Por siempre nosotras 40 #2
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40 #2

Dani sonrió.

—Qué simples.

Ella no respondió, pero entendió la diferencia. La cola de la montaña rusa era otra cosa. Más alta, más ruido, más… real.

Lía se cruzó de brazos.

—No.

Dani la miró.

—¿No qué?

—No subo.

—Claro que subes.

—Dani, no.

—Lía.

Silencio. Ella miró hacia arriba. Las vías. La caída. La velocidad.

—Me bajo —dijo, dando medio paso atrás.

Dani la cogió suavemente de la muñeca. No fuerte, lo justo para que ella sintiera su contacto.

—No.

Lía lo miró.

—No quiero.

—Ya.

Pausa.

—Por eso.

Silencio.

—No pasa nada —añadió él, más bajo—. Estoy contigo.

Lía bajó la mirada un segundo. Luego volvió a levantarla y no se fue. Se sentaron, la barra bajó, el ruido aumentó y cuando el vagón empezó a subir, lento, marcando cada tramo, Lía le buscó la mano. No lo pensó, no lo midió. Simplemente la encontró y la apretó.

Dani no dijo nada. No la miró, pero no la soltó. El grito le salió sin querer. La risa después también. El miedo se mezcló con algo que no supo identificar del todo, pero que no quería que terminara. Y cuando bajaron todavía tenía la mano agarrada a la suya. No la soltó enseguida y él tampoco.

—Vale —dijo ella, respirando—. Vale.

Dani sonrió.

—Te ha gustado.

—No.

—Sí.

—Un poco.

Compraron la foto sin pensarlo. En ella, Lía no estaba mirando al frente. Estaba mirándole a él y él a ella. Ninguno de los dos lo comentó, pero los dos lo vieron.

El día pasó rápido, demasiado. Entre atracciones, comida sin importancia, risas que no necesitaban explicación y momentos que no parecían trascendentes… pero lo eran porque no había análisis, no había peso, no había que colocarse. Y eso, para Lía, era nuevo.

Cuando salieron, el cielo ya estaba cayendo. El camino de vuelta fue más silencioso. No incómodo, más bien… lleno, como si ambos supieran que ese día no necesitaba resumirse en nada.

Dani aparcó frente a su portal. El motor se apagó, pero ninguno de los dos se movió enseguida.

—Gracias —dijo Lía—. Lo pasé genial.

—De nada.

Lía abrió la puerta. Salió. Dio un par de pasos y antes de entrar, él la llamó.

—Lía.

Se giró y Dani se acercó. No demasiado, solo lo justo. Se inclinó hacia ella y no la besó. No donde habría sido fácil. No donde todo habría cambiado de golpe. Dejó el beso en la comisura. Cerca. Demasiado cerca. Y se quedó ahí un segundo más de lo necesario.

—Buenas noches.

Lía no respondió. No podía, porque en ese momento vio a Carlos. De pie, mirándolos desde la acera de enfrente. Estaba ahí, quieto, con las manos en los bolsillos, sin hacer ningún gesto, pero con esa forma de sostener la mirada que hacía evidente que llevaba tiempo observando.

El cuerpo de Lía se tensó. No por culpa, sino por realidad. Porque todo lo que había estado contenido durante el día acababa de colocarse, de golpe, en el mismo espacio.

Dani siguió la dirección de su mirada. Lo vio y no dijo nada, no hizo ningún comentario ni preguntó. Solo se quedó un segundo más, lo justo para entenderlo todo, y después dio un pequeño paso atrás, devolviéndole a Lía ese espacio sin invadirlo.

—Buenas noches —repitió, más bajo.

Y esta vez ya no había nada más que añadir. Se giró, caminó hasta el coche y se fue sin mirar atrás.

Lía cruzó la calle sin pensar demasiado. No corrió, pero tampoco dudó. Carlos no se movió. Esperó. Cuando estuvo frente a él, el silencio se volvió más incómodo. Más pesado.

—¿Qué haces aquí? —preguntó ella, intentando mantener la voz estable.

Carlos la miró.

—Te he llamado.

Lía bajó la mirada un segundo.

—No lo he visto.

—¿Subimos? —añadió—. ¿Y hablamos?

Carlos dudó apenas un instante. Luego asintió.

—Vale.

Subieron en silencio, sin tocarse, sin buscarse. La puerta se cerró detrás de ellos con un sonido más fuerte de lo habitual.

Lía dejó el bolso en una silla y se giró. Carlos seguía de pie, mirándola.

—¿Qué ha pasado? —preguntó.

Directo. Sin rodeos.

—Nada.

Demasiado rápido. Carlos sostuvo la mirada.

—Lía…

Silencio.

—¿Por qué estabas con Dani?

Lía dejó escapar el aire despacio, pasando una mano por el pelo, como si necesitara ordenar algo antes de decirlo.

—Me lo encontré.

Pausa.

—Me propuso hacer algo y fuimos al parque de atracciones.

Carlos no apartó la mirada.

—¿Al parque de atracciones?

Lía asintió.

—Sí.

Silencio.

—Y fuiste.

No era una pregunta.

—Sí.

Carlos dio un paso lento por el salón. Sin acercarse demasiado.

—¿Y el beso?

Lía notó cómo esa palabra se quedaba un segundo más de lo normal.

—No fue…

Se detuvo.

—No fue nada.

Carlos la miró.

—Lía.

Ella sostuvo la mirada.

—Siempre hemos sido amigos.

Pausa.

—Nos habíamos distanciado… y estamos intentando retomar eso.

Silencio. Largo. Pesado.

Carlos no respondió enseguida. La observó, como si midiera cada palabra, como si decidiera si creerla o no. Lía no apartó la mirada, no podía. Porque en ese momento, más que sostener la verdad, estaba sosteniendo la versión que había decidido contar.

—¿Y eso incluye que te bese? —preguntó él al final.

Más bajo. Más contenido.

Lía tragó saliva.

—No.

Pausa.

—Ha sido… un momento.

Carlos asintió muy levemente, pero no relajó el gesto.

—Ya.

Silencio. Y en ese silencio lo que no había dicho pesaba más que lo que sí.

—No me besó en la boca —añadió, más despacio—. Aunque… —dudó un segundo— quizá sí que parecía algo que no era.

Carlos no respondió enseguida, la miró, sosteniendo la mirada el tiempo justo para que no fuera indiferente, pero sin convertirlo en un enfrentamiento.

—Parecía bastante claro desde donde estaba —dijo al final.

No sonó duro, pero tampoco ligero. Lía bajó la mirada un instante.

—Ya.

Pausa.

—Pero no fue así.

Silencio. Carlos dejó escapar el aire despacio, pasando una mano por la nuca, como si necesitara soltar algo antes de decir nada más.

—Vale.

Y ese “vale” no era aceptación completa, pero tampoco rechazo. Era… una forma de no romperlo ahí.

—No quiero discutir —añadió.

Lía levantó la vista.

—Yo tampoco.

Carlos asintió. Miró alrededor, como si de repente necesitara ocupar el espacio con algo más concreto, más fácil de manejar.

—¿Has cenado?

La pregunta la descolocó un poco.

—No.

—Pues cenamos algo —dijo él, con naturalidad—. Lo que sea.

Y Lía entendió. No estaba ignorando lo que había pasado, pero estaba decidiendo no hacerlo explotar. No todavía.

—Vale —respondió.

Cenaron algo sencillo, sin complicarse, sin hablar de Dani, sin volver a lo de antes. Conversación ligera, demasiado, como si ambos estuvieran de acuerdo, sin decirlo, en moverse por una superficie segura que no terminaba de sostener del todo lo que había debajo.

Lía hablaba, respondía, sonreía en los momentos correctos, pero notaba esa capa nueva entre ellos. Ese pequeño desplazamiento que no era visible… pero sí real. Carlos también lo notaba. Se veía en los silencios un poco más largos, en las miradas que no se sostenían tanto, en la forma en la que evitaba volver al tema, no porque no quisiera, sino porque sabía que hacerlo ahora no iba a resolver nada.

Cuando terminaron, Lía recogió lo poco que había en la mesa, más por inercia que por necesidad.

Carlos se levantó.

—Me voy —dijo.

Lía se giró.

—¿No te quedas?

La pregunta le salió sola y en cuanto la dijo, supo que ya sabía la respuesta.

Carlos negó suavemente.

—No… hoy no me apetece —añadió, con calma—. Mañana tengo trabajo y prefiero descansar en casa.

No sonó a excusa. Sonó a decisión. A medida.

Lía asintió.

—Vale.

Carlos se acercó entonces, sin prisa, sin tensión. Le colocó un mechón de pelo detrás de la oreja con un gesto natural, como había hecho otras veces, como si ese pequeño gesto siguiera perteneciendo a los dos.

—Está todo bien —dijo, más bajo.

No como una pregunta, como una forma de sostener lo que habían decidido no romper. Lía sostuvo la mirada y entonces la besó. Un beso normal, cálido, sin urgencia ni dudas. Como si, a pesar de todo, siguieran estando en el mismo sitio. Cuando se separó, no se alejó de golpe, se quedó un segundo más, lo justo.

—Hablamos mañana —añadió.

—Vale.

Esta vez, cuando se fue, no hubo ruptura. Solo esa sensación extraña de que, aunque todo seguía en pie… ya no era exactamente igual.