Por siempre nosotras 43
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Era el cumpleaños de Pipa. Y, siendo de Pipa, no podía ser en cualquier sitio.

El local ocupaba la última planta de un edificio en el centro de Madrid, con vistas abiertas a la ciudad iluminada y una terraza que parecía sacada de una revista:

sofás bajos en tonos crema, mesas de mármol, plantas altas perfectamente colocadas, luces cálidas colgando en guirnaldas discretas que no iluminaban demasiado, pero lo suficiente como para que todo tuviera ese aire cuidado, casi irreal.

Dentro, la música era actual, elegante, de esa que permite hablar sin tener que gritar, pero que te envuelve lo justo para que el cuerpo no se esté quieto del todo. Sonaba algo con base suave, ritmo constante, voces femeninas que parecían deslizarse entre la gente.

Todo el mundo iba bien vestido. No excesivo, pero sí medido. Vestidos que caían sin esfuerzo, camisas abiertas lo justo, trajes sin corbata, tacones que no parecían incómodos, relojes, perfumes caros que se mezclaban en el aire.

Pipa estaba en su sitio. Centro de todo. Riendo. Brillando. Con un vestido negro corto que dejaba los hombros al descubierto y el pelo recogido de forma imperfecta, como si no lo hubiera pensado demasiado… aunque claramente sí.

Nico estaba cerca. Demasiado cerca. No la tocaba constantemente, pero la miraba como si lo hiciera.

Lía llegó con Carlos. Y lo primero que notó no fue el sitio, fue la sensación, esa ligera presión en el pecho que no tenía que ver con el ambiente, sino con todo lo que venía de antes.

Carlos apoyó la mano en su espalda al entrar. Un gesto firme, tranquilo, seguro.

—Estás guapísima —le dijo, inclinándose lo justo para que solo lo oyera ella.

Lía sonrió.

—Tú también.

Y era cierto. Carlos encajaba en ese sitio sin esfuerzo, como si todo estuviera diseñado para gente como él.

—¡POR FIN!

Pipa apareció casi de la nada, abrazando a Lía con esa intensidad suya que no pedía permiso.

—Pensaba que no veníais.

—No me lo habría perdido —respondió Lía.

Se separaron. Pipa la miró de arriba abajo.

—Estás espectacular.

Luego a Carlos.

—Y tú… bien, sin más.

Carlos soltó una risa.

—Gracias.

—Es mi cumpleaños, puedo decir lo que quiera.

Tana estaba en la barra con Álex. Apoyada ligeramente hacia él, con una copa en la mano y esa expresión suya de control que, ahora mismo, no terminaba de sostener del todo.

Álex hablaba, ella lo miraba y no hacía falta más. Había algo entre ellos, algo que no estaba del todo definido, pero que se notaba en cada gesto, en cada pausa, en cada silencio cómodo. Y entonces, Lía lo sintió antes de verlo. Esa sensación, esa atención, esa forma de ocupar el espacio sin moverse.

Giró la cabeza y ahí estaba Dani, al otro lado. Sin prisa, sin disimular, mirándola como si el resto no importara demasiado, como si el momento en el que ella había entrado hubiera sido suficiente para que todo lo demás dejara de tener interés.

Lía sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario y ahí ya no había vuelta atrás.

—Voy a por algo —dijo, apartándose ligeramente.

—Voy contigo —respondió Carlos.

—No te preocupes, yo te traigo. Quédate hablando con Álex.

Carlos dudó un segundo, pero asintió.

—Vale.

La barra estaba iluminada con una luz más fría, contrastando con el resto del local. Cristal, botellas perfectamente alineadas, el camarero moviéndose con precisión Lía apoyó las manos en la superficie. Pidió algo, lo que fuera, no estaba pensando en eso. Y entonces…

—Estás espectacular, Lía

Dani se colocó a su lado, sin tocarla, pero lo suficientemente cerca como para que la distancia fuera irrelevante.

—Gracias. Tú tampoco estás mal.

Lía cogió la copa cuando se la sirvieron. La sostuvo sin beber.

—¿Estás bien? —preguntó él.

Y no era una pregunta cualquiera. No era superficial.

Lía lo miró entonces.

—Sí. ¿Tú?

Dani asintió.

—Mejor ahora. He pensado en lo que me dijiste —añadió él, más bajo.

Lía sostuvo la mirada. No preguntó. Sabía a qué se refería.

—No voy a meterme donde no me toca —continuó Dani—. No hoy, pero tampoco voy a fingir que no estás aquí.

La música subió ligeramente, el ambiente también, pero entre ellos todo iba más lento.

—Estoy con Carlos —dijo Lía.

No como recordatorio. Como límite.

Dani asintió.

—Ya lo sé, no me lo recuerdes.

Silencio.

—Y no te voy a pedir nada ahora. Solo que luego… me busques.

Lía no respondió.

—Tengo algo para ti —añadió.

No sonó a juego. No sonó a presión. Sonó a promesa.

—Lía.

La voz de Carlos. Demasiado cerca. Lía se giró y Carlos estaba a su lado. Su mirada pasó de ella a Dani en un segundo, demasiado rápido para no notar nada.

—¿Todo bien? —preguntó.

Lía asintió.

—Sí.

Carlos miró a Dani. Educado. Medido.

—Hola.

—Hola —respondió Dani.

El silencio duró lo justo para ser incómodo.

—Voy con ellos —dijo Lía, señalando hacia el grupo.

Sin mirar a ninguno de los dos directamente. Carlos asintió y Dani dio un paso atrás. Ese pequeño gesto, ese espacio fue más evidente que cualquier palabra. Cuando Lía se alejó, notó las dos miradas. No tuvo que girarse, sabía que seguían ahí, que ninguno de los dos estaba dispuesto a apartarse del todo.

En la pista, la música había cambiado. Más ritmo. Más gente. Tana bailaba con Álex, más cerca de lo habitual, dejando caer la cabeza hacia atrás en algún momento, riéndose, sin pensar demasiado en quién podía estar mirando.

Pipa estaba rodeada. Brillaba, pero, aun así, cada cierto tiempo, buscaba, observaba y cuando encontró a Lía, sonrió, como si entendiera algo que el resto aún no veía del todo.

Lía se movió entre ellos. Habló, rio, respondió, pero no estaba del todo ahí, porque sabía que, en algún momento de la noche iba a tener que decidir si buscaba a Dani o no. Y esa decisión ya no era pequeña.

La música había subido, ya no era fondo, era impulso. El cuerpo de la gente se movía sin pensar demasiado, las luces recorrían la pista en destellos suaves, las copas se alzaban, las risas se mezclaban con el ritmo.

Estaban todos bailando. Pipa en el centro, celebrando como si la noche le perteneciera. Nico a su lado, atento, sin perderla. Tana y Álex más apartados, demasiado cerca, demasiado cómodos para alguien que decía no perder el control. Y Lía… Lía bailaba con Carlos, pero no estaba con él. No del todo. Porque cada vez que levantaba la mirada, lo encontraba. Dani. Al otro lado, entre la gente, sin acercarse, sin invadir, pero sin apartar los ojos de ella. Ni una vez.

Carlos lo notó. Primero en pequeños detalles. En cómo Lía tardaba en volver. En cómo su cuerpo seguía el ritmo, pero su atención no. En cómo su mirada se iba y volvía y volvía a irse. Siguió esa dirección y lo vio. Dani no apartó la mirada ni siquiera entonces.

—Lía.

—¿Qué?

Carlos la miró.

—¿Qué está pasando?

—Nada.

Demasiado rápido.

—No me jodas. No soy imbécil.

Silencio.

La música seguía. Pero entre ellos todo se había tensado.

—No pasa nada —insistió ella.

Carlos negó.

—¿Entonces por qué cojones no dejas de mirarlo?

Lía no respondió, porque no podía. Porque cualquier cosa que dijera iba a ser peor.

—Llevas toda la noche igual.

Pausa.

—Y no es casualidad.

—No pasa nada —dijo ella.

—¿Nada?

Carlos soltó una risa breve. Sin humor.

—¿Eso es lo mejor que tienes? Porque yo sí estoy viendo algo.

Lía bajó la mirada un segundo y ese gesto, ese mínimo gesto, fue suficiente.

—Igual el problema no es lo que ves.

La voz de Dani. Cerca. Demasiado. Lía cerró los ojos un segundo.

—Dani, no…

Pero ya estaba dentro. Carlos se giró hacia él.

—Ni se te ocurra.

Dani no se detuvo.

—No le hables así.

Cambio de tono.

—¿Perdona?

—Que no le hables así —repitió Dani—. Como si te debiera algo.

Carlos dio un paso hacia él.

—¿Y tú quién eres para decirme cómo le hablo?

—Alguien que no la está presionando para que niegue lo evidente.

Silencio. Duro.

—Lo evidente —repitió Carlos—. Venga, dímelo tú.

—Que está mirando a otro.

—¿A ti?

—Sí.

Directo. Sin titubeo. Lía sintió cómo el aire se tensaba del todo.

—Basta.

Pero ninguno paró.

—Llegas tarde —dijo Carlos—. Muy tarde.

—Puede.

Pausa.

—Pero esta vez no me voy a ir.

—No tienes nada que hacer aquí.

—Eso no lo decides tú.

—Lo decide ella —cortó Carlos, señalando a Lía—. Y está conmigo.

Silencio.

Dani miró a Lía. No a Carlos.

—¿Seguro?

Eso fue lo que terminó de romper todo. Carlos giró la cabeza hacia Lía, esperando una respuesta, un gesto, algo.

Lía no habló y ese silencio fue la respuesta.

Carlos asintió. Muy despacio.

—Perfecto.

No gritó ni montó una escena, pero fue peor. Porque lo entendió todo.

—No voy a discutir esto aquí —añadió.

Miró a Dani.

—Y mucho menos contigo.

Luego a Lía.

—Pero esto no es “nada”.

Pausa.

—Y tú lo sabes.

Se apartó. Se giró. Y se fue.

—Carlos —dijo Lía.

Y fue detrás.