Capítulo 2 — rebeca
rebeca
Rebeca viajaba mucho por trabajo. Siempre iba rodeada de arquitectos, jefes de obra, proveedores, encargados, directores de hotel.
Casi todos hombres. A Daniel nunca le había preocupado demasiado.
No era celoso por naturaleza y, además, durante años había confiado en ella con esa clase de tranquilidad que no se piensa porque parece ser parte del orden normal de las cosas.
Hasta aquella noche.
Habían hecho el amor y Rebeca estaba en la ducha cuando sonó un WhatsApp.
Eran casi las doce y a Daniel le sorprendió el ruido a esas horas.
No fue un pensamiento oscuro ni una sospecha concreta.
Fue algo mucho más pequeño y más molesto: una incomodidad mínima, casi física, que le hizo girarse en la cama y mirar la pantalla encendida sobre la mesilla.
No necesitó tocar el móvil.
La previsualización bastó.
Qué poquito queda, deseando verte. ¿Te lleva Daniel al aeropuerto o vamos desde el trabajo?
Se quedó inmóvil.
La pantalla se apagó. Volvió a pulsar el botón. La frase reapareció. La leyó una vez. Luego otra. Después una tercera, como si la repetición pudiera cambiar alguna palabra, darle otro sentido, limarle la evidencia.
No ocurrió.
La ducha seguía sonando al otro lado de la puerta.
Daniel calculó cuánto tardaría en salir.
Un minuto. Quizá menos. Tenía el cuerpo quieto y la cabeza disparada en demasiadas direcciones a la vez.
No sabía aún qué hacer con aquella frase, pero sí supo que necesitaba esconder de inmediato la cara que se le había quedado.
Se dio la vuelta en la cama.
Volvió la vista hacia una fotografía apoyada sobre la cómoda.
Era una de las que más le gustaban. Se la habían hecho durante el viaje de novios o, mejor dicho, durante la segunda boda, la de verdad, la suya, sin invitados ni protocolo ni toda aquella gente que convertía la felicidad en una función pública.
Estaban en Isla Saona. Rebeca llevaba el vestido blanco que él le había regalado un año antes, justo después de comprometerse.
Él, unos pantalones cortos de flamencos y una camisa blanca mal abrochada.
Detrás, una puesta de sol que parecía demasiado perfecta para ser real.
Delante, un lugareño haciendo de maestro de ceremonias y los dos repitiéndose al oído, entre abrazos, las palabras que entonces todavía parecían invulnerables.
Te quiero. Te quiero. Te quiero.
Daniel siguió mirando la foto como si allí hubiera una respuesta. La voz de Rebeca, suave y feliz, volvió a sonarle dentro con una precisión insoportable. Notó una lágrima bajar despacio por la mejilla. No hizo ningún ruido. Se la quitó con el dorso de la mano justo cuando la ducha se apagó.
—Cariño, ¿te has dormido? —preguntó Rebeca al salir.
Daniel no contestó.
Se quedó mirando la fotografía.
Rebeca debió de intuir algo. O quizá no. Quizá solo temió que hubiera visto el mensaje. Apagó el móvil con un gesto rápido, se tumbó en la cama y se giró hacia el otro lado.
Y así se quedaron los dos.
Despiertos.
Separados por un muro levantado en cuestión de segundos.
A la mañana siguiente, nada cambió por fuera.
Desayunaron juntos. Hablaron poco. Daniel acompañó a Rebeca hasta un taxi. Le dio un beso de despedida. Ella subió sin mirarlo demasiado y él cerró la puerta con una suavidad que no se parecía en nada a lo que llevaba dentro.
Rebeca fue directa a la oficina. Cogió un maletín, el portátil y quedó con su compañero Martín en la puerta para ir juntos al aeropuerto.
Subieron por la escalera mecánica hacia las puertas de embarque. Rebeca sonreía con una complicidad que ya no se molestaba en ocultar. Al llegar arriba, se volvió hacia Martín y lo besó en los labios.
Un beso breve.
Seguro.
De los que no se dan a escondidas, sino desde la costumbre.
Mientras se retocaba la pintura de labios con los dedos, vio al fondo de la escalera algo que no debería haber estado allí.
Daniel.
Quieto.
Mirándolos.
Los segundos que siguieron parecieron alargarse hasta lo insoportable. Rebeca gritó su nombre, pero él ya se había dado la vuelta. Desapareció antes de que ella pudiera llegar a alcanzarlo.
Durante las horas siguientes, y también durante los días que vinieron después, Rebeca lo llamó una y otra vez. Siempre recibió la misma respuesta del buzón de Daniel, grabado con la voz artificial y dulzona de una operadora:
—El amor de su vida está apagado o fuera de cobertura. Por favor, deje su mensaje después de la señal.
Aquella frase, que algún día les había hecho gracia, se volvió de pronto cruel.
Rebeca regresó a casa tres días después.
Otra persona quizá habría cancelado el viaje, se habría bajado del avión o habría buscado a Daniel con una desesperación distinta.
Pero para ella el trabajo siempre había sido una forma de permanecer en pie.
O de no pensar demasiado. En un mundo lleno de hombres, bajar la guardia nunca le había parecido una opción.
Y, además, ¿qué iba a decir? ¿Que no podía viajar porque su marido acababa de descubrir que se acostaba con un compañero?
Entró en casa arrastrando la maleta. El recibidor estaba igual. El salón también. No había nada roto, nada cambiado, nada que delatara el desastre. Ese orden le pareció peor que un grito.
Buscó a Daniel por la casa sabiendo que no lo iba a encontrar. Ya había llamado a sus amigos, incluso a Gala, pero nadie sabía nada o fingía no saberlo.
Dejó la maleta sobre la cama y se sentó en el lado de Daniel. Justo encima de la lágrima seca que él había dejado allí tres noches antes.
No la vio, claro.
Pero estaba.
Y quizá aquella fue la primera vez que Rebeca comprendió que hay errores que no empiezan cuando te descubren, sino mucho antes, en el instante exacto en que decides que puedes seguir queriendo a alguien y traicionarlo al mismo tiempo, sin que el amor se rompa.
Lo que no sabía todavía era que algunas grietas no se abren con un portazo, sino con una frase en una pantalla y un silencio demasiado largo después.