Capítulo 28
Cameron está sentada sobre el mármol de su cocina con las piernas colgando mientras se bebe el primer café del día.
Se ha despertado antes que Brynn y ha tenido tiempo de ducharse, preparar la cafetera y hacer tortitas para el desayuno.
Bosteza, después da un sorbo y vuelve a mirar la hora en el reloj de la pared, uno que le regaló su madre cuando compró este apartamento porque, según Katherine Felton, todas las cocinas necesitan uno y la de su hija no iba a ser menos.
A ella jamás le ha gustado: es cuadrado y representa un cuadro abstracto que brilla demasiado para su gusto y que cuyo arte no entiende, y de repente exhala una sonrisa irónica, porque a su madre tampoco la ha entendido nunca.
Vuelve a bostezar y da un trago más largo del café.
Es muy temprano y no ha dormido mucho. El evento en el cine no se alargó demasiado; lo que sí se alargó fueron ella y Brynn en el sofá hasta el primer orgasmo, y después otros dos en la cama antes de quedarse dormidas.
Está acostumbrada al silencio, es algo que le gusta porque los rodajes y los eventos siempre son caóticos y están llenos de ruido, y el tiempo que pasa en su casa es el único que le apaga el ruido en la cabeza, aunque hoy no ha funcionado porque su mente no deja de pensar desde que se ha levantado.
Brynn está en su cama, y ella se siente desconcertada cada vez que piensa en ello y llega a la conclusión de que le gusta que esté ahí, de que tiene ganas de que se levante para ver esa melena con destellos rojizos completamente despeinada, igual que la mañana en el hotel después de que se acostaran por primera vez.
Le gustó entonces, le gustó tenerla a su lado cuando abrió los ojos, también despertarla y observar la dificultad que tenía para hacerlo porque estaba sumida en un sueño profundo y tranquilo, y eso solo podía significar que Brynn también estaba cómoda con ella.
Escucha un ruido que viene de la habitación y Cameron afina el oído mientras bebe otro sorbo de su taza.
Oye otro sonido que no puede identificar porque probablemente Brynn ha tropezado con algo, y después percibe el sonido del agua de la ducha corriendo.
Mientras espera, mira por la ventana que tiene a su izquierda, donde lo único que se ve es un día despejado.
Es la parte que más le gusta de este apartamento, porque por este lado no se ve ningún edificio, no hay nada que corte la visión del cielo azul con edificios enormes como pasa en el lado del salón, y a ella le gusta mirar por aquí cuando está nerviosa porque a veces solo necesita enfocar toda esa extensión azulada para relajarse.
El agua deja de correr y, al cabo de un par de minutos, escucha la puerta de la habitación cuando Brynn la abre y sus pasos por el pasillo, cautelosos porque todavía no conoce la distribución del sitio de memoria —aunque Cameron quiere que lo haga— y al fin llega a la cocina y se detiene junto a la puerta.
Tiene el pelo húmedo, se lo ha secado con tan pocas ganas que le gotea sobre los hombros.
Se ha puesto la camiseta y el pantalón corto que Cameron le ha dejado sobre su lado de la cama y en los pies lleva las mismas botas que anoche en el evento, abiertas con los cordones colgando porque Cameron no ha pensado en dejarle algo más cómodo, y la visión que debería horrorizarla por la combinación espantosa le parece odiosamente sexy.
—Buenos días —dice Cameron.
Brynn no contesta, la sigue mirando fijamente desde la entrada durante unos segundos y después se acerca hasta ella y se coloca entre sus piernas.
Cameron se siente repentinamente inquieta, el pulso se le dispara y nota una pequeña explosión de deseo bajo el vientre cuando Brynn le quita la taza de café de la mano, la deja sobre el mármol a su lado y mira sus piernas desnudas.
La actriz solo se ha puesto unas bragas y la camiseta, como aquel día en el hotel y como la mayoría de veces cuando está sola en su casa.
Esa es su definición de ropa cómoda, y parece que a Brynn le gusta, porque, manteniéndose en silencio, camina hasta el salón, vuelve con una silla que coloca justo debajo de Cameron, le separa más las piernas y se sienta frente a ella en una posición que le parece perfecta para lo que pretende.
La actriz quiere decir algo, pero su cabeza es un desastre de pensamientos confusos y cuando Brynn pasa un dedo entre sus piernas y lo cuela por debajo de la goma de la braga para apartarla hacia un lado, Cameron no es capaz de articular una frase coherente.
La periodista le levanta las piernas, las coloca sobre sus hombros y cuando Cameron siente el primer roce de su lengua, jadea y se agarra al borde del mármol con las dos manos.
Brynn no le da tregua. No se entretiene con su cuerpo como anoche, cuando no dejó ni un centímetro de su piel sin besar; ahora va directamente a lo que quiere: provocarle un placer absoluto, repentino y matutino, y Cameron gime cuando acelera el ritmo.
Le gusta follar por la mañana, es su momento favorito para hacer esto porque deja su cuerpo relajado y su mente despejada.
La periodista le agarra los muslos con fuerza cuando Cameron apoya las manos por detrás de su cuerpo y empieza a mover las caderas hacia delante, buscando la presión de la lengua de Brynn mientras esta se mueve contra ella justo donde la necesita.
Cuando siente que no puede aguantar más, clava los talones en la espalda de Brynn, echa la cabeza hacia atrás y se deja ir.
El orgasmo la atraviesa desde la cabeza hasta los pies; es rápido y explosivo al principio, le llega con tanta fuerza que se queda sin aire unos segundos y resopla por la nariz cuando lo recupera, para después gemir varias veces hasta que suelta un último sonido que suena como un gruñido salvaje y la presión de sus piernas se afloja.
Mirándola desde abajo, Brynn comienza a incorporarse, aparta la silla y pone una mano en la espalda de Cameron cuando ella se echa hacia delante y le da un beso que sabe a ella misma y que alarga hasta que se queda sin aire.
—Buenos días —habla Brynn cuando Cameron se aparta.
—Son buenos, sí —sonríe Cameron, y la comisura izquierda de Brynn tira hacia arriba muy despacio, mostrándose orgullosa de su obra.
—Es el mejor desayuno que he probado en toda mi vida.
Cameron mira hacia un lado, donde tiene las tortitas en dos platos.
—¿Las tiro entonces? —pregunta, arqueando una ceja mientras pasa una mano por el pelo húmedo de Brynn.
—Ni hablar, también tengo ese tipo de hambre —asegura la periodista.
Brynn tira de Cameron para que baje del mármol y espera unos segundos cuando la actriz pone los pies en el suelo y se agarra a ella para comprobar que las piernas han dejado de temblarle y pueden sostenerla.
Después, la periodista coge los dos platos y los lleva hasta la isla de la cocina, donde Cameron ha dejado dos vasos, cubiertos y una jarra de zumo y otra de café.
—Se habrán enfriado, ¿no quieres que te las caliente? —pregunta Cameron.
—No, para mí están bien así. Las tortitas me gustan de todas las maneras posibles —explica mientras la actriz retira un taburete al otro lado y se sienta frente a ella.
—Así que he acertado con el desayuno —murmura mientras se sirve más café, y deja la jarra cuando Brynn le hace un gesto para que no le sirva todavía.
—Sí —confirma asintiendo con la boca llena, cogiendo la jarra de zumo para llenar su vaso—. ¿Me has investigado para saber lo que me gusta? —bromea.
Cameron se ríe sin separar los labios.
—La verdad es que no. Las tortitas son una de las pocas cosas que sé hacer sin que se me quemen o queden crudas.
—¿Eres mala cocinera? —se interesa Brynn.
—Supongo que podría decir que sí, pero en mi defensa añadiré que no tengo mucho tiempo para cocinar, así que me cuesta calcular los tiempos con los platos si los hago una vez cada dos meses.
—Entonces cocinaré yo —suelta Brynn sin pensar, y las dos se quedan quietas con los cubiertos en las manos mientras se miran.
El pulso de Brynn se dispara y el corazón se le sube a la garganta, sintiendo un calor repentino invadirle todo el cuerpo por el bochorno que siente.
—Lo siento, no quería insinuar que tú y yo, ya sabes… —Brynn se abanica con la mano y Cameron la sigue mirando sin decir nada.
Se siente un poco cruel, porque quiere reírse y Brynn le parece preciosa con las mejillas ardiendo y esos ojos que siempre lo miran todo con expectación, completamente nerviosos mientras parpadea sin parar.
—Me refería a que…
—Sé lo que has dicho, Brynn —la ayuda Cameron—. Y no pasa nada .
—¿No?
—No —Cameron la señala con el tenedor—. Acábate eso.
Brynn suspira y se mete otro trozo de tortita en la boca, y agradece que Cameron saque otro tema, preguntándole sobre el nuevo artículo que está escribiendo.
Cuando terminan, Brynn se sirve un café mientras Cameron tira los restos a la basura y mete los platos en el lavavajillas. Una vez lo tiene todo listo, se sirve otra taza de café —la tercera o cuarta esa mañana— y vuelve a sentarse frente a Brynn, que la mira en silencio.
—¿Puedes decirme cuál es el número de teléfono que te di aquella noche?
—¿Qué? —pregunta Brynn, entre confusa y sorprendida—. ¿No sabes tu número?
—Sé mi número, Brynn, pero dímelo, por favor.
Desconcertada, la periodista se levanta y va a la habitación a buscar su teléfono.
Cuando regresa, ya tiene la pantalla desbloqueada y la conversación en la que Brynn le escribió y jamás recibió respuesta.
Lo deja bocarriba sobre la barra, al lado de Cameron, y Brynn se queda de pie junto a ella cuando la actriz coge el móvil, lee el mensaje y después toca en el nombre para ver el número que la periodista tiene guardado como Cameron Felton.
Hace una mueca cuando lo ve. Sus labios se tuercen hacia un lado y se rasca la coronilla antes de girarse hacia Brynn con expresión culpable.
—¿Qué pasa? —pregunta la periodista.
—No es mi número —confiesa Cameron.