40
Carlos seguía dormido cuando Lía salió de la ducha, todavía con el pelo húmedo y esa sensación de no haber terminado de despertarse del todo. La habitación estaba en silencio, con la luz entrando limpia por la ventana, y durante un instante se quedó mirándolo desde la puerta, como si necesitara observar algo que hasta ese momento había dado por hecho. Había algo profundamente estable en él, en su forma de estar, en esa manera de ocupar el espacio sin invadirlo, de acompañar sin exigir.
Se vistió despacio, sin hacer ruido, moviéndose con cuidado por la habitación, como si cualquier gesto más brusco pudiera alterar algo que todavía no terminaba de entender del todo. Antes de salir, dudó un segundo. Podría haberse quedado. Volver a meterse en la cama, apoyarse en esa rutina que hasta ahora le había resultado suficiente.
Pero no lo hizo. Cogió el bolso, el móvil, y salió.
El aire de la calle la golpeó de una forma distinta a otros días, más consciente, más presente. Caminó sin rumbo fijo durante unos minutos, dejando que el movimiento le diera algo de claridad, aunque no terminara de conseguirlo. Sabía que Carlos se despertaría, que vería que no estaba, que probablemente le escribiría y no había nada extraño en eso, era lo habitual, lo fácil.
El móvil vibró en su mano. Carlos. Lía lo miró un segundo antes de abrir el mensaje.
«¿Te has ido?»
Simple. Sin reproche. Sin tensión. Como él.
Tecleó despacio.
«Sí, no quería despertarte.»
La respuesta llegó casi al instante.
«Podías haberme despertado.»
Lía sonrió muy leve, apoyándose un momento en la barandilla de una calle cualquiera.
«Tenías cara de necesitar dormir.»
Pausa.
«¿Nos vemos luego?»
Ahí estaba lo de siempre. La continuidad, lo sencillo. Lía se quedó mirando la pantalla un par de segundos más de lo necesario, notando cómo esa pregunta, que antes no habría tenido peso, ahora se sostenía de otra forma.
«Vale». —respondió al final.
Siguió caminando sin prisa, con el móvil todavía en la mano, aunque ya no lo miraba. La conversación con Carlos había sido exactamente lo que esperaba: sencilla, sin tensión, sin preguntas que no quisiera responder. Y, aun así, no consiguió que le aligerara del todo lo que llevaba dentro. Porque el problema no estaba en Carlos. No lo había estado nunca.
El problema era lo otro. O, mejor dicho, lo que había vuelto. La conversación con Dani no había sido especialmente larga, pero se le había quedado instalada de una forma que no terminaba de irse. No por lo que había dicho, que también, sino por la forma en la que lo había sostenido. No había habido dudas, ni pausas incómodas, ni ese margen al que ella estaba acostumbrada, ese en el que siempre había podido interpretar, relativizar, incluso excusar. Esta vez no. Esta vez Dani había hablado como alguien que ya no estaba esperando a ver qué pasaba, sino como alguien que había decidido que iba a pasar. Y eso era nuevo.
Lía bajó la mirada mientras caminaba, recordando con demasiada claridad el momento en el que él le dijo que no iba a desaparecer. No había sonado a promesa vacía, ni a algo dicho desde el impulso. Había sonado… firme. Como si, por primera vez, no dependiera de ella que aquello se mantuviera en pie, porque antes siempre había sido así. Antes Dani aparecía, decía lo justo para moverlo todo, para remover lo que ya estaba inestable, y luego se apartaba. Dejaba espacio, dejaba dudas, dejaba a Lía en ese punto incómodo en el que tenía que decidir sola qué hacer con algo que no terminaba de estar claro. Y, al final, siempre era ella la que se quedaba. La que esperaba. La que interpretaba.
Esta vez no. Esta vez él no se había ido. Y eso, que durante tanto tiempo había sido lo único que había querido, ahora le resultaba más difícil de gestionar de lo que esperaba.
Se detuvo en un semáforo, cruzando los brazos de forma automática, sin dejar de darle vueltas a lo mismo. Dani no le había pedido que dejara a Carlos. Eso también había sido distinto. No había presión directa, no había ultimátum, no había esa urgencia que lo simplifica todo porque te obliga a elegir rápido. Lo que había hecho era peor.
Le había dado tiempo. Pero no como antes, no como una forma de alargar algo sin concretarlo. Le había dado tiempo… sabiendo que iba a quedarse. Y eso cambiaba completamente la posición de Lía, porque ya no podía refugiarse en la idea de que él no estaba, de que no era una opción real, de que lo suyo siempre iba a quedarse en ese terreno ambiguo donde nada terminaba de pasar del todo. Ahora sí era una opción y lo sabía.
El semáforo se puso en verde, pero tardó un segundo más en reaccionar, como si el cuerpo necesitara ese margen para volver a moverse. Cruzó la calle con paso tranquilo, notando esa incomodidad que no era exactamente dolor, pero tampoco algo fácil de ignorar.
Pensó en el baño, en ese momento concreto en el que todo se tensó, en la forma en la que Dani la miró, en lo cerca que estuvo de no irse. Porque eso era lo que más le costaba reconocer. No lo que él había dicho, sino lo cerca que había estado ella de quedarse, de elegir otra cosa.
Cerró los ojos un segundo mientras caminaba, como si pudiera borrar la imagen, pero no lo consiguió. Porque no era una imagen. Era una sensación. Esa mezcla de impulso y vértigo que había aparecido de golpe, sin aviso, recordándole algo que creía más controlado. Y ahora estaba ahí otra vez. Más claro. Más difícil de apartar.
Lía dejó escapar el aire despacio, apoyando la mano en la correa del bolso, ajustándola sin necesidad, solo por hacer algo con el cuerpo mientras la cabeza seguía en el mismo sitio.
No quería precipitarse. No quería tomar una decisión desde ahí, pero tampoco podía fingir que nada había cambiado. Porque había cambiado y lo sabía. Por eso, cuando volvió a pensar en ver a Carlos esa tarde, la sensación ya no era solo la de siempre. Seguía queriendo verlo, seguía estando a gusto con él, pero ahora había una capa más. Una especie de conciencia constante de que no estaba sola en esa decisión, de que había algo más en juego, algo que ya no podía dejar fuera del todo.
Y lo peor no era eso. Lo peor era que, por primera vez, no tenía claro qué quería que pasara. No de verdad. Y esa duda, que antes había estado siempre fuera de su alcance, ahora estaba justo en el centro de todo.
No tenía claro en qué momento decidió dejar de pensar en ello. O, más bien, no pensar demasiado, porque seguía dándole vueltas, pero de una forma más difusa, menos estructurada, como si el cuerpo hubiera tomado el control por delante de la cabeza. Caminaba sin rumbo fijo, girando por calles que conocía de memoria, dejándose llevar por el movimiento, por el ruido de fondo, por esa sensación de estar en medio de algo sin tener que decidir todavía hacia dónde iba.
Y fue entonces cuando lo vio. No de lejos, no con margen para prepararse. Dani apreció de frente, apenas a unos metros, caminando en dirección contraria, con las manos en los bolsillos, la mirada distraída en cualquier punto que no era ella… hasta que lo fue.
Se detuvo. No de golpe, pero sí lo suficiente como para que el gesto no fuera casual. Lía también. No había forma de evitarlo.
Durante un segundo, ninguno de los dos dijo nada. No era tensión incómoda, no era incomodidad en sí. Era más bien ese momento en el que todo lo que ya se ha dicho sin estar presente se coloca entre dos personas sin necesidad de repetirlo.
Dani fue el primero en hablar.
—Hola.
Lía asintió ligeramente.
—Hola.
Se miraron un segundo más y fue suficiente, porque no había distancia real, no después de lo que había pasado.
—¿Vas a algún sitio? —preguntó él, sin rodeos, pero sin invadir.
Lía negó muy levemente.
—No. Estoy… dando una vuelta.
Dani asintió, como si esa respuesta le bastara.
—Vale.
Silencio breve. Podrían haberse despedido ahí. Habría sido lo lógico, pero ninguno de los dos se movió.
—¿Tienes prisa? —preguntó él entonces, más despacio.
Lía lo miró y negó otra vez.
—No.
Y esa vez, tampoco fue una respuesta neutra. Dani esbozó una media sonrisa. No triunfal o forzada. Simple.
—¿Hacemos algo?
Era… una propuesta clara. Sin adornos. Lía dudó, pero solo por fuera, porque por dentro ya sabía que no se iba a ir.
—Vale —dijo al final.
Y ese “vale” pesó más de lo que parecía. Lía no supo muy bien en qué momento aceptó. O, más bien, no recordó haber decidido nada, porque cuando Dani dijo “hoy no vas a pensar”, no sonó a plan, sonó a algo que, por primera vez en mucho tiempo, no necesitaba entender antes de vivirlo.
—Confía un poco —añadió él, viendo su cara.
Lía arqueó una ceja.
—Eso siempre ha sido mala idea contigo.
Dani sonrió.
—Ya. Por eso hoy no lo es.
El coche tomó la salida de Madrid sin que ella preguntara demasiado. Al principio sí, por inercia, pero dejó de hacerlo rápido. Había algo en la forma en la que él conducía, tranquilo, sin prisa, sin explicaciones innecesarias, que le quitaba la necesidad de anticiparse.
—Como me lleves a un sitio raro, me bajo —murmuró.
—No te da tiempo —respondió él.
Y cuando vio el cartel, lo entendió. Parque de atracciones. Lía lo miró.
—No.
Dani apagó el motor.
—Sí.
—No.
—Sí.
Lía soltó una pequeña risa, negando con la cabeza.
—Esto no es nada mi rollo.
Dani se apoyó en el asiento, girándose hacia ella.
—Eso crees tú.
Pausa.
—Pero no es verdad.
El parque estaba lleno. Gente. Ruido. Colores. Risas que no estaban contenidas. Nada que ver con sus planes habituales y eso fue lo primero que la hizo sentir… ligera. No había que comportarse de ninguna forma concreta. No había que encajar. Podía simplemente estar y disfrutar.
La primera atracción fue fácil. Algo suave. Para “calentar”, según Dani.
—Te estás riendo —le dijo él cuando bajaron.
—No —respondió ella.
—Sí.
Y sí, se estaba riendo. Sin pensar. Sin medir. Pasaron por delante de un grupo de adolescentes que se empujaban entre risas, uno intentando impresionar a una chica que claramente ya lo tenía decidido. Lía los miró de reojo.
—Qué básicos —murmuró.