EPÍLOGO
La ciudad se extendía a sus pies como un mar de luces en movimiento, viva, inabarcable, ajena a todo lo que estaba ocurriendo allí arriba. Lía llegó la primera, como casi siempre.
Se apoyó en la barandilla con una copa aún sin empezar, dejando que el aire de la noche le rozara la piel mientras observaba el horizonte. Había algo en esa altura que le ordenaba las ideas, que le daba perspectiva, como si desde allí todo fuera un poco más claro. Respiró hondo, despacio, y por primera vez en mucho tiempo no sintió la necesidad de anticiparse a nada.
Tana fue la siguiente en aparecer. Caminaba con esa calma suya, segura, midiendo cada paso como si todo estuviera siempre bajo control. Al llegar a su lado, no dijo nada al principio. Se colocó junto a Lía, apoyándose también en la barandilla, mirando hacia el mismo punto.
—Ya estás aquí —dijo al cabo de unos segundos.
—Siempre —respondió Lía, girando la cabeza lo justo para mirarla.
Tana asintió, con una media sonrisa que no necesitaba más explicación.
—Todo bien.
—Sí —respondió Lía, y esta vez era verdad.
El sonido de unos tacones apresurados las hizo girarse casi al mismo tiempo.
—No me lo puedo creer —dijo Pipa antes siquiera de llegar—. Soy la última otra vez.
—Como siempre —respondió Tana sin esfuerzo.
Pipa se acercó con una sonrisa amplia, deshaciendo la distancia en un abrazo rápido que pasó de una a otra sin detenerse demasiado, como si ese gesto siguiera siendo automático entre ellas.
—Os he echado de menos —añadió, aunque no hacía falta decirlo.
—Mentira —dijo Lía—. Llegas tarde siempre.
—Porque sé que vais a estar.
No hubo respuesta, porque tampoco hacía falta. Se colocaron las tres juntas, mirando hacia la ciudad, compartiendo ese silencio cómodo que solo existe cuando no hay nada que demostrar.
—¿Os dais cuenta? —dijo Lía de repente.
Pipa alzó una ceja.
—Depende de lo que vayas a decir.
—De que todo ha cambiado.
Tana apoyó la copa en la barandilla, observando las luces un segundo más.
—Sí.
Pipa suspiró suavemente.
—Y menos mal.
Lía las miró a las dos. A sus amigas. A las de siempre. A las que habían estado antes de todo lo demás. Antes de ellos, antes de las decisiones, antes de todo lo que había venido después. Y entendió algo que no había sido capaz de poner en palabras hasta ese momento: no habían cambiado, habían crecido.
—Por nosotras —dijo Pipa, levantando la copa.
Tana la imitó. Lía también. Pero antes de chocar las copas, algo cambió, porque ya no estaban solo ellas.
Dani apareció primero, acercándose sin llamar la atención, pero sin apartar la mirada de Lía en ningún momento. Se colocó a su lado con naturalidad, como si ese sitio le perteneciera desde hacía tiempo. Lía giró ligeramente la cabeza y sonrió, sin esfuerzo, sin dudas.
—Hola —dijo él, besando a Lía en la sien mientras la agarraba por la cintura.
—Hola —respondieron Tana y Pipa casi a la vez.
Pipa lo observó un segundo más de lo necesario, evaluándolo sin disimulo.
—Bueno… no eres tan gilipollas como pensaba.
Dani soltó una risa breve.
—Me lo voy a tomar como un halago.
—Deberías.
Nico llegó poco después, y esta vez nadie necesitó fijarse demasiado para darse cuenta de que algo había cambiado. Pipa lo vio antes incluso de que se acercara del todo, y la forma en la que su expresión se suavizó fue suficiente. Cuando estuvo a su altura, no hubo dudas. Se besaron sin esconderse, sin exagerar, pero sin necesidad de justificar nada.
—Vaya, vaya… —murmuró Lía—. La que no se iba a enganchar.
Pipa la miró, negando con la cabeza.
—Cállate.
Pero sonreía.
Tana no miraba la entrada. Miraba el reflejo del cristal. Y cuando Álex apareció detrás de ella, no se giró de inmediato. Lo dejó acercarse, lo dejó colocarse a su lado, dejando que el gesto hablara por sí solo.
—Llegas tarde —dijo ella.
—Sabía que me ibas a esperar.
Tana alzó una ceja.
—No te emociones.
Pero no se apartó cuando él pasó el brazo por su cintura.
Y entonces sí. Los seis estaban allí. En el mismo lugar. En el mismo momento, pero todos habían cambiado.
Lía levantó la copa de nuevo, esta vez mirándolas a ellas y a ellos.
—Por nosotros.
Pipa y Tana la imitaron. Y esta vez Dani, Nico y Álex también. Las copas chocaron. El sonido fue limpio, claro, pero distinto. Más lleno, más real.
Y mientras la ciudad seguía girando abajo, ajena a todo, ellas se quedaron allí arriba, donde todo había empezado, entendiendo por fin que no se trataba de que nada cambiara. Se trataba de que, pese a todo, habían sabido quedarse.