Portada falsa Capítulo 9
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Capítulo 9

—Toma —dice Lexi, dejando una taza de café frente a Cameron.

—Gracias —dice la actriz, que la coge con ambas manos y da un sorbo corto.

Están en la oficina de su agente, Daniel Jefferson, sentadas a la mesa de reuniones junto con Margot, la abogada que ha preparado la demanda en tiempo récord, y ahora están reunidos para decidir los siguientes pasos.

Solo ha pasado una semana desde la publicación del artículo, pero en ese tiempo la reputación de Cameron se está viendo muy afectada y ya ha perdido el contrato con una de las marcas con las que colabora.

—Bien, ¿empezamos? —dice Margot, entregando una copia de la demanda a cada asistente.

Cameron coge la suya y la ojea por encima antes de dejarla sobre la mesa.

—La demanda se basa en el titular que, como sabemos, constituye un encuadre intencionadamente engañoso —empieza Margot, y subraya con un rotulador rojo una línea de su copia de la demanda—.

La declaración original de Cameron está documentada y adjunta en la demanda.

El daño reputacional es cuantificable y la marca que ha rescindido el contrato de colaboración es prueba directa de ese daño. La base es sólida.

—¿Cuánto tiempo para que se resuelva cuando la presentemos? —pregunta Cameron.

—Si todo va según lo previsto, entre ocho y doce meses hasta una resolución .

—¿Y qué pasa si pierde?

—¿Brynn Mitchell? —pregunta Margot.

—Sí.

La abogada pasa unas cuantas páginas hasta llegar a la que quiere.

—Las consecuencias para ella incluirían una indemnización económica, posiblemente una rectificación pública y el daño reputacional propio de haber perdido un proceso por difamación; esto provocaría que pierda toda su credibilidad y, por lo tanto, le sea difícil encontrar trabajo en un medio serio.

Para la revista, las consecuencias serían más significativas porque tienen más que perder, pero ellos pueden llegar a un pacto monetario que Brynn Mitchell probablemente no podrá permitirse.

Cameron asiente despacio. Coge su taza de café y bebe sin decir nada, mirando el documento que tiene frente a ella.

—¿Mitchell ya sabe que la he demandado?

Lexi mira a Cameron con la sensación de que está sentada al lado de un robot. La actriz habla sin mirar a nadie, con sus ojos ambarinos clavados en los papeles que tiene frente a ella y la taza de café entre las manos, como si estuviera absorta, pero sin dejar de plantear todas sus dudas.

—Si no lo sabe ya, lo sabrá a lo largo de la mañana —dice Daniel, que no ha abierto la boca hasta ahora—.

Un mensajero le hará entrega de la demanda tanto a ella a nivel particular como a la revista.

Cuando tengamos confirmación de que la han recibido, podemos hacer un comunicado a los medios —añade, pero mira a Lexi buscando confirmación.

—Sería el siguiente paso lógico —dice la publicista.

—¿Pero? —pregunta Cameron cuando ve que Lexi no parece convencida.

—Es lo que te dije, Cam —dice, cruzando los brazos sobre el pecho—.

Si se hace público, cada titular sobre la demanda va a alimentar el fuego.

Esa maldita frase será el orden del día en todas partes y, aunque haya una demanda de por medio, serán muchas las personas que seguirán especulando.

«Cameron Felton demanda a una periodista por un artículo que la señala como homófoba».

Ese será uno de los muchos titulares que leerá la gente durante los próximos meses, sin garantía de que lean la información completa.

—Eso ya lo están haciendo ahora —rebate la actriz .

—Sí, pero ahora lo leen durante unos días y después se olvidan porque aparece otra historia más interesante. Con una demanda activa, te aseguro que no se olvidan —Lexi descruza los brazos y apoya las manos sobre la mesa.

—No te entiendo.

—Puedes ganar la demanda, pero corremos el riesgo alto de perder la narrativa de la historia, y en esta industria eso importa más que la sentencia.

Cameron aparta la taza de café y resopla exasperada.

—¿Qué sugieres entonces? ¿Que retiremos la demanda y dejemos que Brynn Mitchell siga haciendo lo que quiera?

—No he dicho eso.

—¿Entonces qué? —exige Cameron, mirando uno por uno a todos los presentes.

Daniel se echa hacia atrás en la silla y mira a Margot esperando que ella responda, pero el trabajo de la abogada es proteger a su clienta, y eso ya lo ha hecho redactando la demanda y presentándola; la estrategia es cosa de Lexi.

—Necesitamos algo más —dice Lexi al fin—.

La demanda es el arma legal, y por ahora sigue adelante porque eso nos da un poder que desde luego no tienen Mitchell ni su revista, pero necesitamos desplazar el foco hacia otro sitio para que no nos deje atrapadas en un bucle donde cada artículo sobre el juicio sea otro sobre homofobia.

—¿Y cuál es la estrategia para eso?

—Estoy trabajando en ello.

Cameron la mira fijamente, nerviosa porque no le gusta perder el control de las situaciones que la rodean, y gracias a Brynn Mitchell lo ha perdido por completo.

—Llevas una semana trabajando en ello —espeta furiosa.

—Pues necesito unos días más —Lexi le aguanta la mirada sin pestañear, y Cameron se recuesta en el respaldo de su silla, mira al techo y cierra los ojos un momento.

El tema de la demanda queda zanjado ahí.

Margot se levanta y se despide porque tiene que atender otros asuntos, y Daniel y Lexi empiezan a discutir algunos detalles sobre la agenda de prensa de las próximas semanas: qué entrevistas cancelar y cuáles mantener para no dar la impresión de que Cameron se está escondiendo.

—Yo también me voy —dice Cameron, levantándose de la silla porque no le apetece estar escuchando cómo otras personas deciden por ella cómo debe actuar en relación con un problema que nunca tendría que haberse dado.

Cuando el chófer la deja en su casa, se sienta en el sofá con la demanda entre las manos y empieza a leerla. La mayoría de las cosas son tecnicismos que no entiende; ella solo se centra en la parte donde está lo que dijo y en el nombre de Brynn Mitchell.

Piensa en Brynn. No en la periodista del titular engañoso ni en la columnista del blog ni en la voz del podcast de Pulsos, sino en la mujer de la terraza del Meridian que calculó el coste de los centros florales antes de que ella terminara de explicar la manía que tiene de hacerlo.

La que se rio con ganas cuando Cameron dijo algo que no pretendía que sonara gracioso, y la que la miraba como si estuviera viendo a la mujer y no a la actriz.

Se enfurece consigo misma por permitirse pensar en ella, porque ese recuerdo no tiene ningún lugar útil en su cabeza en este momento y, sin embargo, lleva semanas apareciendo sin permiso desde que la conoció aquella noche.

Ni siquiera todo el conflicto que hay entre ellas logra apagar esa sensación de vértigo que siente en la boca del estómago al recordar el calor que sintió cuando se acercó a ella para susurrarle su número de teléfono personal.

Cameron lanza la demanda a un lado del sofá y apoya la cabeza en el respaldo.

Esto debería producirle satisfacción. Sabe que tiene todas las de ganar, que la demanda hundirá a Mitchell y por fin se la quitará de encima, pero la actriz no siente la alegría que pensaba que iba a experimentar; lo único que siente es ese pellizco en el pecho que le hace apretar los puños con indignación, porque todavía no comprende qué ha pasado para que dos mujeres que parecían haber conectado en aquella terraza vayan a terminar viéndose en los juzgados en lugar de en una cama.