Capítulo 8
El artículo lleva dos días publicado y la barra de tráfico de la revista no ha parado de subir desde el primer momento.
—Es impresionante, récord del trimestre —dice Rita en una reunión—. Buen trabajo, Brynn.
Lola pasa por su mesa media hora más tarde y le da un golpecito en el hombro.
—Te han mencionado en el informativo de las tres. El artículo está en todas partes —anuncia, con las cejas levantadas.
—¿En serio? —pregunta Brynn, que lleva horas mirando las notificaciones y todavía no termina de creérselo.
—Ya te digo —Lola sonríe—. Siguiente nivel, Mitchell, estás que te sales.
Brynn le devuelve la sonrisa y vuelve a la pantalla.
Las menciones siguen llegando, los números siguen subiendo, y durante unas horas eso mantiene su mente distraída para no pensar en otras cosas, pero por la noche, cuando está sola en su apartamento con el portátil sobre las rodillas y los restos de una cena que ha dejado a medias sobre la mesa, la periodista empieza a leer con más calma todo lo que la gente dice sobre el artículo.
Las primeras reacciones que encuentra son las que ya ha visto: personas furiosas que comparten el titular, activistas que usan la frase de Cameron como ejemplo de todo lo que está mal en Hollywood y cuentas con miles de seguidores que la critican basando sus argumentos únicamente en las palabras del titular.
Sin duda, el artículo funciona tal como ella sospechaba al elegir el titular, pero una parte de ella no está cómoda con lo que sucede, porque lo escogió por la rabia de que Cameron la hubiera vetado en la rueda de prensa y, aunque intenta no pensar en ello, sabe que este artículo está haciendo mucho daño a la actriz.
Sigue leyendo y, entre todos los comentarios de críticas, va encontrando otros.
Son menos, pero están ahí: personas que se han molestado en leer el artículo completo y señalan que el titular no refleja lo que Cameron dijo, que la declaración original criticaba a las productoras y no al colectivo, que sacar esa frase de contexto es exactamente el tipo de periodismo que Brynn dice combatir en su columna y que, por lo tanto, es hipócrita.
Algunos lo dicen con educación, pero otros la atacan con la misma crudeza con la que los demás hacen lo mismo con Cameron.
Brynn cierra esas pestañas y abre otras.
El artículo sigue teniendo más tráfico que cualquier cosa que haya publicado en los últimos seis meses.
Sigue convenciéndose de que las palabras son las de Cameron, literales y verificadas por veinte grabaciones distintas.
Ella no ha inventado nada, no ha tergiversado ninguna cita, el artículo completo tiene todo el contexto para quien quiera leerlo y no es su responsabilidad cómo decide leer la gente.
La justificación suena razonable, pero Brynn se siente vacía y tiene un hueco extraño en el centro del pecho que no puede llenar con nada.
Abre una de las muchas redes sociales por las que circula el artículo y busca su nombre.
Entre las menciones encuentra un hilo largo de alguien con una cuenta pequeña que ha transcrito la declaración completa de Cameron párrafo a párrafo, señalando exactamente en qué punto el titular la contradice.
El hilo tiene cuatro mil compartidos y sigue creciendo mientras Brynn lo lee, hasta que se cansa y cierra el portátil.
Se queda un momento con las manos sobre la tapa cerrada y después coge el teléfono y llama a James.
—¿Qué tal? —contesta él, con ese tono suyo de alguien que siempre parece estar en calma consigo mismo y que Brynn envidia.
—Bien —dice ella .
James se queda callado esperando a que ella elabore un poco más su respuesta, pero Brynn no puede explicar cómo se siente, porque ella —que es periodista y está acostumbrada a comunicar con las palabras— no encuentra ninguna que defina su estado.
—He leído las reacciones —dice Brynn al fin.
—¿Y qué opinas?
—Hay un hilo que ha transcrito todo lo que dijo Cameron en la rueda de prensa, palabra a palabra. Tiene miles de compartidos.
—Ya lo he visto —dice el cámara.
—¿Por qué no me has escrito para decírmelo?
—Porque pensé que ya lo habrías visto tú también, que ha sido el caso —responde su compañero.
Brynn se levanta del sofá y camina por el salón dando vueltas como una demente, sin saber cómo detenerse porque está demasiado nerviosa para hacerlo.
—El artículo es correcto —dice en voz baja—. Sus palabras están ahí, y Rita lo aprobó.
—Lo sé.
—El titular resume el tono general de lo que dijo, no es mi culpa que…
—Brynn —la interrumpe James.
—¿Qué?
—¿Cómo estás? —insiste su amigo.
Brynn apoya la frente en la madera de la puerta, buscando que el frío la haga reaccionar.
—No lo sé —dice angustiada—, tal vez no debería haberlo puesto.
—Tú lo has dicho, Rita lo aprobó —le recuerda James.
—Rita solo pensaba en los números que el artículo podía generar.
—¿Y en qué pensabas tú?
La pregunta es como un puñetazo en la boca del estómago que deja a Brynn sin aliento.
¿En qué pensaba ella? En que estaba rabiosa, con el ego dolido porque esa actriz la miró entre todos los periodistas de la sala para dejarle claro que sabía que estaba ahí y la ignoró de nuevo, igual que cuando le dijo que le escribiera y la dejó en visto .
—Quería vengarme —reconoce, y se aprieta el puente de la nariz con los dedos.
—Sabes que te apoyo, Brynn —dice James—, pero llevas mucho tiempo vengándote de esa mujer y ella respondiendo. Quizá deberías parar tú para que también pare ella.
—Sí, tal vez tengas razón —admite por primera vez en meses.
—Descansa —dice James—. Mañana se verá todo con más perspectiva.
—Eso espero —responde Brynn, y cuelga sabiendo que la perspectiva de mañana no va a mejorar el vacío que siente.
Deja el portátil sobre la mesa, recoge los restos de la cena y se va a la cama, tumbándose boca arriba mientras el teléfono permanece boca abajo sobre la mesilla de noche porque no quiere ver más lucecitas azules que llegan de forma constante con cada notificación.
Incapaz de cerrar los ojos, Brynn mira hacia el techo, como si allí estuviera escrita la clave para dejar de sentirse tan incómoda cuando debería estar celebrando que su artículo se ha vuelto viral.