Poseidonia Capítulo 1 — la cena #2
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Capítulo 1 — la cena #2

Las risas taparon la cara de Sara, que cada vez llevaba peor la noche. Le tocó luego a Eva, que contó una versión bastante elegante de su vida: Salamanca, Psicología, matrimonio, dos niños, consulta, separación. Todo más o menos en orden hasta que el vino le aflojó la lengua del todo.

—Aunque bueno —añadió, levantando la copa—, «separada» es una forma fina de decir que mi marido se está tirando a una de la oficina.

Hubo un murmullo en la mesa.

—Seguramente ahora mismo esté con ella. En teoría tenía mucho trabajo. Ya sabéis, muy valientes para unas cosas y muy cobardes para otras.

—Vaya —dijo David con una sonrisa idiota—. Creo que necesitas un psicólogo.

—Y tú dos hostias por imbécil.

—Bueno, bueno —intervino Antonio—. Haya paz. Anímate, que tendrás para elegir. Estás muy buena.

—Otro —dijo Eva, apurando la copa—. ¿Veis como son gilipollas? Voy al baño.

—Madre mía cómo está el patio —comentó Pedro.

La noche empezaba a descomponerse, que era lo mejor que le podía pasar.

Antonio habló de unas escobas eléctricas japonesas que se movían solas, pero se caían, David de una vida mediocre como community manager deportivo y de una relación rota con Sara que acabó explotando en mitad de la mesa.

Ella lo acusó de haberle hecho perder años, él de querer hijos a toda costa.

Eva se puso de parte de Sara, Antonio redujo el debate a una guerra de sexos y Daniel, con varias copas encima, intentó hacer de árbitro moral sin demasiado éxito.

En medio de aquello, Ana seguía siendo la única presencia que no parecía necesitar justificarse.

Cuando por fin le tocó hablar, lo hizo con la serenidad de quien no se siente obligada a impresionar a nadie.

—Tengo una gestoría y no me va mal. Los comienzos fueron difíciles, pero ahora la empresa funciona casi sola. Tengo tiempo para vivir, que no es poco. Y en cuanto a los hombres… —se encogió de hombros—. Digamos que he aprendido a no necesitarlos para sentir que mi vida está completa.

—¿Entonces eres lesbiana? —preguntó Antonio.

—Pero qué cromañón eres —dijo Gabriel.

Ana sonrió, más divertida que ofendida.

—No. Pero tampoco creo que nadie tenga que depender de otro para ser feliz. Tengo mis amigos, mi trabajo, a Bimba… y bastante paz.

Daniel no pudo evitarlo.

—Olé. Esta tía me encanta. Así hay que vivir.

—Bueno, bueno —intervino Eva, reapareciendo—. A ver si ahora vamos a tener aquí una revelación tardía.

Daniel se rio.

—No estoy ligando. Pero sí, me parece de las pocas personas sensatas de esta mesa.

Ana lo miró con un punto de complicidad.

—Gracias, supongo.

Entonces empezó la música.

Reguetón a todo volumen como si aquello fuera una discoteca. El resto de la mesa fue levantándose poco a poco, arrastrado por las copas o por el puro instinto de huir del ridículo. Al final quedaron sentados Daniel, Eva y Ana.

—¿Qué bebes? —preguntó Eva—. Voy a la barra.

—Un J&B con cola.

Cuando Eva se alejó, Ana se inclinó un poco hacia él.

—Vaya nochecita, ¿no?

—Sí. Y la que me queda.

—La tía va a saco contigo, que lo sepas.

—Ya me he dado cuenta. Tendré que dejarle claras un par de cosas antes de que esto acabe en drama.

Ana recogió el bolso.

—Pues yo me voy ya. He quedado.

—¿A estas horas?

—No preguntes.

Daniel sonrió.

—Oye, que sepas que me has encantado. No te lo tomes mal, no te estoy tirando los trastos, pero me gustaría seguir en contacto.

Ana arqueó una ceja.

—Y tú, que sepas que no pienso acostarme contigo.

Daniel se echó a reír.

—Ni yo.

—Bien. Entonces apunta.

Se dieron el teléfono justo cuando volvió Eva con las copas.

—Hombre, qué bien —dijo—. Me voy a por una bebida y cuando vuelvo os estáis dando el teléfono.

—Eva, no eres mi mujer. ¿Se te ha olvidado que lo dejamos al empezar la universidad? —dijo Daniel, ya más cansado que molesto—. No sé por qué te comportas así.

Ana decidió que aquello ya no iba con ella.

—Me voy.

—Me alegro de verte, Ana —dijo Eva con un tonito que no hacía falta traducir.

Cuando Ana se fue, el aire cambió. La música seguía sonando, la pista estaba llena, pero alrededor de Daniel y Eva se formó esa intimidad incómoda que dejan las copas y las cuentas mal cerradas.

—Bueno —dijo ella, cruzando las piernas—, parece que nos hemos quedado solitos.

A partir de ahí la conversación fue resbalando.

Eva preguntó por Rebeca. Por si era guapa. Por cómo se habían conocido. Por si Daniel seguía enamorado. Y él, que había bebido más de la cuenta y venía ya removido de casa, respondió más de lo que debía.

Contó que era argentina, rubia, con gafas de pasta y una belleza fría que imponía más de lo que seducía al principio.

Que se casaron rápido. Que luego nació Lucía.

Que el trabajo lo devoraba todo. Que la convivencia, después de tanto tiempo, ya no era exactamente una historia de amor, sino otra cosa más difícil de nombrar.

—¿Y eres feliz? —preguntó Eva.

La pregunta cayó sobre la mesa con una violencia inesperada.

Daniel bajó la mirada a la copa.

—No lo sé —dijo al final—. Imagino que sí.

—O sea, que no.

Daniel no contestó.

Y entonces, delante de todos los que aún quedaban cerca, Eva lo besó.

Fue rápido y violento, más para llamar la atención que por verdadera emoción.

Daniel apartó la cabeza, pero ella se la sujetó con fuerza y le dio otro beso, demasiado largo como para que pareciera un juego.

Cuando se separó, Antonio y David ya estaban gritando, medio en serio medio en burla, y él sintió una vergüenza espesa, caliente, de esas que suben desde el estómago.