Poseidonia Capítulo 1 — la cena #3
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Capítulo 1 — la cena #3

—Pero ¿qué haces? ¿Estás loca?

—No seas estrecho. Ha sido una broma.

—Pues si eso te parece una broma, no quiero ver tus tragedias.

Se levantó de la mesa.

Necesitaba aire. Necesitaba salir de allí antes de que la noche terminara de pudrirse.

Fuera llovía a cántaros. Por suerte tenía el coche justo delante. Se metió, arrancó y cuando ya estaba dando marcha atrás se abrió de golpe la puerta del copiloto.

Eva.

—¿Dónde coño vas?

—A mi casa. Creo que ya he tenido bastante por hoy.

—¿Otro día? ¿Cuándo? Si ni siquiera me has dado el teléfono.

—Perdona por lo que te voy a decir, pero no quiero que nos veamos más. Estoy casado y mi mujer me está esperando.

Eva lo miró airada, como si acabara de insultarla.

—¿Tu mujer? ¿Esa de la que no estás enamorado? ¿A qué esperas para dejarla? Yo podría darte todo lo que necesitas.

—Vale ya. Cálmate.

—No puedo. Escúchame.

Le cogió la cara con las dos manos, tan de golpe que Daniel no tuvo tiempo de apartarse.

—Tú siempre has sido el amor de mi vida. Sí, tú me dejaste, pero yo nunca te he olvidado. He tenido novios, me casé, tuve hijos… pero nunca he dejado de pensar en ti.

Daniel sintió primero pena. Luego, cansancio. Después, algo más próximo al miedo.

—No digas tonterías, Eva. ¿Qué me estás contando?, ¿que te casaste con otro pensando en mí? Has bebido demasiado.

—No, escúchame.

Se abrazó a él con una desesperación tan física que durante un segundo Daniel se quedó quieto. Sintió una compasión extraña. La clase de compasión que a veces despiertan las personas rotas cuando una parte de ti entiende que llevan años viviendo en un lugar del que ya no saben salir.

Eva levantó la cara. Lo besó.

Esta vez, él la apartó casi de inmediato.

—No, Eva. No puede ser. No me gustas ni te quiero. No puedes venir ahora con esta historia y pensar que vas a darme la vuelta a la vida.

La expresión de Eva cambió.

Toda la ternura alcohólica que había tenido un momento antes se volvió oscura, cortante.

—Eres un imbécil. Tienes delante a una tía que mataría por ti, una que todos desean, una que ha esperado este momento media vida… ¡Y me dices que te vas a volver con tu mujercita! Vete a la mierda. Te vas a arrepentir.

Salió del coche de un portazo.

Daniel respiró hondo y la vio alejarse bajo la lluvia hasta que resbaló en el asfalto mojado y cayó al suelo. Bajó del coche y fue hacia ella.

—¿Estás bien?

—Voy al coche.

—¿Dónde lo tienes? No estás para conducir.

—¿Ahora te preocupas por mí?

—Déjame que llame a un taxi.

—No. Estoy bien. Necesito el coche. Llévame, está a dos calles.

La ayudó a levantarse. Eva se quitó los tacones y caminaron en silencio hasta el coche de ella. Todo el ruido de la noche se había convertido entre los dos en un vacío incómodo.

—Es este —dijo al llegar. No dijo adiós. Entró en su coche y cerró la puerta.

* * *

Daniel esperó un rato. Quería asegurarse de que estaba bien. Pensó varias veces en quitarle las llaves, en llamar a la policía, en arrastrarla de nuevo al restaurante. Pero no se atrevió. Al final la vio arrancar y salir.

De camino a casa, la lluvia golpeaba con fuerza el parabrisas. Durante varios minutos estuvo mirando más el retrovisor que la carretera. Eva iba detrás. A veces lejos. A veces demasiado cerca. Sin duda seguía bebida, aunque aún parecía capaz de conducir.

Al principio pensó que era casualidad.

Después supo que no.

No sabía exactamente dónde vivía ella, ni si tenía sentido que hubiera tomado esa ruta. Cuando vio que seguía detrás de él, curva tras curva, sintió que la noche se le terminaba de torcer.

Frenó en seco.

Bajó del coche, fue hacia el de Eva y golpeó el cristal.

—¿Dónde vas? ¿Me estás siguiendo? Déjame en paz o llamo a la policía.

Eva no respondió. Miraba al frente, inmóvil, como si él no estuviera allí.

Daniel volvió a su coche con una rabia y arrancó otra vez.

La noche ya era un infierno.

A pesar de la advertencia, Eva lo siguió. Daniel llegó a casa, fue a la cocina, sacó una botella de Jäger del congelador y un vaso, y se sentó en una hamaca del porche mirando hacia la calle.

El chalet, de estilo americano, tenía un pequeño jardín que separaba el porche de la acera. Allí seguía ella. A unos veinte metros. Lo bastante cerca como para inquietar. Lo bastante lejos como para no cruzar todavía esa frontera.

Daniel la veía bien bajo la lluvia.

Sentía el cuerpo tenso, agotado, sucio por dentro. Sacó el teléfono con intención de llamar a la policía. Entonces Eva arrancó de pronto y desapareció bajo el agua negra de la calle.

Por fin llegó algo parecido a la calma. Las pulsaciones empezaron a bajar.

Daniel se quedó un rato más sentado. La única luz del porche era una vela gruesa con forma de corazón, una de esas velas decorativas que Rebeca compraba para hacer acogedores los espacios, aunque casi nunca los disfrutaran.

Se la había regalado por su aniversario.

Necesitaba respirar antes de entrar.

Necesitaba vaciarse un poco.

Necesitaba olvidar.

Pero supo, incluso antes de levantarse, que aquella noche no iba a quedar atrás tan fácilmente.