Poseída por el vecino (Primera vez como esposa compartida) 3 Pyotr #2
36%

3 Pyotr #2

Todo el control que he forjado durante dos años de espera amenaza con venirse abajo. Quiero arrancarle esas bragas, hundirme en ella aquí mismo, contra el marco de la puerta, virgen o no, boda o no. Quiero sentir su coño estrecho contrayéndose a mi alrededor mientras grita mi nombre.

Pero no lo haré. Todavía no. La tendré como es debido, en mi cama, en nuestra noche de bodas, cuando sea legalmente mía en todos los sentidos. Y estoy guardando cada gota para ese momento. Cada ápice de deseo, cada gota de semen, todo para cuando por fin me entierre dentro de ella y la preñe como Dios manda.

Se acabaron las pajas en la ducha. Se acabó tocarme pensando en ella. Voy a estar tan jodidamente desesperado en nuestra noche de bodas que probablemente la llene tres veces antes de poder siquiera pensar con claridad.

Pero, que Dios me perdone, puedo darnos un adelanto a los dos.

La levanto contra el marco de la puerta y sus piernas se enroscan instintivamente alrededor de mi cintura. La camisa se le sube y deja al descubierto sus muslos desnudos, sus bragas. Me froto contra ella una vez y el calor de su coño a través del fino algodón casi acaba conmigo.

—¡Pyotr!

Jadea mi nombre mientras sus manos vuelan a mis hombros.

—¿Lo sientes?

Me froto de nuevo, más despacio esta vez, deliberadamente.

—Esto es lo que me haces. Así de duro me pongo pensando en reclamarte. En arruinarte para cualquier otro. En ponerte un bebé en el vientre.

Puedo sentirla temblar. Sentir la humedad extendiéndose por sus bragas donde nuestros cuerpos se aprietan. Se moja más a cada segundo, y estoy tan jodidamente duro que duele.

—Estás empapada —gruño contra su garganta, acompañando cada palabra con otro vaivén de mis caderas—. Chorreando. Tu cuerpo sabe lo que quiere aunque tu mente no quiera admitirlo.

Ella gime y muerdo la piel tierna de su cuello. Con fuerza suficiente para dejar marca. Con fuerza suficiente para que mañana la vea y recuerde este momento. Recuerde a quién pertenece.

Mis caderas se mueven más rápido ahora, frotando mi polla contra su coño a través de la ropa. La fricción es enloquecedora. Ni de lejos suficiente. Demasiado. Puedo sentir cada pliegue suyo a través de la tela, imaginar lo caliente y apretada que estará cuando me envuelva.

Nos restregamos como animales desesperados. Salvajes. Descontrolados. Dos años de obsesión y negación estallando en este momento.

—Dos días —logro decir, con la voz rota—. Dos días y esto será mío. Este coño. Este cuerpo. Todo.

—¡Por favor! —Jadea ahora, y sus caderas empiezan a moverse con las mías. Buscando fricción. Persiguiendo algo que probablemente ni siquiera entiende.

—¿Por favor qué? —Cambio el ángulo de mis caderas, encuentro su clítoris a través de las capas y froto directamente contra él. Ella se sacude con un grito—. ¿Por favor que te folle ahora? ¿Por favor que te haga correr? ¿Por favor que pare porque te asusta cuánto deseas esto?

Su cabeza se agita contra el marco de la puerta.

Le agarro el trasero con ambas manos, sujetándola mientras embisto contra ella. Fuerte. Desesperado. Como un animal. —Córrete para mí, malyshka. Demuéstrame lo buena chica que eres. Demuéstrame que este coño sabe a quién pertenece.

Está cerca. Lo noto por cómo le tiemblan los muslos, por los jadeos entrecortados que escapan de sus labios, por cómo se frota contra mí sin siquiera darse cuenta.

—Eso es —la animo con voz ronca—. Toma lo que necesitas. Usa mi polla. Incluso a través de la ropa la necesitas, ¿verdad? Me necesitas.

La mancha húmeda en sus bragas crece, empapando mis pantalones donde nuestros cuerpos se aprietan. La prueba de su excitación, de su rendición, casi acaba conmigo. Mi polla palpita, los huevos tensos. Estoy a segundos de correrme y ni siquiera he entrado en ella todavía.

No. Así no. No voy a desperdiciarme en mis jodidos pantalones.

Cada gota es para ella. Para llenarla. Para preñarla.

Guárdalo. Contrólalo. Que la espera valga la pena.

Se desmorona en mis brazos con un grito roto, su coño convulsiona contra mi polla incluso a través de las barreras entre nosotros. Y sentirla correrse —por mí, para mí— destruye el poco control que me quedaba.

Apenas logro contenerme. Cada músculo se tensa, la polla pulsa peligrosamente en mis pantalones mientras lucho por no derramarme. Es insoportable. Un placer-dolor que me arranca un gemido contra su garganta mientras tiemblo por el esfuerzo de no soltarme.

Todavía no. Sin desperdiciar. Cada gota irá dentro de ella, donde debe estar.

En nuestra noche de bodas, inundaré su coño. La preñaré como es debido. Haré que se trague cada jodida gota que he estado guardando.

Requiere todo lo que tengo. Cada gramo de disciplina de veinticinco años en la Bratva. Cuando finalmente me aparto, estoy sudando, temblando, tan al borde que puedo saborearlo.

Pero no cedí. No desperdicié ni una sola gota de lo que le pertenece.

Me mira con ojos aturdidos, el pecho agitado. Marcada, despeinada y completamente deshecha. Y no tiene idea de lo cerca que estuve de quitarle la virginidad aquí mismo, ahora mismo, contra la puerta del cuarto del bebé.

La bajo con cuidado, asegurándome de que las piernas la sostengan. —La próxima vez no habrá ropa entre nosotros. La próxima vez estaré enterrado dentro de ti. Preñándote. Haciéndote mía de verdad.

Me aparto antes de cambiar de opinión. Antes de arrastrarla al suelo y follármela de todos modos, que se jodan las consecuencias.

—Límpiate —le digo, con la voz aún tensa—. Descansa. Esta noche cenaremos juntos, y mañana Anya te llevará a buscar vestido de novia.

—¿Anya?

—La esposa de Dimitri. Te ayudará a encontrar vestido. —Mis ojos recorren su cuerpo, fijándose en la mancha húmeda visible en sus bragas, en las marcas que florecen en su garganta.

Se le enciende el rostro.

Me doy la vuelta para irme antes de hacer algo de lo que me arrepienta. O de lo que no me arrepienta, que es el verdadero problema.

—Ah, ¿y Vera? —Me detengo en el umbral sin mirar atrás—. Puedes intentar limpiarte. Intentar lavar lo que acabamos de hacer. Pero no cambiará nada. Eres mía. Tu cuerpo lo sabe. Y pronto, el resto de ti también lo aceptará.

Llego a mi despacho antes de tener que apoyarme en el escritorio, la polla aún dura como una piedra, palpitante en mis pantalones. La mancha húmeda donde su coño me empapó es un recordatorio de lo que casi pasó.

De lo que pasará en cuarenta y ocho horas.

Podría masturbarme ahora mismo. Aliviar parte de esta presión. Pero no lo haré.

Cada gota. Cada gramo de deseo. Cada gota de semen que tengo —todo irá dentro de ella en nuestra noche de bodas. Voy a estar tan desesperado, tan lleno, que la preñaré tres veces antes del amanecer. La llenaré hasta rebosar, será imposible que no quede embarazada.