Por siempre nosotras 44
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El aire de la calle era más frío que dentro, más limpio, más real. Carlos caminó unos metros antes de detenerse.

No iba rápido, pero tampoco despacio, como si necesitara esa distancia para recolocar algo que ya no encajaba.

—Carlos.

La voz de Lía llegó detrás. Él se detuvo y se giró. La miró sin enfado, sin reproche, pero sin la suavidad de antes.

—No hacía falta que salieras —dijo.

Lía negó.

—Sí. Sí hacía falta.

Se hizo un silencio de esos que no incomodan, pero pesan. Carlos asintió muy leve, metiéndose las manos en los bolsillos.

—Vale.

Miró un segundo hacia la calle, hacia nada en concreto, y volvió a ella.

—No te voy a pedir explicaciones raras, pero necesito entender en qué punto estás

Directo. Sin rodeos. Lía respiró hondo. No había espacio para medias verdades. No ahí.

—Estoy… en un sitio que no esperaba.

Carlos esbozó una sonrisa mínima.

—Eso ya lo he visto.

—¿Tiene que ver con él?

—Sí.

Carlos bajó la mirada un segundo, como si encajara una pieza que llevaba tiempo moviéndose.

—Vale. ¿Desde cuándo?

Lía sostuvo su mirada.

—Desde antes de conocerte. Pero no así. No tan claro.

Carlos respiró despacio.

—Ya. Eso también se nota.

Lía dio un paso hacia él.

—Carlos, yo contigo he estado bien. De verdad. No ha sido mentira. No ha sido por no estar sola.

—Lo sé —respondió él—. Y yo contigo también.

El silencio volvió a colocarse entre ellos, más denso esta vez.

—Pero no estás aquí del todo —añadió Carlos.

Ahí estaba todo. Lía negó muy leve.

—Lo he intentado.

—Ya, pero no puedes.

No era una acusación, era una constatación.

Lía tragó saliva.

—A ti te quiero.

La frase se quedó suspendida, cargada de todo lo que significaba y de todo lo que no.

—Pero lo que siento por él…

No terminó. No hacía falta.

Carlos asintió.

—No es nuevo.

—No.

—Solo ha vuelto.

—Sí.

El silencio fue largo, tranquilo, doloroso, pero limpio.

Carlos soltó el aire despacio.

—No voy a competir con eso. No quiero. Ni puedo.

Lía sintió un nudo en el pecho.

—No se trata de ganar o perder.

Carlos negó muy leve.

—Para mí sí. Porque yo sí te estaba eligiendo sin dudas.

Pausa.

—Y tú no.

Lía bajó la mirada. No tenía forma de discutir eso.

—No te culpo —añadió él, más suave—. Pero tampoco me voy a quedar esperando a ver si algún día sí.

Se acercó. La abrazó despacio, sin urgencia, sin aferrarse, como quien cierra algo que ha sido importante.

—Cuídate —murmuró.

Cuando se separaron, la miró una última vez.

—Espero que te salga bien.

No sonaba irónico, sonaba sincero y eso dolía más. Carlos se giró y se fue y Lía se quedó unos segundos sin moverse, con todo en el pecho, sin poder colocarlo todavía. Había tristeza, culpa, una especie de alivio que no terminaba de aceptar… pero, sobre todo, había claridad.

Volvió al local. La música seguía, las luces, la gente, las risas. Todo exactamente igual. Como si nada hubiera pasado, pero para ella todo era distinto.

Buscó a Dani. Directa. Sin entretenerse. La pista, la barra, la zona de los sofás, la terraza. No estaba. El pulso empezó a acelerarse.

—¿Dónde está Dani? —preguntó al llegar hasta Pipa.

Pipa la miró un segundo y entendió.

—Se ha ido. Hace un rato.

Así. Sin más. Lía no dijo nada. No preguntó. No tenía sentido. Salió del local sin despedirse, atravesando la puerta con esa sensación de urgencia que no había sentido nunca antes. Levantó la mano y un taxi se detuvo.

—¿Dónde?

Dio la dirección sin dudar. Durante el trayecto, apoyó la cabeza contra la ventanilla. La ciudad pasaba en luces borrosas, pero no veía nada. Solo pensaba en él, en todo lo que no había pasado, en todo lo que sí, en lo que acababa de hacer, en lo que acababa de elegir.

Cuando llegó, pagó, bajó y caminó hasta el portal sin detenerse. Subió, llamó al timbre y esperó. La puerta se abrió y Dani apareció al otro lado, quieto, como si no terminara de procesarlo.

—Lía…

Ella lo miró directo, sin rodeos, sin protegerse.

—Te elijo a ti.

El silencio que siguió no necesitó palabras. Dani dio un paso hacia ella, más despacio de lo habitual.

—¿Estás segura?

Lía asintió.

—No puedo seguir haciendo como que no pasa. No contigo.

Y esta vez no hubo pausa, Dani la besó. Sin contenerse. Sin frenar en el último segundo. Y Lía respondió igual, sin medir, sin pensar, como si ese gesto hubiera estado esperando demasiado tiempo.

Se buscaron con una urgencia que no venía solo de esa noche, sino de todo lo que se había quedado a medias. Las manos, la respiración, la forma en la que se acercaban sin dudas, sin espacio para volver atrás.

El resto ocurrió sin necesidad de pensarlo. Sin palabras, solo movimiento, cercanía, la sensación de encajar en algo que no era nuevo, sino inevitable.

Se quedaron frente a frente sobre la cama, de rodillas, sin tocarse durante un segundo que se alargó más de lo normal. La respiración de los dos era distinta, más profunda, más consciente, como si el cuerpo supiera antes que la cabeza lo que iba a pasar. Lía levantó las manos primero, despacio, sin apartar la mirada, recorriendo el pecho de Dani antes de deslizar la camiseta hacia arriba. Él la dejó hacer, observándola, con esa mezcla de incredulidad y deseo que no terminaba de desaparecer del todo. Cuando la tela desapareció, no apartó los ojos de ella, como si aún necesitara asegurarse de que seguía ahí.

Dani respondió acercándose un poco más, lo justo para acortar la distancia sin romper el momento. Sus manos encontraron la espalda de Lía, recorriéndola con calma, deteniéndose en la curva de su cintura antes de buscar la cremallera de su vestido. No tuvo prisa. Bajó despacio, sintiendo cómo ella cerraba los ojos apenas un instante, cómo su respiración se desordenaba ligeramente. Cuando el tejido cedió, no la desvistió de golpe. Se quedó un segundo más, con las manos apoyadas en su espalda, como si necesitara grabar ese momento antes de avanzar.

El vestido cayó poco a poco por sus hombros, y Lía lo dejó deslizarse sin apartar la mirada, sintiendo el vértigo mezclado con una calma extraña, nueva. Sus manos volvieron a encontrarse, ayudándose sin decir nada, sin guiarse, moviéndose con una naturalidad que no parecía aprendida, sino recordada. Cada gesto era más seguro que el anterior, cada roce más consciente, como si el cuerpo hubiera estado esperando ese instante desde hacía demasiado tiempo.

Cuando ya no quedó nada entre ellos, no se lanzaron de inmediato. Permanecieron así, de rodillas, muy cerca, mirándose, como si ese fuera el verdadero punto de no retorno. Dani fue quien se inclinó primero, besándola despacio, con una calma que contrastaba con la intensidad que había estado contenida hasta ese momento. Lía respondió acercándose más, apoyando las manos en sus hombros, cerrando por completo la distancia.

Dani deslizó los labios desde su boca hasta su cuello con una lentitud casi deliberada, como si quisiera saborear cada reacción antes de avanzar. Lía inclinó ligeramente la cabeza, dejándole espacio, cerrando los ojos apenas un instante cuando sintió el roce de su aliento sobre la piel. Él bajó despacio, sin prisa, marcando el camino con besos suaves que se volvían más firmes a medida que descendía, mientras sus manos encontraban su pecho y lo recorrían con calma, acariciando con una mezcla de cuidado y seguridad que la hizo estremecerse. No había urgencia en ese gesto, solo una atención constante, como si cada movimiento estuviera pensado para quedarse un poco más de lo necesario.

Luego dejó que su mano descendiera despacio, sin brusquedad, guiándose más por la reacción de Lía que por la prisa. Cuando la encontró, no se detuvo de golpe, sino que la acarició con una suavidad firme, como si quisiera explorar sin romper el momento. Lía contuvo el aire un instante, notando cómo ese gesto le recorría el cuerpo de forma inmediata, provocándole ese cosquilleo profundo en el estómago que se extendía poco a poco, haciéndola arquearse apenas hacia él, buscándolo sin darse cuenta.

Lía dejó escapar el aire de golpe, incapaz de contener la reacción que le provocaban sus manos, aferrándose ligeramente a él, acercándolo más. Abrió los ojos apenas un instante para mirarlo, con la respiración desordenada, y susurró, casi sin voz:

—Me estás volviendo loca…

Pausa, apenas un segundo, lo justo para acercarse más a su boca.

—No pares… por favor.

Lía notó cómo la intensidad crecía dentro de ella, cómo cada movimiento la acercaba a un límite que ya no podía sostener sin hacer nada. Se tensó ligeramente contra él, respirando más rápido, aferrándose a sus hombros mientras negaba muy leve, como si necesitara más, como si no fuera suficiente solo recibir. Bajó una de sus manos con urgencia contenida, buscándolo a él también, necesitando sentirlo, corresponderle, no quedarse al margen de lo que estaba pasando entre los dos.

—Dani… —murmuró, entrecortado, pegándose más a él—. Ven aquí…

Y en ese gesto ya no había duda ni control, solo la necesidad de encontrarse en el mismo punto, al mismo tiempo. Dani reaccionó al instante, acercándose más, dejando que ese gesto los colocara en el mismo ritmo, en el mismo punto. Sus frentes casi se rozaron un segundo, respirando el mismo aire, antes de que él volviera a besarla, más lento ahora, más profundo, como si quisiera sostener ese instante en lugar de precipitarlo.

Sus manos se movieron con más intención, acompañándola, sintiendo cómo Lía se tensaba contra él, cómo cada reacción la acercaba más a ese límite que ya no podía disimular. Ella se aferró a él con más fuerza, dejándose llevar, sin intentar controlar nada, dejando que todo lo que había contenido durante tanto tiempo saliera de golpe.

—No… —susurró, casi sin voz, buscando su boca de nuevo—. No pares…