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Lía llegó puntual, como siempre, con el pelo aún ligeramente húmedo y unas gafas de sol que terminó dejando sobre la mesa nada más sentarse, como si ese gesto marcara el inicio de algo que llevaba demasiado rato dándole vueltas en la cabeza. Tana ya estaba allí, removiendo el café con una calma que no terminaba de ser del todo natural, como si intuyera que lo que venía no iba a ser una conversación cualquiera, y Pipa, fiel a su estilo, apareció unos minutos después, pidiendo un café casi sin mirar la carta, saludándolas con esa mezcla de energía y despreocupación que siempre llevaba encima.
—Vale —dijo Pipa, dejando el bolso en la silla—. ¿Qué cara es esta?
Lía no respondió inmediatamente. Apoyó los codos sobre la mesa, entrelazó los dedos y las miró a las dos, una a una, como si necesitara asegurarse de que estaban ahí, de que podía soltarlo sin tener que medir demasiado.
—Han pasado cosas.
Tana alzó ligeramente las cejas.
—Eso suena a que han pasado muchas cosas.
—Demasiadas —añadió Lía, soltando una pequeña exhalación que no era exactamente nervios, pero se parecía bastante.
Pipa se inclinó hacia delante, interesada al instante.
—Empieza por donde quieras, pero empieza ya.
Y Lía lo hizo. No de forma ordenada, no cronológica, sino como le salía, volviendo a esa noche, al restaurante, al baño, a la forma en la que Dani la había seguido, a lo que le dijo, a cómo se acercó, a cómo la miraba, a lo que sintió en ese momento y, sobre todo, a la decisión de marcharse, a cómo eligió no quedarse aun sabiendo lo que eso implicaba.
No se dejó nada. Les habló del beso en el parque de atracciones, de cómo había vuelto a descolocarla, de esa mezcla de ganas y miedo que no había sabido gestionar, de lo que pasó después, de Carlos, de su casa, de esa necesidad de reafirmar algo que ni siquiera tenía del todo claro.
Pipa dejó de beber café y Tana dejó de remover el suyo. Y cuando Lía llegó a los mensajes de la noche anterior, al momento en el que Dani le escribió, a lo que le dijo, a cómo respondió ella, a cómo la conversación fue cambiando de tono, haciéndose más directa, más intensa, más… distinta, ambas estaban completamente en silencio.
—¿Y luego? —preguntó Tana, más despacio.
—Nada —respondió Lía—. Nos dimos las buenas noches.
Pipa entrecerró los ojos.
—No te creo.
Lía dejó escapar una pequeña risa.
—Te lo juro.
—¿Y ya está? ¿Después de todo eso?
—Sí.
Pipa se recostó en la silla, apoyando la espalda, mirándola como si estuviera procesando toda la información a la vez.
—Vale —dijo al fin—. Estoy flipando.
—Yo también —añadió Tana, sin apartar la mirada de Lía—. Pero… —hizo una pausa— …esto es distinto.
—Lo es —admitió Lía, más bajo.
Y ese reconocimiento se quedó un segundo en el aire. Pipa dejó la taza sobre el plato con suavidad.
—Pues yo lo tengo claro.
Las dos la miraron.
—Dale una oportunidad.
Silencio. Tana frunció ligeramente el ceño.
—¿Perdona?
Lía también la miró, sorprendida.
—¿Tú estás diciendo eso?
Pipa se encogió de hombros, pero no había ironía en el gesto.
—Sí.
—Pero si no podías ni verlo —insistió Tana—. Si decías que no lo soportabas.
—Y lo sigo pensando en muchas cosas —respondió Pipa, directa—. Pero eso no quita que el chico ahora mismo se lo esté currando.
Lía no dijo nada, pero no apartó la mirada.
—O sea —continuó Pipa—, ha pasado de no hacer nada a decirte que te quiere, a plantarse, a no desaparecer, a no pedirte que dejes a Carlos porque sí, a decirte que te lo va a demostrar… —negó suavemente con la cabeza—. Eso no lo hace alguien que está jugando.
Tana la observaba con atención.
—¿Desde cuándo eres tan razonable?
Pipa soltó una pequeña risa.
—Desde que veo a alguien hacer las cosas bien.
—¿Y ese cambio? —preguntó Lía, inclinándose un poco hacia ella—. Porque esto no es muy tú.
Pipa sostuvo la mirada de Lía un segundo más, sin ese punto irónico de siempre, como si esta vez no estuviera vacilando, sino hablando en serio.
—Porque hablé con él.
Tana y Lía intercambiaron una mirada rápida.
—¿Cuándo? —preguntó Tana.
—En la oficina —respondió Pipa—. Bueno… primero discutimos.
Tana soltó una pequeña risa.
—Eso sí me cuadra.
—Bastante —continuó Pipa—. Le dije todo lo que pensaba. Sin filtro. Que la había cagado contigo, que no tenía ni idea de lo que tenía delante, que era un desastre gestionando lo que sentía…
Lía bajó la mirada un segundo, sin decir nada.
—¿Y él?
—Se lo comió todo —respondió Pipa—. No se defendió. No intentó justificarlo. Simplemente… lo reconoció.
Eso hizo que Lía volviera a mirarla.
—¿En serio?
—En serio —asintió Pipa—. Y después, cuando salimos de trabajar, acabamos yendo a tomar algo los dos.
Tana levantó las cejas.
—¿Vosotros dos solos?
—Sí.
—Eso sí que no me lo esperaba —añadió Tana.
Pipa sonrió ligeramente.
—Yo tampoco.
Hizo una pequeña pausa antes de seguir.
—Y ahí ya no estaba a la defensiva. Habló de ti sin rodeos.
Silencio.
—¿Qué dijo? —preguntó Lía, más bajo.
Pipa no dudó.
—Que sabía que te había perdido por no hacer las cosas bien. Que no supo gestionarlo. Que le dio miedo, pero que nunca dejó de sentir lo mismo.
—No me dijo nada de eso… —murmuró.
—Ya —respondió Pipa—. Pero se le notaba que iba a explotar en algún momento.
Tana observó a Lía con atención.
—Y al final explotó.
—Sí —dijo Pipa—. Y contigo.
Hubo un pequeño silencio.
—Y aún no os conté lo de Nico…—rio Pipa.
—¿Nico? —preguntó de pronto Tana, mirando a Pipa.
—Apareció allí y se puso celoso —añadió Pipa, con una media sonrisa.
Lía levantó la mirada.
—¿Nico?
—Nico —confirmó Pipa—. Nos vio juntos y no le hizo ninguna gracia.
—Eso sí que no me lo esperaba —dijo Lía.
—Ni yo —admitió Pipa—. Pero… —se encogió ligeramente de hombros— …tampoco me molestó.
Tana la miró con una sonrisa ladeada.
—Eso ya lo sabíamos.
Pipa ignoró el comentario.
—El caso es que, después de eso, Dani y yo nos quedamos bien. Muy bien, de hecho.
Volvió a mirar a Lía.
—Y por eso te digo lo que te digo, porque yo he visto ese cambio de cerca.
Lía no respondió inmediatamente.
—Y no te estoy diciendo que dejes a Carlos —añadió Pipa—. Ni mucho menos. Eso es una decisión que debes tomar tú. Pero sí te digo que no cierres esa puerta.