Portada falsa Capítulo 3
7%

Capítulo 3

Ocho meses antes. Hotel Meridian, Nueva York.

—Parece que hemos tenido la misma idea.

Brynn se gira con la copa a medio camino de los labios. Cameron Felton está en la entrada de la terraza, con un vestido negro que no necesita adornos y una copa de champán que sostiene con la mano derecha, proyectando una seguridad que hace que la boca de Brynn se quede tan seca que parece cartón.

—Eso parece —dice la periodista, incapaz de aportar nada más porque tiene el pulso disparado y el cerebro entumecido ante la visión de la actriz.

Cameron cruza la terraza sin prisa, con ese porte suyo que hace girar cabezas sin que ella preste atención, y se apoya en la barandilla en la que Brynn está acomodada, pero a un par de metros de distancia, mientras mira las luces de Manhattan con la misma expresión con la que probablemente lo mira todo: como si el mundo tuviera que ganarse su atención.

Brynn la ha reconocido de inmediato, imposible no hacerlo porque cualquiera que haya estado en un cine o encendido la televisión en los últimos catorce años la conoce, pero nunca se habría imaginado que Cameron Felton —una actriz a la que siempre ha considerado tremendamente atractiva— cruzaría una palabra con ella.

Se queda mirándola un momento, concluyendo que Cameron tiene una mirada que intimida y atrapa al mismo tiempo.

Da un sorbo de la copa que tiene en la mano y vuelve a mirar hacia la calle .

—¿Has contado todas las raciones de caviar que hay en cada mesa? —pregunta Cameron de repente.

Brynn la mira de reojo y después mira al otro lado para asegurarse de que, de verdad, la actriz se dirige a ella.

—¿Perdona? —pregunta desconcertada.

—Lo de ahí dentro —Cameron hace un gesto vago con la copa hacia el interior del salón—.

Cada mesa cuesta lo suficiente para financiar seis meses del programa que supuestamente estamos apoyando esta noche.

Lo calculo siempre, es una manía estúpida que tengo y me pone de mal humor cada vez que acudo a una gala donde la ostentosidad hace que me dé vergüenza decir que colaboro en una causa.

Brynn está fascinada, y se permite el lujo de acercarse un poco a ella.

—Son cuatro meses —dice Brynn.

—¿Qué?

—Cada mesa son cuatro meses del programa, no seis. Las copas de champán son otras seis semanas y los centros florales, otras tantas —Brynn termina la frase y se pregunta brevemente qué está haciendo—. También es una manía que tengo.

Cameron la mira de frente por primera vez y esboza una suave sonrisa.

—¿Y aun así has venido?

—Me han invitado. Eso implica ciertas obligaciones sociales —responde Brynn.

—A mí también me han invitado.

—Sí, pero tú eres el producto que vende las entradas. Yo solo soy público.

Cameron inclina la cabeza ligeramente, y Brynn se obliga a mantenerle la mirada sin pestañear más de lo necesario.

—Cameron, el producto —se presenta la actriz, ofreciéndole la mano con una naturalidad que desarma por completo a la periodista.

—Brynn, y siento lo del producto, no quería decir eso, es que…

El contacto de sus manos es corto, pero cuando las separan, Cameron deja que sus dedos se deslicen contra la palma de Brynn porque la chica de las mechas cobrizas ha llamado su atención en cuanto ha llegado a la gala.

No ha podido apartar los ojos de ella cuando la ha visto, ni de su pelo rojizo o sus labios apetitosos.

Además, parecía un pez fuera del agua, como si fuera la primera vez que se mueve por un sitio así, y eso ha despertado mucho su curiosidad.

—Tranquila —dice Cameron—. Es lo que soy en sitios como este, el objeto que se pasea entre la gente estrechando manos y fingiendo sonrisas para que saquen la cartera. Si lo consigo, me doy por satisfecha.

—Creo que has abierto muchas carteras, así que esta noche ya has cumplido tu cometido.

Brynn se quiere dar un sopapo ella misma, porque cada vez que abre la boca tiene la sensación de que mete más la pata, pero Cameron sonríe y levanta su copa de champán como si quisiera brindar por eso.

Se la lleva a los labios y Brynn humedece los suyos de forma automática porque la ha atravesado una ola de deseo repentina y, durante una fracción de segundo, se ha imaginado la boca de Cameron Felton contra la suya.

—¿Y qué haces aquí, Brynn, además de calcular el coste de los centros florales?

La pregunta saca a la periodista de su estado de estupidez y parpadea un par de veces antes de recomponerse. Cameron piensa que tiene las pestañas más largas que ha visto en su vida y vuelve a sonreír, algo poco habitual en ella.

—Ahora mismo, observar —responde, con la mirada fija en las manos de Cameron.

—¿A quién observas?

—A todo el mundo. Es difícil no hacerlo cuando tienes a trescientas personas intentando parecer espontáneas delante de las cámaras.

Cameron suelta algo que no llega a ser una carcajada, pero se le parece, y Brynn le devuelve una sonrisa que ocupa toda su cara y despierta todavía más el interés de la actriz.

—¿Sabes lo que más me irrita de estas cosas? —pregunta Cameron.

—¿Aparte del desequilibrio entre el gasto y lo recaudado?

—Aparte de eso —la actriz asiente, sorprendida por lo fácil que le está resultando hablar con Brynn—. La forma en que todo el mundo habla de generosidad mientras hace contactos. Como si una cosa pudiera llamarse de la misma manera que la otra .

—¿Y tú no haces contactos?

Cameron se gira hacia ella y Brynn contiene la respiración cuando clava sus ojos dorados sobre los suyos.

—Esta noche no —responde, y la periodista está segura de que le ha mirado los labios.

¿Cameron Felton está coqueteando con ella? Brynn nota el calor que le sube por el cuello y decide atribuirlo al champán, aunque se siente estúpida por intentar engañarse a sí misma, porque todo el calor se lo produce la mujer que tiene delante.

Brynn conoce a algunos famosos, cada vez a más, y la gran mayoría le parecen prepotentes o falsos, eso por no hablar de los que la miran como si fuera una mota de polvo sobre su hombro cuando dice que es periodista, pero Cameron Felton no la mira así.

Tampoco detecta esa prepotencia en ella; no cree que sea la mujer fría e inaccesible que los medios describen.

Tal vez son imaginaciones suyas, pero la actriz le resulta muy cercana.

La conversación fluye entre ellas de una forma que Brynn jamás se hubiera imaginado cuando ha salido al balcón para escapar del ruido.

Cameron habla de galas benéficas con ese cinismo sutil que tiene, y Brynn se da cuenta de que tienen opiniones muy parecidas y, sobre todo, de que Cameron la trata como a una igual.

Mientras siguen hablando, Cameron se acerca a Brynn y la distancia se reduce hasta que la periodista casi puede sentir el calor que emana de su cuerpo en esa noche tan fría.

—Pareces incómoda con el vestido —comenta Cameron de repente.

Brynn se yergue, echa los hombros hacia atrás y aparta la mano del hombro derecho del vestido, de donde estaba tirando hacia el cuello porque la prenda le va grande y se le resbala hacia un lado.

—Lo siento, no quería molestarte —dice Cameron cuando ve que Brynn se pone roja.

—No es eso, es que no es mío —reconoce avergonzada—. Mi sueldo no me daba para comprar algo que esté a la altura de una gala como esta, así que me lo ha prestado una amiga.

—¿Crees que yo no me he puesto ropa prestada nunca? —pregunta Cameron, levantando una ceja—. Cuando comencé, la mayoría de los vestidos que llevaba a las promociones eran prestados o alquilados —explica, y se encoge de hombros.

Brynn suelta una risita de alivio y a Cameron le parece el sonido más sexy que ha escuchado en mucho tiempo.

—El escote está pensado para mi amiga, sin duda —dice Brynn, tirando del hombro hacia arriba sin cortarse.

—No creo que tengas nada que envidiarle a tu amiga —suelta Cameron, y el pulso de Brynn se desboca.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Claro —dice Cameron.

—¿Por qué sigues aquí fuera? Quiero decir, llevamos ya un buen rato y, como hemos dicho antes, tú eres gran parte del motivo por el que toda esa gente está aquí; ¿no deberías entrar?

Cameron suspira y mira hacia el vacío.

—Supongo que sí —responde, pero no parece tener ninguna intención de moverse.

Brynn mira también hacia la nada, pero después se gira hacia ella.

—Pero sigues aquí… —susurra Brynn.

—Es más cómodo estar aquí que ahí.

—¿Por qué?

Cameron se gira hacia ella y el estómago de Brynn hace algo que la pone muy nerviosa.

—Ahí dentro tengo que ser otra persona, la que sonríe cuando no le apetece, la que saluda a gente que no conoce fingiendo estar encantada de verla y la que acepta piropos estúpidos con una mueca de agradecimiento. Necesitaba un descanso.

Es la primera cosa vulnerable que dice en toda la noche —y probablemente en años—, y lo dice con tanta naturalidad que Brynn tarda un segundo en darse cuenta de que lo es. La actriz no parece consciente de haberla dicho, o si lo es, ha decidido no retractarse.

—¿Y quién eres aquí fuera? —pregunta Brynn.

Cameron la mira durante unos segundos, con esos ojos avellana que de cerca tienen un destello dorado que resulta muy difícil ignorar .

—Alguien que lleva contando el coste de los centros florales desde la primera mesa —dice al final.

Brynn sonríe. Cameron también, y es una sonrisa completamente distinta a las que Brynn le ha visto en portadas y en las alfombras rojas; es menos amplia, pero más real, y los hoyuelos que se forman en los extremos de sus labios son mucho más pronunciados de lo que se ve en las fotografías.

En algún momento hablan de la película que Cameron acaba de terminar de rodar, y Brynn dice algo sobre la dirección que la actriz no se esperaba de alguien que no pertenece a su mundo, y descubre con agrado que Brynn Mitchell no solo es guapa, también es curiosa, tiene una conversación agradable y las orejas se le ponen rojas cuando ella la mira demasiado.

—¿A qué te dedicas? —pregunta Cameron.

—Escribo —dice Brynn, sabiendo que su respuesta es demasiado ambigua como para satisfacer la curiosidad de la actriz.

—¿Qué tipo de cosas?