Poseidonia Capítulo 1 — la cena
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Poseidonia

Poseidonia

Por Manu Ruiz

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Capítulo 1 — la cena

la cena

Daniel aparcó el coche frente al restaurante, apagó el motor y se quedó unos minutos observando quién iba entrando.

Aquella era la innombrable cena del instituto, una de esas ideas que parecían inocentes hasta que se las contabas a tu mujer.

Rebeca la había recibido con el mismo entusiasmo con el que se recibe una multa.

Primero, porque le parecía una reunión absurda con gente a la que no veía desde hacía más de veinte años.

Y segundo, porque sabía perfectamente que, en aquella época, Daniel había «triunfado» bastante y la posibilidad de que alguna de esas antiguas amistades volviera a su vida no le hacía ninguna gracia.

Así que allí estaba él, entretenido jugando al quién es quién, intentando reconocer a sus excompañeros antes de entrar.

Con algunos resultaba fácil: los gestos, la forma de caminar, una manera de echarse el pelo hacia atrás.

Con otros, imposible. El tiempo había sido más generoso con unos que con otros, pero en todos había algo raro, como si hubieran conservado a medias la persona que fueron y al mismo tiempo se hubieran convertido en otra completamente distinta.

Pedro fue de los primeros en llegar. Había sido uno de sus mejores amigos entonces y, de alguna manera, seguía siéndolo.

Era el único con el que aún mantenía algo parecido a una relación, aunque la vida se hubiera encargado de espaciarlo todo.

A los demás no los veía desde el instituto, aunque a algunos los siguiera de vez en cuando por redes sociales, más por curiosidad que por verdadero interés.

Gabriel apareció en una moto. Venía de paquete, se bajó, se quitó el casco y se despidió de su pareja con un beso antes de entrar.

Su pareja, en este caso, era un hombre. En el instituto, Gabriel era de los que se llevaba a todas de calle, y verlo ahora tan seguro, tan distinto y tan él al mismo tiempo, tuvo algo de pequeña revelación.

Llegaron dos chicas, aunque no entraron de inmediato.

Daniel pensó que debían de ser Sara y Cristina.

Con la lluvia y la poca luz no lo tenía del todo claro.

Seguían pareciendo el mismo dúo inseparable de entonces, las eternas «Pili y Mili».

Sara se limpiaba el rímel con un pañuelo de papel y Cristina hablaba sin parar, seguramente intentando recomponer algo que ya venía torcido de casa.

Luego apareció Ana.

Daniel sonrió sin querer. Si había alguien imposible de olvidar del colegio era ella.

Siempre había sido la más divertida, la más imprevisible, la que parecía vivir dos segundos por delante del resto.

Y, por lo que veía, seguía igual. Corrió al ver a Sara y Cristina y les dio un abrazo exagerado.

Llevaba un vestido largo y vaporoso y zapatillas de deporte, y justo antes de cruzar la puerta se agachó, sacó unos tacones imposibles y se los puso allí mismo, sin molestarse en comprobar quién la miraba.

El coche empezó a moverse bruscamente y Daniel dio un respingo.

Giró la cabeza y vio a Antonio a un lado y a David al otro, empujando el coche mientras se partían de risa.

Daniel abrió la puerta y salió, riéndose también.

—Seguís igual de animalitos que siempre. ¿Cómo sabíais que estaba aquí?

—Pedro —dijo David, dándole una palmada en la espalda con demasiada confianza—. Pedro nos ha dicho que te sacáramos ya del coche.

—¡Daniel!

La voz femenina sonó a su espalda con una claridad inmediata, como si no hubieran pasado los años. Era Eva, su novia de los dos últimos cursos. Antonio y David empezaron enseguida con el coro habitual.

—Uy, uy, uy… Vámonos, vámonos, dejemos a los tortolitos.

Daniel se acercó y le dio dos besos.

—Eva. No has cambiado nada.

Era una de esas mentiras sociales que a veces se dicen por cortesía, pero en su caso no lo era del todo. Seguía siendo hermosa, aunque en su cara ya se adivinaba el desgaste de una vida mal vivida o quizá mal digerida.

—¿Qué tal? —preguntó ella—. ¿Qué ha sido de tu vida? No sé nada de ti desde el instituto. Como no publicas nada en redes…

—Ya. La verdad es que no me gustan. Me di de alta para cotillear y poco más. No me apetece ir exponiendo mi vida.

—Qué rarito te has vuelto. —Lo miró con una media sonrisa—. Entiendo que estás casado, ¿no?

—Sí. Y tengo una niña preciosa de dos años y medio. Lucía.

—Me alegro. Yo estoy separada y…

—¡Venga, chicos, que corra el aire! —gritó David desde la puerta—. Entrad ya.

La reunión empezó en la barra, como empiezan casi todas estas cosas: con demasiada gente moviéndose de un lado a otro, las mismas preguntas, las mismas respuestas y la fatigosa sensación de que todos están intentando parecer satisfechos con la vida que les ha tocado.

Daniel, para hacerlo más llevadero, se refugió detrás de una cerveza y de quienes al menos le resultaban algo familiares.

Entonces se acercó una mujer que no reconoció al principio. Y cuando lo hizo, la sorpresa fue peor.

Iba cargada de joyas, perlas como canicas, ropa de marca, un peinado antiguo y un maquillaje que la hacía mayor de lo que era. Parecía que la hubieran invitado a una cena del Club de Campo en 1998.

—¡Qué sorpresa! —dijo—. No me digas que seguís juntos. Siempre supe que erais la pareja perfecta, me alegro muchísimo.

Eva la miró de arriba abajo.

—Perdona, ¿te llamabas…?

Se acordaba perfectamente, claro. La había reconocido en cuanto abrió la boca.

—Soy Sol —respondió la otra.

—Pues te equivocas, Soledad. Lo dejamos cuando acabó el instituto porque yo me fui a estudiar fuera.

—Ah… qué metedura de pata —dijo Sol, antes de desaparecer gritando el nombre de otra persona con el entusiasmo forzado de quien lleva toda la noche esperando su momento.

Daniel miró a Eva.

—¿Lo dejamos porque te ibas a estudiar fuera?

Eva se encogió apenas de hombros.

—¿No fue así?

Daniel sonrió con cansancio.

—Bueno, es una forma de verlo. Pero no importa. Ha pasado mucho tiempo.

Llegó el momento de la cena y cada uno se sentó con la gente con la que tenía más afinidad.

Daniel acabó en una mesa con Pedro, Gabriel, Sara, Cristina, Ana, Antonio, David y, por supuesto, Eva, que se sentó a su derecha con una seguridad que no parecía natural. Quedó una silla libre, pero duró poco.

—¡Chicos! ¿Os importa que me siente? Me temo que no hay más sitio —preguntó Sol, mientras se acomodaba sin esperar permiso.

La verdad es que daba un poco de pena.

Al principio no había conexión ninguna. Sara y Cristina cuchicheaban entre ellas, Antonio y David discutían de fútbol, Sol hablaba atropelladamente con Ana, y esta la miraba como si no acabara de creer que aquella mujer hubiera salido de su misma clase. Por suerte llegaron los aperitivos.

—¿Quieres que te pele las gambas? —preguntó Eva a Daniel.

Él soltó una carcajada.

—Tú misma.

Varias cabezas se volvieron hacia ellos.

—¡Qué pasa! —dijo Eva, ya divertida por el efecto—. Daniel no come gambas porque le da pereza pelarlas. Ya le pasaba en el Manolo, el bar de enfrente del instituto, cuando nos ponían aquellas gambas terribles de aperitivo. ¿Verdad?

—Verdad —dijo Daniel, mientras se comía la primera.

—Bueno, mientras no le peles otra cosa… —soltó Antonio.

—Vaya, aún conservas esa gracia innata. Sigues soltero, ¿verdad? —le preguntó Daniel.

—Sí. ¿Cómo lo sabes?

—Nada. Cosas mías.

La mesa estalló en risas.

La cena iba derivando hacia la mezcla habitual de nostalgia, alcohol y conversaciones sin demasiado sentido, hasta que Sol decidió ponerse en pie.

—Chicos, hay que animar esto. Vamos a contar nuestra vida en un minuto para que todos sepamos qué tal nos ha ido, ¿os parece?

Se miraron unos a otros. Eva, sin necesidad de consultar a nadie, se sirvió una copa de vino generosa y dijo:

—Vale.

—Pues si os parece, empiezo yo —anunció Sol, como si hubiera sido elegida por unanimidad.

Y empezó a contar una vida brillante, ordenada y algo triste. Derecho, notaría, calle Alcalá, padres orgullosos, éxito profesional, ningún hombre a la altura. Todo sonó tan pulido que casi resultaba imposible creerlo. Cuando terminó, el silencio fue cortado por Eva.

—¿Y pareja? ¿Niños?

—Uy, no. No he tenido suerte con los novios. Pero quién sabe, las puertas siguen abiertas.

—Aceptamos pulpo como animal de compañía —dijo David—. Siguiente.

—Yo quiero que hable Sara —intervino Daniel—. Parece triste. A ver si la animamos.

—No me apetece —dijo ella—. Que siga otro.

—No, Sara, eso no vale —la cortó Sol—. Para que esto funcione tenemos que participar todos.

—Vale ya, Sol —saltó Cristina—. Déjala en paz. Sigo yo.

Cristina habló de una vida corriente, de un trabajo administrativo, de dejarlo todo al quedarse embarazada, de hijos, de casa y de un marido al que no le tenía mucho aprecio.

—Pues eso. Una vida un poco aburrida. Sufriendo a mi marido y haciendo de chacha cada día.

—Hija, tampoco será para tanto —dijo Pedro—. Ni que te tuviera de esclava.

Cristina levantó una ceja.

—Quizá no sea el sitio ni el lugar. Pero como siga bebiendo, lo mismo luego os cuento más detalles. Sigue tú, Pedro.

Pedro se levantó con el vaso en la mano y la tripa por delante.

—Hola, soy Pedro. Feliz Navidad.

La mesa volvió a reír.

Contó, entre exageraciones y bromas, que no había estudiado mucho porque nunca se había llevado bien con los números, las letras ni los profesores, y que, aunque ahora pareciera un señor cómodo y bien alimentado, había jugado en varios equipos de primera y segunda división durante quince años.

—¿No lo sabíais? —preguntó David—. Si es Pedrito, el del Rayo.

—Flipo —dijo Ana—. Eras bueno, sí, pero ¿profesional? Me alegro muchísimo. Ya decía yo que ese cochazo no lo habías traído de alquiler. ¿Y qué tal de amores?

—Me he casado dos veces. No se me da bien. Estoy soltero. Tengo tres o cuatro hijos.

—¿No sabes ni los hijos que tienes? —le soltó Eva.

—Sí, mujer, era broma. La pregunta importante es cuántos me quedan por tener.

—Estás loco —dijo Daniel—. Córtatela ya y déjate de gilipolleces.

—Solo lo decía por si había alguna candidata por aquí.

—¡Sol, ataca! —gritó Eva.