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Se aferró a él con fuerza, hundiendo el rostro en su cuello mientras la intensidad terminaba de desbordarla, recorriéndola por completo en un instante que no pudo frenar. Su cuerpo se tensó contra el suyo y después se soltó poco a poco, quedándose sin aire, con la respiración rota y un leve temblor que aún no terminaba de irse.
Dani no se apartó. Al contrario. Se quedó ahí, sosteniéndola, sintiendo cada reacción, cada resto de ese momento que aún seguía latiendo en ella. Sus manos recorrieron su espalda con calma, pero sin perder la intensidad en la mirada, sin desconectarse ni un segundo.
—Mírame —murmuró, más bajo.
Lía levantó apenas la cabeza, aún cerca, todavía recuperándose, encontrándose con sus ojos de frente y ahí no había prisa, pero tampoco pausa, porque lo que había entre ellos no se había terminado.
Dani se dejó caer despacio hacia atrás, sin apartar la mirada de ella en ningún momento, como si no quisiera perder ni un solo gesto, ni un solo matiz de lo que estaba pasando entre los dos. Lía lo siguió con la mirada, todavía con la respiración irregular, sintiendo cómo algo dentro de ella cambiaba también. Ya no había prisa. Ya no era solo dejarse llevar. Era decidir.
Se incorporó ligeramente, colocándose sobre él con un movimiento lento, consciente, dejando que sus manos recorrieran su pecho mientras buscaba su boca de nuevo, esta vez sin urgencia, saboreando cada segundo. Dani apoyó las manos en su cintura, mirándola, con esa mezcla de intensidad y asombro que no terminaba de desaparecer.
—Ahora no pares tú… —murmuró él, casi sin voz.
Lía sonrió apenas, inclinándose hacia su cuello, repitiendo el mismo camino que él había trazado antes, pero a su manera, más lenta, más segura, deteniéndose donde sabía que la respiración de Dani cambiaba, donde el cuerpo reaccionaba sin poder evitarlo.
Sus manos descendieron despacio, sin brusquedad, explorando con una atención distinta, más consciente, como si ahora quisiera aprenderlo a él, descubrirlo sin prisas, devolviéndole todo lo que había sentido hacía apenas unos minutos.
Dani cerró los ojos un instante, dejándose hacer, aferrándose suavemente a ella, notando cómo cada gesto de Lía lo acercaba a ese mismo límite, cómo el control que había mantenido hasta entonces empezaba a desaparecer.
—Lía… —murmuró, entrecortado.
Pero ella no se detuvo. Se movió con más decisión, más segura, encontrando su ritmo, el suyo, guiándose por sus reacciones, por su respiración, por la forma en la que su nombre cambiaba en su boca. Y en ese momento, por primera vez en toda la noche, no era él quien marcaba el ritmo, era ella y Dani se dejó llevar completamente.
Dani no se quedó completamente tumbado. Se incorporó despacio, apoyándose en los codos primero y luego sentándose un poco más, acercándose a ella, reduciendo la distancia hasta que sus rostros quedaron casi a la misma altura.
Sus manos subieron de nuevo por su cuerpo con una familiaridad que ya no dudaba, deteniéndose en su pecho, acariciándola con una mezcla de firmeza y cuidado que la hizo cerrar los ojos un instante, sin dejar de moverse sobre él.
Lía inclinó ligeramente la cabeza hacia atrás, dejándole espacio, dejándose llevar por la forma en la que sus manos y sus labios empezaban a recorrerla otra vez, más lentos ahora, más atentos. Dani bajó la mirada un segundo antes de acercarse, dejando un rastro de besos que no eran apresurados, como si quisiera prolongar cada reacción, cada gesto, cada pequeño cambio en su respiración.
Ella respondió sin frenar el movimiento, manteniendo el ritmo, sintiendo cómo la cercanía entre los dos se volvía aún más intensa, cómo ya no había espacio para nada más que para ese momento.
Dani levantó la cabeza despacio, buscó sus ojos y se quedó ahí, mirándola, con la respiración más profunda, más contenida.
—Lía… —murmuró, con la voz más baja, más rota—. No voy a aguantar mucho más.
Y en esa forma de decirlo no había prisa, pero tampoco control, solo la certeza de que ya no podían detenerse. Lía no apartó la mirada. Al contrario. Se inclinó un poco más hacia él, acercándose lo justo para que sus frentes casi se rozaran, manteniendo ese ritmo que ahora ya no necesitaba pensar, guiándose solo por lo que sentía, por la forma en la que él reaccionaba a cada movimiento.
Sus manos se apoyaron en sus hombros, firmes, acercándolo más, sintiendo cómo la respiración de Dani se volvía cada vez más irregular, más contenida.
—No pares… —susurró él, casi rozando sus labios.
Dani mantuvo la mirada fija en la suya, sosteniéndola con esa intensidad que no dejaba espacio para nada más. Sus manos volvieron a recorrerla, subiendo por su espalda, deteniéndose en su cintura, marcando el ritmo con más firmeza, acercándola más a él, hasta que ya no hubo distancia posible. Y entonces llegó ese punto, ese en el que todo se desborda, en el que ya no se puede sostener más.
Dani cerró los ojos un segundo, dejando escapar el aire de golpe mientras se aferraba a ella, dejándose llevar por completo, sin intentar frenarlo, sin contenerlo. Lía no se detuvo. Se quedó ahí, con él, acompañándolo, sintiendo cómo todo se intensificaba y luego se soltaba poco a poco, cómo la tensión se transformaba en algo más calmado, más profundo.
Durante unos segundos no se movieron. Solo respiraban. Muy cerca. Todavía conectados. Dani apoyó la frente contra su pecho, pasando una mano por su espalda, ahora más despacio, más suave.
—Lía… —murmuró, casi sin voz.
Y en esa forma de decir su nombre ya no había duda. Solo la certeza de que, esta vez, no había nada que interrumpir. Nada que dejar a medias. Nada que esconder.
Cuando todo se calmó, la noche entraba suave por la ventana. El silencio llenaba el espacio. Lía se quedó allí, con él, sin moverse. Sin pensar en lo que venía después. Porque por primera vez en mucho tiempo no estaban en medio. No estaban dudando. No estaban esperando. Habían elegido. Y esta vez, ninguno de los dos pensaba irse.