Capítulo 10
—Mitchell.
La voz de Lola suena hueca. Brynn la escucha de fondo mientras sostiene el teléfono con una mano y el documento de la demanda con la otra.
Lleva dos minutos leyéndolo y no ha conseguido entender nada de lo que pone porque no puede pensar, pero tampoco le hace falta; le basta con leer una de las líneas del encabezado para tener claro lo que se le viene encima: demanda por difamación.
La periodista levanta la mirada de los papeles y parpadea enfocando a Lola, que al principio está difuminada y después va tomando forma ante sus ojos.
—¿Estás bien? Pareces un poco…
—Ahora vuelvo —dice Brynn, levantándose y dejándola con la palabra en la boca.
Cruza la redacción en línea recta hacia el despacho de Rita, donde llama una vez y entra sin esperar respuesta, algo que no debería hacer, pero que ahora mismo le importa muy poco si su jefa se cabrea.
Rita está al teléfono y levanta un dedo para pedirle que espere, y Brynn se gira y cierra la puerta, quedándose de pie donde está porque siente que las piernas no le responden del todo para caminar hasta la silla.
Cuando Rita cuelga, sus ojos se clavan en Brynn con una expresión tan siniestra que la periodista contiene el aliento.
—Me han demandado —anuncia Brynn—. Cameron Felton me ha puesto una demanda por difamación.
—Es lo mínimo, teniendo en cuenta que también demanda a la revista.
Brynn abre mucho los ojos y al fin logra moverse y se sienta frente a Rita.
—Ahora mismo estaba hablando con el departamento jurídico; nos acabas de meter en un buen lío.
Las cejas de Brynn se elevan con sorpresa.
—¿Yo?
Rita endereza los hombros.
—Por supuesto, tú escribiste el artículo. Si no hubieras insistido en ese titular, ahora no estaríamos de mierda hasta el cuello.
A Brynn le cuesta tanto pensar ahora mismo que todavía no ha alcanzado a comprender que su problema es más grave de lo que cree.
—¿Qué vamos a hacer? —pregunta, sintiéndose completamente perdida.
—La revista va a proteger sus intereses en este proceso —contesta Rita de forma seca.
—Claro, para eso está el departamento jurídico, ¿no?
—Exacto.
Brynn la mira, esperando a que continúe, pero Rita junta las manos sobre la mesa y su gesto hace que el pulso de la periodista se acelere.
—¿Y qué hay de mí?
—Mira, Brynn, ya te lo dije: la revista no puede permitirse otra demanda y yo no me voy a jugar el puesto por esto.
—No te entiendo —casi tartamudea la periodista.
—El departamento jurídico va a construir la defensa de la revista sobre la base de que la responsabilidad editorial del titular recayó en la periodista que lo propuso.
Los ojos de Brynn se abren de golpe y tarda un momento en responder porque necesita entender lo que Rita le está diciendo.
—Yo propuse el titular y tú lo aprobaste…
—Lo siento, Brynn, pero ya sabes cómo va esto. Yo aprobé el titular, uno que no constituía ningún peligro para la revista, no el que tú finalmente enviaste.
—¿Qué?
La incredulidad de Brynn en ese momento se refleja en su rostro, que ha perdido el color y tiene la boca tan abierta que Rita puede verle la garganta.
—Tú lo aprobaste sin pasarlo por jurídico, Rita, siendo tú la editora jefa con autoridad para hacerlo o no hacerlo.
—Brynn…
—Me dijiste que lo publicara; sabías que el artículo iba a vender y lo aprobaste —le reprocha.
Rita no aparta los ojos de ella, y en esas dos esferas extrañas Brynn no ve crueldad, que es casi lo peor, porque si hubiera crueldad ella podría pelearse con eso.
Lo que hay es algo más parecido a la resignación de quien toma una decisión que no le gusta, pero que considera necesaria para salvar su propio pellejo.
—Sé lo que ocurrió en este despacho —dice Rita—, pero lo que puede demostrarse en un proceso legal es otra cosa. El titular lo escribiste tú y la columna lleva tu firma. El argumento de que la decisión editorial fue tuya tiene más sustento documental del que te gustaría.
El silencio que sigue dura el tiempo suficiente para que Brynn entienda por fin lo que le están diciendo, no con esas palabras, sino con todas las que Rita ha elegido no decir.
—Me vas a dejar colgada —dice, más sorprendida por este hecho que por la demanda, que en el fondo sabe que merece.
Rita no responde; simplemente dirige la mirada hacia su pantalla dando por finalizada la conversación, porque le resulta más fácil mirar el ordenador que a esa trabajadora a la que acaba de lanzar a los leones.
Brynn no dice nada más porque sabe que es perder el tiempo, así que se levanta y sale del despacho. Atraviesa la redacción con la mirada fija en la puerta del fondo que da al pasillo de los baños, la empuja y deja que se cierre detrás de ella.
El baño está vacío y se apoya en el lavabo con las dos manos, mirando el grifo porque mirarse al espejo ahora mismo le da demasiada vergüenza.
Está tratando de hacer cálculos que no son complicados, porque no hacen falta muchos números para llegar a la respuesta.
No puede costearse un abogado para una demanda de esta magnitud.
Los honorarios de un proceso de difamación contra una actriz de ese nivel, con el equipo legal que tiene Cameron Felton detrás, son una cifra que Brynn sabe que está muy por encima de lo que tiene ahorrado, que tampoco es que sea mucho.
Se inclina hacia delante con los codos apoyados en el mármol y hunde la cabeza entre las manos.
Si pierde, quedará marcada. No de forma vaga, sino como la periodista que difamó a una actriz con un titular engañoso, que manipuló una declaración pública para generar tráfico y que antepuso los clics a la verdad, a pesar de que no alteró nada del artículo.
Todo lo que ha construido en ocho años —la columna, su blog y la reputación de ser incisiva pero sincera— se convierte en otra cosa si un juez falla en su contra.
Ningún medio serio la contrataría después de eso, y los que no son serios tampoco la querrían porque la asociación con su nombre sería un problema, y Brynn sabe que perderá.
Abre el grifo, se moja las manos con agua fría y se las pasa por la nuca.
Ella propuso ese titular en un arrebato de indignación, eso es verdad y no puede negarlo, pero también es cierto que Rita lo aprobó sabiendo exactamente lo que era, que el departamento jurídico nunca lo revisó porque ella sola tomó la decisión movida por los números, y que Brynn aseguró en aquella conversación que si había un problema con el artículo lo reescribiría, pero no van a darle esa opción.
La revista ha decidido protegerse por encima de cualquier cosa, y para eso van a dejarla caer.
Cuando sale del baño, no es capaz de volver a su mesa, aunque tampoco sabe ya si eso tiene sentido porque es evidente que uno de los primeros pasos del departamento legal será despedirla para apoyar el argumento de que no envió el archivo correcto.
Ve la puerta de incendios en un lateral del pasillo y sale a la escalera porque necesita que le dé un poco de aire.
Se sienta en el primer escalón, mirando hacia el cielo como si entre las nubes fuera a dibujarse una solución para su problema.
Baja la mirada hacia sus pies y junta las puntas, tratando de pensar en algo que no sea en el fin de su carrera, y entonces la puerta se abre, James sale y se sienta a su lado.
—Me acabo de enterar de lo de la demanda. ¿Estás bien?
Su amigo le pone una mano en el hombro, ella lo mira y se abraza las rodillas.
—Rita me va a dejar colgada. Ella y la revista van a protegerse argumentando que la responsabilidad del titular fue mía.
Su compañero levanta las cejas, sorprendido .
—¿Pueden hacer eso?
—Técnicamente, sí. El titular lo escribí yo y la columna lleva mi nombre. Rita ha dicho que aprobó el texto bajo la asunción de que yo había seguido el proceso habitual, que incluye la revisión jurídica que no ocurrió porque ella decidió saltársela.
—Pero tú no decidiste saltártela —rebate James.
—No, pero tampoco puedo demostrarlo, y supongo que en el fondo lo merezco. Tengo que aprender a no escribir cuando estoy cabreada.
James no responde. Se queda pensativo unos segundos tratando de encontrar una solución para su amiga, pero no se le ocurre nada.
—¿Qué necesitas? —pregunta al fin.
Brynn se encoge de hombros y esboza una sonrisa amarga.
—Necesito un abogado que no puedo pagar, trabajar en un medio que no me va a dejar en la estacada y no haber publicado ese titular —dice, y estira las piernas por los siguientes escalones—. En ese orden.
—Quizá lo primero habría sido no publicar el titular; te habría ahorrado lo demás —opina James con una mueca, tratando de poner algo de humor.
—Ya lo sé.
—Lo de la revista no sé qué decirte, pero lo del abogado tiene opciones.
Brynn se gira hacia él, expectante.
—Hay bufetes que trabajan casos de libertad de prensa —explica su amigo.
—Esos bufetes también cobran, James.
—Pero no cobrarán tanto como un abogado en un caso de demanda por difamación —dice esperanzado.
—Aunque fuera así, ¿con qué voy a pagarlo?
—Con el dinero que tienes, con el que puedas conseguir y con cuotas aplazadas si encuentras a alguien que crea en el caso —James hace una pausa—. ¿Tienes algún contacto en el mundo legal?
Brynn piensa durante unos segundos. Hay una abogada a la que conoció hace tres años que trabaja en un bufete especializado en derechos civiles y que cree recordar que también lleva casos de prensa. No sabe si es exactamente lo que necesita, pero podría empezar a asesorarse por ahí.
—Tal vez —responde pensativa .
—Pues llama a esa persona —aconseja James.
Brynn asiente y se mira las puntas de las zapatillas, dándose cuenta de que tiene un cordón desatado.
—Sigo pensando que las opciones que tengo contra el equipo legal de Cameron Felton son mínimas —dice suspirando.
—Probablemente —confirma su amigo, porque conoce a Brynn lo suficiente para saber que la verdad incómoda le resulta más útil que el optimismo vacío—, pero mínimas no es lo mismo que ninguna. ¿Has comido algo?
—No.
—Pues ve a comer y después llama a tu contacto —dice James, levantándose y tendiéndole la mano.
Brynn le coge la mano y se levanta.
—¿Sabes lo peor? —dice mientras él abre la puerta de vuelta al interior.
—¿Qué?
—Que Cameron Felton tiene razón en estar enfadada —Brynn se detiene en el umbral—. El titular fue engañoso y yo lo sabía cuando lo escribí.
James la mira un momento.
—Eso no significa que merezcas perderlo todo, Brynn.
—A lo mejor, pero es justo que ella quiera que eso pase.
Brynn no le hace caso a James. Cuando entran, recoge sus cosas y se despide de él diciendo que va a comer, pero se va directamente a su piso, se sienta a la mesa del comedor y deja el documento con la demanda frente a ella.
Es ahí cuando llama a Sara Vega, la abogada a la que conoció en una noche de copas y con la que tuvo un escarceo que duró varios encuentros hasta que Brynn se enteró de que Sara salía con otra chica, pero ese no es un tema que a la periodista le interese recordar ahora; en este momento solo necesita que Sara haga de abogada.
Hablan durante casi diez minutos y, al final, la mujer le dice que le envíe la demanda completa para que pueda echarle un vistazo, pero que el ángulo de libertad de prensa existe y vale la pena explorarlo.
Brynn no lo tiene tan claro, porque una cosa es la libertad de prensa y otra alterar la realidad, que es lo que hizo ella.