Por siempre nosotras 41
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La puerta se cerró y el silencio que quedó no era cómodo. Lía se apoyó un segundo contra ella, con los ojos cerrados, dejando que el peso del día —todo el día— le cayera encima de golpe. El parque, Dani, el beso, Carlos, la conversación, las medias verdades. Todo en el mismo sitio. Todo demasiado cerca.

Se separó despacio y caminó hasta el salón, dejando el bolso en el sofá sin cuidado, como si ya no le importara mantener el orden de nada. Se dejó caer después, mirando al techo, sin pensar en nada concreto y en todo a la vez.

El móvil vibró. Lo cogió casi por inercia. Era Dani. No había nombre que le alterara tanto el pulso últimamente. Abrió el mensaje.

Era una foto. La foto. La de la montaña rusa. Los dos mirándose. No hacia delante. No a la cámara. El mundo cayendo detrás y ellos… ahí, congelados en algo que no se podía explicar del todo. Debajo, un mensaje.

«Creo que esta es la única foto en la que alguien mira peor el peligro que yo.»

Lía sonrió sin poder evitarlo.

«No estaba mirando el peligro.»

Pausa. Escribiendo…

«Ya lo sé.»

Otro mensaje.

«Y eso es lo que más me gusta.»

Lía bajó la mirada, sintiendo ese pequeño vuelco.

«¿Has llegado bien?» —escribió.

«Sí.»

Pausa.

«¿Y tú?»

Lía dudó un segundo. Miró alrededor. La casa en silencio.

«Sí.»

Tres puntos. Desaparecieron. Volvieron.

«Oye…»

Ahí cambió algo. Se notó.

«Espero no haberte complicado las cosas con Carlos.»

Lía apoyó la cabeza en el respaldo del sofá.

«No.»

Pausa.

«No ha pasado nada.»

No era del todo cierto, pero tampoco era mentira. Dani respondió rápido.

«Me alegro.»

Otro mensaje.

«Porque el beso me gustó.»

Lía cerró los ojos un segundo. Ahí estaba, sin rodeos, sin disfraz.

El móvil volvió a vibrar.

«Estuve a punto de dártelo en la boca.»

Silencio. Otro mensaje.

«Pero menos mal que no lo hice porque no habría sabido parar.»

Lía dejó escapar el aire despacio y se incorporó un poco en el sofá, apoyando los codos en las rodillas, con el móvil entre las manos.

«Dani…»

«¿Qué?»

«Esto no es fácil.»

Él tardó unos segundos.

«Ya.»

Otro.

«Pero tampoco lo es no hacerlo.»

Silencio.

«Llevo todo el día pensando en ti.»

Lía apretó ligeramente los labios.

«No deberías decir eso.»

«¿Por qué?»

«Porque complica las cosas.»

Pausa.

«No las complica, Lía. Las deja claras.»

Lía miró la foto de nuevo. La amplió. Sus caras, la cercanía, lo que no había pasado y lo que casi pasa.

«No sé qué quieres de mí.» —escribió.

La respuesta fue inmediata.

«Sí lo sabes.»

Silencio. Lía no contestó. No podía, porque sí, lo sabía.

El móvil vibró otra vez.

«Y no voy a desaparecer esta vez.»

Se le quedó el mensaje ahí. Clavado.

Otro.

«Ni voy a hacer como si esto no estuviera pasando.»

Lía tragó saliva.

«Dani…»

«Déjame hacerlo bien.»

Y entonces, otro mensaje. Más ligero, pero no menos intenso.

«Por cierto…»

Lía frunció el ceño.

«¿Qué?»

«No voy a lavarme la mano en una semana.»

Lía sonrió.

«Eres idiota.»

«El más idiota.»

Pausa.

«Pero todavía huele a ti.»

Y era ese tipo de frase que no debería funcionar, pero funcionaba. Demasiado. Lía dejó caer la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos, con una sonrisa leve que no terminaba de reconocer como suya. Se quedó mirando la pantalla unos segundos más, sin escribir, con el móvil apoyado sobre el pecho, notando cómo la respiración le iba más despacio pero no terminaba de calmarse, como si algo se hubiera activado dentro de ella y no supiera todavía dónde colocarlo, ni cómo apagarlo.

Dani no escribió inmediatamente y, eso, por primera vez, no la puso nerviosa, porque no lo sintió como distancia, solo como pausa. Como si, igual que ella, estuviera midiendo lo que acababan de decirse, como si ambos fueran conscientes de que habían cruzado un punto al que no podían volver sin más.

El móvil vibró.

«No te voy a pedir nada más hoy.»

Lía leyó despacio. Otra notificación.

«Bastante has hecho dejándome entrar otra vez.»

Se mordió el labio, sin darse cuenta.

«Buenas noches, Lía.»

No había insistencia, no había presión, solo eso. Y, aun así, le dejó algo en el pecho que no se iba.

Lía bajó la mirada, deslizó los dedos por la pantalla un segundo antes de responder, dudando apenas un instante, lo justo para no hacerlo impulsivamente… pero sin esconderse tampoco.

«Buenas noches, Dani.»

Apagó la pantalla, dejó el móvil a un lado y se quedó unos segundos mirando al techo, notando ese cosquilleo incómodo y familiar en el estómago, esa mezcla de calma y vértigo que solo aparecía cuando tenía que ver con él. Porque nada estaba resuelto. Carlos seguía ahí, su vida seguía exactamente donde estaba, pero no sentía que estuviera escapando de algo, sino acercándose. Y eso… era incluso más peligroso.