismo tiempo. Su cabeza gritaba una cosa. Su cuerpo, otra.
Rebeca le cogió la cara, tiró un poco de su pelo y lo besó.
Fue un beso violento, llorado, lleno de culpa y de miedo.
Daniel respondió.
No supo en qué momento exacto dejó de resistirse.
Solo supo que de pronto estaban chocando con la mesa del salón, que el portátil había caído al suelo junto con papeles, bolígrafos y una lámpara pequeña, y que los dos se estaban buscando con una furia que no se parecía a nada sereno.
Allí había amor, sí, o lo que quedaba de él.
Pero también había rencor, hambre, castigo, deseo y una necesidad casi animal de no perder del todo aquello que ya se estaba rompiendo.
Hicieron el amor como ya no se acordaban sobre los restos de una discusión inútil.
Y durante unos minutos, los dos fingieron que aún era suficiente.
Cuando Rebeca se despertó a la mañana siguiente, Daniel no estaba a su lado, pero su ropa seguía en el armario y su chaqueta estaba sobre la silla.
Se miró en el espejo, se colocó el pelo y salió al salón.
Daniel estaba de pie tomando un café, mirando por la ventana.
—¿Cómo estás? —preguntó ella, apoyando las manos con suavidad en sus hombros.
Él no se giró.
—Rebeca, me dijiste que harías cualquier cosa para que volviera contigo, ¿no?
Ella sonrió apenas, pensando que aquello iba en la dirección que esperaba.
—Sí. Claro.
—¿Serías capaz de perdonarme si un día yo te engañara?
Rebeca retiró las manos de golpe.
—¿Qué?
—¿Me perdonarías?
—¿Por qué dices eso? ¿Qué me estás diciendo? ¿Que tú me has puesto los cuernos? ¿Eres capaz de haberme hecho sufrir así y encima…?
Daniel por fin se giró.
—No. Yo no te he engañado nunca. Ni lo haría por venganza. Pero quiero saber si tú serías capaz de hacer conmigo lo mismo que me estás pidiendo ahora. Si me quieres tanto como dices, si nuestro futuro vale tanto, dime si podrías perdonarme.
Rebeca se quedó muda.
Él continuó:
—Promételo. Prométeme que, si algún día yo hago algo así, tú serás capaz de perdonarme como me estás pidiendo que haga yo ahora. Así sabré que no estoy solo en esto. Que no me estás pidiendo algo que tú nunca serías capaz de dar.
Aquello no era una petición. Era una trampa envuelta en ternura.
Rebeca lo supo.
También supo que no podía salir de allí sin aceptar.
—Vale —dijo al fin, con la voz muy baja—. Te lo prometo.
Daniel la abrazó.
Ella se dejó abrazar.
Y aunque en ese gesto cabía todavía algo parecido al amor, también empezó a nacer otra cosa más peligrosa: la deuda.
Porque hay perdones que no curan nada. Solo cambian la forma de la herida y la dejan esperando su momento.
Y Rebeca, estrechada entre los brazos de Daniel, entendió sin poder formularlo que acababa de aceptar una promesa que algún día podría volver contra ella como una condena.